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Full text of "La tribuna, novela original"

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OBRAS COMPLETAS 

DE 

EMILIA PARDO BAZÁN 

TOMO VIII 



LA TRIBUNA 



OBRAS DE EMILIA PARDO BAZÁN 



NOVELAS 

Pascual López, 3. a edición, un volumen. 
Un Viaje de Novios, 3. a edición, un vol. 
La Tribuna, 2. a edición, un vol. (3 pesetas.) 
El Cisne de Vilamorta, un vol. 
Una Cristiana , un vol . 
La Prueba, un vol. 

La Piedra Angular, un vol. (3 pesetas.) 
Los Pazos de Ulloa, 2. a edición, un vol. (3 ptas.) 
La Madre Naturaleza, 2. a edición, un vol. (3,50 ptas.) 
Cuentos de Marineda, un vol. (3 ptas.) 
Insolación y Morriña, un vol. (3,50 ptas.) 

CRÍTICA É HISTORIA 

San Francisco de Asís (siglo xm), 2. a edición, dos 
volúmenes. 

La Cuestión Palpitante, 4. a edición, un vol. (3 pe- 
setas.) 

La Revolución y la Novela en Rusia, 2. a edición, 

un vol. (5 pesetas.) 
De mi tierra (Galicia), un vol. (3 pesetas.) 
La Leyenda de la Pastoriza. ( Agotada.) 
Estudio crítico sobre Feijóo, un vol. (Agotada.) 
Los pedagogos del Renacimiento. 
El Padre Luis Coloma. (Biografía y estudio crítico.) 
Pedro Antonio de Alarcón. (Biografía.) 
Los Franciscanos y Colón. 

Polémicas y estudios literarios, un vol. (3 ptas.) 
VIAJES 

Mi Romería, un vol. (2,50 pesetas.) 
Al pie de la Torre Eiffel, un vol. 
Por Francia y por Alemania, un vol. 

> POESÍA 

Jaime (poema), un vol. (Agotada.) 



EMILIA PARDO BAZAN 

OBRAS COMPLETAS. —TOMO VIII 



TRIBUNA 

NOVELA ORIGINAL 




ADMINISTRACIÓN 
calle de S. Bernardo, 37, principal. 

MADRID 



Es propiedad. 

Queda hecho el depósito que 
marca la ley. 



AGUSTIN AVRIAL.— Iinpr. de la Comp. de Imp. y Libre- 
ros, S. Bernardo, 92.- -Tclcfouo núiu. 3.094. 



PROLOGO Á LA PRIMERA EDICION 



Lector indulgente: No quiero perder la buena 
costumbre de empezar mis novelas hablan- 
do contigo breves palabras. Más que nunca 
debo sostenerla hoy, porque acerca de La 
Tribuna tengo varias advertencias que hacer- 
te , y así caminarán juntos en este prólogo el 
gusto y la necesidad. 

Si bien La Tribuna es en el fondo un estudio 
de costumbres locales, el andar entretejidos en 
su trama sucesos políticos tan recientes como la 
revolución de Septiembre de 1868 me impulsó á 
situar la acción en lugares que pertenecen á aque- 
lla geografía moral de que habla el autor de las 
Escenas montañesas, y que todo novelista, chi- 
co ó grande, tiene el indiscutible derecho de for- 
jarse para su uso particular. Quien desee cono- 
cer el plano de Marineda, búsquelo en el atlas 



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LA TRIBUNA 



de mapas y planos privados donde se colec- 
ciona, no sólo el de Orbajosa, Villabermeja y 
Coteruco, sino el de las ciudades de R***, de 
L*** y de X***, que abundan en las novelas 
románticas. Este privilegio concedido al nove- 
lista de crearse un mundo suyo propio, per- 
mite más libre inventiva y no se opone á que 
los elementos todos del microcosmos estén 
tomados, como es debido, de la realidad. Tal 
es el procedimiento que empleo en La Tri- 
buna, y lo considero suficiente — si el ingenio 
me ayuda — para alcanzar la verosimilitud ar- 
tística , el vigor analítico que infunde vida á 
una obra. 

Al escribir La Tribuna no quise hacer sátira 
política; la sátira es género que admito sin po- 
derlo cultivar; sirvo poco ó nada para el caso. 
Pero así como niego la intención satírica , no sé 
encubrir que en este libro, casi á pesar mío. 
entra un propósito que puede llamarse docente, 
Baste á disculparlo el declarar que nació del 
espectáculo mismo de las cosas , y vino á mí, 
sin ser llamado, por su propio impulso. Al ar- 
tista que sólo aspiraba á retratar el aspecto pin- 
toresco y característico de una capa social , se 
le presentó por añadidura la moraleja, y sería 
tan sistemático rechazarla como haberla bus- 
cado. Porque no necesité agrupar sucesos, ni 
violentar sus consecuencias, ni desviarme de 
la realidad concreta y positiva, para tropezar 
con pruebas de que es absurdo el que un pue- 
blo cifre sus esperanzas de redención y ventu- 
ra en formas de gobierno que desconoce, y á las 



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cuales por lo mismo atribuye prodigiosas vir- 
tudes y maravillosos efectos. Como la raza la- 
tina practica mucho este género de culto feti- 
quista é idolátrico, opino que si escritores de 
más talento que yo lo combatiesen, prestarían 
señalado servicio á la patria. 

Y vamos á otra cosa. Tal vez no falte quien 
me acuse de haber pintado al pueblo con cru- 
deza naturalista. Responderé que si nuestro 
pueblo fuese igual al que describen Goncourt y 
Zola, yo podría meditar profundamente en la 
conveniencia ó inconveniencia de retratarlo; 
pero resuelta á ello , nunca seguiría la escuela 
idealista de Trueba y de la insigne Fernán, que 
riñe con mis principios artísticos. Lícito es ca- 
llar, pero no fingir. Afortunadamente, el pue- 
blo que copiamos los que vivimos del lado acá 
del Pirineo no se parece todavía, en buen hora 
lo digamos, al del lado allá. Sin dar en op- 
timista, puedo afirmar que la parte de pue- 
blo que vi de cerca cuando tracé estos estudios, 
me sorprendió gratamente con las cualidades y 
virtudes que , á manera de agrestes renuevos 
de inculta planta, brotaban de él ante mis ojos. 
El método de análisis implacable que nos im- 
pone el arte moderno me ayudó á comprobar 
el calor de corazón, la generosidad viva, la ca- 
ridad inagotable y fácil , la religiosidad sincera, 
el recto sentir que abunda en nuestro pueblo, 
mezclado con mil flaquezas , miserias y preocu- 
paciones que á primera vista lo obscurecen. 
Ojalá pudiese yo , sin caer en falso idealismo, 
patentizar esta belleza recóndita. 



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LA TRIBUNA 



No : los tipos del pueblo español en general, 
y de la costa cantábrica en particular , no son 
aún— salvas fenomenales excepciones — los que 
se describen con terrible verdad en VAssom- 
moir , Germinie Lacerteux y otras obras, don- 
de parece que el novelista nos descubre las 
abominaciones monstruosas de la Roma paga- 
na, que, unidas á la barbarie más grosera, re- 
toñan en el corazón de la Europa cristiana ci- 
vilizada. Y ya que, por dicha nuestra, las faltas 
del pueblo que conocemos no rebasan de aquel 
límite á que raras veces deja de llegar la flaca 
decaída condición del hombre, pintémosle, si 
podemos, tal cual es, huyendo del patriar ca- 
lismo de Trueba como del socialismo humano 
de Sué, y del método de cuantos , trocando los 
frenos , atribuyen á Caliban las seductoras gra- 
cias de Ariel. 

En abono de La Tribuna quiero añadir que 
los maestros Galdós y Pereda abrieron camino 
á la licencia que me tomo de hacer hablar á mis 
personajes como realmente se habla en la re- 
gión de donde los saqué. Pérez Galdós , admi. 
tiendo en su Desheredada el lenguaje de los 
barrios bajos; Pereda, sentenciando á muerte á 
las zagalejas de porcelana y á los pastorcillos 
de égloga, señalaron rumbos de los cuales no 
es permitido apartarse ya. Y si yo debiese á 
Dios las facultades de algunos de los ilustres 
narradores cuyo ejemplo invoco, ¡cuánto go- 
zarías, oh lector discreto, al dejar los trillados 
caminos de la retórica novelesca diaria para 
beber en el vivo manantial de las expresiones 



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populares, incorrectas y desaliñadas, pero fres- 
cas , enérgicas y donosas ! 

Queda adiós, lector, y ojalá te merezca este 
libro la misma acogida que Un viaje de novios. 
Tu aplauso me sostendrá en la difícil vía de la 
observación, donde no todo son flores para un 
alma compasiva. 



Emilia Pardo Bazán. 



Granja de Meiras, Octubre de 1882. 



LA TRIBUNA 



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BARQUILLOS 



Comenzaba á amanecer, pero las primeras y 
vagas luces del alba á duras penas lograban 
colarse por las tortuosas curvas de la calle de 
los Castros, cuando el señor Rosendo, el barqui- 
llero que disfrutaba de más parroquia y po- 
pularidad en Marineda, se asomó, abriéndose 
á bostezos , á la puerta de su mezquino cuarto 
bajo. Vestía el madrugador un desteñido pan- 
talón graneé , reliquia bélica , y estaba en man- 
gas de camisa. Miró al poco cielo que blan- 
queaba por entre los tejados, y se volvió á su 
cocinilla, encendiendo un candil y colgándolo 
del estribadero de la chimenea. Trajo del por- 
tal un brazado de astillas de pino, y sobre la 
piedra del fogón las dispuso artísticamente en 
pirámide, cebada por su base con virutas, á fin 
de conseguir una hoguera intensa y llameante- 
Tomó del vasar un tarterón, en el cual vació 
cucuruchos de harina y azúcar, derramó agua, 



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LA TRIBUNA 



cascó huevos y espolvoreó canela. Terminadas 
estas operaciones preliminares, estremecióse 
de frío— porque la puerta había quedado de 
par en par , sin que en cerrarla pensase —y des- 
cargó en el tabique dos formidables puñadas. 

Al punto salió rápidamente del dormitorio ó 
cuchitril contiguo una mozuela de hasta trece 
años, desgreñada, con el incierto andar de 
quien acaba de despertarse bruscamente, sin 
más atavíos que una enagua de lienzo y un jus- 
tillo de dril, que adhería á su busto, anguloso 
aún, la camisa de estopa. Ni miró la muchacha 
al señor Rosendo, ni le dió los buenos días; 
atontada con el sueño y herida por el fresco 
matinal que le mordía la epidermis , fué á de- 
jarse caer en una silleta, y mientras el barqui- 
llero encendía estrepitosamente fósforos y los 
aplicaba á las virutas, la chiquilla se puso á 
frotar con una piel de gamuza el enorme cañu- 
to de hoja de lata donde se almacenaban los 
barquillos. 

Instalóse el señor Rosendo en su alto trípode 
de madera, ante la llama chisporroteadora y cre- 
pitante ya, y metiendo en el fuego las magnas 
tenazas, dió principio á la operación. Tenía á 
su derecha el barreño del amohado , en el cual 
mojaba el cargador, especie de palillo grueso; 
y extendiendo una leve capa de líquido sobre 
la cara interior de los candentes hierros, apre- 
surábase á envolverla en el molde con su dedo 
pulgar, que á fuerza de repetir este acto se ha- 
bía convertido en una callosidad tostada, sin 
uña, sin yema y sin forma casi. Los barquillos, 



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dorados y tibios , caían en el regazo de la mu- 
chacha, que los iba introduciendo unos en otros 
á guisa de tubos de catalejo, y colocándolos si- 
métricamente en el fondo del cañuto ; labor que 
se ejecutaba en silencio , sin que se oyese más 
rumor que el crujir de la leña, el rítmico chi- 
rrido de las tenazas al abrir y cerrar sus fauces 
de hierro , el seco choque de los crocantes 
barquillos al tropezarse , y el silbo del amona- 
do al evaporar su humedad sobre la ardiente 
placa. La luz del candil y los reflejos de la lum- 
bre arrancaban destellos á la hoja de lata lim- 
pia, al barro vidriado de las cazuelas del vasar, 
y la temperatura se suavizaba, se elevaba, has- 
ta el extremo de que el señor Rosendo se quitase 
la gorra con visera de hule, descubriendo la 
calva sudorosa, y la niña echase atrás, con el 
dorso de la mano, sus indómitas guedejas, que 
la sofocaban. 

Entre tanto el sol, campante ya en los cielos, 
se empeñaba en cernir alguna claridad al tra- 
vés de los vidrios verdosos y puercos del ven- 
tanillo que tenía obligación de alumbrar la co- 
cina. Sacudía el sueño la calle de los Castros, 
y mujeres en trenza y en cabello , cuando no en 
refajo y chancletas , pasaban apresuradas , cuál 
en busca de agua, cuál á comprar provisiones 
álos vecinos mercados; oíanse llantos de chi- 
quillos, ladridos de perros; una gallina cloqueó; 
el canario de la barbería de enfrente redobló 
trinando como un loco. De tiempo en tiempo la 
niña del barquillero lanzaba codiciosas ojeadas 
á la calle. ¡ Cuándo sería Dios servido de dis- 



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LA TRIBUNA 



poner que ella abandonase la dura silla, y pu- 
diese asomarse á la puerta, que no es mucho 
pedir! Pronto darían las nueve, y de los seis 
mil barquillos que admitía la caja sólo estaban 
hechos cuatro mil y pico. Y la muchacha se 
desperezó maquinalmente. Es que desde algu- 
nos meses acá bien poco le lucía el trabajo á 
su padre. Antes despachaba más. 

El que viese aquellos cañutos dorados, lige- 
ros y deleznables como las ilusiones de la niñez, 
no podía figurarse el trabajo ímprobo que re- 
presentaba su elaboración. Mejor seria mane- 
jar la azada ó el pico, que abrir y cerrar sin tre- 
gua las tenazas abrasadoras, que además de 
quemar los dedos , la mano y el brazo , cansa- 
ban dolorosamente los músculos del hombro y 
del cuello. La mirada, siempre fija en la llama, 
se fatigaba; la vista disminuía; el espinazo, en- 
corvado de continuo, llevaba, á puros esguin- 
ces, la cuenta de los barquillos que salían del 
molde. ¡ Y ningún día de descanso ! No pueden 
los barquillos hacerse de víspera; si han de 
gustar á la gente menuda y golosa, conviene 
que sean fresquitos. Un nada de humedad los 
reblandece. Es preciso pasarse la mañana, y 
á veces la noche, en fabricarlos, la tarde en 
vocearlos y venderlos. En verano, si la esta- 
ción es buena y se despacha mucho y se saca 
pingüe jornal, también hay que estarse las ho- 
ras caniculares , las horas perezosas , derri- 
tiendo el alma sobre aquel fuego, sudando el 
quilo, preparando provisión doble de barqui- 
llos para la venta pública y para los cafés. Y 



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no era que el señor Rosendo estuviese mal con 
su oficio; nada de eso; artistas habría orgullo- 
sos de su destreza, pero tanto como él, ningu- 
no. Por más que los años le iban venciendo, 
aún se jactaba de llenar en menos tiempo que 
nadie el tubo de hoja de lata. No ignoraba pri- 
mor alguno de los concernientes á su profesión; 
barquillos anchos y finos como seda para relle- 
nar de huevos hilados, barquillos recios yes- 
trechos para el agua de limón y el sorbete, 
hostias para las confiterías,— y no las hacía para 
las iglesias por falta de molde que tuviese una 
cruz, — flores, hojuelas y orejas de fraile en 
Carnaval, buñuelos en todo tiempo... Pero 
nunca lo tenía de lucir estas habilidades acce- 
sorias, porque los barquillos de diario eran 
absorbentes. ¡Bah! En consiguiendo vivir y 
mantener la familia... 

A las nueve muy largas , cuando cerca de 
cinco mil barquillos reposaban en el tubo, toda- 
vía el padre y la hija no habían cruzado pala- 
bra. Montones de brasa y ceniza rodeaban la 
hoguera, renovada dos ó tres veces. La niña 
suspiraba de calor, el viejo sacudía frecuente- 
mente la mano derecha, medio asada ya. Por 
fin, la muchacha profirió: 

— Tengo hambre. 

Volvió el padre la cabeza, y con expresivo 
arqueamiento de cejas indicó un anaquel del 
vasar. Encaramóse la chiquilla, trepando sobre 
la artesa, y bajó un mediano trozo de pan de 
mixtura, en el cual hincó el diente con buen 
ánimo. Aún rebuscaba en su falda las migajas 



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LA TRIBUNA 



sobrantes para aprovecharlas, cuando se oye- 
ron crujidos de catre, carraspeos, los ruidos 
característicos del despertar de una persona, 
y una voz entre quejumbrosa y despótica llamó 
desde la alcoba cercana al portal: 
—¡Amparo ! 

Se levantó la niña y acudió al llamamiento, 
resonando de allí á poco rato su hablar. 

— Afiáncese, señora... así... cárguese más... 
aguarde, que le voy á batir ese jergón...— Y 
aquí se escuchó una gran sinfonía de hojas de 
maíz, un sirrisssch... prolongado y armonioso. 

La voz mandona dijo opacamente algo , y la 
infantil contestó : 

—Ya la voy á poner á la lumbre ahora mis- 
mito... ¿Tendrá por ahí el azúcar? 

Y respondiendo á una interpelación altamen- 
te ofensiva para su dignidad , gritó la chiquilla: 

—Piensa que... ¡Aunque fuera oro puro! Lo 
escondería V. misma... Ahí está, detrás de la 
funda... ¿lo ve? 

Salió con una escudilla desportillada en la 
mano, llena de morena melaza, y arrimando al 
fuego un pucherito donde estaba ya la cascari- 
lla, le añadió en debidas proporciones azúcar y 
leche , y volvióse al cuarto del portal con una 
taza humeante y colmada á reverter. En el 
fondo del cacharro quedaba como cosa de otra 
taza. El barquillero se enderezó, llevándose las 
manos á la región lumbar, y sobriamente, sin 
concupiscencia, se desayunó bebiendo las so- 
bras por el puchero mismo. Enjugó después su 
frente, regada de sudor, con la manga de la ca- 



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misa, entró á su vez en el cuarto próximo , y al 
volver á presentarse, vestido con pantalón y 
chaqueta de paño pardo , se terció á las espal- 
das la caja de hoja de lata y se echó á la calle. 
Amparo, cubriendo la brasa con ceniza, junta- 
ba en una cazuela berzas, patatas, una corteza 
de tocino, un hueso rancio de cerdo,— cum- 
pliendo el deber de preparar el caldo del humil- 
de menaje. Así que todo estuvo arreglado, me- 
tióse en el cuchitril, donde consagró á su aliño 
personal seis minutos y medio, repartidos como 
sigue: un minuto para calzarse los zapatos de 
becerro, pues todavía estaba descalza; dos 
para echarse un refajo de bayeta y un vestido 
de tartán; un minuto para pasarse la punta de 
un paño húmedo por ojos y boca (más allá no 
alcanzó el aseo); dos minutos para escardar 
con un peine desdentado la revuelta y rizosa 
crencha, y medio para tocarse al cuello un pa- 
ñolito de indiana. Hecho lo cual, se presentó, 
más oronda que una princesa, á la persona en- 
camada á quien había llevado el desayuno. Era 
esta una mujer de edad madura, agujereada 
como una espumadera por las viruelas, chata 
de frente, de ojos chicos. Viendo á la chiquilla 
vestida, se escandalizó : ¿á dónde iría ahora se- 
mejante vagabunda? 

—A misa, señora, que es domingo... ¿Qué 
volver con noche ni con noche? Siempre vine 
con día, siempre... ¡Una vez de cada mil! Que- 
da el caldo preparadito al fuego... Vaya , abur. 

Y se lanzó á la calle con la impetuosidad y 
brío de un cohete bien disparado. 



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PADRE Y MADRE 



Tres años antes, la imposibilitada estaba sana 
y robusta y ganaba su vida en la Fábrica de 
Tabacos. Una noche de invierno fué á jabonar 
ropa blanca al lavadero público , sudó , volvió 
desabrigada y despertó tullida de las caderas. 
—Un aire, señor— decía ella al médico. 
Quedóse reducida la familia á lo que tra- 
bajase el señor Rosendo: el real diario que del 
fondo de Hermandad de la Fábrica recibía la 
enferma, no llegaba á medio diente. Y la chiqui- 
lla crecía, y comía pan y rompía zapatos, y no 
había quien la sujetase á coser ni á otro géne- 
ro de tareas. Mientras su padre no se marcha- 
ba, el miedo á un pasagonzalo sacudido con el 
cargador la tenía quieta ensartando y colocan- 
do barquillos; pero apenas el viejo se terciaba 
la correa del tubo , sentía Amparo en las pier- 
nas un hormigueo , un bullir de la sangre , una 
impaciencia como si le naciesen alas á miles en 
los talones. La calle era su paraíso. El gentío 
la enamoraba; los codazos y empujones la hala- 
gaban cual si fuesen caricias; la música militar 



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LA TRIBUNA 



penetraba en todo su ser, produciéndola escalo- 
fríos de entusiasmo. Pasábase horas y horas 
correteando sin objeto al través de la ciudad, y 
volvía á casa con los piés descalzos y man- 
chados de lodo , la saya en jirones , hecha una 
sopa, mocosa, despeinada, perdida , y rebosan- 
do dicha y salud por todos los poros de su 
cuerpo. A fuerza de filípicas maternales co- 
rría una escoba por el piso , salaba el caldo, 
traía una herrada de agua; en seguida, con ra- 
pidez de ave, se evadía de la jaula y tornaba á 
su libre vagancia por calles y callejones. 

De estos instintos nómadas tendría bastante 
culpa la vida que forzosamente hizo la chiqui- 
lla mientras su madre asistió á la Fábrica. Sola 
en casa con su padre, apenas éste salía, ella le 
imitaba, por no quedarse metida entre cuatro 
paredes: ¡vaya! y que no eran tan alegres para 
que nadie se embelesase mirándolas. La coci- 
na, obscura y angosta , parecía una espelunca, 
y encima del fogón relucían siniestramente 
las últimas brasas de la moribunda hoguera. 
En el patín , si es verdad que se veía claro , no 
consolaba mucho los ojos el aspecto de un 
montón de cal y residuos de albañilería, mez- 
clados con cascos de loza, tarteras rotas, un 
molinillo inservible, dos ó tres guiñapos viejos 
y un innoble zapato que se reía á carcajadas. 
Casi más lastimoso era el espectáculo de la al- 
coba matrimonial: la cama en desorden, por- 
que la salida precipitada á la Fábrica no per- 
mitía hacerla , los cobertores color de hospital, 
que no bastaba á encubrir una colcha rab'cor- 



POR E. PARDO BAZAN 



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ta; la vela de sebo, goteando tristemente á lo 
largo de la palmatoria de latón veteada de car- 
denillo; la palangana puesta en una silla y hen- 
chida de agua jabonosa y grasienta ; en resu- 
men, la historia de la pobreza y de la incuria 
narrada en prosa por una multitud de objetos 
feos ; historia que la chiquilla comprendía intui- 
tivamente, pues hay quien sin haber nacido en- 
tre sábanas y holandas , presume y adivina las 
comodidades y deleites que jamás gozó. Así es 
que Amparo huía , huía de sus lares camino de 
la Fábrica, llevando á su madre, en una fiam- 
brera, el bazuqueante caldo; pero, soltando á 
lo mejor la carga , poníase á jugar al corro , á 
San Severín, á la viudita, á cualquier cosa, 
con las damiselas de su edad y pelaje. 

Cuando la madre se vió encamada quiso im- 
poner á la hija el trabajo sedentario ; era tarde. 
El rústico arbusto ya no se sujetaba al espaller. 
Amparo había ido á la escuela en sus primeros 
años, años de relativa prosperidad para la fa- 
milia, sucediéndole lo que á la mayor parte de 
las niñas pobres, que al poco tiempo se cansan 
sus padres de enviarlas y ellas de asistir , y se 
quedan sin más aprendizaje que la lectura cuan- 
do son listas, y unos rudimentos de escritura. 
De aguja, apenas sabía nada Amparo. La ma- 
dre se resignó con la esperanza de colocarla en 
la Fábrica. — "Que trabaje — decía — como yo 
trabajé.,, — Y al murmurar esta sentencia, sus- 
piraba recordando treinta años de incesante 
afán. Ahora su carne y sus molidos huesos se 
tendían gustosamente en la cama, donde repo- 



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LA TRIBUNA 



saba tumbada panza arriba, ínterin sudaban 
otros para mantenerla. ¡ Que sudasen ! Domi- 
nada por el terrible egoísmo que suele atacar á 
los viejos cuya mocedad fué laboriosa, la impe- 
dida hizo del lecho de dolor quinta de recreo. 
Lo que es allí ya podían venir penas ; lo que es 
allí, á buen seguro que la molestasen el calor ni 
el frío. ¿Que era preciso lavar la ropa? Bueno; 
ella no tenía que levantarse á jabonarla; le había 
costado bien caro una vez. ¿Que estaba sucio el 
piso? Ya lo barrerían, y si no, por ella, aunque 
en todo el año no se barriese... ¿De qué le ha- 
bía servido tanto romper el cuerpo cuando era 
joven? De verse ahora tullida. — "¡Ay, no se 
sabe lo que es la salud hasta después de que se 
pierde! „ — exclamaba sentenciosamente, sobre 
todo los días en que el dolor artrítico le atara- 
zábalas junturas. Otras veces, jactanciosa como 
todo inválido , decía á su hija : — " Sácateme de 
delante, que irrita el verte; de tu edad era yo 
una loba que daba en un cuarto de hora vuelta 
á una casa.,, 

Sólo echaba de menos la animación de su Fá- 
brica: las compañeras. A bien que las vecinas 
de la calle solían acercarse á ofrecerle un rato 
de palique; una sobre todo, Pepa la comadro- 
na, por mal nombre señora Porreta. Era ésta 
mujer colosal, más á lo ancho que á lo alto; 
parecíase á tosca estatua labrada para ser 
vista de lejos. Su cara enorme, circuida por 
colgante papada , tenía palidez serosa. Calzaba 
zapatillas de hombre y usaba una sortija, de ta- 
maño varonil también, en el dedo meñique. 



POR E. PARDO BAZÁN 



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Acercábase á la cama de la impedida, some- 
tía las ropas, abofeteaba la almohada para que 
" quedase á gusto „ ; y después se sentaba apo- 
yando fuertemente ambas manos en los mus- 
los, á fin de sostener la mole del vientre, y 
con voz sorda y apagada empezaba á referir 
chismes del barrio , escabrosos pormenores de 
su profesión, ó las maravillosas curas que pue- 
den obtenerse con un cocimiento de ruda, hue- 
vo y aceite , con la hoja de la malva bien ma- 
chacadita, con romero hervido en vino, con 
unturas de enjundia de gallina. Susurraban los 
maldicientes que entre parleta y parleta solía 
la matrona entreabrir el pañuelo que la cubría 
los hombros y sacar una botellica, que fácilmen- 
te se ocultaba en cualquier rincón de su corpi- 
no gigantesco ; y ya corroboraba con un trago 
de anís el exhausto gaznate, ya ofrecía la bote- 
lla á su interlocutora "para ir pasando las pe- 
nas de este mundo,,. A oídos del señor Rosendo 
llegó un día esta especie , y se alarmó , porque 
mientras estuvo en la Fábrica su mujer, no be- 
bía nunca más que agua pura ; pero por mucho 
que entró impensadamente algunas tardes, no 
cogió infraganti á las delincuentes. Sólo vió 
que estaban muy amigotas y compinches. Para 
la ex-cigarrera valía un Perú la comadrona; al 
menos esa hablaba, porque io que es su mari- 
do... Cuando éste regresaba de la diaria corre- 
ría por paseos y sitios públicos y bajando el 
hombro soltaba con estrépito el tubo en la es- 
quina de la habitación , el diálogo del matrimo- 
nio era siempre el mismo : 



24 LA TRIBUNA 



— ¿Qué tal? - preguntaba la tullida. 

Y el señor Rosendo pronunciaba una de estas 
tres frases : 

—Menos mal. — Un regular. — Condenada- 
mente. 

Aludía á la venta, y jamás se dio caso de que 
agregase género alguno de amplificación ó es- 
colio á sus oraciones clásicas. Poseía el inque- 
brantable laconismo popular , que vence al do- 
lor, al hambre, á la muerte y hasta á la dicha. 
Soldado reenganchado , uncido en sus mejores 
años al férreo yugo de la disciplina militar, se . 
convenció de la ociosidad de la palabra y nece- 
sidad del silencio. Calló primero por obedien- 
cia, luego por fatalismo, después por costum- 
bre. En silencio elaboraba los barquillos, en 
silencio los vendía, y casi puede decirse que los 
voceaba en silencio, pues nada tenía de aná- 
logo á la afectuosa comunicación que establece 
el lenguaje entre seres racionales y, humanos, 
aquel grito gutural en que, tal vez para aho- 
rrar un fragmento de palabra , el viejo suprimía 
la última sílaba, reemplazándola por doliente 
prolongación de la vocal penúltima: 

— Barquilleeeeé. .. 



III 



PUEBLO DE SU NACIMIENTO 



Al sentar el pié en la calle, Amparo respiró 
anchamente. El sol, llegado al zenit, lo ale- 
graba todo. En los umbrales de las puertas, los 
. gatos, acurrucados, presentaban el lomo al be- 
néfico calorcillo, guiñando sus pupilas de tigre 
y roncando de gusto. Las gallinas iban y venían 
escarbando. La bacía del barbero, colgada so- 
bre la muestra y rodeada de una sarta de mue- 
las rancias ya, brillaba como plata. Reinaba la 
soledad: los vecinos se habían ido á misa ó de 
bureo , y media docena de párvulos , confiados 
al Angel de la Guarda, se solazaban entre el 
polvo y las inmundicias del arroyo , con la chola 
descubierta y expuestos á un tabardillo. Am- 
paro se arrimó á una de las ventanas bajas , y 
tocó en los cristales con el puño cerrado. Abrié- 
ronse las vidrieras, y se vio la cara de una mu- 
chacha pelinegra y descolorida , que tenía en la 
mano una almohadilla de labrar donde había 
clavados infinidad de menudos alfileres. 
— i Hola! 



26 



LA TRIBUNA 



—¿Hola, Carmela, andas con la labor á vuel- 
tas? pues es día de misa. 

— Por eso me da rabia... — contestó la mucha- 
cha pálida, que hablaba con cierto ceceo, pro- 
pio de los puertecitos de mar en la provincia de 
Marineda. 

— Sal un poco, mujer... vente conmigo. 

— Hoy... ¡quién puede! Hay un encargo... diez 
y seis varas de puntilla para una señora del ba- 
rrio de Arriba... El martes se ha de entregar 
sin falta. 

Carmela se sentó otra vez, con su almohadilla 
*en el regazo , mientras los hombros de Amparo 
se alzaban entre compasivos é indiferentes, 
como si murmurasen: — "Lo de costumbre.,, — 
Apartóse de allí: sus piés descendieron con 
suma agilidad la escalinata de la plaza de Abas- 
tos, llena á la sazón de cocineras y vendedo- 
ras ; y enhebrándose por entre cestas de galli- 
nas, de huevos, de quesos, salió á la calle de 
San Efrén, y luego al atrio de la iglesia, donde 
se detuvo deslumbrada. 

Cuanto lujo ostenta un domingo en una capi- 
tal de provincia, se veía reunido ante el pórti- 
co, que las gentes cruzaban con el paso majes- 
tuoso de personas bien trajeadas y compuestas, 
gustosas de ser vistas y mutuamente resueltas 
á respetarse y no repartir empellones. Hacían 
cola las señoras aguardando su turno, empave- 
sadas y solemnes , con mucha mantilla de blon- 
da , mucho devocionario de canto dorado , mu- 
cho rosario de oro y nácar, las madres vestidas 
de seda negra, las niñas casaderas de colorí- 



POR E. PARDO BAZÁN 



27 



nes vistosos. Al llegar á los postigos que más 
allá del pórtico daban entrada á la nave, había 
crujidos de enaguas almidonadas, blandos em- 
pellones, codazos suaves, respiración agitada 
de damas obesas, cruces de rosarios que se en" 
ganchaban en un encaje ó en un fleco, frases de 
miel con su poco de vinagre , como "¡Ay! V. dis- 
pense... A mí me empujan, señora, por eso 
yo... No tire V. así, que se romperá el adorno... 
Perdone V....„ 

Deslizóse Amparo entre el grupo de la buena 
sociedad marinedina, y se introdujo en el tem- 
plo. Hacia el presbiterio se colocaban las seño- 
ritas , arrodilladas con estudio, á fin de no arru- 
garse los trapos de cristianar, y como tenían 
la cabeza baja, veíanse blanquear sus nucas, y 
alguna estrecha suela de elegante botina re- 
mangaba los pliegues de las faldas de seda. El 
centro de la nave lo ocupaba el piquete y la 
banda de música militar en correcta formación. 
A ambos lados, filas de hombres que miraban 
al techo ó á las capillas laterales , como si no 
supiesen qué hacer de los ojos. De pronto lució 
en el altar mayor la vislumbre de oro y colores 
de una casulla de tisú; quedó el concurso en 
mayor silencio; las damas alzaron sus libros 
en las enguantadas manos, y á un tiempo mur- 
muró el sacerdote Introibo , y rompió en sono- 
ro acorde la charanga, haciendo oir las profa- 
nas notas de Traviatta , cabalmente los compa- 
ses ardientes y febriles del dúo erótico del pri- 
mer acto. El son vibrante de los metales añadía 
intensidad al canto , que , elevándose amplio y 



28 



LA TRIBUNA 



nutrido hasta la bóveda , bajaba después á ex- 
tenderse, contenido, pero brioso, por la nave y 
el crucero, para cesar de repente al alzarse la 
hostia; cuando esto sucedió, la Marcha Real, 
poderosa y magnífica, brotó de los marciales 
instrumentos, sin que á intervalos dejase de es- 
cucharse en el altar el misterioso repiqueteo de 
la campanilla del acólito. 

A la salida, repetición de desfile; junto á la 
pila se situaron tres ó cuatro de los que ya no 
se llamaban dandys , ni todavía gomosos, sino 
pollos y gallos, haciendo ademán de humede- 
cer los dedos en agua bendita , y tendiéndolos 
bien enjutos á las damiselas para conseguir un 
fugaz contacto de guantes vigilado por el ojo 
avizor de las mamás. Una vez en el pórtico, 
era lícito levantar la cabeza, mirar á todos la- 
dos , sonreír, componerse furtivamente la man- 
tilla, buscar un rostro conocido y devolver un 
saludo. Tras el deber, el placer; ahora la se- 
lecta multitud se dirigía al paseo, convidada 
de la música y de la alegría de un benigno do- 
mingo de Marzo , en que el sol sembraba la re- 
gocijada atmósfera de átomos de oro y tibios 
efluvios primaverales. Amparo se dejó llevar 
por la corriente , y presto vino á encontrarse en 
el paseo. 

No tenía entonces Marineda el parque inglés 
que, andando el tiempo, hermoseó su recinto; 
y las Filas, donde se daban vueltas durante las 
mañanas de invierno y las tardes de verano, 
eran una estrecha acera, baldosada de gra- 
nito, de una parte guarnecida por alta hilera 



POR E. PARDO BAZÁN 



2Q 



de casas, de otra por una serie de bancos que 
coronaban toscas estatuas alegóricas de las es- 
taciones y de las virtudes, mutiladas y privadas 
de manos y narices por la travesura de los mu- 
chachos. Sombreaban los asientos acacias de 
tronco enteco, de clorótico follaje (cuando Dios 
se lo daba) , sepultadas entre piedra por todos 
lados, como prisionero en torre feudal. A la 
sazón carecían de hojas, pero la caricia abra- 
sadora del sol impelía á la savia á subir y las 
yemas á hincharse. Las desnudas ramas se re- 
cortaban sobre el limpio matiz del firmamento, 
y á lo lejos el mar, de un azul metálico, como 
empavonado, reposaba, viéndose inmóviles las 
jarcias y arboladura de los buques surtos en la 
bahía, y quietos hasta los impacientes gallar- 
detes de los mástiles. Ni un soplo de brisa, ni 
nada que turbase la apacibilidad profunda y 
soñolienta del ambiente. 

Caído el pañuelo y recibiendo á plomo el sol 
en la mollera , miraba Amparo con gran interés 
él espectáculo que el paseo presentaba. Seño- 
ras y caballeros giraban en el corto trecho de 
las Filas, á paso lento y acompasado, guar- 
dando escrupulosamente la derecha. La impla- 
cable claridad solar azuleaba el paño negro de 
las relucientes levitas, suavizaba los fuertes co- 
lores de las sedas , descubría las menores im- 
perfecciones de los cutis, el salseo de los guan- 
tes, el sitio de las antiguas puntadas en la ropa 
reformada ya. No era difícil conocer al primer 
golpe de vista á las notabilidades de la ciudad; 
una fila de altos sombreros de felpa, de bas- 



3o 



LA TRIBUNA 



tones de roten ó concha con puño de oro, de 
gabanes de castor , todo llevado por caballeros 
provectos y seriotes, revelaba claramente á las 
autoridades , regente , magistrados , segundo 
cabo, gobernador civil; seis ó siete pantalones 
gris perla, pares de guantes claros y flamantes 
corbatas denunciaban á la dorada juventud; 
unas cuantas sombrillas de raso, un ramillete 
de vestidos que trascendían de mil leguas á 
importación madrileña , indicaban á las dueñas 
del cetro de la moda. Las gentes pasaban, y 
volvían á pasar, y estaban pasando continua- 
mente , y á cada vuelta se renovaba la misma 
procesión por el mismo orden. 

Un grupo de oficiales de infantería y caballe- 
ría ocupaba un banco entero, y el sol parecía 
concentrarse allí , atraído por el resplandor de 
los galones y estrellas de oro , por los pantalo • 
nes rojo vivo , por el relampagueo de las vainas 
de sable y el hule reluciente del casco de los 
roses. Los oficiales , gente de buen humor y jó- 
venes casi todos, reían, charlaban y hasta ju- 
gaban con un enjambre de elegantes niñas , que 
ni la mayor sumaría doce años , ni la menor ba- 
jaba de tres. Tenían á las más pequeñas senta- 
das en las rodillas , mientras las otras , de pié y 
con unos atisbos de timidez y pudor femenil, 
no osaban acercarse mucho al banco, haciendo 
como que platicaban entre sí, cuando realmen- 
te sólo atendían á la conversación de los mili- 
tares. Al otro extremo del paseo se oyó enton- 
ces un grito conocidísimo de la chiquillería. 

— Barquilleeeeé... 



POR E. PARDO BAZÁN 



3* 



— Batilos... á mí batilos — chilló al oírlo una 
rubilla carrilluda, que cabalgaba en la pierna 
izquierda de un capitán de infantería portador 
de formidables mostachos. 

— Nisita, no seas fastidiosa; te llevo á mamá 
—amonestó una de las mayores con gravedad 
imponente. 

— Fué teo batilos, batiiilos— berreó descom- 
pasadamente la rubia, colorada como un pavo 
y apretando sus puñitos. 

—Tiene V. razón, señorita — díjole risueño 
un alférez de linda y adamada figura, al ver 
que el angelito pateaba y hacía pucheros para 
romper á llorar. — Espérese V., que habrá bar- 
quillos. Llamaremos á ese digno industrial... 
Ya viene hacia acá. V., Borrén— añadió, diri- 
giéndose al capitán -¿quiere V. darle una voz? 

— ¡Eh... chsss! ¡Barquilleeeero! — gritó el capi- 
tán mostachudo , sin notar que el círculo de las 
grandecitas se reía de su ronquera crónica. No 
obstante la cual , el señor Rosendo le oyó , y se 
acercaba, derrengado con el peso de la caja, que 
depositó en el suelo delante del grupo. Se oye- 
ron como píos y aleteos, el ruido de una cana- 
riera cuando le ponen alpiste , y las chiquillas 
corrieron á rodear el tubo, mientras las gran- 
des se hacían las desdeñosas , cual si las humi- 
llase la idea de que á su edad las convidaran á 
barquillos. Inclinada la rubia pedigüeña sobre 
la especie de ruleta que coronaba la caja de 
hoja de lata, impulsaba con su dedito la aguja, 
chillando de regocijo cuando se detenía en un 
número, ya ganase, ya perdiese. Su júbilo rayó 



32 



LA TRIBUNA 



en paroxismo al punto que , tendiendo la mano 
abierta, encima de cada dedo fué el señor Ro- 
sendo calzándole una torre de barquillos : que- 
dóse extasiada mirándolos , sin atreverse á 
abrir la boca para comérselos. 

Estando en esto, el alférez volvió casualmen- 
te la cabeza y divisó al otro lado de los bancos 
un rostro de niña pobre, que devoraba con los 
ojos la reunión. Figuróse que sería por antojo 
de barquillos, y la hizo una seña, con ánimo de 
regalarle algunos. La muchacha se acercó, fas- 
cinada por el brillo de la sociedad alegre y ju- 
venil; pero al entender que la convidaban á to 
mar parte en el banquete, encogióse de hombros 
y movió negativamente la cabeza. 

—Bien harta estoy de ellos — pronunció con 
desdén. 

— Es la hija — explicó sin manifestar sorpresa 
el barquillero, que embolsaba la calderilla y 
bajaba el hombro para ceñirse otra vez la co- 
rrea. 

— Por lo visto, eres la señorita de Roséndez 
—murmuró el alférez en son de broma. — Va- 
mos, Borrén, V. que es animado, dígale algo 
á esta pollita. 

El de los mostachos consideraba á la recién 
venida atentamente, como un arqueólogo mi- 
raría un ánfora acabada de encontrar en una 
excavación. A las palabras del alférez contestó 
con ronco acento: 

— Pues vaya si le diré, hombre. Si estoy re- 
parando á esta chica, y es de lo mejorcito que se 
pasea por Marineda. Es decir, por ahora está 



POR E. PARDO BAZÁN 



33 



sin formar, ¿eh?— Y el capitán abría y cerraba 
las dos manos como dibujando en el aire unos 
contornos mujeriles. — Pero yo no necesito ver- 
las cuando se completan , hombre ; yo las huelo' 
antes, amigo Baltasar. Soy perro viejo, ¿eh? 
Dentro de un par de años. . .— Y Borrén hizo otro 
gesto expresivo, cual si se relamiese. 

Miraba el alférez á la muchacha, y admirá- 
base de las predicciones de Borrén: es verdad 
que había ojos grandes, pobladas pestañas, 
dientes como gotas de leche ; pero la tez era ce- 
trina, el pelo embrollado semejaba un felpudo, 
y el cuerpo y traje competían en desaliño y 
poca gracia. Con todo, por seguir la broma, 
hizo el alférez que asentía á la opinión del ca- 
pitán, y pronunció: 

—Digo lo que el amigo Borrén : esta pollita 
nos va á dar muchos disgustos... 

Los oficiales se echaron á reir, y Amparo á 
su vez se fijó en el que hablaba , sin comprender 
al pronto sus frases. 

—Cosas de Borrén... Ese Borrén es célebre — 
exclamaron con algazara los militares , á quie- 
nes no parecía ningún prodigio la chiquilla. 

—Reparen Vds., señores — siguió el alférez ;— 
la chica es una perla ; dentro de dos años nos 
mareará á todos. ¿Qué dices tú á eso, señorita 
de Roséndez? Por de pronto, á mí me ha des- 
airado no aceptando mis barquillos... Mira, te 
convido á lo que quieras, á dulces, á jerez... 
pero con una condición. 

Amparo enrollaba las puntas del pañuelo sin 
dejar de mirar de reojo á su interlocutor. No 

3 



34 



LA TRIBUNA 



era lerda, y recelaba que se estuviesen bur- 
lando ; sin embargo, le agradaba oir aquella voz 
y mfrar aquel uniforme refulgente. 

— ¿Aceptas la condición? Lo dicho, te convi- 
do... pero tienes que darme algo tú también: 
me darás un beso. 

Soltaron la carcajada los oficiales , ni más ni 
menos que si el alférez hubiese proferido alguna 
notable agudeza ; las niñas grandecitas se vol- 
vieron haciendo que no oían, y Amparo, que 
tenía sus pupilas obscuras clavadas en el rostro 
del mancebo, las bajó de pronto, quiso disparar 
una callejera fresca , sintió que la voz se le atas- 
caba en lá laringe, se encendió en rubor desde 
la frente hasta la barba , y echó á correr como 
alma que lleva el diablo. 



IV 



QUE LOS TENGA MUY FEL/ICES 



Se ha mudado la decoración; ha pasado casi 
un año; corre el mes de Enero. No llueve; 
el cielo está aborregado de nubes lívidas que 
presagian tormenta, y el viento costeño, re- 
dondo, giratorio como los ciclones, arremolina 
el polvo, los fragmentos de papel, los residuos 
de toda especie que deja la vida diaria en las 
calles de una ciudad. Parece como si se hubie- 
sen asociado vendaval y cierzo: aquél para 
aullar, soplar, mugir; éste para herir los sem- 
blantes con finísimos picotazos de aguja, col 
gar gotitas de fluxión en las fosas nasales, azu- 
lear las mejillas y enrojecer los párpados. En 
verdad que con semejante tiempo los Santos 
Reyes, que caballeros en sus dromedarios ve- 
nían desde el misterioso país de la luz , atrave- 
sando la Palestina , á saludar al Niño , debieron 
notar que se les helaban las manos, llenas de 
incieso y mirra, y subir más que á paso la es- 
clavina de aquellas dulletas de armiño y púr- 
pura con que los representan los pintores. A 
falta de esclavina, los marinedinos alzaban 



36 



LA TRIBUNA 



cuanto podían el cuello del gabán ó el embozo 
de la capa. Es que el viento era frío de veras, 
y, sobre todo, incómodo; costaba un triunfo 
pelear con él. Entrábase por las bocacalles, 
impetuoso y arrollador , bufando y barriendo á 
las gentes, á manera de fuelle gigantesco. En 
el páramo de Solares , que separa el barrio de 
Arriba del de Abajo, pasaban lances cómicos; 
capas que se enrollaban en las piernas y no 
dejaban andar á sus dueños, enaguas almido- 
nadas que se volvían hacia arriba con fieros 
estallidos, aguadores que no podían con la 
cuba, curiales á quienes una ráfaga arrebataba 
y dispersaba el protocolo, señoritos que co- 
rrían diez minutos tras de una chistera fugiti- 
va que, al fin, franqueando de un brinco el 
parapeto del muelle , desaparecía entre las agi- 
tadas olas... Hasta los edificios tomaban parte 
en la batalla : aullaban los canalones , las falle- 
bas de las ventanas temblequeaban , retembla- 
ban los cristales de las galerías, coreando el 
dúo de bajos, profundo, amenazador y teme- 
roso, entonado por los dos mares, el de la 
bahía y el del Varadero. Tampoco estaban 
ellos para bromas. 

En cambio, celebrábase gran fiesta en una 
casa de ricos comerciantes del barrio de Abajo: 
la de Sobrado Hermanos. Era el santo de Bal- 
tasar, único vástago masculino del tronco de 
los Sobrados, y cuando más diabluras hacía 
fuera el viento , circulaban en el comedor los 
postres de una pesada comida de provincia en 
que el gusto no había proporocniado la abundan- 



POR E. PARDO BAZÁN 37 



cia. Sucediéronse, plato tras plato, los cebados 
capones, manidos y con amarilla grasa; el 
pavo relleno; el jamón en dulce con costra de 
azúcar tostado ; las natillas, con arabescos de 
canela, y la tarta, el indispensable ramillete 
de los días de días, con sus cimientos de al- 
mendras , sus torres de piñonate , sus cresterías 
de caramelo y su angelote de almidón ejecu- 
tando una pirueta con las alas tendidas. Ya se 
aburrían los grandes de estar en la mesa ; no 
así los niños. Ni á tres tirones se levantarían 
ellos, cabalmente en el feliz instante en que 
era lícito tirarse confites , comer con los dedos, 
hacer, de puro ahitos , mil porquerías y comis- 
trajos con su ración. Todo el mundo les dejaba 
alborotar; era el momento -de la desbandada; se 
habían pronunciado brindis y contado anéc- 
dotas con mayor ó menor donaire ; pero ya na- 
die tenía ánimos para sostener la conversación, 
y el Sobrado tío , que era grueso y abotargado, 
se abanicaba con la servilleta. Levantó la se- 
sión el ama de casa, Doña Dolores, diciendo 
que el café estaba dispuesto en la sala de re- 
cibir. 

En ésta se habían prodigado las luces; dos 
bujías á los lados del piano vertical , sobre la 
consola; en los candelabros de zinc, otras cua- 
tro de estearina rosa, acanaladas ; en el velador 
central , entre los álbumes y estereóscopos , un 
gran quinqué con pantalla de papel picado. Ilu- 
minación completa. ¡Es que por Baltasar echa- 
ban gustosos los Sobrados la casa por la ven- 
tana, y más ahora que le veían de uniforme, 



LA TRIBUNA 



tan lindo y galán mozo ! A la fiesta habían sido 
convidados todos los íntimos: Borrén, otro al- 
férez llamado Palacios, la viuda de García y 
sus niñas, de las cuales la menor era Nisita, la 
rubia de los barquillos, y, por último, la maes- 
tra de piano de las hermanas de Baltasar. La 
velada se organizó, mejor dicho, se desordenó 
gratamente en la sala; cada cual tomó el café 
donde mejor le plugo. Doña Dolores y su cu- 
ñado, que resoplaba como una foca, se apode- 
raron del sofá para entablar una conferencia 
sobre negocios; Sobrado, el padre, fumaba un 
puro del estanco , obsequio de Borrén , y sabo- 
reaba su café, aprovechando hasta el del plati- 
llo. La niña mayor de García, Josefina, se sen- 
tó al piano, después de muy rogada, y entre cien 
remilgos, dió principio á una fantasía sobre 
motivos de Bellini ; Baltasar se colocó á su lado 
para volver las hojas, mientras sus hermanas 
gozaban con las gracias de Nisita, que roía 
un trozo de piñonate; manos, hocico y nari- 
ces, todo lo tenía empeguntado de almíbar mo- 
reno. 

—¡Estás bonita!— exclamaba Lola, la mayor 
de Sobrado.— ¡Puerca, babada, te quedarás sin 
dientes ! 

—No me impies— chillaba el angelito;— no me 
impies... voy á chucharme ota ves.— Y sacaba de 
la faltriquera un adarve del castillo de la tarta. 

—¿Ha visto V. qué día?— preguntaba Borrén 
á la viuda de García, que bien quisiera dejar de 
serlo— Una garita ha derribado el viento; por 
mas señas que cayó sobre el centinela, ¿eh? y 



POR E. PARDO BAZÁN 



39 



á poco le mata. Y V. , } cómo se vino desde su 
casa? 

—¡Jesús... puede V. figurarse! Con mil apu- 
ros... Yo no sé cómo me arreglé para sujetar 
la ropa... y así y todo... 

—¡Quién estuviera allí! Ya conozco yo al- 
guno... 

— ¡ Jesús... no sé para qué! 

—Para admirar un pié tan lindo... y para dar- 
la el brazo, ¡hombre!, á fin de que el viento no 
se la llevase. 

Juzgó la viuda que aquí convenía fingirse 
distraída, y cogió el estereóscopo, mirando por 
él la Fachada de las Tullerías. Del piano saltó 
entonces un allegro vivace , con muchas octa- 
vas, y el tecleo cubrió las voces... sólo se oye- 
ron fragmentos del diálogo que sostenían la 
agria voz de Doña Dolores y la voz becerril de 
su cuñado. 

— La fábrica, bien... de capa caída... las hipo- 
tecas... al ocho... Liquidaron con el socio... la 
competencia... 

— Josefinita— gritó la viuda á la pianista— ¿qué 
haces, niña? ¿No te encargó Doña Hermitas que 
pusieses el pedal en ese pasaje? 

—Y lo pone - intervino la maestra de piano; 
pero debía ser desde el compás anterior. . . A ver v 
¿quiere V. repetir desde ahí... sol, la, do, la, do... 

—¡Lo hace hoy... Jesús, qué mal! ¡Por lo 
mismo que hay gente ! — murmuró la madre.— 
Cuando está sola, aunque embrolle... 

—Pues yo bien vuelvo las hojas; en mí no 
consiste— dijo risueño Baltasar.— Y debe V. es- 



4 o 



LA TRIBUNA 



merarse, pollita, que estoy de días, y Palacios 
la oye á V. boquiabierto y entusiasmado. 

— ¡ Bueno ! — gritó la mujercita de trece años, 
suspendiendo de golpe su fantasía. Me están 
Vds. cortando... ea , ya no sé poner los de- 
dos. Como no aprendí la pieza de memoria, 
y este papel no es el mío... Voy á tocar otra 
cosa. 

Y echando atrás la cabeza y á Baltasar una 
mirada fugaz, arrancó del teclado los primeros 
compases de mimosa habanera. La melodía co- 
menzaba soñolienta, perezosa, yámbica; des- 
pués, de pronto, tenía un impulso de pasión, un 
nervioso salto; luego tornaba á desmayarse, á 
caer en la languidez criolla de su ritmo des- 
igual. Y volvía monótona, repitiendo el tema, 
y la mujercita, que no sabía interpretar la pá- 
gina clásica del maestro italiano , traducía en 
cambio á maravilla la enervante molicie amo- 
rosa, los poemas incendiarios que en la haba- 
rera se encerraban. Josefina, al tocar, se cim- 
breaba levemente, cual si bailase, y Baltasar 
estudiaba con curiosidad aquellos tempranos 
coqueteos, inconscientes casi, todavía candoro 
sos, mientras tarareaba á media voz la letra : 



«Cuando en la noche la blanca luna...» 



Diríase que fuera había aplacado la ventolina, 
pues los goznes de las ventanas ya no gemían, 
ni temblaban los vidrios. Mas de improviso se 



POR E. PARDO BAZÁN 



41 



escuchó un derrumbamiento, un fragor como 
si el cielo se desfondase y sus cataratas se 
abriesen de golpe. Lluvia torrencial que azotó 
las paredes, que inundó las tejas , que se preci- 
pitó por los canalones abajo, estrellándose en 
las losas de la calle. En la sala hubo un instan- 
te de sorpresa; Josefina interrumpió su haba- 
nera, Baltasar se aproximó á la ventana, la 
viuda soltó el estereóscopo, y á Nisita se le 
cayó de las manos el piñonate. Casi al mismo 
tiempo, otro ruido que subía del portal vino á 
dominar el ya formidable del aguacero; una 
algarabía, un chascarrás desapacible, unas vo- 
ces cantando destempladamente con acompa- 
ñamiento de panderos y castañuelas. Saltaron 
alborotadas las chiquillas , con Nisita á la ca- 
beza. 

—Ya están ahí esas holgazanas— dijo áspera- 
mente Doña Dolores.— Anda, Lola— añadió di- 
rigiéndose á su hija mayor :-á Juana que las 
eche del portal, que lo ensuciarán. 

—Mamá... ¡lloviendo tanto!— suplicó Lola. — 
¡ Parece no sé qué decirles que se vayan ! ¡ Se 
pondrán como sopas! ¿No oye V. que el cielo 
se hunde? 

—¡Es que eres tonta!— pronunció con rabia 
la madre. — Si las dejas tocar ahí, después no 
hay remedio sino darles algo á esas perdidas... 

—¿Qué importa, mamá? — intervino Baltasar. 
— Hoy es mi santo. 

— ¡ Que suban , que suban á cantar los Reyes! 
—gritó unánime la concurrencia menor de tres 
lustros. 



4 2 



LA TRIBUNA 



—Te uban... Batasal, te uban, te uban— be- 
rreó Nisita cruzando sus manos pringosas. 

- Que suban, hombre, veremos si son gua 
pas— confirmó Borrén. 

Lola de esta vez no necesitó que le reitera- 
sen la orden. Ya estaba bajando las escaleras 
dos á dos. 



V 



VILLANCICO DE REYES 



No tardaron en resonar pisadas en el corre- 
dor; pisadas tímidas y brutales á la vez, de 
piés descalzos ó calzados con zapatos rudos. A1 
mismo tiempo las panderetas repicaban débil- 
mente ylas castañuelas se entrechocaban bajito 
como los dientes del que tiene miedo... Doña 
Dolores se incorporó con el entrecejo desapa- 
ciblemente fruncido. 

— Esa Lola... ¡Pues no las trae aquí mismo! 
¿Por qué no las habrá dejado en la antesala? 
¡Bonita me van á poner la alfombra! ¡A ver si 
os limpiáis las suelas antes de entrar! 

Hizo irrupción en la sala la orquesta calleje- 
ra; pero al ver las niñas pobres la claridad del 
alumbrado, se detuvieron azoradas, sin osar 
adelantarse. Lola , cogiendo de la mano á la que 
parecía capitanear el grupo, la trajo , casi á la 
fuerza, al centro de la estancia. 

—Entra, mujer... que pasen las otras... A ver 
si nos cantáis aquí los mejores villancicos que 
sepáis. 

Lo cierto es que la viva luz de las bujías , tan 



44 



LA TRIBUNA 



propicia á la hermosura , patentizaba y descu- 
bría cruelmente las fealdades de aquella tropa, 
mostrando los cutis cárdenos , fustigados por el 
cierzo ; las ropas ajadas y humildes , de colores 
desteñidos; la descalcez y flacura de piés y pier- 
nas ; todo el mísero pergeño de las cantoras. 
Entre éstas las había de muy diversas edades, 
desde la directora, una ágil morenilla de ca- 
torce, hasta un rapaz de dos años y medio, todo 
muerto de vergüenza y temor, y un mamón de 
cinco meses , que por supuesto venía en brazos. 

—¡Hombre !— exclamó Borrén al ver á la mo- 
rena. — ¡Pues si es la chiquilla del barquillero! 
Somos conocidos antiguos, ¿eh? 

—Sí, señor... — contestó ella intrépidamente. 
—La misma. Y yo le conocí á V. también. Es V. 
el que estaba en las Filas el año pasado un día 
de fiesta. 

Como para los pobres suele no haber estacio- 
nes, Amparo tenía el mismo traje de tartán, 
pero muy deteriorado, y una toquilla de estam- 
bre rojo era la única prenda que indicaba el 
tránsito de la primavera al invierno. A despe- 
cho de tan mezquino atavío, no sé qué flor de 
adolescencia empezaba á lucir en su persona; 
el moreno de su piel era más claro y fino, sus 
ojos negros resplandecían. 

—¿Qué tal, eh?— murmuró Borrén volviéndo- 
se hacia Baltasar y Palacios. Esto empieza á 
picar como las guindillas... Miren Vds. para 
aquí. 

Y tomando un candelero lo acercó al rostro 
de la muchacha. Como Baltasar se había aproxi- 



POR E. PARDO BAZÁN 



45 



mado, sus pupilas se encontraron con las de 
Amparo, y ésta vió una fisonomía delicada , casi 
femenil, unbigotillo blondo incipiente, unos ojos 
entre, verdosos y garzos que la registraban con 
indiferencia. Acordóse, y sintió que se le arre- 
bataba la sangre á las mejillas. 

—El señorito del paseo— balbució.— También 
me acuerdo de V. 

—Y yo de ti, niña bonita— respondió él, por 
decir algo. 

—¿Quiere V. poner el candelero en su sitio, 
Borrén?— interpeló Josefina con voz aguda.— 
Me ha manchado V. todo el traje. 

— ¡Mire V. qué graciosilla es ésta, hombre! 
—advirtió Borrén señalando á Carmela la en- 
cajera, que tenía los ojos bajos. — Algo desco- 
lorida... pero graciosa. 

—¡Calle! — dijo la viuda de García... ¿Tú por 
aquí? Me llevarás mañana un pañuelo imitando 
Cluny... 

—¡La de las puntillas!— exclamó Doña Dolo- 
res.— ¡ Buena pieza ! Ahora las hacéis muy mal, 
tú y tu tía... Ponéis hilo muy gordo. 

— ¡Se ve tan poco... los días son tan cortos! Y 
tiene una las manos frías; en hacer una cuarta 
de puntilla se va una mañana. Casi, descon- 
tando lo que nos cuesta el hilo, no sacamos para 
arrimar el puchero á la lumbre... 

Entre tanto Nisita se iba abriendo camino al 
través de piernas y sillas , hasta acercarse á la 
niña de ocho años que llevaba en brazos al 
rorro. 

— Un tiquito... un tiquito — gritaba la rubilla 



46 LA TRIBUNA 



mirándole compadecida y embelesada. — Amelo. 

—No podrás con él — respondía desdeñosa- 
mente la niñera. 

—Le oy teta — argüía Nisita haciendo el ade- 
mán correspondiente al ofrecimiento. 

—¿Quién os enseñó á cantar?— preguntó á la 
encajera la viuda de García. 

—Enseñar, nadie... Nos reunimos nosotras. 
Tenemos un libro de versos. 

—¿Y andáis por ahí di virtiéndoos? 

—Divertir, no nos divertimos... hace frío — 
contestó Carmela con su voz cansada y dulce. 
— Es por llevar unos cuantos reales á la casa. 

—¡Mamá, Osepina, Loló ! —vociferaba la ru- 
billa.— Un tiquito, un niño Quetús. Mía, mía. 

Todos se volvieron y divisaron á la infeliz 
oruga humana , envuelta en un mantón viejísi- 
mo, con una gorra de lana morada, que aumen- 
taba el tono de cera de su menuda faz , arruga- 
da y marchita como la de un anciano por culpa 
de la mala alimentación y del desaseo. Sus 
ojuelos negros, muy abiertos, miraban en de- 
rredor con vago asombro, y de sus labios fluía 
un hilo de baba. La viuda de García , que era 
bonachona , lanzó una exclamación que corea- . 
ron las niñas de Sobrado. 

—¡Jesús... ! angelito de Dios... tan pequeño, 
por esas calles y con este día. ¿Pero qué hace 
su madre? 

—Mi madre tiene tienda en la calle del Casti- 
llo... Somos siete con éste, y yo soy la mayor... 
— alegó á guisa de disculpa la que llevaba la 
criatura. 



POR E. PARDO BAZÁN 



47 



— ¡Jesús!... ¿Pero cómo hacéis para que no 
llore? ¿ Y si tiene hambre? 

— Le meto la punta del pañuelo en la boca 
para que chupe... Es muy listito; ya se entre- 
tiene mucho. 

Riéronse las niñas, y Lola tomó al nene en 
brazos. 

— ¡Qué ligero! —pronunció.— ¡Si pesa más 
la muñeca grande de Nisita! 

Pasó de mano en mano el leve fardo , hasta 
llegar á Josefina, que lo devolvió á la portado- 
ra muy de prisa , declarando que olía mal. 

— No ven el agua ni una vez en el año — decía 
confidencialmente á su cuñado Doña Dolores 
—y salen más fuertes que los nuestros. Yo, ma- 
tándome, y sin poder conseguir que esa Lola 
se robustezca. 

Amparo observaba la sala, el piano de relu- 
ciente barniz, el menguado espejo, las conchas 
de Filipinas y aves disecadas que adornaban la 
consola, el juego de café con filete dorado, los 
trajes de las de García, el grupo imponente del 
sofá, y todo le parecía bello, ostentoso y dis- 
tinguido, y sentíase como en su elemento, sin 
pizca ya de cortedad ni de extrañeza. 

—¿Y tú, qué haces, señorita de Roséndez?— 
interrogó Baltasar.— ¿Andar de calle en calle 
canturreando? Bonito oficio, chica; me parece 
ámí que tú... 

—¿Y qué quiere que haga? — replicó ella. 

—Encajes, como tu amiguita. 

— ¡ Ay! No me aprendieron. 

— ¿Pues qué te aprendieron, hija? ¿Coser? 



4 8 



LA TRTBUNA 



— ¡Bah! Tampoco. Así, unas puntaditas... 
—¿Pues qué sabes tú? ¿Robarlos corazones? 
—Sé leer muy bien y escribir regular. Fui á 

la escuela, y decía el maestro que no había otra 
como yo. Le leo todos los días La Soberanía 
Nacional al barbero de enfrente. 

— Pusiste unapicaenFlandes. ¿No sabes más? 
— Liar puros. 

— ¡Hola! ¿Eres cigarrera? 
— Fué mi madre. 

— Y tú, ¿por qué no? 

— No tengo quien me meta en la fábrica... Ha- 
cen falta empeños. 

— Pues mira, casualmente este señor puede 
recomendarte... Oiga V., Borrén, ¿no es V. pri- 
mo del contador de la Fábrica? diga V. 

— ¡Hombre! es cierto. Del contador no, pero 
de su señora... Es murciana: somos hijos de 
primos hermanos. 

— ¡Magnífico! Dile tu nombre y tus señas, 
chica. 

— Sí, hija... se hará lo posible, ¿eh? Por ser- 
vir á una morena tan sandunguera... Vas á va' 
ler más pesetas con el tiempo... Hombre, ¿no 
repara V., Baltasar, lo que ganó desde el año 
pasado? 

— Mucho más guapa está— declaró Baltasar. 

— ¿Pero estas chiquillas no cantan?— inte- 
rrumpió con dureza Josefina García. — ¿Han 
venido aquí á hacernos tertulia? Para eso, que 
se larguen. No se ganan los cuartos charlando. 

— ¡ A cantar ! — contestaron resignadamente 
todas; y al punto redoblaron las castañuelas, 



POR E. PARDO BAZÁN 



49 



repiquetearon los panderos, rechinaron las 
conchas , exhaló su estridente nota el triángulo 
de hierro, y diez voces mal concertadas entona- 
ron un villancico : 

«Los pastores en Belén 
Todos A juntar en leña 
Para calentar al Niño 
Que nació en la Noche-Buena... » 

Y al llegar al estribillo : 

«Toquen, toquen rabeles y gaitas, 
Panderetas , tambores y flautas.. .» 

se armó un estrépito de dos mil diablos: chi- 
llaban y tocaban á la vez , con ambas manos , y 
aun hiriendo con los piés el suelo. Hasta el 
rorro , asustado por la bulla ó desentumecido 
por el calor y vuelto á la conciencia de su ham- 
bre, se resolvió á tomar parte en el concierto. 
Las niñas de Sobrado y García, locas de rego- 
cijo, se asieron de las manos y empezaron á 
bailar enrueda, con las trenzas flotantes y vo- 
] anderas las enaguas . Nisita, igualitaria como na- 
die, cogió al parvulillo de dos años y lo metió 
en el corro, donde la pobre criatura hubo de 
danzar mal de su grado, soltando á cada paso 
sus holgadas babuchas. Borrén, por hacer algo, 
jaleó á las bailadoras. Aprovechando un mo- 
mento de confusión, Lola se escurrió y volvió 
trayendo en la falda del vestido una mescolan- 
za de naranjas, trozos de piñonate, almendras, 
bizcochos, pasas, galletas, relieves de la mesa 
amontonados á escape, que comentó á distri- 



4 



50 



LA TRIBUNA 



buir con largueza y garbo. Doña Dolores saltó 
hecha una furia. 

—Esta chiquilla está loca... me desperdicia 
todo... cosas finas... ¡y para quién! ¡Vean 
Vds.!... ¡Con una taza de caldo que les diesen!... 
¡Y el vestido... el vestido azul estropeado!... 

Diciendo lo cual, se aproximó disimulada- 
mente á Lola y le apretó el brazo con ira. Bal- 
tasar intercedió una vez más: era su saato, un 
día en el año. Sobrado padre tartamud -ó tam- 
bién disculpas de su hija , á quien quería entra- 
ñablemente; y Borrén, siempre obsequioso, 
acabó de repartir las golosinas. Carmela, la en- 
cajera, y Amparo, rehusaron con dignidad su 
parte; pero la chiquillería despachó su ración 
atragantándose en las mismas barbas de doña 
Dolores, que consumó la venganza dando por 
terminados los villancicos , y poniendo en la es- 
calera á músicos y danzantes. 



VI 



CIGARROS PUROS 



Hizo Borrén, en efecto, la recomendación á 
su prima, que se la hizo al contador, que se 
la hizo al jefe, y Amparo fué admitida en la 
Fábrica de cigarros. El día en que recogió el 
nombramiento, hubo en casa del barquillero la 
fiesta acostumbrada en casos semejantes, fiesta 
no inferior á la que celebrarían si se casase la 
muchacha. Mandó la madre decir una misa á 
Nuestra Señora del Amparo, patrona de las ci- 
garreras ; y por la tarde fueron convidados á 
un asiático festín el barbero de enfrente, Car- 
mela, su tía, y la señora Porreta la comadrona: 
hubo empanada de sardina, bacalao, vino de 
Castilla , anís y caña á discreción , rosoli, una 
enorme fuente de papas de arroz con leche. 

Privado de la ayuda de Amparo, el barquille- 
ro había tomado un aprendiz, hijo de una lavan- 
dera de las cercanías. Jacinto, ó Chinto , tenía 
facciones abultadas é irregulares, piel de un 
moreno terroso, ojos pequeños y á flor de cara; 
en resumen, la fealdad tosca de un villano feu- 
dal. Sirvió á la mesa, escanció, y fué la diver- 



LA TRIBUNA 



sión de los comensales, por sus largas melenas, 
semejantes á un ruedo, que le comíanla frente; 
por su faja de lana, que le embastecía la ya no 
muy quebrada cintura; por su andar torpe y 
desmañado, análogo al de un moscardón cuan- 
do tiene las patas untadas de almíbar ; por su 
puro dialecto de las Rías Saladas, que provo- 
caba la hilaridad de aquella urbana reunión. 
El barbero , que era leído , escribido y muy re- 
dicho; la encajera, que la daba de fina, y la co- 
madrona , que gastaba unos chistes del tamaño 
de su panza, compitieron en donaire burlándose 
de la rusticidad del mozo. Amparo ni le miró: 
tan ridículo le había parecido la víspera cuan- 
do entró llorando, trayéndole medio á rastra su 
madre. Carmela fué la única que le habló hu- 
manamente, y le dijo el nombre de dos ó tres 
cosas, que él preguntaba sin lograr más res- 
puesta que bromas y embustes. Así que todos 
manducaron á su sabor, echaron las sobras re- 
vueltas en un plato , como para un perro , y se 
las dieron al labrieguito , que se acostó harto, 
roncando formidablemente hasta el otro día. 

Amparo madrugó para asistir á la Fábrica. 
Caminaba á buen paso , ligera y contenta como 
el que va á tomar posesión del solar paterno. 
Al subir la cuesta de San Hilario, sus ojos se 
fijaban en el mar, sereno y franjeado de tintas 
de ópalo , mientras pensaba en que iba á ganar 
bastante desde el primer día; en que casi no 
tendría aprendizaje , porque al fin los puros la 
conocían, su madre le había enseñado é envol- 
verlos, poseía los heredados chismes del oficio > 



POR E. PARDO BAZAN 



53 



y no la arredraba la tarea. Discurriendo así, 
cruzó la calzada y se halló en el patio de la Fá- 
brica, la vieja Gr añera. Embargó á la mucha- 
cha un sentimiento de respeto. La magnitud 
del edificio compensaba su vetustez y lo poco 
airoso de su traza; y para Amparo, acostumbra- 
da á venerar la Fábrica desde sus tiernos años, 
poseían aquellas murallas una aureola de ma- 
jestad, y habitaba en su recinto un poder miste- 
rioso, el Estado, con el cual sin duda era ocioso 
luchar, un poder que exigía obediencia cie- 
ga, que á todas partes alcanzaba y dominaba á 
todos. El adolescente que por vez primera pisa 
las aulas experimenta algo parecido á lo que 
sentía Amparo. 

Pudo tanto en ella este temor religioso , que 
apenas vió quién la recibía, ni quién la llevaba 
á su puesto en el taller. Casi temblaba al sen- 
tarse en la silla que la adjudicaron. En derre- 
dor suyo, las operarías alzaban la cabeza : ojos 
curiosos y benévolos se fijaban en la novicia. 
La maestra del partido estaba ya á su lado, en- 
tregándola con solicitud el tabaco, acomodando 
los chismes , explicándola detenidamente cómo 
había de arreglarse para empezar. Y Amparo, 
en un arranque de orgullo, atajaba las expli- 
caciones con un "ya sé cómo,, que la hizo blan- 
co de las miradas. Sonrióse la maestra, y la 
dejó liar un puro , lo cual ejecutó con bastante 
soltura; pero al presentarlo acabado, la maes- 
tra lo tomó y oprimió entre el pulgar y el índi- 
ce, desformándose el cigarro al punto. 

—Lo que es saber, como lo material de saber 



54 



LA TRIBUNA 



sabrás...— dijo alzando las cejas.— Pero si no 
despabilas más los dedos... y si no le das más 
hechurita... Que así, parece un espanta-pájaros. 

—Bueno— murmuró la novicia confusa;— na- 
die nace aprendido. 

—Con la práctica...— declaró la maestra sen- 
tenciosamente, mientras se preparaba á unir el 
ejemplo á la enseñanza. — Mira, así... á modito... 

No valía apresurarse. Primero era preciso 
extender con sumo cuidado , encima de la tabla 
de liar , la envoltura exterior , la epidermis del 
cigarro, y cortarla con el cuchillo semicircular 
trazando una curva de quince milímetros de 
inclinación sobre el centro de la hoja para que 
ciñese exactamente el cigarro; y esta capa re- 
quería una hoja seca, ancha y fina, de lo más 
selecto, 1 así como la dermis del cigarro, el ca- 
pillo, ya la admitía de inferior calidad, lo pro- 
pio que la tripa ó cañizo. Pero lo más esencial 
y difícil era rematar el puro , hacerle la punta 
con un hábil giro de la yema del pulgar y una 
espátula mojada en líquida goma, cercenándole 
después el rabo de un tijeretazo veloz. La pun- 
ta aguda, el cuerpo algo oblongo, la capa liada 
en elegante espiral, la tripa no tan apretada 
que no deje aspirar el humo ni tan floja que el 
cigarro se arrugue al secarse, tales son las con : 
diciones de una buena tagarnina. Amparo se 
obstinó todo el día en fabricarla, tardando mu- 
chísimo en elaborar algunas, cada vez más 
contrahechas y estropeando malamente la hoja. 
Sus vecinas de mesa la daban consejos oficio- 
sos; había diversidad de pareceres; las viejas 



POR E. PARDO BAZÁN 



59 



recomendaban que cortase la capa más ancha, 
porque sale el cigarro mejor formado, y porque 
" asi lo habían hecho ellas toda la vida ,, ; y las 
jóvenes, que más estrecha, que se enrolla más 
pronto. Al salir de la Fábrica le dolía á Ampa- 
ro la nuca, el espinazo, el pulpejo de los dedos. 

Poco á poco fué habituándose y adquiriendo 
destreza. Lo peor era que la afligía la nostalgia 
de la calle, no acertando á hacerse á la prolija 
jornada de trabajo sedentario. Para Amparo la 
calle era la patria... el paraíso terrenal. La calle 
la brindaba mil distracciones, todas gratuitas. 
Nadie la impedía creer que eran suyos los lujo- 
sos escaparates de las tiendas, los tentadores 
de las confiterías, las redomas de color de las 
boticas, los pintorescos tinglados de la plaza; 
que para ella tocaban las murgas , los organi- 
llos, la música militar en los paseos, misas y 
serenatas; que por ella se revistaba la tropa y 
salía precedido de sus maceros con blancas pe- 
lucas el Excelentísimo Ayuntamiento. ¿Quién 
mejor que ella gozaba del aparato de las pro- 
cesiones, del suelo sembrado de espadaña, del 
palio majestuoso, de los santos que se tamba- 
lean en las andas, de la Custodia cubierta de 
flores, de la hermosa Virgen con manto azul 
sembrado de lentejuelas? ¿Quién lograba ver 
más de cerca al capitán general portador del 
estandarte, á los señores que alumbraban, á 
los oficiales que marcaban el paso en cadencia? 
Pues, ¿y en Carnaval? Las mascaradas capri- 
chosas, los confites arrojados de la calle á los 
balcones y vice versa, el entierro de la Sardi- 



56 



LA TRIBUNA 



na, los cucuruchos de dulce de la Piñata , todo 
lo disfrutaba la hija de la calle. Si un personaje 
ilustre pasaba por Marineda, á Amparo perte- 
necía durante el tiempo de su residencia; á 
fuerza de empellones, la chiquilla se colocaba 
al lado del rey, del ministro, del hombre cé- 
lebre; se arrimaba al estribo de su coche, res- 
piraba su aliento, inventariaba sus dichos y he- 
chos. 

¡La calle! ¡Espectáculo siempre vanado y 
nuevo , siempre concurrido , siempre abierto y 
franco ! No había cosa más adecuada al tempe- 
ramento de Amparo, tan amiga del ruido, de la 
concurrencia, tan bullanguera, meridional y 
extremosa, tan amante de lo que relumbra. 
Además, como sus pulmones estaban educados 
en la gimnasia del aire libre, se deja entender la 
opresión que experimentaron en los primeros 
tiempos de cautiverio en los talleres , donde la 
atmósfera estaba saturada del olor ingrato y 
herbáceo del Virginia humedecido y de la hoja 
medio verde— mezclado con las emanaciones de 
tanto cuerpo humano y con el fétido vaho de 
las letrinas próximas. Por otra parte, el aspec- 
to de aquellas grandes salas de cigarros comu- 
nes era para entristecer el ánimo. Vastas es- 
tanterías de madera ennegrecida por el uso, 
colocadas en el centro de la estancia , parecían 
hileras de nichos. Entre las operarías alineadas 
á un lado y á otro, había sin duda algunos ros- 
tros juveniles y lindos; pero así como en una 
menestra se destaca la legumbre que más abun- 
da, en tan enorme ensalada femenina no se dis- 



POR E. PARDO BAZAN 



57 



tinguían al pronto sino greñas incultas, rostros 
arados por la vejez ó curtidos por el trabajo, 
manos nudosas como ramas de árbol seco. 

El colorido de los semblantes , el de las ropas 
y el de la decoración se armonizaba y fundía en 
un tono general de madera y tierra , tono á la 
vez crudo y apagado, combinación del castaño 
mate de la hoja, del amarillo sucio de la vena, 
del dudoso matiz de los serones de esparto , de 
la problemática blancura de las enyesadas pa- 
redes y de los tintes sordos , mortecinos al par 
que discordantes, de los pañuelos de cotonía, 
las sayas de percal, los casacos de paño, los 
mantones de lana y los paraguas de algodón. 
Amparo se perecía por los colores vivos y fuer- 
tes , hasta el extremo de pasarse á veces una 
hora delante de algún escaparate contemplando 
una pieza de seda roja; así es que los primeros 
días el taller, con su colorido bajo, le infundía 
ganas de morirse. 

Pero no tardó en encariñarse con la Fá- 
brica , en sentir ese orgullo y apego in- 
explicables que infunden la colectividad y la 
asociación: la fraternidad del trabajo. Fué co- 
nociendo los semblantes que la rodeaban, to- 
mándose interés por algunas operarías, señala- 
damente por una madre y una hija que se sen- 
taban á su lado. Medio ciega ya y muy temblo- 
na de manos, la madre no podía hacer más que 
niños, ó sea la envoltura del cigarro; la hija 
se encargaba de las puntas y del corte, y entre 
las dos mujeres despachaban bastante, siendo 
muy de notar la solicitud de la hija y el afecto 



5§ 



LA TRIBUNA 



que se manifestaban las dos , sin hablarse ; en 
mil pormenores ,— en el mo do de pasarse la go- 
ma , de enseñarse el mazo terminado y sujeto 
ya con su faja de papel, de partir la moza la co- 
mida con su navaja y acercarla á los labios de 
la vieja. 

Otra causa para que Amparo se reconciliase 
del todo con la Fábrica, fué el hallarse en cierto 
modo emancipada y fuera de la patria potestad 
desde su ingreso. Es verdad que daba á sus pa- 
dres algo de las ganancias, pero reservándose 
buena parte; y como la labor era á destajo, en las 
yemas de los dedos tenía el medio de acrecen- 
tar sus rentas, sin que nadie pudiese averiguar 
si cobraba ocho ó cobraba diez. Desde el día de 
su entrada vestía el traje clásico de las cigarre- 
ras; el mantón, el pañuelo de seJa para las so- 
lemnidades, la falda de percal planchada y de 
cola. 



vn 



PRELUDIOS 



Tardó Chinto en aclimatarse; mucho tiempo 
pasó echando de menos la aldea. Dos cosas 
ayudaron á distraer su morriña : un amolador, 
que se situaba bajo los soportales de la calle de 
Embajadores, y el mar. Cuantos momentos te- 
nía libres el labrieguito, dedicábalos á la con- 
templación de alguno de sus dos amores. No se 
cansaba de ver los altibajos de la pierna del 
amolador, el girar sin fin de la rueda, el rápido 
saltar de las chispas y arenitas al contacto del 
metal, ni de oir el ¡rssssJ del hierro cuando el 
asperón lo mordía. Tampoco se hartaba de mi- 
rar al mar, encontrándolo siempre distinto: 
unas veces ataviado con traje azul claro, otras, 
al amanecer, semejante á estaño en fusión; por 
la tarde, al ocaso, parecido á oro líquido, y de 
noche, envuelto en túnica verde obscura listada 
.de plata. ¡Y cuando entraban y salían las em- 
barcaciones! Ya era un gallardo bergantín al- 
zando sus dos palos y su cuadrado velamen; ya 
una graciosa goleta, con su cangreja desplega- 
da, rozando las olas como una gaviota; ya un 



6o 



LA TRIBUNA 



paquete , con sus alas de espuma en los talones 
y su corona de humo en la frente ; ya un fino 
laúd; ya un elegante esquife; sin contarlas 
lanchas pescadoras , los pesados lanchones, los 
galeones panzudos, los botes que volaban al 
golpe acompasado de los remos... Si Chinto no 
fuese un animal, podría alegar en su abono que 
el Océano y el voltear de una rueda son imá- 
genes apropiadas de lo infinito ; pero Chinto no 
entendía de metafísicas. 

Más adelante, al reparar en Amparo, se halló 
mejor en el pueblo. Si algo se burlaba de él la 
despabilada chiquilla, al fin era una muchacha, 
un rostro juvenil, una voz fresca y sonora. En- 
tre el señor Rosendo y su triste laconismo; la 
tullida y su tiranía doméstica; Pepa la co- 
madrona, que lo asustaba de puro gorda y lo 
crucificaba á chistes, ó Amparo, desde luego 
se declararon por ésta sus simpatías. Todas 
las tardes, con el cilindro de hoja de lata ter- 
ciado al hombro, iba á buscarla á la salida de 
la Fábrica. Esperaba rodeado de madres que 
aguardaban á sus hijas, de niños que llevaban 
la comida á sus madres, de gente pobre, que 
rara vez hacía gasto de barquillos, como no 
fuese por la exorbitante cantidad de un ochavo 
ó un cuarto. No obstante, Chinto no faltaba un 
solo día á su puesto. 

Algo variado en su exterior estaba el apren- 
diz. Patizambo como siempre, era en sus movi- 
mientos menos brutal. La vida ciudadana le ha- 
bía enseñado que un cuerpo humano no puede 
tomarse toda la calle por suya, y está obli- 



POR E. PARDO BAZÁN 



6l 



gado á permitir que otros cuerpos transiten 
por donde él transita. Chinto dejaba , pues, 
más lugar; se recogía; no se balanceaba tanto- 
La blusa de cutí azul dibujaba sus recias espal- 
das, descubriendo cuello y manos morenas; 
ancho sombrerón de detestable fieltro gris hon- 
raba su cabeza, monda y lironda ya por obra y 
gracia del barbero. 

Una hermosa tarde estival aguardaba á Am- 
paro muy ufano-, porque en los bolsillos de la 
blusa le traía melocotones, adquiridos en la pla- 
za con sus ahorros. Como un cuarto de hora lle- 
vaban de ir saliendo las operarías ya, y la hija 
del barquillero sin parecer. Gran animación á 
la puerta , donde se había establecido un mer- 
cadillo ; no faltaba el puesto de cintas , dedales, 
hilos, alfileres y agujas; pero lo dominante era 
el marisco: cestas llenas de mejillones cocidos 
ya, esmaltados de negro y naranja; de erizos 
verdososy cubiertos de púas; de percebes arra- 
cimados y correosos; de argentadas sardinas, y 
de mil menudos frutos de mar,— bocinas, lapas, 
almejas, calamares — que dejaban pender sus 
esparcidos tentáculos , como patas de arañas 
muertas. Semejante cuadro , cuyo fondo era un 
trozo de mar sereno, un muelle de piedras des- 
iguales, una ribera peñascosa, tenía mucho de 
paisaje napolitano , completando la analogía los 
trajes y actitudes de los pescadores que no 
muy lejos tendían al sol redes para secarlas. 
De pié, en el umbral del patio, un ciego se 
mantenía inmóvil, muerta la cara, mal afeita- 
das las barbas que le azuleaban las mejillas, 



62 



LA TRIBUNA 



lacio y en trova el grasiento pelo, tendiendo un 
sombrero abollado, donde llovían cuartos y 
mendrugos en abundancia. 

Miraba Chinto á la bahía con la boca abierta, 
y cuando por fin salió Amparo, no la vió: ella 
en cambio , le divisó desde lejos, y veloz como 
una saeta, varió de rumbo, tomando por la 
insigne calle del Sol, que componen media do- 
cena de casas jibosas y dos tapias coronadas 
de hierba y alelíes silvestres. Corrió hasta al- 
canzar el camino del Crucero, y dejándolo aun 
lado atravesó á la carretera y á la cuesta de 
San Hilario, donde refrenó el paso, creyéndose 
en salvo ya. ¡ También era manía la del zopen- 
co aquél, de no dejarla ni á sol ni á sombra, y 
darle escolta todas las tardes! ¡Y como su 
compañía era tan divertida, y como él hablaba 
tan graciosamente, que no parece sino que te- 
nía la boca llena de engrudo, según se le pega- 
ban las palabras á la lengua ! Así discurría Am- 
paro, mientras bajaba hacia la puerta del Casti- 
llo, defendida todavía, como inillotempore , por 
su puente levadizo y sus cadenas rechinantes. 

Al propio tiempo subían unas señoras, con 
las cuales se cruzó la cigarrera. Iban casi en 
orden hierático ; delante las niñas de corto , en- 
tre quienes descollaba Nisita, ya espigada, 
provista de una gran pelota; luego el grupo de 
las casaderas , Josefina García, Lola Sobrado, 
luciendo sus mantillas y sus colas recientes; 
los flancos de este pelotón los reforzaban Bal- 
tasar y Borrén, y como Baltasar no se había de 
poner al ladito de su hermana , tocábale ir cer- 



POR E. PARDO BAZÁN 



63 



ca de Josefina. Cerraban la marcha la viuda de 
García y Doña Dolores , ésta carilarga y erisi- 
pelatosa de cutis, la viuda sin tocas ni lutos, an- 
tes muy empavesada de colores alegres. 

Los destellos del sol poniente, muriendo en 
las aguas de la bahía, alumbraron á un tiempo 
á Baltasar y á Amparo, haciendo que mutua- 
mente se viesen y se mirasen. El mancebo , con 
su bigote blondo, su pelo rubio , su tez delicada 
y sanguínea , el brillo de sus galones que dete- 
nían los últimos fulgores del astro , parecía de 
oro; y la muchacha, morena , de rojos labios, 
con su pañuelo de seda carmesí, y las olas en- 
cendidas que servían de marco á su figura, se- 
mejaba hecha de fuego. Ambos se comtemplaron 
un instante, instante muy largo, durante el cual 
se creyeron envueltos en la irradiación de una 
atmósfera de luz, calor y vida. Al dejar de con- 
templarse , fuese que el esplendor del ocaso es 
breve y se extingue luego, fuese por otras cau- 
sas íntimas y psicológicas, imaginaron que sen- 
tían un hálito frío y que empezaba á anochecer. 
Oyóse la palabra ronca de Borrén el inaguan- 
table. 

— ¿La has visto? 

— ¿A quién?— balbuceó el teniente Baltasar, 
que fingía considerar con suma atención la pun- 
ta de sus botas , por no encontrarse con la ojea- 
da investigadora de Josefina. 

— ¿A la chiquilla del barquillero... á la ciga- 
rrera ? 

—¿Cuál? ¿Era esa que pasaba? — contestó al 
fin aceptando la situación. 



64 



LA TRIBUNA 



—Sí, hombre, esa... ¿Qué tal? ¿Tengo buen 
ojo? 

— Yo también la conocí — pronunció Josefina, 
cuya voz de tiple ascendía al tono sobreagudo. 

— A mí no me ha saludado...— añadió Borrén. 
—No me conoció tal vez... y eso que yo la metí 
en la Granera... yo la recomendé. ¡Bien dije 
siempre que había de ser una chica preciosa! 
Lo que es de otra cosa no entenderé , hombre; 
pero de ese género... ¿Qué les pareció á Vds.? 

—¿A mí?— murmuró Josefina entre dientes y 
con agresivo silbido de vocales. No me pregun- 
te V. , Borrén... Esas mujeres ordinarias me pa- 
recen todas iguales, cortadas por el mismo pa- 
trón. Morena... muy basta. 

— ¡ Ave María , Josefina ! — dijo escandalizada 
Lola Sobrado. — No tuviste tiempo de verla: es 
hermosa y reúne mucha gracia. Fíjate otra vez 
en ella...; si vuelve á pasar, te daré al codo. 

— No te molestes... no merece la pena; es el 
tipo de una cocinera, como todas las de su es- 
pecie. 

Baltasar hallaba incómoda la conversación y 
buscaba un pretexto para cambiarla. Atravesa- 
ban por delante de un campo cubierto de hierba 
marchita, especie de landa estéril cercada por 
lienzos de muralla de las fortificaciones. Había 
allí una parada de borricos de alquiler , que 
aguardaban pacificamente , con las orejas ga- 
chas , á sus acostumbrados parroquianos, mien- 
tras los burreros y espoliques , sentados en el 
malecón, jugaban con sus varas, departían 
amigablemente, y picando con la uña un ciga- 



POR E. PARDO BAZAN 



65 



rro de á cuarto , abrumaban á ofrecimientos á 
los transeúntes. 

— ¿Un burro, señorito? ¿Un burro precioso? 
¿Un burro mejor que los caballos? ¿Vamos á 
Aldeaparda? ¿Vamos á la Erbeda? 

Acercóse Baltasar á las niñas de corto, y dijo 
á Nisita : 

—¿Una vuelta por el campo? 

A la chiquilla se le encandilaron los ojos, y, 
soltando la pelota , echó los brazos al teniente 
con sonrisa zalamera. Baltasar la aupó, colo- 
cándola sobre los lomos de un asnillo , que aún 
tenía puestas jamugas de dorados clavos. Y to- 
mando la vara de manos del alquilador, comen- 
zó á arrear... "¡Arre, burro! ¡arre! ¡arre! 
¡arre!,, 

Amparo , al llegar á la entrada de las Filas, 
sintió detrás de sí una respiración anhelosa y 
como el trotar de una acosada alimaña montés, 
y casi al mismo tiempo emparejó con ella Chin- 
to, sudoroso y jadeante. La perseguida se vol- 
vió desdeñosamente, fulminando al persegui- 
dor una mirada de despide huéspedes. 

— ¿Para qué corres así, majadero? — díjole 
en desabrido tono. — ¿Si creerás que me esca- 
po? Cuidado que... 

—Allí... — contestó él echando los bofes, tal 
era su sobrealiento... — allí... porque no te vi- 
nieses sin compaña... allí... porque no te vinie- 
ses sin compaña... allí... ¡yo me entretuve con 
el vapor de la Habana, que salía... más bonito, 
cenchas! ¡humo que echaba! ¿Por dónde vinis- 
te que no te vi? 



66 



LA^TRIBUNA 



— Por donde me dió la gana, ¡repelo! Y 
ya te aviso que no me vuelvas á pudrir la san- 
gre con tus compañías... ¿Soy yo aquí algu- 
na niña pequeña? Anda á vender barquillos, 
que ahí en el paseo hay quien compre, y en 
la Fábrica maldito si sacas un real en toda la 
tarde... 



VIII 



LA CHICA VALE UN PERÚ 



Mal que le pese á Josefina y á todas las se- 
ñoritas de Marineda , las profecías de Bo- 
rrén se han cumplido. No se equivoca un inte- 
ligente como él al calificar una obra maestra. 

Sucede con la mujer lo que con las plantas. 
Mientras dura el invierno, todas nos parecen 
iguales; son troncos inertes; viene la savia de 
la primavera , las cubre de botones , de hojas, 
de flores , y entonces las admiramos. Pocos me- 
ses bastan para transformar al arbusto y á la 
mujer. Hay un instante crítico en que la belleza 
femenina toma consistencia, adquiere su ca- 
rácter, cristaliza, por decirlo así. La metamor- 
fosis es más impensada y pronta en el pueblo 
que en las demás clases sociales. Cuando llega 
la edad en que invenciblemente desea agradar 
la mujer , rompe su feo capullo , arroja la librea 
de la miseria y del trabajo, y se adorna y aliña 
por instinto. 

El día en que "unos señores,, dijeron á Am- 
paro que era bonita , tuvo la andariega chiqui- 
la conciencia de su sexo : hasta entonces había 



68 LA TRIBUNA 



sido un muchacho con sayas. Ni nadie la consi- 
deraba de otro modo: si algún granuja de la 
calle le recordó que formaba parte de la mitad 
más bella del género humano , hízolo medio á 
cachetes , y ella rechazó á puñadas , cuando no 
á coces y mordiscos, el bárbaro requiebro. Co- 
sas todas que no le quitaban el sueño ni el ape- 
tito. Hacía su tocado en la forma sumaria que 
conocemos ya; correteaba por plazas, caminos 
y callejuelas; se metía con las señoritas que 
llevaban alguna moda desusada, remiraba es- 
caparates, curioseaba ventaneros amoríos, y 
se acostaba rendida y sin un pensamiento malo. 

Ahora... ¿quién le dijo á ella que el aseo y 
compostura que gastaba no eran suficientes? 
¡Vaya V. á saber! El espejo no , porque ningu- 
no tenían en su casa. Seria un espejo interior, 
clarísimo, en que ven las mujeres su imagen 
propia y que jamás las engaña. Lo cierto es que 
Amparo , que seguía leyéndole al barbero pe- 
riódicos progresistas, pidió el sueldo de la lec- 
tura en objetos de tocador. Y reunió un ajuar 
digno de la reina, á saber: un escarpidor de 
cuerno y una lendrera de boj ; dos paquetes de 
horquillas, tomadas de orin; un bote de poma- 
da de rosa ; medio jabón aux amandes améres, 
con pelitos de la barba de los parroquianos, 
cortados y adheridos todavía ; un frasco , casi 
vacío, de esencia de heno, y otras baratijas del 
mismo jaez. Amalgamando tales elementos lo- 
gró Amparo desbastar su figura y sacarla á 
luz , descubriendo su verdadero color y forma, 
como se descubre la del tubérculo enterrado al 



POR E. PARDO BAZÁN 



6q 



arrancarlo y lavarlo. Su piel trabó amistosas 
relaciones con el agua, y libre de la capa de 
polvo que atascaba sus poros finos , fué el cutis 
moreno más suave , sano y terso que imaginar- 
se pueda. No era tostado, ni descolorido, ni en- 
cendido tampoco; de todo tenía, pero con su 
cuenta y razón, y allí donde convenía que lo 
tuviese. La mocedad, la sangre rica, el aire 
libre, las amorosas caricias del sol, habíanse 
dado la mano para crear la coloración magnífi- 
ca de aquella tez plebeya. La lisura de ágata de 
la frente; el bermellón de los carnosos labios; 
el ámbar de la nuca ; el rosa transparente del 
tabique de la nariz; el terciopelo castaño del 
lunar que travesea en la comisura de la boca; 
el vello áureo que desciende entre la mejilla y 
la oreja y vuelve á aparecer, más apretado y 
obscuro, en el labio superior, como leve sombra 
al difumino, cosas eran para tentar á un colo- 
rista á que cogiese el pincel é intentase copiar- 
las. Gracias sin duda á la pomada, el pelo no se 
quedó atrás y también se mostró cual Dios lo 
hizo, negro, crespo, brillante. Sólo dos acceso- 
rios del rostro no mejoraron, tal vez porque 
eran inmejorables: ojos y dientes, el comple- 
mento indispensable de lo que se llama un tipo 
moreno. Tenía Amparo por ojos dos globos, en 
que el azulado de la córnea, bañado siempre en 
un líquido puro, hacía resaltar el negror del 
ancha pupila, mal velada por cortas y espesas 
pestañas. En cuanto á los dientes, servidos por 
un estómago que no conocía la gastralgia , pa- 
recían treinta y dos grumos de cuajada leche, 



7 o 



LA. TRIBUNA 



graciosísimamente desiguales y algo puntiagu- 
dos como los de un perro cachorro. 

Observábanse, no obstante, en tan gallardo 
ejemplar femenino rasgos reveladores de su 
extracción : la frente era corta, un tanto arre- 
mangada la nariz, largos los colmillos, el ca- 
bello recio al tacto, la mirada directa, los tobi- 
llos y muñecas no muy delgados. Su mismo 
hermoso cutis estaba predestinado á inyectar- 
se, como el del señor Rosendo, que allá en la 
fuerza de la edad había sido, al decir de las ve- 
cinas y de su mujer, guapo mozo. Pero, ¿quién 
piensa en el invierno al ver el arbusto florido? 
Si Baltasar no rondó desde luego las inmedia- 
ciones de la Fábrica, fué que destinaron á Bo- 
rrén por algún tiempo á Ciudad Real, y temió 
aburrirse yendo solo. 



IX 



LA GLORIOSA 



Ocurrió poco después en España un suceso 
que entretuvo á la nación siete años caba- 
les, y aún la está entreteniendo de rechazo y 
en sus consecuencias , á saber : que en vez de 
los pronunciamientos chicos acostumbrados, 
se realizó otro muy grande , llamado Revolu- 
ción de Septiembre de 1868. 

Quedóse España al pronto sin saber lo que le 
pasaba y como quien ve visiones. No era para 
menos. ¡Un pronunciamiento de veras, que de- 
rrocaba la dinastía! Por fin el país había hecho 
una hombrada, ó se la daban hecha: mejor que 
mejor para un pueblo meridional. De todo se 
encargaban marina , ejército , progresistas y 
unionistas. González Brabo y la Reina estaban 
ya en Francia, cuando aún ignoraba la inmensa 
mayoría de los españoles si era el ministerio ó 
los Borbones quienes caían "para siempre,,, se- 
gún rezaban los famosos letreros de Madrid. No 
obstante, en breve se persuadió la nación de que 



72 



LA TRIBUNA 



el caso era serio, de que no sólo la raza Real, 
sino la monarquía misma, iban á andar en tela 
de juicio, y entonces cada quisque se dió á al- 
borotar por su lado. Sólo guardaron reserva y 
silencio relativo aquellos que al cabo de los siete 
años habían de llevarse el gato al agua. 

Durante la deshecha borrasca de ideas polí- 
ticas que se alzó de pronto, observóse que el 
campo y las ciudades situadas tierra adentro se 
inclinaron á la tradición monárquica, mientras 
las poblaciones fabriles y comerciales, y los 
puertos de mar, aclamaron la república. En la 
costa cantábrica, el Malecón y Marineda se dis- 
tinguieron por la abundancia de comités , jun- 
tas, clubs, proclamas, periódicos y manifesta- 
ciones. Y es de notar que desde el primer ins- 
tante la forma republicana invocada fué la fe- 
deral. Nada, la unitaria no servía: tan sólo la 
federal brindaba al pueblo la beatitud perfecta. 
¿Y por qué así? ¡Vaya V. á saber! Un escritor 
ingenioso dijo más adelante que la república fe- 
deral no se le hubiera ocurrido á nadie para 
España si Proudhon no escribe un libro sobre 
el principio federativo y si Pí no lo traduce y lo 
comenta. Sea como sea, y valga la explicación 
lo que valiere, es evidente que el federalismo se 
improvisó allí y doquiera en menos que canta un 
gallo. 

La Fábrica de Tabacos de Marineda fué cen- 
tro simpatizador (como ahora se dice) para la 
federal. De la colectividad fabril nació la con- 
fraternidad política; á las cigarreras se les abrió 
el horizonte republicano de varios modos : por 



POR E. PARDO BAZÁN 



73 



medio de la propaganda oral, á la sazón tan 
activa, y también, muy principalmente, de los 
periódicos que pululaban. Hubo en cada taller 
una ó dos lectoras ; les abonaban sus compañe- 
ras el tiempo perdido, y adelante. Amparo fué 
de las más apreciadas , por el sentido que daba 
á la lectura; tenía ya adquirido hábito de leer, 
habiéndolo practicado en la barbería tantas ve- 
ces. Su lengua era suelta, incansable su larin- 
ge, robusto su acento. Declamaba, más bien 
que leía, con fuego y expresión, subrayando 
los pasajes que merecían subrayarse, realzando 
las palabras de letra bastardilla, añadiéndola 
mímica necesaria cuando lo requería el caso, y 
comenzando con lentitud y misterio, y en voz 
contenida , los párrafos importantes , para subir 
la ansiedad al grado eminente y arrancar invo- 
luntarios estremecimientos de entusiasmo al 
auditorio, cuando adoptaba entonación más rá- 
pida y vibrante á cada paso. Su alma impresio- 
nable, combustible, móvil y superficial , se teñía 
fácilmente del color del periódico que andaba 
en sus manos, y lo reflejaba con viveza y fide- 
lidad extraordinarias. Nadie más á propósito 
para un oficio que requiere gran fogosidad, pero 
externa ; caudal de energía incesantemente re- 
novado y disponible para gastarlo en exclama- 
ciones, en escenas de indignación y de fanática 
esperanza. La figura de la muchacha , el brillo 
de sus ojos, las inflexiones cálidas y pastosas de 
su timbrada voz de contralto, contribuían al sor- 
prendente efecto de la lectura. 
Al comunicar la chispa eléctrica, Amparo se 



74 



LA TRIBUNA 



electrizaba también. Era á la vez sujeto agente 
y paciente. A fuerza de leer todos los días unos 
mismos periódicos, de seguir el flujo y reflujo 
de la controversia política , iba penetrando en 
la lectora la convicción hasta los tuétanos. La 
fe virgen con que creía en la prensa era inque- 
brantable, porque le sucedía con el periódico 
lo que á los aldeanos con los aparatos telegráfi- 
cos : jamás intentó saber cómo sería por de den- 
tro; sufría sus efectos, sin analizar sus cau- 
sas. ¡ Y cuánto se sorprendería la fogosa lecto- 
ra si pudiese entrar en una redacción de diario 
político , ver de qué modo un artículo trascen- 
dental y furibundo se escribe cabeceando de 
sueño, en la esquina de la mugrienta mesa, 
despachando una chuleta ó una ración de mer- 
luza frita ! ¡ La lectora , que entendía cómo 
sonaba aquello de "Tomamos la pluma trémulos 
de indignación „ , y lo otro de " La emoción aho- 
ga nuestra voz , la vergüenza enrojece nuestra 
faz,,, y hasta lo de "Y si no bastan las pala- 
bras , corramos á las armas y derramemos la 
ultima gota de nuestra sangre ! „ 

Lo que en el periódico faltaba de sinceridad, 
sobraba en Amparo de crédulo asentimiento. 
Acostumbrábase á pensar en estilo de artículo 
de fondo y á hablar lo mismo: acudían á sus 
labios los giros trillados, los lugares comunes 
de la prensa diaria, y con ellos aderezaba y 
componía su lenguaje. Iba adquiriendo gran 
soltura en el hablar; es verdad que empleaba á 
veces palabras y hasta frases enteras cuyo sen- 
Udo exacto no le era patente , y otras las tra- 



POR E. PARDO BAZÁN 



75 



bucaba; pero hasta en eso se parecía á la des- 
aliñada y antiliteraria prensa de entonces. 
¡Daba tanto que hacer la revuelta y absorbente 
política, que no había tiempo para escribir en 
castellano! Ello es que Amparo iba teniendo un 
pico de oro ; se la estaría uno oyendo sin sen- 
tir cuando trataba de ciertas cuestiones. El ta- 
ller entero se embelesaba escuchándola, y com- 
partía sus afectos y sus odios. De común acuer- 
do, las operarías detestaban á Olózaga, lla- 
mándole "el viejo del borrego,, porque andaba 
el muy indino buscando un rey que no nos ha- 
cía maldita la falta... sólo por cogerse él para 
sí embajadas y otras prebendas; hablar de Gon- 
zález Brabo era promover un motín; con Prim 
estaban á mal, porque se inclinaba á la forma 
monárquica; á Serrano había que darle de codo; 
era un ambicioso hipócrita, muy capaz, si pu- 
diese, de hacerse rey ó emperador, cuando 
menos. 

Creció la efervescencia republicana mientras 
que transcurría el primer invierno revolucio- 
nario; al acercarse el verano subió más grados 
aún el termómetro político en la Fábrica. En el 
curso de las horas de sol, sin embargo, decaía la 
conversación, y entre tanto la atmósfera se car- 
gaba de asfixiantes vapores y se espesaba hasta 
parecer que podía cortarse con cuchillo. Pene" 
trantes efluvios de nicotina subían de los sero- 
nes llenos de seca y prensada hoja. Las manos 
se movían á impulsos de la necesidad , liando 
tagarninas , pero los cerebros rehuían el traba- 
jo abrumador del pensamiento; á veces una 



7 6 



LA TRIBUNA 



cabeza caía inerte sobre la tabla de liar , y una 
mujer, rendida de calor, se quedaba sepultada 
en sueño profundo. Más felices que las demás, 
las que espurriaban la hoja , sentadas á la turca 
en el suelo , con un montón de tabaco delante, 
tenían el puchero de agua en la diestra , y a.\ 
rociar, muy hinchadas de carrillos , el Virginia, 
las consolaba un aura de frescura. Tendidas las 
barrenderas al lado del montón de polvo que 
acababan de reunir, roncaban con la boca abier- 
ta y se estremecían de gusto cuando la suave 
llovizna les salpicaba el rostro. Revoloteaban 
las moscas con porfiado zumbido , y ya se unían 
en el aire y caían rápidamente sobre la labor 
ó las manos de las operarías , ya se prendían 
las patas en la goma del tarrillo , pugnando en 
balde por alzar el vuelo. Andaban esparcidos 
por las mesas , y mezclados con el tabaco, pe- 
dazos de borona, tajadas de bacalao crudo, ce- 
bollas, sardinas arenques. Con semejante tem- 
peratura, ¿quién había de tener ganas de co- 
merse la pitanza? 

Por fin, á eso de las cuatro de la tarde, la re- 
frigerante brisa marina comenzaba á correr: 
dilatábanse los oprimidos pechos, los dientes 
funcionaban despachando los humildes man- 
jares, y le tocaba su turno á la lectura po- 
lítica. 

Leíanse publicaciones de Madrid y periódi- 
cos locales. En la prensa de la corte se lleva- 
ban la palma los discursos de Castelar, por en- 
tonces muy distante de haberse gastado. ¡Cuán- 
ta palabra linda, y qué bien que se enganchaban 



POR É. PARDO BAZÁN 



77 



unas en otras! Parecían versos. Es verdad que 
la mayor parte no se entendían, y que danza- 
ban por allí nombres tan raros , que sólo el de- 
monio de Amparo podía leerlos de corrido; mas 
no le hace: lo que es bonito, era muy bonito 
aquello. Y bien se colegía que la substancia del 
discurso era á favor del pueblo y contra los 
tiranos, de suerte que lo demás se tomaba por 
adorno y floreo delicado. 

Cuando en vez de discursos cuadraba leer ar- 
tículos de fondo , de estos kilométricos y sopo- 
ríferos, que hablan de justicia social, redención 
de las clases obreras , instrucción difundida, ge- 
neralizada y gratis , fraternidad universal, todo 
en estilo de homilía y con oraciones largas y 
enmarañadas como fideos cocidos, alterábase 
la voz de Amparo y se humedecían los ojos de 
sus oyentes. Leve escalofrío recorría las filas 
de mujeres, las cuales se miraban como dicién- 
dose: "¿En? ¿Qué tal? ¡Este sí que lo parla!,, Y 
leído el último párrafo, que terminaba anun- 
ciando el próximo advenimiento de una era de 
perfecta libertad y bienestar absoluto, solían 
cruzarlas manos, sonriendo y sintiéndose tan 
relajadas en sus fibras, tan blandas y dulces 
como un plato de huevos moles. Trabajo les 
costaba reprimir los impulsos de abrazarse que 
se les iban y venían. 

En cambio , si el escrito pertenecía al género 
bélico y tocaba ,á somatén, parecía que les da- 
ban á beber una mixtura de pólvora y alcohol. 
Montaban en cólera tan aína como se encres- 
pan las olas del mar. Sordas exclamaciones 



78 



LA TRIBUNA 



acompañaban y cubrían á veces la voz de la 
lectora. Era contagiosa la ira, y mujer había 
allí de corazón más suave que la seda, incapaz 
de matar una mosca, y capaz á la sazón de pe- 
dir cien mil cabezas de los picaros que viven 
chupando la sangre del pueblo. 



X 



ESTUDIOS HISTÓRICOS Y POLÍTICOS 



Más partido tenían en la Fábrica los periódi- 
cos locales que los de la corte. Naturalmen- 
te, los locales exageraban la nota, recargaban 
el cuadro; sus títulos acostumbraban ser por 
este estilo: El Vigilante Federal, órgano de 
la democracia republicana federal-unionis- 
ta; El Representante de la Juventud Demo- 
crática; El Faro Salvador del Pueblo Libre. 
Y como , aparte de algunas huecas generalida- 
des del artículo de fondo , discurrían acerca de 
asuntos conocidos, era mucho mayor el interés 
que despertaban. 

No es fácil imaginar cuán honda sensación 
producía en el concurso alguna gacetilla rotu- 
lada, por ejemplo: "Acontecimiento incalifi- 
cable.,, 

— A ver, á ver. Oir. Callar. Silencio, charla- 
tanas. 

Y reinaba un mutismo palpitante, escuchán- 
dose tan sólo el retintín de los tijeretazos que 
cercenaban el rabo de las tagarninas. 

— t0 Acontecimiento incalificable „ — repetía 



8o 



LA TRIBUNA 



Amparo.— "Se nos asegura que hará dos días 
entraron tres guardias civiles francos de servi- 
cio en el café de la Aurora, y un oficial que 
allí había los arrestó... „ 
—Arrestaría, arrestaría... 

— Callar, bocas... 

— "...los arrestó por tan enorme delito...,, 
— ¿Por entrar en un café? 

— ¡ Y dicen que hay libertá ! 

— ¡ Que ha de haberla , mujer ! 

— "Y preguntándoles la causa de su entrada 
en el local , le respondieron que su objeto era 
tomar café. No obstante tan naturales explica- 
ciones , fueron arrestados por tres días , y has- 
ta no faltan personas bien informadas que ase- 
guren se ha dado orden para que los individuos 
del benemérito cuerpo no puedan entrar en los 
cafés de la Aurora ni del Norte. De ser cierto, 
sobre constituir un ataque infundado á los sa- 
grados derechos individuales, lo es también á la 
industria libre y honrosa de los cafeteros, y...„ 

— ¡Y le resobra la razón, así Dios me salvel 
¿Y de qué come el pobre del cafetero si le es- 
pantan la parroquia? 

— El pillo del oficial, como tiene su paga... 
— "...y no encontramos frases suficientes para 

anatematizar estos atropellos, hoy que la ban- 
dera de la libertad nos da sombra con sus plie- 
gues...,, 

— ¡Eso, eso! 

— ¡ De ahí , de ahí ! 

— Habiendo libertá no hay injusticias. ¡Ole 
por ella ! 



POR E. PARDO BAZAN 



8l 



—"¿Qué piensan los que así resucitan arran- 
ques del agonizante despotismo militar, pro- 
pios de épocas terroríficas que pasaron á la 
historia? ¿Se les ha figurado que estamos en 
aquellos siglos, cuando un señor tenía poder 
para abrir el vientre á sus vasallos?...,, 

Aquí se salió de madre el río. Exclamacio- 
nes, interjecciones, gritos y risas se cruzaron 
de un lado á otro; pero las risueñas estaban en 
minoría; dominaban las horrorizadas. Una vieja 
medio sorda se hizo una trompetilla con am- 
bas manos, creyendo que sus oídos la enga- 
ñaban. 

— ¡ Ave María de gracia ! 

—¡En mi vida tal oí! 

— j Abrir la barriga ! 

—No sería en tierra de cristianos , mujer. 

— ¿ Y eso fué á los pobrecitos civiles?— inte- 
rrogó la sorda. 

— ¡Chsss!— gritó Amparo.— Aquí viene lo 
bueno, señores: "...abrir el vientre á sus vasa- 
llos para calentarse los piés con su sangre...,, 

— j Señor y Dios de los cielos ! 

—Parece que todo el estómago me da una 
vuelta. 

— ¡ Pobre del pobre ! 

— ¡ Cuándo vendrá la federal para que se aca- 
ben esas infamias! 

Otra cuerda que siempre resonaba en aquel 
centro político femenino era la del misterio. 
Cualquier periodiquillo, el más atrasado de no- 
ticias, contenía un suelto que, hábilmente leí- 
do, despertaba temores y esperanzas en el ta- 

6 



82 



LA TRIBUNA 



11er. Amparo empezaba por hacer señas al con- 
curso para que estuviese prevenido á impor- 
tantes revelaciones. Después comenzaba, con 
reposada voz : 

—"Atravesamos momentos solemnes. De un 
día á otro deben cambiar de rumbo los aconte- 
cimientos...,, 

—Lo que yo digo. Esta situación de por fuer- 
za se la tienen que llevar los demonios. 

—Hasta que llegue la nuestra... 

—No, pues cuando éste lo huele... Por Ma- 
drid andará buena la cosa. 

—Así los parta á todos un rayo, comilones, 
tiránigos , chupadores. 

—A ver si calláis. 

—"La situación está próxima á entrar en el 
camino que desde el primer día de la revolu- 
ción debió emprender. Hay que vencer gran- 
des obstáculos...,, (Movimiento general.) "Los 
enemigos encubiertos de la revolución...,, 

—¿Quién será? ¿Lo dirá por el alcalde? 

— No, mujer... Por ese maldito de cuñado de 
la Reina... 

—Y por el Napoleón de allá de Francia, boba, 
que no nos puede ver. 

—¡ Chsss ! ". ..de la revolución , están acechan- 
do el instante en que poder descargar sobre la 
situación un golpe decisivo y liberticida. No 
desmayemos, sin embargo. La revolución pa- 
sará triunfante por cima de tanto reaccionario 
como aparenta servirla con fines siniestros. En 
donde menos se piensa se esconde la reacción 
fijando su ojo de tigre...,, 



POR E. PARDO BAZÁN 83 



—Tiene razón, tiene razón. Está muy bien 
comparado. 

—"...ojo de tigre... en la libertad, para es- 
trangularla. Los más temibles son los que, lle- 
gados á la cima del poder, hacen traición á sus 
antiguos ideales que les sirvieron de pedestal 
para escalar las grandezas...,, 

—Si es lo que yo os predico siempre — excla- 
maba al llegar aquí la lectora, tomando la am- 
polleta. — Los peorcitos están arriba, arriba. 
Quien no lo ve, ciego es. Interin no agarre el 
pueblo soberano una escoba de silbarda , como 
esa que tenemos ahí... (y señaló á la que mane- 
jaba la barrendera del taller) y barra sin mise- 
ricordia las altas esferas... ¡ya me entendéis! 
El mismo día en que se proclamó la libertad y 
se le dió el puntapié á los Borbones , había yo 
de publicar un decreto... ¿sabéis cómo? (la ora- 
dora abrió la mano izquierda, haciendo ademán 
de escribir en ella con una tagarnina) : "Decre- 
to yo, el pueblo soberano, en uso de mis dere- 
chos individuales, que todos los generales, go- 
bernadores , ministros y gente gorda salgan del 
sitio que ocupan , y se lo dejen á otros que nom- 
braré yo del modo que me de la realísima gana. 
He dicho.,, 

— ¡ Bien , bien ! 

— ¡Venga de ahí! 

— ¡Esa es la fija! Y á mí que no me digan. 

— ¿Pues no estamos viendo, mujer, que hay 
empleados de los tiempos del espotismo? ¿Se 
mudó, por si acaso, la oficialidá de los regi- 
mientos? Si á hablar fuésemos... 



84 



LA TRIBUNA 



Y la arenga bajó de tono y se hizo cuchicheo. 

— ¡Si á hablar va uno... aquí mismo... repelo! 
¡Mudaron el jefe, por plataforma... sólo faltaba! 
Pero los subalternos... 

Aquí la maestra del partido, mujer alta y 
morena, de pocas y dificultosas palabras, que 
solía oir á las operadas con seria indiferencia, 
intervino. 

—A tratar cada uno de lo que le importa... y 
á liar cigarritos... 

—No decimos cosa mala... — alegó Amparo. 

—Decir no dirás, pero hablar hablas sin sa- 
ber lo que hablas... Pensáis que no hay más 
que mudar y mudar y tener pillos... Aquí se 
requiere honradez. 

—Eso ya se sabe. 

— Por de contado que sí... Demasiado. 

— Pues el que os oiga... Y vamos acá. Si vie- 
rais, como yo vi, el último del mes que se hace 
el arqueo , la caja abierta , con sacos de lienzo 
á barullo, á barullo, asi de oro y plata. .. — Y 
la maestra adelantó los brazos en arco, indi- 
cando un vientre hidrópico. — ¿Pues se os figu- 
ra que si el contador y el depositario-pagador, 
y los oficiales, y los ayudantes, fuesen, digo 
yo, fuesen, quiero decir...? 

— ¿Fuesen... de la uña? 

— ¡Pues! Ya veis que aquí no puede venir 
cualesquiera. Hay résponsabilidá. 



XI 



PITILLOS 



Quiso Amparo mudarse de taller, y solicitó 
pasar al de cigarrillos, donde le agradaba 
más el trabajo y la compañía. 

Entre el taller de cigarros comunes y el de 
cigarrillos, que estaba un piso más arriba, me- 
diaba gran diferencia: podía decirse que éste 
era á aquél lo que el Paraíso de Dante al Pur- 
gatorio. Desde las ventanas del taller de ciga- 
rrillos se registraba hermosa vista de mar y 
país montañoso , y entraba sin tasa por ellas 
luz y aire. A pesar de su abuhardillado techo, 
las estancias eran desahogadas y capaces, y la 
infinidad de pontones y vigas de obscura madera 
que soportan la armazón del tejado le daban 
cierto misterioso recogimiento de iglesia, for- 
mando como columnatas y rincones sombríos 
en que puede descansar la fatigada vista. Si 
bien en los desvanes se siente mucho el calor, 
el número relativamente escaso de operarías 
reunidas allí evitaba que la atmósfera se vicia- 
se, como en las salas de abajo. Asimismo la la- 



86 



LA TRIBUNA 



bor es más delicada y limpia , los colores más 
gratos, y hasta parece que la claridad del sol 
entra más alegre á bañar los muros. La limpia 
blancura délos librillos, el amarillo bajo de las 
fajas, el gris de estraza de las cajetillas , com- 
ponían una escala de tonos simpáticos á la pu- 
pila. Y los personajes armonizaban con la de- 
coración. 

Preponderaban en el taller de pitillos las mu- 
chachas de Marineda: apenas se veían aldea- 
nas; así es que abundaban los lindos palmitos, 
los rostros juveniles. Abajo, la mayor parte de 
las operadas eran madres de familia , que acu- 
den á ganar el pan de sus hijos , agobiadas de 
trabajo, rebujadas en un mantón, indiferentes 
á la compostura, pensando en las criaturitas 
que quedaron confiadas al cuidado de una ve- 
cina; en el recién, que llorará por mamar, 
mientras á la madre le revientan los pechos de 
leche... Arriba florecen todavía las ilusiones 
de los primeros años y las inocentes coquete- 
rías que cuestan poco dinero y revelan la san- 
gre moza y la natural pretensión de hermosear- 
se. La que tiene buen pelo lo peina con esmero 
y gracia, que para eso se lo dio Dios; la que 
presume de talle airoso se pone chaqueta ajus- 
tada; la que sabe que es blanca se adorna con 
una toquilla celeste. 

Por derecho propio, Amparo pertenecía á 
aquel taller privilegiado. 

Encontró en él muy buena acogida y dos ami- 
gas: á la una se aficionó de suyo , movida de un 
instinto protector; llamábanle Guardiana, era 



POR E. PARDO BAZAN 



87 



nacida al pié del santuario de Nuestra Señora de 
la Guardia, tan caro á Marineda, y según ella 
misma decía, la Virgen le había de dar la glo- 
ria en el otro mundo, porque en éste no le man- 
daba más que penitas y trabajos. Guardiana era 
huérfana ; su padre y madre murieron del pe- 
cho , con diferencia de días , quedando á cargo 
de una muchacha, de dos lustros de edad, cua- 
tro hermanitos , todos marcados con la mano de 
hierro de la enfermedad hereditaria: epiléptico 
el uno , escrofulosos y raquíticos dos , y la últi- 
ma , niña de tres años , sordo-muda. Guardiana 
mendigó, esperó álos devotos que iban al san- 
tuario, rondó á los que llevaban merienda, pi- 
diéndoles las sobras, y tanto hizo, que nunca 
les faltó á sus chiquillos de comer , aunque ella 
ayunase á pan y agua. Al raquítico dió en abul- 
társele la cabeza, poniéndosele como un odre: 
fué preciso traerle médico y medicinas, todo 
para salir al cabo con que era una bolsa de 
agua, y que la bolsa se lo llevaba al otro mun- 
do. A bien que el médico no sólo se negó á co- 
brar nada, sino que, compadecido de Guardia- 
na, tuvo la caridad de meterla en la Fábrica, 
que fué como abrirle el cielo, decía ella. Des- 
pués de la Virgen de La Guardia, la Fábrica 
era su madre. Nunca les había faltado nada á 
sus pequeños desde que era cigarrera, y aún la 
sobraban siempre golosinas que llevarles; fruta 
en verano , castañas y dulces en invierno. Am- 
paro saqueaba la caja de los barquillos de Chin- 
to con objeto de enviar finezas á la sordo-mu- 
dita. El taller entero tenía entrañas maternales 



88 



LA TRIBUNA 



para aquellos niños y su valerosa hermana, 
afirmando que sólo la Virgen era capaz de in- 
fundirle los ánimos con que trabajaba , sostenía 
las criaturas , y vivía alegre y contenta como 
un cuco. 

Del casco mismo de Marineda procedía la 
otra amiga de Amparo; aunque frisaba en los 
treinta, lo menudo de su cuerpo la hacía parecer 
muctio más joven. Pelirroja y pecosa, descarnada 
y puntiaguda de hocico, llamábanla en el taller la 
Comadreja, mote felicísimo que da exacta idea 
de su figura y movimientos. Bien sabía ella lo 
del apodo; pero ya se guardarían de repetírselo 
en su cara, ó si no... Ana tenía por verdadero 
nombre, yá pesar de su delgadez y pequeñez, era 
una fierecilla á quien nadie osaba irritar. Sus 
manos, tan flacas que se veía en ellas patente 
el juego de los huesos del metacarpo , llenaban 
el tablero de pitillos en un decir Jesús; asi es 
que el día la salía por mucho, y alcanzábala, su 
jornal para vivir y vestirse, y,— añadía ella, —para 
lo que la daba la gana. Conversaba con causti- 
cidad y cinismo ; estaba muy desasnada; cogían- 
la de susto pocas cosas , y tenía no sé qué sin- 
gular y picante atractivo en medio de su feal" 
dad indudable. Presumía de bien emparentada 
y relacionada; un primo suyo desempeñábala 
secretaría del Casino de Industriales ; una tía 
ricachona vendía percales, franelas y pañolería 
en la calle estrecha de San Efrén; la mayor 
parte de sus amigas cosían por las casas, ó eran 
oficialas de la mejor modista. Además, conocía 
mucho señorío, del cual hablaba con desenía- 



POR E. PARDO BAZÁN 89 



do. ¡Buenas cosas sabía ella de personas prin- 
cipales ! 

Sentábanse las tres amigas juntas, no lejos 
de la ventana que daba al puerto. Al través de 
los sucios vidrios, barnizados de polvo de rapé 
que se había ido depositando lentamente, y en 
cuyos ángulos trabajaban muy á su sabor las 
arañas, se divisaba la concha de la bahía, el 
cielo y la lejana costa. La zona luminosa de un 
rayo de sol, bullendo en átomos dorados, corta- 
ba el ambiente, y el molino de la picadura acom- 
pañaba las conversaciones del taller con su acom- 
pasado y continuo tacata, tacata. Agitábanse 
las manos de las muchachas con vertiginosa 
rapidez; se veía un segundo revolotear el papel 
como blanca mariposa, luego aparecía enrollado 
y cilindrico, brillaba la uña de hoja de lata re- 
matando el bonete , y caía el pitillo en el table- 
ro sobre lapirámide de los hechos ya, como otro 
copo de nieve encima de una nevada. No se sa- 
bía ciertamente cuál de las amigas despachaba 
más; en cambio, á su lado, encaramada sobre 
un almohadón, había una aprendiza, niña de 
ocho años, que con sus deditos amorcillados y 
torpes, apenas lograba en una hora liar media 
docena de papeles. Guardiana la enseñaba y 
daba consejos,— porque la chiquilla, silenciosa y 
triste, la recordaba su sordo-mudita, inspirán- 
dole lástima,— mientras Ana contaba noticias de 
la ciudad, que sabía al dedillo. Un día que ha- 
blaron de lo que suelen hablar las muchachas 
cuando se reúnen, la Comadreja confesó que 
ella "tenía,, un capitán mercante, que la traía 



00 



LA TRIBUNA 



de sus viajes mil monadas y regalos, y proyec- 
taba casarse con ella, andando el tiempo, cuan- 
do pudiese. En cuanto á Guardiana , declaró 
que no soñaba con tener novio , pues era impo- 
sible; ¿ qué marido había de cargar con sus pe- 
queños? ¡ Y ella no los dejaba ni por el mismo 
general Serrano que la pretendiese! Muchos la 
decían cosas, pero si se tratase de boda, ¡quién 
los vería echando á sus niños al Hospicio! ¡An- 
geles de Dios ! Y pensar que ella se metiese en 
malos tratos, era excusado; así es que nada, 
nada ; la Virgen es mejor compañera que los 
hombrones. Animada por las confidencias, Am- 
paro insinuó que á ella un señorito , un militar, 
la seguía alguna vez por las calles. 

—Ya sé quién es— chillóla Comadreja.-— Es 
el de Sobrado. 

— ¿Quién te lo dijo, mujer?— exclamó Ampa- 
ro maravillada. 

—Todo se sabe— afirmó magistralmente Ana. 
—Pero, ¡estás fresca, hija! Ese lo que quiere es 
pasar el tiempo, y á vivir. ¡Buena gente son los 
Sobrados! Los conozco lo mismo que si viviese 
con ellos, porque justamente la que les cose es 
hermana de una amiga mía íntima. Avaros, 
miserables como la sarna. La madre y el tío 
son capaces de llorarle á uno el agua que bebe; 
el padre no es tan cutre, pero es un infeliz; lo 
tienen dominado, y pide permiso á su mujer 
cuando corta pan del mollete. Para hacerles á 
las hijas un vestido, echan cuentas seis meses, 
y á la chica que llaman á coserlo la hacen ir 
tempranísimo, para sacarla bien el jugo. Un día 



POR E. PARDO BAZÁN 



9 1 



de convite parece que echan la casa por la ven- 
tana; pero todo se recoge, y no va á la cocina 
ni tanto así. Y están achinados de dinero. 

Amparo oía atónita. Nada más ajeno á su ca- 
rácter rumboso, imprevisor, que la estrechez 
voluntaria. 

— La madre... ¿ves aquella risita falsa? pues 
es terrible. No puede entrar en su casa una mu- 
chacha regular ; en seguida abrasa al marido á 
celos. Esta chica que les cosía no pudo aguan- 
tar... Allí no hay nadie bueno sino la chiquilla 
mayor. 

— Nos dio dulces una vez... es bien natural- 
respondió Amparo, que sintió cruzar por su es- 
píritu la visión de la noche de Reyes. 

—¿Esa? Una santa... y no le hacen caso nin- 
guno. La segunda, idéntica á su madre: la pre- 
guntaron un día con quién se había de casar, y 
dijo: "Con el tío Isidoro, que es rico.,, ¡El her- 
mano de su padre, aquel viejo gordo que pa- 
rece una tinaja ! 

Guardiana soltó el trapo á reir con la mejor 
voluntad del mundo ; Amparo , acordándose de 
una frase leída en un periódico, exclamó : 

—¡Pero ha de poder tanto el vil interés!— Y 
meneando la cabeza, añadió:— Lo diría de bro- 
ma, mujer. 

—¡Sí, sí... buena broma te dé Dios! En esa fa- 
milia todos son iguales, mujer; cortados por 
una tijera. Pues no digo nada del señorito, de 
tu adorador. Hace la rosca á la chiquilla de 
García, una empalagosa que no piensa más que 
en componerse y no sabe dar una puntada; pero 



92 



LA TRIBUNA 



el asunto es que se la hace por lunas , porque 
esas de García... ¿No te gusta el cuento? 

— Sí, mujer— gritó la oradora amostazada. — 
¿Piensas tú que estoy muerta por semejante 
muñeco ? Vaya, que me das gana de reir. Cuen- 
ta, mujer, que también se pasa el tiempo. 

—Digo que le hace la rosca por lunas, por- 
que esas de García tienen allá un pleito en Ma- 
drid, de no sé qué intereses del marido, que era 
corredor y se metió en una sociedad por accio- 
nes... en fin, no será así, pero es lo mismo. Si 
ganan , quedarán millonadas ó poco menos , y 
cuando hay esperanzas de eso, la madre del de 
Sobrado le manda que se arrime á la doña Me- 
lindritos , y cuando viene de Madrid una mala 
noticia, que se desaparte... ¡Uy, qué tipos! 

Amparo, con la cabeza baja, enrollaba á 
más y mejor, febrilmente. Guardiana se hacía 
cruces. 

—Es una pobre...— murmuraba.— Es una po- 
bre, y no será capaz de acciones así... 

— ¿Y el otro?— siguió la implacable Comadre- 
ja, que estaba ya resuelta á vaciar el saco.— ¿Y 
el amigóte, el de los bigotazos, que parece que 
habla dentro de una olla? 

—¿El que le llaman Borrén? 

— Ese, ese... Un baboso con todas; á todas 
nos dice algo, y el caso es que con ninguna, 
chicas. Podéis creerme: ni esto. Tan aficiona, 
do á jarabe de pico , y tiene más miedo á una 
mujer que á los truenos. 

Detúvose la Comadreja, y mirando fijamente 
á Amparo, añadió: 



POR E. PARDO BAZÁN 



93 



—Tú aún tienes otro obsequiante, pero te 
callas. 
— ¿Quién, mujer? 

—El barquillero. ¡Sí, que no está derretido 
por ti ! 

— ¡Aquel animal! — exclamó Amparo. — Pa- 
rece una patata cruda... mujer, hazme más 
favor. 



XII 



AQUEL ANIMAL 



Aquel animal trabajaba entre tanto á más y 
mejor. Si faltase él , ¿ quién había de encar- 
garse de toda la labor casera? Muy cascado iba 
estando el señor Rosendo, y la tullida á cada 
paso se hallaba mejor en su cama , y se exten- 
día entre sábanas más voluptuosamente, al ver 
el ademán de fatiga con que soltaba su marido 
el cilindro por las noches. Y cuenta que de al- 
gún tiempo acá, el señor Rosendo no fabricaba 
barquillos sino en casos de gran necesidad, por- 
que el fuego le inyectaba la tez , le arrebataba 
y sofocaba todo. Pero allí estaba Chinto para 
dar vueltas á la noria, y ser panacea universal 
de los males domésticos y comodín servicial y 
aplicable á cuanto se ofreciese. No sólo se le- 
vantaba con estrellas, á fin de emprender la 
labor de Sísifo de llenar el tubo— labor que des- 
empeñaba con mecánica destreza y rapidez- 
sino que antes de salir á la venta , quedábale 
tiempo de barrer el portal y la cocina , de lim- 
piar los chismes del oficio , de ir por agua á la 
fuente, por sardinas al muelle ó al mercado, y 



q6 



LA TRIBUNA 



freirías luego ; de arrimar el caldo á la lumbre, 
de partir leña; de cumplir, en suma, todas las 
tareas de la casa, incluso las propiamente fe- 
meniles, porque traía en la faltriquera un dedal 
perforado y un ovillo de hilo, y en la solapa, 
clavada, una aguja gorda; y así pegaba un bo- 
tón en los calzones de su principal, -como echa- 
ba un gentil remiendo de estopa en su propia 
morena camisa. Y si no se ofrecía á coser las 
sayas de Amparo y no la hacia la cama, era 
por unos asomos de natural y rústico pudor, que 
no faltan al más zafio aldeano. A la tullida la 
daba vueltas, la sacudía los jergones, y la sa- 
caba en vilo del lecho , tendiéndola en un mal 
sofá comprado de lance , mientras se arreglaba 
su cuarto. 

Lo gracioso del caso está en que, siendo el 
paisanillo tan útil, por mejor decir, tan indis- 
pensable, no hubo criatura más maltratada, 
insultada y reñida que él. Sus más leves faltas 
se volvían horribles crímenes , y por ellos se le 
formaba una especie de consejo de guerra. 
Llovían sobre él á todas horas improperios, 
burlas y vejaciones. La explotación del hombre 
por el hombre tomaba carácter despiadado y 
feroz, según suele acontecer cuando se ejerce 
de pobre á pobre, y Chinto se veía estrujado, 
prensado, zarandeado y pisoteado al mismo 
tiempo. Le habían calificado y definido ya: era 
un mulo, y nada más que un mulo. 

Acertó un día Chinto á volver unas miajas 
más tarde de lo acostumbrado, y acercóse á la 
cama de la tullida para vaciar sus faltriqueras, 



POR E. PARDO BAZÁN 



97 



donde danzaban los cuartos de la colecta diaria. 
Encontrábase allí Amparo , y la dio al punto en 
la nariz un desusado tufillo. Por sorprendente 
que parezca la noticia, la acuidad del sentido 
del olfato es notable en las cigarreras : diríase 
que la nicotina, lejos de embotar la pituitaria, 
aguza los nervios olfativos , hasta el extremo 
de que si entra alguien en la Fábrica fuman- 
do, se digan unas á otras con repugnancia: 
— ¡ Puf, huele á hombre ! — Asi es que Am- 
paro solía apartarse de Chinto— aunque sea 
inverosímil— repelida por el olor de las malas 
colillas que chupaba en secreto; pero lo que á 
la sazón percibía era peor que el tabaco ; así es 
que pegó un brinco. 

— ¡Vete de ahí— le gritó;— véte, maldito, que 
nos apestas! ¡Anda, pellejo, despabílate! 

Chinto la consideraba atónito, con los brazos 
colgantes , abriendo cuanto podía los ojos, cual 
si por ellos oyese. 

— Que te largues; ¡repelo contigo! que no se 
aguanta ese olor: confundes á la gente. 

—¿A qué apestas, demontre? — preguntó la 
tullida.— Serán esos puros del estanquillo. 

—¡No, señora, que es á vino! — exclamó Am- 
paro. 

— ¡A vino! — clamó la impedida alzándolos 
brazos tan escandalizada como si ella sólo ca- 
tase el agua , porque en el pueblo los viejos, 
con sinceridad completa , se otorgan á sí pi o- 
pios el derecho de " echar un trago „ que niegan 
á los mozos.— ¡A vino ! ¡Tú quiéreste perder, 
condenado! 



7 



9 8 



LA TRIBUNA 



— Yo... pero yo... quiérese decir que yo...— 
balbució Chinto abrumado por el peso de su 
culpa. 

— ¡Aún tendrás valor para contar mentira!— 
chilló la enferma. — ¡ Llégate acá , bruto ! (Chin- 
to se llegó compungido.) — Echa el aliento. 
(Chinto lo echó.) — Más fuerte, más fuerte... (Y 
la tullida asió de los indómitos pelos al aldeano 
y le obligó , mal de su grado , á carearse con 
ella.)— ¡ Puf! ¡Pues es verdá y muy verdá! ¿Dón- 
de te metiste? ¿Andas ya arrastrado por las ta- 
bernas, bribón? 

— Yo... no, no fué cosa mala ninguna... no 
fué perrita, ni licor... Fué... 

— Cuenta la verdad, borrachón de los infier- 
nos , como si estuvieses difunto en el tribunal 
del divino Señor... 

— No fué nada más sino que encontré un ami- 
go de allí... de la Erbeda, que cayó soldado... 
allí... me convidó, me dijo así : — <? Quieres una 
chiquita? — Y yo... allí, le dije: —Bueno.— Y él 
me llevó allí... á casa de... 

— ¡Calla, calla y recalla ya, que siquiera sa- 
bes lo que dices, con la mona que traes á cues- 
tas... Como otra vez te vea yo así perdido de 
vino, he de decirle á Rosendo que te arree una 
tunda con la correa de la caja, que te has de 
chupar los dedos; chiquilicuatro, mocoso, vi- 
ciosón! Convidarte ¿en? Me convides. ¡Quien te 
da Vino, no te da pan; mulo! ¡ Anda fuera, 
que me mareas la cabeza toda ! 

Amparo ejecutó el decreto materno empujan- 
do á Chinto por los hombros á las tinieblas ex- 



POR E. PARDO BAZÁN QO, 



teriores del portal, y Chinto, resignado, optó 
por acostarse. Lo único que sentía confusa- 
mente era no poder ver á la muchacha un rato. 
Ahora le entretenía casi tanto mirar á Ampa- 
ro, como antes contemplar la rueda del amola- 
dor y la bahía. Admirábale á él, rudo y tardío 
de habla como suele ser el aldeano , la faci- 
lidad y rapidez con que la pitillera se expresa- 
ba, la copia de palabras que sin esfuerzo salían 
de su boca. Si lo que experimentaba Chinto era 
enamoramiento, podía llamarse el enamora- 
miento por pasmo. Ello es que se le venían con 
frecuencia suma impulsos de tratar á Amparo 
como á las chiquillas de su aldea las tardes de 
gaita; de pellizcarla, de soltarla un pescozón 
cariñoso, de echarle la zancadilla, de darla un 
varazo suave con la recién cortada vara de 
mimbre. Pero tan osados pensamientos no lle- 
gaban á realizarse nunca. Amparo sí que solía 
empujar á Chinto , y no por vía de halago, bien 
lo sabe Dios , sino de pura rabia que le tuvo 
siempre. Si pudiese leer en el alma del labriego, 
adivinar cómo le hervía la sangre al acercarse 
á ella, le hubiese cobrado asco, amén del odio 
inveterado ya. 

Para Amparo , hija de las calles de Marine- 
da, ciudadana hasta la medula de los huesos, 
Chinto era un ilota. Alguna duquesa confinada 
enobscuropueblo, después de adornar lossaraos 
de la corte, debe de sentir por los señoritos del 
poblachón lo que la pitillera por Chinto. Enfa- 
dábale todo en él: la necia abertura de su boca, 
la pequeñez de sus ojos, lo sinuoso y desgar* 



100 LA TRIBUNA 



bado de su andar , su glotona manera de comer 
el caldo. La entraban irritaciones sordas á la 
vista de objetos dejados por él, un par de za- 
patos viejos y torcidos , una faja de lana roja 
pendiente de una percha , una colilla negra y 
pegajosa, caída en el suelo. Y fortificaba su an- 
tipatía el que Chinto , con la desconfianza soca- 
rrona propia del labriego, lejos de resolverse á 
aceptar los ideales políticos de Amparo , daba 
á entender, á su modo, que le parecía huero y 
vano todo el bullicio federal. Con risa entre 
idiota y maliciosa, solía decir á veces á la mu- 
chacha : 

— Andas metiéndote en cuentos... Aún han 
de venir á buscarte los civiles , para te llevar á 
la cárcel... 



XIII 



TIRIAS Y TROYANAS 



También en la Fábrica observaba Amparo 
que las aldeanas eran las menos federales, 
las menos calientes. Llenas de escepticismo y 
de picardía, decían meneando la cabeza que á 
ellas la república " no las había de sacar de po- 
bres,,. Alguna tenía sus puntas y ribetes de 
reaccionaria; y en conjunto, todas profesaban 
el pesimismo fatalista del labrador, agobiado 
siempre por la suerte , persuadido de que si las 
cosas se mudan, será para empeorarse. No se 
arrancaba de ellas la más leve chispa de fuego 
patriótico; empeñábanse en no exaltarse sino 
cuando viesen que iban á menos las contribu- 
ciones y á más los frutos de la tierra. Así es 
que en la Fábrica gozaban de detestable repu- 
tación, y eran tachadas de ávidas, tacañas y 
apegadas al dinero , y acusadas de cebarse en 
la ganancia abandonando su casa por un ocha- 
vo , al par que las de Marineda se jactaban de 
rumbosas y se preciaban de mejores madres. 
No obstante , pronunció la revolución tres pa- 
labras áureas que conmovieron á todas : " ¡ no 



102 



LA TRIBUNA 



más quintas!,, Hasta las mismas rurales abrie- 
ron ansiosamente el corazón y el alma para be- 
berse la dulce promesa. 

¡Si la república fuese, como decían diaria- 
mente los periódicos favoritos del taller , la su- 
presión del impuesto de sangre, vamos, mere- 
cía bien que una mujer se dejase hacer pedazos 
por ella! En el taller de cigarrillos, aunque do- 
minaban las mocitas solteras, bastaba hablar 
de quintas para que se moviese una tempestad 
de federalismo. 

—Miren Vds.— decía Amparo— que eso de 
que arranquen á una de sus brazos al hijo de 
sus entrañas y lo lleven á que los cañones lo 
despedacen por un rey, ¡clama al cielo, seño- 
res ! Por lo mismo queremos la república repu- 
blicana, la santa república democrática federa^ 
tiva. Con ella Marineda será capital, y Vilamor- 
ta también, y hasta Aldeaparda será capital 
hecha y derecha. Sólo Madrí, que á ese se le 
acaba la ganga ; ya no nos chupará la sustan- 
cia; se va á hacer una cosa manífica, que se 
llama descentraizar; y veremos cómo después 
se le baja el orgullo á la corte. ¡Si es inicuo y 
absolutista lo que está pasando! Aquí no nos 
mandan, voy á poner por caso, sino tabaco de 
segunda, filipino, y para eso espérelo V. un 
mes ó dos. Las regalías y las conchas se hacen 
en Madrí... ¡como si nuestros dedos no fuesen 
de carne humana! ¿Somos aquí esclavas, ó al- 
gunas torponas que no sabemos perficionar la 
labor? Y luego allí, paguita siempre corriente, 
consignas á barullo... ¡Ciudadanas, es preciso 



POR E. PARDO BAZÁN 



103 



sacudir el yugo tiránico con nobleza y energía 
cuando venga lo que se aguarda! ¿Eh, chicas? 

A las dos formas de gobierno que por enton- 
ces contendían en España, se las representaba 
el auditorio de Amparo tal como las veía en las 
caricaturas de los periódicos satíricos : la Mo- 
narquía era una vieja carrancuda, arrugada 
como una pasa, con nariz de pico de loro , man. 
to de púrpura muy estropeado, cetro teñido en 
sangre y rodeada de bayonetas, cadenas, mor- 
dazas é instrumentos de suplicio ; la República, 
una moza sana y fornida, con túnica blanca, 
flamante gorro frigio, y al brazo izquierdo el 
clásico cuerno de la abundancia, del cual se es- 
capaba una cascada de ferrocarriles, vapores, 
atributos de las artes y las ciencias , todo gra- 
tamente revuelto con monedas y flores. Cuan- 
do la fogosa oradora soltaba la sin hueso, pro- 
nunciando una de sus improvisaciones, tercián- 
dose el mantón y echando atrás su pañuelo de 
seda roja, parecíase á la República misma, la 
bella República de las grandes láminas cromo- 
litográficas; cualquier dibujante, al verla así, 
la tomaría por modelo. 

Y la muchacha iba ascendiendo á personaje 
político. En la ciudad comenzaban á conocerla, 
y hasta oyó una vez, al pasar por la calle Ma- 
yor , que murmuraban en un corrillo de hom- 
bres: "Esa es la cigarrera guapa que amotina á 
las otras. „ En su barrio todos la embromaban: 
el mancebo de la barbería pronunciaba un fes- 
tivo " ¡Viva la República! „ siempre que Ampa- 
ro cruzaba ante su puerta; y la señora Porreta 



104 



LA TRIBUNA 



murmuraba con voz cascajosa y opaca: "salú 
y liquidasión sosial. „ Si alguien cree que fué 
rápida la metamorfosis de la niña callejera en 
agitadora y oradora demagógica, tenga en 
cuenta que más prontamente aún que la Fábri- 
ca de tabacos de Marineda, se gaseó la nación 
hispana. Ni visto ni oído. Contaba la gloriosa 
menos de un año, y ya nadie sabía á qué santo 
encomendarse, ni á dónde íbamos á parar, ni 
dónde dar de cabeza. Abundaban las manifes- 
taciones pacíficas, acabando siempre como el 
rosario de la aurora. En la frontera, agitación 
carlista; el Gobierno interna que te internarás, 
y los internados acá, volviendo á meterse en 
España media legua más allá, mientras en Ma- 
drid se fabricaban activamente, y sin gran re- 
serva, fornituras, arneses y mantillas, que en 
los ángulos lucían una corona y las iniciales 
C. VII, y en Vitoria recorrían las calles grupos 
de jóvenes con boina blanca y garrote en mano, 
vitoreando á las mismas iniciales. A bien que 
en Puerto Rico la guarnición aclamaba otras 
cosas, y en Ecija mil republicanos protestaban 
contra "la presencia en España del intruso An- 
tonio de Borbón,,, y en las cercanías de Barce- 
lona los payeses, armados de azadas y bieldos, 
perseguían á un alcalde y le obligaban á encas- 
tillarse en las Casas Consistoriales. A todo esto, 
el poder, representado por el regente Serrano, 
al cual se tributaban honores casi regios, esta- 
ba realmente en las vigorosas manos de Prim, 
que olfateando la ruina de la gloriosa , como el 
marino vislumbra en el remoto horizonte el hu- 



POR E. PARDO BAZÁN 



105 



racán , sin entretenerse en fruslerías demagó- 
gicas sólo pensaba en traer un monarca, lla- 
mado á sosegar el país. España estaba próxima 
á la gran lucha de la tradición contra el libe- 
ralismo, del campo contraías ciudades; lid 
magna que tenía en la Fábrica de Marineda su 
representación en pequeño. 

Todas las mañanas, en efecto, al entrar las 
operarías en los talleres , al encontrarse en el 
camino, solían urbanas y rurales invectivarse 
ásperamente y dirigirse homéricos insultos, ni 
más ni menos que si fuesen las avanzadillas de 
los dos partidos enemigos que pronto iban á en- 
cender la guerra civil. El pretexto de las riñas 
era que las de Marineda mostraban asombrarse 
de que las campesinas , viniendo quizá de tres 
leguas de distancia, estuviesen ya allí cuando 
apenas asomaba el día, y hacían rechifla de tal 
diligencia. 

—¡Vaya, que es buen madrugar de Dios, hijas! 
— ¿Venides á caballo del Sol? 

— ¡ Andar , lamponas ! ¡ Dejáis la cama por ha- 
cer y el chiquillo por mamar ! ¡ Madrastras ! 

—¡Ni os peinades tan siquiera!... ¡Andáis ara- 
ñando en el pelo con los dedos por llegar seis 
minutos antes, ansiosas de Judas! 

— ¡Tú dormiste en el camino, avariciosa! Im- 
posible que á tu casa llegases. Tanto madrugar, 
y tanto madrugar, y luego no hacedes ni medio 
cigarro en tó el día , que mismo no sabedes me- 
near los dedos , que mismo los tenedes que pa- 
recen chorizos, que mismo Dios os hizo torpo- 
nas, que mismo... 



io6 



LA TRIBUNA 



Aquí ya la sorna y flema de las interpeladas 
tocaba á su fin, y respondían coléricas, pero 
entre dientes : 

—¿Y luego? Cada uno se vale como puede, y 
vusté tendrá otras rentas, y más otros seño- 
ríos... y ganarálo de otra manera defirente, y 
Dios sabe cómo será... que yo no lo sé ganar 
sido trabajando, higa. 

— Yo lo gano con tanta honra como usté... y 
no injuriar á nadie. 

— Calle usté, que empezó. Yo no le dijen cosa 
mala. 

— ¡Avarientas, rañas, ahorcádevos por un 
ochavo! 

— ¡Sin vergüenzas ! — replicaban furiosas las 
campesinas. 

— ¡Servilonas, calristas! — contestaban las 
ciudadanas, ya en actitud agresiva. 

— ¡Malvadas, que echades contra Dios!— ru- 
gían las insultadas. Y en medio del tumulto se 
oía el agudísimo ¡ ayyy ! de una mujer , á la cual 
manos furibundas intentaban arrancar de un 
solo tirón la trenza entera de sus cabellos. Por 
espacio de diez segundos imperaban la confu- 
sión y el desorden, y había empujones, pelliz- 
cos convulsivos, arañazos, violentos repelones; 
pero apenas iban aproximándose á las cerca- 
nías de la Fábrica , donde el severo reglamento 
prohibía los escándalos, cesaba el griterío, co- 
menzaba el torrente femenil á precipitarse den- 
tro del patio, y restablecíase la paz, ya que no 
la serenidad interior, en la fiel imagen abre- 
viada de la nación española. 



XIV 



SORBETE 



Josefina García estaba aquella noche muy 
compuesta y emperejilada en el paseo de las 
Filas, y la acompañaban las de Sobrado. Cuan- 
to se ponía Josefina ajustábase siempre á los 
últimos decretos de la moda, no sin cierta exa- 
geración y nimiedad , que olía á figurín casero. 
Era la condición del cuerpo de la señorita seme- 
jante á la de la gelatina que los escultores usan 
para vaciar sus estatuas , que recibe toda forma 
que se le quiera imprimir. Josefina entraba dó. 
cil en los moldes impuestos por la moda, sin 
rebelarse ni protestar jamás. Tenía su físico 
algo de impersonal, una neutralidad que la 
permitía variar de peinado y de adorno sin mu- 
dar de tipo. Mediana de estatura, su rostro pro- 
longado y sus agradables facciones no ofrecían 
rasgos característicos. Sus ojos, ni chicos ni 
grandes, no eran feos, pero sí dominantes y 
escudriñadores más de lo que á su edad y don- 
cellez convenía ; su sonrisa , entre reservada y 
Cándida, demasiado permanente en los labios 
para que no tuviese visos de fingida y afecta- 



IOS LA TRIBUNA 



da; sutalLe, modelado por el corsé, sería po- 
bre de formas, si hábiles artificios del traje, 
como un volante sobre los hombros, ó en la ca- 
dera, no reforzasen sus diámetros. Sin aliño y 
despeinada, Josefina debía de parecer poca cosa; 
ayudada por el tocado , adquiría cierta postiza 
morbidez. En realidad era un fruto prematura- 
mente caído del árbol , una doncella núbil antes 
de tiempo; á los trece, cuando tocaba habane- 
ras , tenía ya las coqueterías , los celos , los ca- 
prichos de la mujer, y ahora aquella flor rápi- 
da y precoz se había deshojado, y en vez de la 
lozanía seductora de la juventud, notábase en 
Josefina la tiesura y empaque de una señora 
formal y los remilgos de una lugareña. Figurá- 
base que la distinción , el buen tono , consistían 
en contrahacer los menores movimientos , ajus- 
tándolos á una pauta preestablecida ; que había 
un modo elegante y otro cursi de reir , de estor- 
nudar, de abanicarse; que hasta existían opinio- 
nes distinguidas y bien vistas , y opiniones que 
ya no se llevaban; y que en todo, lo más selec- 
to y fino eran las medias tintas, la insubstan- 
cialidad , lo insípido , inodoro é incoloro. Ha- 
blando de cosas superficiales, no la faltaba 
cierta charla vivaz, semejante al trinar del jil- 
guero; pero apenas se tocaban asuntos serios, 
creíase obligada, por su papel de niña elegante 
y casadera, á encogerse de hombros, hacer 
cuatro dengues y mudar de conversación. Tal 
cual era Josefina, muchas señoritas la imita- 
ban, porque, según se decía, "sacábalas nove- 
dades „ : y aunque tachándola de exagerada y 



POR E. PARDO BAZÁN 



109 



rara, á veces, con el rabillo del ojo, observaban 
las innovaciones de indumentaria que lucía, 
para reproducirlas al punto. 

Aquel año comenzaba á imperar el traje cor- 
to, revolución tan importante para el atavío fe- 
menino, como la de Septiembre para España; 
las avanzadas en ideas se habían apresurado á 
cercenar sus faldas, mientras las conservado- 
ras no se resolvían á supriniir la cuarta de tela 
con que barrían las inmundicias del piso. Josefi- 
na, que en materia de vestir era radical, lleva- 
ba la moda nueva en todo su rigor, con túnica 
de seda negra adornada de bellotas de pasama- 
nería, cayendo sobre redonda falda de glasé 
azul. Un velo de rejilla formaba á su rostro la 
misteriosa aureola de un confesonario, y los 
cuernos de su peinado bajaban con gracia y si- 
metría hacia la nariz. Por la espalda y en la 
cintura, un lazo negro muy pronunciado servía 
para abultar lo que entonces quería la voluble 
diosa que abultase. Echaba la señorita los co- 
dos atrás con objeto de destacar el busto, acti- 
tud que escrupulosamente copiaba la segunda 
de Sobrado, Clara. Lola , que iba en medio, era 
la única á poner el cuerpo como Dios se lo dio. 
La luz de la luna, que se alzaba iluminando el 
paseo de las Filas y el mar, la hora y la tem- 
peratura envidiable de una noche de verano, 
incitaban á amantes efusiones , ó siquiera á ga- 
lanteos, y hasta el ruido de la concurrencia se 
brindaba á ser cómplice de tiernas palabras 
pronunciadas á media voz ; así lo comprendía 
Baltasar, que acompañaba á las muchachas, 



I 10 



LA TRIBUNA 



inamovible al lado de Josefina, y haciendo, sin 
escrúpulo, que sus hermanas llevasen la cesta. 
A lo lejos , el blando murmullo de las olas , que 
parecían un lago de plata , decía- cosas embria- 
gadoras y poéticas ; cantaba un idilio intradu- 
cibie al humano lenguaje. La conversación del 
grupo era, no obstante, por todo extremo 
vulgar. 

—Esta desanimado el paseo. ¿Verdad, So- 
brado? 

— Animadísimo lo encuentro yo. ¿Por qué 
dice V. eso?...— Y los ojos de Baltasar buscaron 
los de Josefina, y una mirada se cruzó entre 
ambos. 

— ¡Qué cosas tiene V.! Vaya, falta gente: us- 
ted no lo notará , pero sí falta. 

— Yo — intervino Lola— me aburro con tanto 
dar y dar vueltas... En cualquier sitio me di- 
vertiría más. No hubiera salido hoy, si no fue- 
se por la Octava de San Hilario... Pero ni aun 
la Octava estuvo á mi gusto ; faltó muchísima 
gente de la que acostumbra alumbrar... ¿Sabéis 
por qué ? 

— No — dijo maquinalmente Josefina. 

—Sí — declaró Baltasar — porque fueron á 
esperar al muelle á los delegados de Canta- 
bria. 

—¿Los delegados... de qué?— preguntó Jose- 
fina jugando con el abanico. 

—De Cantabria... Vienen á firmar la unión 
del Norte...— explicó Lola.— ¡A mí me gustaría 
ver el desembarque! Si hubiese tenido con 
quién ir... 



POR K. PARDO BAZÁN 



— Yo fui... ¡Qué lástima! — dijo Baltasar. 

—Chica... ¡vaya una idea !— exclamó Josefi- 
na soltando menudas carcajaditas. — Yo huyo 
de esas confusiones... Me aterra pensar que 
pueden gentes sin educación apachucarme, pi- 
sarme... ¡Qué fastidio! Y al fin poco tendrá que 
ver... Diga V., Sobrado, ¿se ha divertido V. 
mucho ? 

—No por cierto... ¡Diversión! ¿Qué diver- 
sión ha de ser? Pero es curioso... ¡Hubo vivas, 
y mueras, y un silbido vergonzante, y abrazos, 
y apretones de manos! 

— ¡Bien por el que silbó ! —dijo Lola batiendo 
palmas. — ¡A eso, á eso quería yo ir, á silbar 
con la llave de la puerta ! 

— Dice el tío Isidoro — intervino Clara — que 
si esto sigue así van á tener que cerrarse los 
comercios y se concluirá la industria. 

— ¡Y también se cerrarán las iglesias! —re- 
calcó Lola con más calor aún.— ¡Malditos re- 
voltosos! ¡A silbar, á silbar debió ir todo el 
mundo ! 

— ¡ Psss ! ¡ Por Dios ! — suplicó Josefina. —Es- 
tamos llamando la atención... Luego dirán que 
nos metemos en política. 

—Pues yo me meto... ¿y qué? Ahora todo el 
mundo se mete — afirmó Lola. 

— ¡ Ay... yo no! Qué ridiculez, ¿eh, Sobrado? 
Yo no entiendo de eso. 

—¿No tiene V. opiniones, polla? 

— No... es decir, no me gustan los alborotos; 
¡cuando hay trifulca el teatro está tan soso!... 
Ni queda humor para vestirse y salir. 



I 12 



LA TRIBUNA 



—Vamos, V. debe de tener sus preferencias... 
¿Será V. carlista? 

— ¡Ay, no! ¡La inquisición me da un miedo!... 
— dijo riendo. 

— ¿Republicana? 

— ¡ Qué horror ! ¡ Cosa más cursi ! . . . 

— Moderada, ea. Es V. moderada, de fijo. 

—Tal vez, tal vez, algo moderada... La po- 
bre reina me da mucha lástima. 

—Bueno, ahora ya sé que es V. moderada y 
lo voy á divulgar por ahí para que la prendan 
á V. por conspiradora. 

— No , por Dios , que no sueñen que hablamos 
de estas cosas... Se reirían de mí y dirían que 
parecemos un club. ¿No sabe V. alguna noticia? 
¿Qué me cuenta V. del prestidigitador que tra- 
baja en el teatro ? 

— ¿El húngaro? ¡ Bah! Como todas esas fun- 
ciones... Muy pesado, mucho cubilete y los pis- 
toletazos de cajón... 

— ¡Pistoletazos! Los odio: me asustan atroz- 
mente. En viendo que preparan la pistola, ya 
estoy tapándome los oídos ; las chicas se ríen y 
mamá me dice siempre: "Niña, que te miran...,, 
Pero yo no puedo... 

— ¡Mejor ! Si la miran á V., ¿qué. más quieren 
los espectadores? — declaró Baltasar cediendo 
á la destreza con que Josefina traía el diálogo 
al terreno personal. 

Mientras pasaba este coloquio, las madres, 
que venían detrás, se sentaron en un banco, 
sin que su plática, por versar sobre asuntos de 
muy otra especie, cediese en animación á la de 



POR E. PARDO BAZÁN 



113 



la gente joven. Un momento, al pasar por de- 
lante de ellas , Lola se volvió á preguntarlas 
no sé qué; al mismo tiempo Josefina tocó leve- 
mente en el codo á Baltasar, el cual se inclinó, 
y por un movimiento simultáneo cayeron los 
brazos de ambos y sus manos se unieron el es- 
pacio de un segundo, depositando la mano va- 
ronil en la femenina un papelito blanco, tama- 
ño como una mariposa. Susurraban las acacias, 
llenaba el aire el misterioso silabeo de las con- 
versaciones de última hora, y el amoroso ge- 
mido del mar, besando el parapeto, completa- 
ba la sinfonía. 

Ni se escapó el detalle del papel al ojo avizor 
de la viuda ni á la vigilante atención de doña 
Dolores , quien puso torcido y avinagrado ges- 
to, levantándose al punto y anunciando que era 
hora de retirarse. Al tiempo que regresaban las 
dos familias, desde las Filas á la calle Mayor, 
la señora de Sobrado meditaba una épica pe- 
queñez, una tontería trascendental y feroz que 
sirviese para dar despachaderas á las de 
García y quedarse sola con sus hijos. Y como 
llegasen cerca de las puertas del café de la Au- 
rora, que dejaban pasar la luz amarilla y cruda 
del gas, ocurriósela, por fin, la liliputiense es- 
tratagema, y con felina amabilidad dijo á la 
viuda : 

—Y ahora, ¿qué se hacen Vds.? Nosotros 
pensábamos entrar á tomar un refresco... ¿Nos 
acompañarán Vds.? Un sorbetito , cualquier 
cosa... 

— ¡Jesús... pues no faltaba más!— contestó la 

8 



U4 



LA TRIBUNA 



viuda, abochornada como persona á quien 
ofrecen de mala gana y por fórmula un obse- 
quio que cuesta dinero. — Nosotras tenemos que 
hacer, y nos retiramos. 

— ¡Baltasar! — gritó doña Dolores á su hijo, 
que iba delante con las muchachas. — ¡ Bal- 
tasarito, entra aquí, que vamos á tomar un 
sorbete!... 

— Vengan Vds. , señoritas — murmuró el te- 
niente, creyendo que se trataba de convidar á 
la familia García. 

— No, estas señoras no quieren nada— se 
apresuró á advertir la madre clavando á su 
hijo á la puerta del café con una mirada elo- 
cuentísima. 

A pesar del aplomo de buen género que creía 
Josefinita poseer, se vieron á la claridad del 
gas sus ojos preñados de lágrimas de orgullo y 
su tez encendida, como si la abofeteasen. Dijo 
un seco "adiós,, á Clara y Lola; á Baltasar y á 
doña Dolores ni palabra. Cogióse del brazo de 
la viuda y pronto se confundieron en la obscu- 
ridad del fin de la calle sus espaldas , ergui- 
das con dignidad propia de espaldas de destro- 
nadas reinas. Baltasar se volvió hacia su ma- 
dre. 

—Pero , mamá... — pronunció. 

— ¡Chsss! — murmuró ella en voz baja, casi 
al oído del mancebo... — Eres un bolo, que te 
comprometes en público con ellas, y tienen 
medio perdido su asunto. Van á quedar en la 
calle, chiquillo... He confesado á la infeliz de 
la madre, y no pudo negármelo... Yo ya lo sabía 



POR E. PARDO RAZAN 



por el Regente. Va muy mal todo eso... Ni- 
ñas , sentaos — añadió dirigiéndose á Lola y 
Clara.— Mozo , cuatro medios de leche y bar- 
quillos... 

— Yo no tomo... — dijo Baltasar. 

—Mozo, tres medios no más... Pues mira, 
cómo andas, porque esa mocosa con su gesto 
de todo me fastidia, te va á envolver... La ten- 
drás que mantener, y á las cuñaditas, y á la 
viuda... 

—Pero si no pienso... V. todo lo abulta. Sólo 
que las cosas hechas así de este modo se co- 
mentan y dan que hablar... ¿No se empeñó V. 
misma en que las acompañase? 

— Con permiso de Vds.— dijo el mozo colo- 
cando en la mesa tres vasos de leche ame- 
rengada coronados de canela, y un cestito de 
paja lleno de barquillos. Clara y Lola se pusie- 
ron á absorber su refresco, comprendiendo 
que no debían oir el diálogo de su madre y 
hermano. 

—Que las acompañases, sí... porque no me 
figuraba yo que iba á resultar tal compromiso... 
Si pierden el pleito, ni sé cómo pagarán las 
costas... Han de acudir al bolsillo del prójimo; 
acuérdate de lo que te digo; como si todo el 
mundo tuviese ahí el dinero á disposición... 

— Pues yo — declaró Baltasar — no vuelvo á 
meterme en otra... Mire V. bien las cosas an- 
tes, porque esto de andar así, hoy tomo y ma- 
ñana dejo, es ridiculo y le pone á uno en evi- 
dencia. Dirá la gente que cazamos... que cazo 
un dote... ¡Ya ve V.! 



I 



Il6 LA TRIBUNA 



— ¡Dios quiera que los cazados no seamos 
nosotros!— tartamudeó doña Dolores con las 
mejillas horriblemente sumidas por los esfuer- 
zos de absorción que practicaba , á fin de con- 
vertir su barquillo en bomba ascendente de la 
leche garapiñada. 



XV 



HIMNO DE RIEGO. — DE GARIBA LDI . — MAR SELLES A 



Era Baltasar un hijo, no de este siglo, sino de 
su último tercio, lo cual es más caracterís- 
tico y peculiar. Calificábanle las señoras de 
atento; sus compañeros, de muchacho corrien- 
te y agradable; su tío, de chico listo y con el' 
cual se podía departir acerca de asuntos de co- 
mercio. Su temperatura moral no subía ni ba- 
jaba á dos por tres ; no se le conocía ardor ni 
entusiasmo por ninguna cosa; la fiebre de la 
mocedad no le había causado una hora de fran- 
ca y declarada calentura. Ni juego , ni bebida, 
ni mujeres, le sacaban de quicio. En política 
era naturalmente doctrinario. Su madre le juz- 
gaba mozo de gran porvenir y altos destinos, 
porque dejándole la paga para gastos menudos 
y diversos, Baltasar ahorraba y nunca se halló 
sin un duro en el bolsillo del chaleco. Desti- 
nado á la carrera militar, más por vanidad de 
su familia que por vocación, no era, sin embar- 
go, cobarde, pero si yerto; prefería los ascen- 
sos á la gloria, y á la gloria y á los ascensos 
reunidos anteponía una buena renta que dis- 



I 1 8 LA TRIBUNA 



frutar sin moverse de su casa ni estar á mer- 
ced del ministro de la Guerra. Secretamente, 
con cautela suma (porque Baltasar respetaba 
la opinión pública y todo lo que hay que respe- 
tar para vivir con sosiego), la ley y norte de su 
vida era el placer, siempre que no riñese con 
el bienestar. Tenía vanidad , pero vanidad en- 
cubierta y en cierto modo solitaria. A sus creen- 
cias, vacilantes y endebles, no quería tocar, 
como si fuesen un diente próximo á caerse y 
con el cual evitase morder cortezas duras. Vi- 
vía á su gusto y talante, sin meterse en más 
libros de caballerías. Físicamente tenía Balta- 
sar mediana estatura, la tez fina y blanca, y de 
un rubio apagado el ralo cabello; pero la parte 
inferior de su fisonomía era corta y poco noble; 
la barbilla chica y sin energía, la boca delgada 
de labios, como la de doña Dolores. En con- 
junto, su'rostro pareciera afeminado, á no acen- 
tuarlo la aguda nariz, diseñada correctamente, 
y la frente espaciosa, predestinada á la cal- 
vicie. 

Al huir del café, como si huyese de sí mismo, 
dejando á su madre y á sus hermanas ocupa- 
das en agotar los sorbetes, sintió que le daban 
una palmadica en la espalda, y volviéndose, co- 
noció á Borrén , que ya hacía días estaba de 
retorno -de Ciudad Real, contando que allí ha- 
bía unas chicas... hombre, ¡cosa notable! Se co- 
gieron del brazo y se dieron á vagar por las 
calles, que no aconsejaba otra cosa la sereni- 
dad y hermosura de la noche de estío. Baltasar 
desahogó sus cuitas en aquel amigo pecho. El 



POR Li PARDO BAZÁN 



no estaba ciego por Josefina, ni cosa que lo 
valga; pero ahora recelaba que fuese mal visto 
plantarla de golpe y porrazo. 

— Entreténgala V.— aconsejó maquiavélica- 
mente Borrén— y distráigase por otro lado. ¿Va 
V. á vivir así á su edad? ¡ Pues no faltaba más, 
hombre! 

— Es una diablura; en este pueblo todo se 
sabe , y después , líos , historias , lances que mo- 
lestan... Se me figura que voy á pedir que me 
destinen á Andalucía ó á Cataluña... Si me que- 
do aquí, hay una muchacha que me da, á ve- 
ces, en qué pensar... ¿y para qué se ha de me- 
ter uno en un atolladero? 

— Una muchacha. . No es la de García, ¿eh? 

—No, hombre... Esos son solaces á la alta es- 
cuela y por todo lo fino , que no le quitan á uno 
el sueño... Es... una cigarrera. 

—¡Hola... picarón! ¿Esas tenemos, y tan ca- 
llandito? 

—V. mismo me la enseñó y me habló de ella... 
La chica del barquillero. 

Borrén chasqueó la lengua contra el paladar. 

— ¡ Yaaaá lo creo! ¡Toma, toma! ¡Pues si es 
una joyita, hombre ! ¡ Caramba con V. y cómo 
las gasta! ¿No se lo decía yo á V. , eh? 

—Debo advertir que por ahora no hay nada... 
No se eche V. á maliciar ya. 

—Principio quieren las cosas, hombre. 

Hablaban así al atravesar una calle princi- 
pal, cuando de pronto les llamó la atención el 
corro de gente parada á la puerta de una socie- 
dad de recreo. Dentro del marco de las ilumi- 



120 LA TRIBUNA 



nadas ventanas se veían agitarse figuras ne- 
gras que gesticulaban animadamente , y detrás 
de ellas medio se columbraba una mesa servi- 
da con copas, botellas y dulces. A veces se di- 
bujaba sobre el fondo de luz la silueta de una 
mano que alzaba una copa, y el clamor que se- 
guía al brindis era delatado por el retemblido 
de los cristales. 

— El Círculo Rojo— dijo Borrén.— Están obse- 
quiando á los delegados de Cantabria. 

—¡Llegar por mar ahora mismo y tener hu- 
mor para correrla ¡—exclamó el teniente.— 
¡Lástima de naufragio ! 

—¿A V. qué le parece de estas algaradas, 
Sobrado ? 

— ¿Qué me ha de parecer? Que antes de dos 
meses nos embromarán allá por Navarra los 
del Terso... 

— ¡Quiá! Eso nunca, hombre. Eso murió, y 
los muertos no resucitan. 

—V. entiende más de chicas guapas que de 
política, amigo Borrén. Nos van á divertir, 
créame V. Ya anda en danza Elío, un militar si 
lo hay... Eso se va á organizar; verá V. cómo 
salen de la tierra igual que los hongos cuando 
llueve , pero equipaditos y con armamento. Y 
estos otros también van á sacar las uñas por 
Barcelona y donde haya blusas y fábricas. Lo 
peor de todo es que harán de España mangas 
y capirotes... 

Un golpe de gente que desembocaba en la 
calle cortó la réplica de Borrén. A la luz del 
astro nocturno se veían blanquear los instru- 



POR E. PARDO EAZÁN 12 1 



mentos de metal y los papeles de música. Al 
llegar ante el Círculo Rojo instaló la banda sus 
atriles , en el centro del corro que aumentaba; 
y previas algunas palabras en voz baja y un 
golpe de batuta, rasgó los aires el bullanguero 
himno que todo español conoce y ama ó detes- 
ta. Del concurso partieron gritos. 
— ¡ Himno de Garibaldi ! 

— ¡Marsellesa! ¡Marsellesa!— contestó un gru- 
po más compacto. 

Y enmudecieron los metales , y presto volvió 
á alzarse su formidable acento, entonando la 
trágica Marsellesa. Impensadamente se abrie- 
ron las ventanas del Círculo, y fué como si la 
sala llena de claridad, de gente y de tumulto, 
se viniese á meter entre los espectadores. 

En primer término asomaron las cabezas los 
recién venidos , y al punto calló la música y se 
oyeron vivas á los delegados, á Cantabria, do- 
minando el clamoreo una voz aguardentosa que 
desde la esquina repetía incansable : " ¡ Viva la 
honradez ! „ Una mujer se adelantó, y entrando 
en el círculo de luces, gritó con voz fresca y 
potente : 

— ¡Que brinden á la salud del pueblo!... ¡Que 
brinden!... 

Volvióse uno de los delegados , y al punto le 
trajeron una copa rebosando champaña, que 
elevó á los cielos al pronunciar el brindis. Las 
luces de los atriles alumbraron su barba de nie- 
ve , sus mejillas sonrosadas como las de los vie- 
jos santos bizantinos. Baltasar sacudió el brazo 
de su confidente, señalando á la mujer: 



122 



LA TRIBUNA 



—¿La ve V.? 

—La veo. ¡ Ole y qué guapa se pone todos los 
días, hombre! 

—Pero se me hace muy cargante con estas 
cosas políticas. Las mujeres no tienen más oír 
ció que uno. 

—¡Sí, hombre... quién la mete á ella... tiene 
chiste ! 

— Es una epidemia. Almorzamos política y 
comemos ídem. Se va volviendo España un ma- 
nicomio. ¡Bah! Si no estuviese aquí, donde todo 
el mundo me conoce, las extravagancias de esa 
muchacha no dejarían de divertirme... ¿La ve 
V. aplaudiendo á rabiar al del brindis ? ¿ Cómo 
se llamará ese ciudadano? Parece el Oro veso de 
Norma. 

— Psh... mañana lo sabremos. 



XVI 



REVOLUCIÓN Y REACCIÓN MANO Á MANO 



En la calle de los Castros estaba Carmela, la 
encajerita, descolorida como siempre y ocu- 
pada en oir de boca de Amparo el relato de los 
sucesos de la víspera. Asomada Carmela al ta- 
blero, disimulaba su talle encorvado ya por la 
habitual labor ; pero no sus ojos marchitos y 
cansados de fijarse en la blancura del hilo. No 
obstante su atareado vivir, la encajera gastaba 
humor apacible é inalterable y poseía la dulzu- 
ra de las personas melancólicas , una benevo- 
lencia claustral. Amparo narraba animada- 
mente ; los delegados de Cantabria habían des- 
embarcado entre inmenso gentío que llenaba el 
muelle y la ribera: ella pensó por la mañana 
alumbrar en la octava de San Hilario ; pero 
¡ qué octava ni octava ! , en cuanto supo la ve- 
nida del buque , allá se plantó , en el desembar- 
cadero, abriéndose calle á codazos... Los dele- 
gados son unos señores..., ¡vaya!, de mucho 
trato y de mucho mundo : ¡ saludan á todos y se 
ríen para todos! ¡Republicanos de corazón, ea! 
(Y aquí Amparo se descargó una puñada en el 



124 



LA TRIBUNA 



pecho.) A la señora María, la Rinchona, mira 
tú, porque dijo que les quería dar la mano, la 
abrazaron á vista de todo Dios... Luego los 
había acompañado al Círculo Rojo, y oído la 
serenata, y el discurso que echó uno de ellos... 
¡un viejo que parece un santo! , y otro... un se- 
ñor serio, de mal color... 

—¿Y qué tal, predican bien? 

—¡Dicen cosas... que se le hace á uno agua la 
boca de oirías ! Quisiera yo que estuviesen allí 
los que creen que la federal trae desgracias y 
belenes. El viejo no habló sino de que ya no 
había tiranía... de que todo se iba á arreglar 
con moralidad y atención... de que nos quisié- 
semos mucho los republicanos , porque ya todo 
ha de ser concordia entre los hombres. 

—Tú tienes un memorión... A mí se me iría 
el santo al cielo. Mi memoria es de gallo. Y el 
otro, ¿qué dijo? 

—El otro, el otro... el otro habla despacio, 
pero echa unos términos que á veces cuesta 
caro entenderlo... Predicó mucho de nuestros 
derechos, y del trabajo, y de lo que representa 
esta Unión del Norte... y de que las clases tra- 
bajadoras, si se unen, pueden con las demás... 
Habían de venir allí arrastrados de las orejas 
los que piensan que los republicanos dicen co- 
sas malas. No, señor ; allí se cantaba clarito lo 
que somos : paz , libertad , trabajo , honradez y 
la cara y las manos muy limpias. 

— Dime una cosa , mujer. 

—Mas que sean dos. 

—Y ¿qué significa eso de república federal? 



POR E. PARDO BAZÁN 



— Significa... ¿qué ha de significar, repelo? 
Lo que predicaron ésos. 

—Pero no me hice bien de cargo... ¿Qué más 
tiene eso que el gobierno que hay ahora? 

—Tiene, tiene, tiene... tiene que Madrí no se 
nos monte encima, y que haya honradez, paz, 
libertá, trabajo... 

—Pero... vamos, una pregunta, por pregun- 
tar, mujer. ¿No decían, cuando vino el banrullo 
de la revolución el año pasado, que nos iban á 
dar todo eso? Conforme aquéllos no lo dieron, 
también podrá cuadrar que no lo den estotros. 

—No puede ser, y no, y no, porque éstos son 
otros hombres de otra manera, que miran por 
el bien del pueblo... No digas tontadas. 

La encajerita se rió con su risa tenue. 

—No, si lo que vienen á dar es trabajo, por 
acá no falta... Y digo yo y pregunto otra vez, 
si es verdá que quitan la estancación del taba- 
co, vamos á ver, ¿cómo os valéis las cigarre- 
ras ? Pidiendo limosna. 

—¡Esa es una burrada de las gordas! — excla- 
mó Amparo, fuerte ya en la controversia del 
punto concreto. — Oye y atiende, mujer, te lo 
voy á poner claro como el sol. Ahora el Go- 
bierno nos tiene allí sujetas, ¿no es eso? Gana- 
mos lo que á él se le antoja; si vienen, un supo- 
ner, buenas consignas, porque vienen, y si no, 
fastidiarse. El chupa y engorda y se hace de 
oro, y nosotras, infelices, lo sudamos. Que se 
desestanca, que se desestancó; ¡hala con ella! 
Las reinas somos nosotras, las que tenemos 
nuestra habilidad en los dedos ; con nosotras 



126 



LA TRIBUNA 



han de venir á batir el consumidor y el estan- 
quero , y si á mano viene, el ministro del ramo... 
¿Aún no entendiste, tercona? 

Meneaba suavemente la cabeza la encajerita, 
mientras los hilos de la labor se deslizaban, se 
cruzaban, se entretejían al través de sus dedos, 
y los palillos de boj, chocando unos contra otros, 
hacían una musiquilla flauteada. 

—Es que... tú pintas las cosas... Pero dime... 

—¡Qué porfiosa del dianche! 

—Dime con verdad... ¿falta ahora gente que 
pretenda entrar en la Fábrica? 

— ¡Faltar! ¡Más empeños andan danzando! 

—Pues, catá... El día que quiten la estanca- 
ción se echa medio mundo á trabajar en ciga- 
rros, y habiendo mucho quien trabaje, el tra- 
bajo anda por los suelos de barato. ¿Qué me 
está pasando á mí? Empezó la tía á hacer enca- 
jes, y le salieron dos ó tres de Portomar á po- 
ner la competencia... porque ahora son mucha 
moda estas puntillas, hasta para pañuelos; lo 
que estoy rematando es un pañuelo. 

Descubrió ufana su almohadilla, alzando un 
pañizuelo que velaba parte de labor terminada 
ya, y vióse una afiligranada crestería, un alica- 
tado de hilo, donde el menudo dibujo se desple- 
gaba en estrellitas microscópicas, en finos rom- 
bos , en exquisitos rectángulos , todo ello unido 
con arte y gracia formando primorosa orla. 
Amparo aprobó. 

— Está muy bonito — dijo. 

—Pues con todo y que se lleva tanto , como 
ya somos muchas á menear los palitroques, hay 



POR E. PARDO BAZÁN 



127 



que arreglar los precios... Yo — murmuró sus- 
pirando levemente— no puedo hacer más; á ve- 
ces trabajo con luz , pero no me lo resisten los 
ojos, y así me arrimo cuanto más puedo al ta- 
blero hasta que no se ve el día... La tía tam- 
bién se quedó medio ciega; ya ni puntillas gor- 
das hace : sólo sirve para ir por las casas á ven- 
der lo que yo trabajo... 

Batida en el terreno crematístico, Amparo 
tocó otra cuerda para seguir hablando de sus 
entusiasmos; que no se la cocía el pan en el 
cuerpo hasta desembuchar cuanto había visto 
y esperaba ver. 

— ¡El día que lleguen por tierra los delegados 
de Cantabrialta... se prepara una buena! ¿No 
sabes? 

—¿Mucha fiesta? 

—Los han de esperar con coches... Y...— Am- 
paro se detuvo, bajando la voz para acrecentar 
el efecto de la estupenda noticia— les iremos á 
alumbrar con hachas. 

— ¡Ave María de gracia! ¿Qué me dices, mu- 
jer? ¿Alumbrarles como á los santos? 

— Andando. 

— ¿Y quién? ¿Las de la Fábrica? 
— Ajá. Una ristra de ellas. Ya estamos ha- 
bladas. 

—¿Van tus amigas...? ¿Aquellas dos...? 

—¡Espera por ellas! No, mujer, no. Ana, 
como trata con un capitán mercante, no se 
quiere rebajar á que la vean alumbrando ; dice 
que cuando llegue la Bella Luisa la avergon- 
zaría su marino... ¡Y aquella tonta de Guar- 



128 



LA TRIBUNA 



diana tuvo valor á decirme que ella sólo coge- 
ría un hacha para ir en la procesión de Nues- 
tra Señora de la Guardia ! 

—Pues yo digo otro tanto... más que te enfa- 
des, mujer. ¡Vaya unos dioses y unas imágenes 
que vais á llevar en procesión! Eso parece cosa 
de idólatras. Alumbrar solamente á las cosas 
de la iglesia, el veático , las octavas... 

—Calla, que eres más nea que los neos. 

— ¡Y para el favor que me están haciendo á 
mí esos señorones que predican la libertá! 
¡Dice que van á echar á todas las monjas á la 
calle y á no dejar convento con convento! 

Amparo retrocedió tres pasos, se puso enja- 
rras, enarcó las cejas, y después se persignó 
media docena de veces , con extraña prontitud. 

—Me valga San... Pero ¿tú hablas formal, 
mujer? ¿Te quieres meter en aquella prisión 
por toda, toda, toda la vida? Arreniégote. 

—Querer, quiero... ¡Ay! Quise desde que fui 
así, pequeñita... Pero ¡bah! ¡no puedo! ¿Dónde 
me van á recibir ahora sin el dote? ¡Buenas es- 
tán las monjas para meterse en despilfarros! 
Y yo, ¿cómo he de juntar el dote, dime tú? Si 
pido, nadie me dará... A no ser que Dios me 
mande una sorpresa... 

—Mujer, rica no soy; pero un par de duros 
aún no me hacen falta para comer mañana- 
dijo espontáneamente Amparo. 

La pálida sonrisa de la encajerita alumbró su 
rostro. 

—Se estima la voluntá... Necesito una atro- 
cidá de dinero para el caso, y ya sé que junta 1 -, 



POR E. PARDO BAZÁN 



I29 



no lo he de juntar nunca... En fin, paciencia nos 
dé Dios. 

—Y ¿tú estarías á gusto presa entre cuatro 
paredes? 

—Bien presa vivo yo desde que acuerdo... Si- 
quiera los conventos tienen huerta, y vería 
una árboles y verduras que le alegrasen el co- 
razón. 







XVII 



ALTOS IMPULSOS DE LA HEROÍNA 



Eran las horas meridianas, las horas de ca- 
lor , cuando salieron desempedrando las ca- 
lles de Marineda carruajes en que iban las co- 
misiones del partido á esperar á los delegados 
de Cantabrialta. Las dos leguas de camino real 
que van de la ciudad al ex-portazgo (como se 
decía entonces) hallábanse cuajadas de gente 
en espectativa, asaz empolvada y sudorosa. 
Poca levita , mucha tuina y chaqueta , de higos 
á brevas un uniforme: buen número de muje- 
res, roncas ya, con los labios secos, los ojos 
inyectados, arrebatadas las mejillas, más ó me- 
nos descompuesto el peinado y el traje. Enga- 
lanadas con colgaduras ostentaba sus casas el 
pobre suburbio de la riberilla ; quién había des- 
tinado á manifestar su civismo la colcha de la 
cama, quién las cortinas de la humilde alcoba, 
quién una sábana ó mantel. Al ingreso de la 
barriada se alzaban arcos de triunfo , entreteji- 
dos con ramaje. 

Cuando regresaron los coches , trayendo ya 
á los esperados viajeros, el contraste que ofre- 



132 



LA TRIBUNA 



cía el espectáculo convidaba á parar la consi- 
deración en él. Acercábase el sol á su ocaso, y 
las colinas que limitaban el horizonte pasaban 
del suave azul ceniciento al lila más delicado. 
Las playas de la Barquera y el mar alternaban 
en zonas de nítida blancura y de limpio color de 
zafiro; á los últimos destellos del Poniente, el 
arenal brillaba como si estuviese salpicado de 
plata, y vaporosas franjas de espuma, tan pron- 
to formadas como deshechas, corrían un instan- 
te por el borde de las olas. Soberana y majes- 
tuosa paz , unida al recogimiento de la hora 
vespertina, se elevaba de aquellas diáfanas le- 
janías al cielo puro, donde apenas de trecho en 
trecho leves nubecillas, semejantes á copos de 
algodón, se esparcían tiñéndose de oro. Así 
se preparaba al sueño la naturaleza, mientras 
en la carretera una multitud abigarrada y pol- 
vorosa se desojaba mirando al punto por donde 
asomaría muy luego la comitiva , y recreaba la 
vista en contemplar los guiñapos y telas de co- 
lorines pendientes de los balcones, y el mar- 
chito verdor de los arcos de triunfo ; y se reci- 
bían y daban pisotones recios , y metidos fero- 
ces, y algún furtivo pellizco, y se tragaba y se 
mascaba el árido polvo del camino, oyendo á 
poca distancia, como irónica burla, el blando 
gemir de las ondas de la ría. 

De tiempo en tiempo , las bombas de palen- 
que trataban de armar un escándalo en la at- 
mósfera, pero en balde; diríase que era la de- 
tonación de algún vergonzante petardo, que 
asi alteraba la amplia serenidad del ambiente, 



POR E._ PARDO BAZÁN 



133 



como el zumbido de un mosquito turbaría el 
reposo de un gigante. Las tocatas de la banda 
de música, hecha pedazos de puro soplar him- 
nos y más himnos patrióticos , se empequeñe- 
cían en el libre y anchuroso espacio, hasta ase- 
mejarse al estallido de una docena de buñuelos 
al caer en el aceite hirviendo donde se fríen. Y 
visto desde la playa, el mismo numeroso gen- 
tío podía compararse á un avispero, y la ban- 
dera roja á un trapo de los que los chicos cuel- 
gan de una caña á fin de pescar ranas en las 
ciénagas. 

Para que la comitiva adquiriese unos asomos 
de solemnidad, fué preciso que entrase en los 
mezquinos arrabales del pueblo. Con la frescu- 
ra de la noche que caía, todo el mundo se halló 
más á gusto, los de los coches respiraron, sin 
dejar de saludar á diestro y siniestro , y comen- 
zaron á abrir en las tinieblas sus pupilas de 
fuego los reverberos de la ciudad, la Farola y 
las hachas de cera que encendían algunas mu- 
jeres para alumbrar á los carruajes. Así que 
brilló el cordón de luces , las portadoras de las 
hachas se alinearon en buen orden, bajando los 
ojos modestamente porque aquello olía á pro- 
cesión. Entonces, algunos curiosos de Marine- 
da que no habían querido molestarse en ir más 
lejos para ver la función, se abrieron paso y 
situaron convenientemente, con propósito de 
estudiar los semblantes de las que en otra oca- 
sión se llamarían devotas. Si las encontraban 
mozas y lindas, decíanles cosas almibaradas; 
si viejas y feas, barbaridades capaces de eno- 



134 



LA TRIBUNA 



jar y abochornar á un santo de leño. Cuando 
pasaba Amparo, que iba una de las primeras, 
al lado del rojo estandarte , era un fuego gra- 
neado de piropos, una descarga cerrada de 
ternezas á quema-ropa. Es que la muchacha se 
lo merecía todo ; la luz del blandón descubría 
su rostro animado, encendía sus ojos rechis- 
peantes y mostraba la crespa melena, desanu- 
dada por la agitación de la caminata y flotando 
en caprichosas roscas por su frente , hombros y 
cuello. Baltasar y Borrén , de americana y hon- 
go, se colaron ante la apiñada muchedum- 
bre y quizá la murmuraron al oído cien mil 
dislates; pero no estaba el alcacer para gaitas, 
es decir, no estaba Amparo de humor de re- 
quiebros, hallándose exclusivamente poseída 
del fervor político. 

Sentíase sobreexcitada, febril, en días tan 
memorables. Por todas partes fingía su calen- 
turienta imaginación peligros , luchas , negras 
tramas urdidas para ahogar la libertad. De fijo, 
de fijo, el Gobierno de Madrid sabía ya á tal 
hora que una heroica pitillera marinedina rea- 
lizaba inauditos esfuerzos para apresurar e* 
triunfo de la federal; y con estos pensamientos 
latíale á Amparo su corazoncillo y se la hin- 
chaba el seno agitado. En medio de la vulgari- 
dad é insulsez de su vida diaria y de la mono- 
tonía del trabajo siempre idéntico á sí mismo, 
tales azares revolucionarios eran poesía, nove- 
la, aventura, espacio azul por donde volar con 
alas de oro. Su fantasía inculta y briosa se apa- 
centaba en ellos. Las enfáticas frases de los ar 



POR E. PARDO BAZÁN 



135 



tículos de fondo , los redundantes períodos de 
los discursos resonaban en sus oídos como el 
ritornelo del vals en los de la niña bailadora. 
Aquella llegada de los individuos de la Asam- 
blea de la Unión fué para Amparo lo que sería 
la de los Apóstoles para un pueblo que oyese 
hablar del Evangelio y de pronto viese arribar 
á sus costas á los encargados de anunciarlo. 

Tenía Amparo por cosa cierta que se acerca- 
ba la hora de señalarse con algún hecho digno 
de memoria : ansiaba, sin declarárselo á sí mis- 
ma, emplearlas fuerzas de abnegación y sa- 
crificio que existen latentes en el alma de la 
mujer del pueblo. ¡Sacrificarse por cualquiera 
de aquellos hombres , venidos de Cantabria á 
vaticinar la redención; inmolarse por el más 
viejo, por el más feo, prestándole algún extra- 
ordinario y capital servicio! Llamar á su puerta 
álas altas horas de la noche; decirle con voz 
entrecortada que "ahí viene la policía,, y que 
se oculte ; acompañarle por recónditas calle- 
juelas á un escondrijo seguro ; meterle en la 
mano unos cuantos pesos ahorrados á fuerza de 
liar pitillos ; recibir, en cambio, un haz de pro- 
clamas para repartir al día siguiente, con la 
advertencia de que "si se las cogen puede con- 
tarse ánima del Purgatorio,,; distribuirlas con 
sigilo y celo ; y por recompensa de tantas fati- 
gas, de riesgos semejantes, ganar un expresivo 
apretón de manos, una mirada de gratitud del 
proscrito... Si el heroísmo es cuestión de tem- 
peratura moral , Amparo, que se hallaba á cien 
grados, tal vez se dejara fusilar por la causa 



136 



LA TRIBUNA 



sin decir esta boca es mía ; y quién sabe si an- 
dando los tiempos no figuraría su retrato al 
lado del de Mariana Pineda en los cuadros que 
representan á los mártires de la libertad.,. Fe- 
liz ó desgraciadamente, lo que Vds. quieran, 
que por eso no reñiremos , los tiempos eran más 
cómicos que trágicos, y los loables esfuerzos 
de Amparo no la conquistaron otra corona de 
martirio sino el que en la Fábrica se prohibiese 
la lectura de diarios, manifiestos, proclamas y 
hojas sueltas , y que á ella y á otras cuantas 
que pronunciaron vivas subversivos y cantaron 
canciones alusivas á la Unión del Norte las sus- 
pendieran , como suele decirse, de empleo y 
sueldo. 



XVIII 



TRIBUNA DEL PUEBLO 



El Círculo Rojo echa el resto ; no se habla en 
Marineda sino del banquete que ofrece á los 
delegados de Cantabria y Cantabrialta. No tie- 
ne el Círculo Rojo socios tan opulentos como 
el Casino de Industriales y la Sociedad de Ami- 
gos ; pero sóbrale alma y desprendimiento, 
cuando la ocasión lo requiere, para sangrarse 
los bolsillos, empeñarse, si es preciso, hasta los 
ojos y salir con color y presentar una mesa que 
no le avergüence. 

Llamada á conferenciar con el presidente del 
Círculo la "persona de buen gusto „ , que nunca 
falta en los pueblos para dirigir las solemnida- 
des, entró al punto en el desempeño de sus fun- 
ciones, y se dió tal maña, que en breve pudo 
negociar un empréstito de candeleros de plata, 
centro de mesa, vajilla fina, mantelería ada- 
mascada y nueva, palilleros caprichosos y pu- 
reras sorprendentes. Obtenido lo cual , el corre- 
veidile se frotó las manos, asegurando al presi- 
dente que la mesa estaría regiamente exornada. 



138 



LA TRIBUNA 



—Regiamente , no señor — contestó el presi- 
dente algo fosco. — Republicanamente, dirá V. 

No quiso el organizador de la fiesta discutir 
el adverbio, y sastifecho de haber encontrado 
los accesorios , se dió á buscar lo principal , ó 
sea la comida. Bregando con fondistas y cafete- 
ros, consiguió combinar platos, vinos y hela- 
dos del modo que le pareció más ortodoxo y 
elegante; pero quiso su desdicha que á última 
hora el entusiasmo político lo echase todo á 
perder, instigando á un bodegonero federal á 
enviar " la prueba „ de sus vinos , y á un hor- 
nero á remitir media docena de robustas empa- 
nadas , que cayeron en el banquete como bar- 
barismos en selecto trozo de latinidad clásica. 
Menudencias que la Historia no registrará se- 
guramente. 

De propósito se empezó tarde la comida, y 
circulaban aún las dos sopas de hierbas y de 
puré, cuando los camareros cerraron las made- 
ras de las ventanas y encendieron las bujías de 
los candelabros y los aparatos de gas. Vióse 
entonces salir de las vaguedades del crepúsculo 
la mesa, la larga mesa de sesenta cubiertos, 
con sus brillantes objetos de plata, sus jarnos 
de flores simétricamente colocados, sus altos 
ramilletes de dulce, sus temblorosas gelatinas, 
donde la luz rielaba como en un lago. El presi- 
dente del Círculo tendió en derredor una mira- 
da de orgullo. En verdad que el aspecto del 
banquete era majestuoso. Imperaba en él toda- 
vía la reserva de los primeros momentos : la 
gente comía con moderación y delicadeza, los 



POR E. PARDO BAZÁN 



139 



camareros y mozos de servicio andaban discre- 
tamente sin taconear, las cucharas producían 
leve música al tropezar con los platos , la vir- 
ginidad del mantel alegraba los ojos, y el vaho 
aperitivo de la sopa no desterraba del todo las 
fragantes emanaciones de las rosas y claveles 
de los floreros. No obstante, al servirse la pri- 
mer entrada comenzaron á dialogar los vecinos 
de mesa , y el rumor creciente de las conversa- 
ciones envalentonó á los mozos , que pisaron ya 
más recio. 

Presidíala mesa el viejo de blanca barba, y 
la teatral nobleza de su figura completaba la de- 
coración. A su derecha tenía al presidente del 
Círculo y á su izquierda al orador de tenebrosa 
faz, el que, según Amparo, " echaba términos,, 
difíciles de entender. Seguían los demás dele- 
gados por orden de respetabilidad, alternando 
con individuos de la Junta, de la Prensa, del 
partido. 

Fué poco á poco acrecentándose el ruido de 
la charla y desatándose las lenguas , por donde 
rebosaba ya la abundancia del corazón. El que, 
merced á su ancianidad venerable, podía ser 
llamado patriarca, sonreía, aprobaba, estaba de 
acuerdo con todo el mundo , mientras el dele- 
gado tétrico y ceñudo se las componía lo mejor 
posible para disputar. Al tercer plato disparó 
con bala rasa contra la propiedad, el capital y 
la clase media, y el presidente del Círculo, pa- 
trón y dueño de establecimiento, hubo de amos- 
carse; poco después fué el patriarca mismo el 
enojado , á causa de no sé qué frases sobre el 



140 



derecho de insurrección y el empleo de medios 
violentos y coercitivos. Ninguno le parecía al 
patriarca lícito; en su concepto, el amor, la paz, 
la fraternidad eran las mejores bases para fun- 
dar la unión federativa , no sólo de Cantabria y 
de España, sino del mundo. Cada cual alegaba 
sus razones , tratando de quimera el ajeno pare- 
cer; la discusión se hacía general; intervenían 
en ella periodistas y delegados, desde los más 
remotos extremos de la mesa; alguien brindaba 
sin ser oído; personas de voz escasa exclama- 
ban en tono suplicante: "Pero oigan Vds., se- 
ñores... si Vds. oyesen una palabra...,, Era en 
balde. El grupo central se lo hablaba todo ; de 
su confuso vocerío sólo se destacaban frases 
sueltas, airadas, empeñadas en descollar. "Eso 
son utopías, utopías fatales... No, es que le con- 
venzo á V. con la historia en la mano... Sí, sí, 
hagámonos de miel... La Revolución francesa... 
Era en otro régimen, señores... No confunda- 
mos los tiempos... Está V. en un error... Un he- 
cho no es ley general... Eso lo ha dicho Pí... 
Cantú es un reaccionario.., El bautismo déla 
sangre... Horrores infecundos...,, Mientras du- 
raba la polémica, los mozos no se entendían 
para pasar las fuentes del asado y para escan- 
ciar el Champaña... Uno de ellos se inclinó ha- 
cia el presidente y le dijo al oído no sé qué... El 
presidente se levantó al punto y salió de la sala, 
volviendo á entrar presto seguido de un grupo 
de mujeres. 

Amparo lo capitaneaba. Penetró airosa, ves- 
tida con bata de percal claro y pañolón de Ma- 



POR E. PARDO BAZÁN 



141 



nila de un rojo vivo que atraía la luz del gas, el 
rojo del trapo de los toreros. Su pañuelito de 
seda era del mismo color, y en la diestra soste- 
nía un enorme ramo de flores artificiales , rosas 
de Bengala de sangriento matiz, sujetas con 
largas cintas lacre , donde se leía en letras de 
oro la dedicatoria. Diríase que era el genio pro- 
tector de aquel lugar, el duende del Círculo 
Rojo; las notas del mantón, del pañuelo, de las 
flores y cintas se reunían en un vibrante acorde 
escarlata, á manera de sinfonía de fuego. 

Adelantóse intrépida la muchacha levantando 
en alto el ramo y recogiendo, con el brazo libre, 
el pañolón, cuyos flecos le llovían sobre las ca- 
deras. Y como el conspicuo disputador, dejando 
su asiento, mostrase querer tomar el exvoto 
que la muchacha ofrecía en aras de la diosa Li- 
bertad, Amparo se desvió y fuése derecha al 
Patriarca. El corro se abrió para dejarla paso. 

La muchacha , sin soltar el ramo , miraba al 
viejo. Este, de pié, con su barba plateada y le- 
vemente ondulosa como la de los ermitaños de 
tragedia, con su calva central guarnecida de 
abundantes mechones canos , con su alta esta- 
tura , un tanto encorvada ya , se le figuraba la 
ancianidad clásica, adornada de sus atributos, 
coronando la cima de los tiempos. Y el patriar- 
ca, á su vez, creía ver en aquella buena moza 
el viviente símbolo del pueblo joven. Ambos 
formularon en sus adentros el pensamiento de 
simpatía que les dominaba. 

— Este señor mete respeto lo mismo que un 
obispo— se dijo Amparo. 



142 



LA TRIBUNA 



—Esta chica parece la Libertad— murmuró 
el Patriarca. 

Entre tanto la muchacha comenzaba su pero- 
ración. Temblábale la voz al principio ; dos ó 
tres veces tuvo que pasarse la mano, yerta, por 
la frente húmeda, y sin saber lo que hacía ac- 
cionó con el ramo, cuyas cintas culebrearon 
como serpientes de llama, y carraspeó para des- 
hacer un nudo que le apretaba el galillo. Poco 
á poco , el rumor de la mesa , el cuchicheo de 
los convidados más distantes, la luz de los me- 
cheros de gas que le calentaba los sesos, el aro- 
ma de los vinos y la espuma del Champaña, que 
aún parecía bullir en la iluminada atmósfera, la 
embriagaron, y sintió fluir de sus labios las pa- 
labras y habló con afluencia, con desparpajo, 
sin cortarse ni tropezar. Los convidados se da- 
ban al codo sonriendo, pronunciando entre 
dientes algún "¡bravo! ¡muy bien!,, al oir que 
las operarías republicanas de la Fábrica ofre- 
cían aquel ramo á la Asamblea de la Unión del 
Norte y al Círculo Rojo en prueba de que... y 
para manifestar cuanto... y como testimonio de 
que los corazones que latían..., etc. El Patriarca 
se colocaba la mano sobre el pecho , se la lle- 
vaba á la boca con sincerísima complacencia, 
mientras el disputador, tieso y serio, inclinaba 
de vez en cuando lentamente la cabeza en señal 
de aprobación. Por fin, la oradora acabó su dis- 
curso entregando el ramo al Patriarca y gritan- 
do: "¡Ciudadanos delegados, salud y frater- 
nidad ! „ 

Tomó el viejo la ofrenda y la pasó al presi- 



POR E. PARDO BAZÁN 



143 



dente, que se quedó con ella muy empuñada y 
sin saber qué hacer. Confusas las compañeras 
de Amparo por el silencio repentino , miraban 
de reojo hacia todas partes, maravillándose del 
esplendor de la mesa y algo sorprendidas de 
que el banquete republicano fuese cosa de tanto 
orden y de que los delegados comiesen en vez 
de salvar la patria. El Patriarca se acercó á 
Amparo; sus mejillas arrugadas y marchitas te- 
nían á la sazón sonrosados los pómulos. 

— Gracias, hijas...— tartamudeó cabeceando 
senilmente. — Gracias, ciudadanas... Acércate, 
tribuna del pueblo... que nos una un santo abra- 
zo de fraternidad... ¡Viva la tribuna del pueblo! 
j Viva la Unión del Norte ! 

— ¡Viva!— balbuceó Amparo toda enterne- 
cida, ahogándose. — ¡Viva V.... muchos años!— 

Y el viejo y la niña no estaban á dos dedos de 
romper á llorar, y algunos délos convidados 
se reían á socapa viendo aquel brazo paternal 
que rodeaba aquel cuello juvenil. 



XIX 



LA UNIÓN DEL NORTE 



Cuidado si hace calor ! 
Sobre el duro azul de un celaje no empa- 
ñado por la más leve bruma, ondean las flámu- 
las , colocadas en mástiles á la veneciana al re- 
dedor del baluarte de la Puerta del Castillo, y 
sus gayos colores no desdicen del júbilo radian- 
te del cielo y de la estrepitosa y alegre multi- 
tud. Arcos y ondas de follaje verde corren de 
mástil á mástil , disonando y contrastando 
con el tono cerúleo del firmamento. En mitad 
del anfiteátro se alza el palco destinado á la 
Asamblea de la Unión , con su tribuna al cen- 
tro, y flanqueado de otros dos más bajos, pero 
mayores , destinados á las comisiones del par- 
tido. Bien podía la Asamblea constitutiva de la 
Unión del Norte de la costa ibérica— que así se 
nombraba en sus documentos oficiales — ocupar 
oronda y satisfecha el palco presidencial: po- 
cas sesiones y breves horas le habían bastado 
para sentar las bases del gran contrato unio- 
nista federativo ; actividad gloriosa, sobretodo 
comparándola con la flema y machaconería de 



10 



146 



LA TRIBUNA 



aquellas holgazanas de Cortes Constituyentes, 
que tardaban meses en redactar un código fun- 
damental y definitivo para la nación. 

Caminaba impetuosa nacia el anfiteatro la co- 
mitiva, compuesta del partido y juventud re- 
publicana, de mucha chiquillería, de los comités 
rurales , de los delegados y de todo fiel cristia- 
no que, movido de curiosidad, quiso ingerirse 
en la procesión. Apresuradamente , como si fue- 
se un ser único animado por un solo soplo vital, 
y tuviese por voz la banda de música que atur- 
día el ambiente con himnos y más himnos , ade- 
lantábase la palpitante masa humana ; y empu- 
jadas por la compacta muchedumbre , las ban- 
deras, coronadas de flores, vacilaban cual si 
estuviesen ebrias, y tan pronto daban traspiés 
y se inclinaban acá ó acullá , como tornaban á 
erguirse rectas y altivas. Y las casas del trán- 
sito parecían contemplar el cuadro y entender 
su asunto , y de unas llovían flores , ramos , co- 
ronas , y otras , en menor número , cerradas á 
piedra y lodo, dijérase que fruncían el ceño y 
se ponían hurañas y serias al sentir el roce de 
la ola revolucionaria. 

Cuando éstas llegaron á estrellarse en el ba- 
luarte, se esparcieron y derramaron por do- 
quiera. El gentío trepó á las escaleras, cabalgó 
en el caballete de los bastiones, invadió los 
palcos de los comisionados y se extendió coro- 
nando las alturas vecinas; por los troncos de 
los mástiles se encaramó más de un granuja, 
resuelto á dominar la situación. Penetró majes- 
tuosamente en el palco la Asamblea, y así que 



POR E. PARDO BAZÁN 



147 



los delegados ocuparon sus asientos , el tumulto 
se apaciguó como por magia , y cerca de veinte 
mil personas guardaron silencio religioso. Sólo 
se oyó salir de algún rincón del anchuroso es- 
cenario, el melancólico grito que pregonaba- 
"¡Agua de limón fría, barquillos, agua, azuca: 
rillos, agua!,, Dos fotógrafos, situados en lu- 
gar oportuno para tomar la vista, enfocaban 
cubriéndose la cabeza con el paño de bayeta 
verde , y sus máquinas parecían los ojos de la 
Historia contemplando la escena. Casi se oiría 
el volar de una mosca, sobre todo en las cerca, 
nías del palco presidencial. 

Procedióse á la firma y lectura del contrato 
de Unión. Desde lejos se veía en el palco una 
agrupación de cabezas, entre las cuales sedes- 
tacaba la negra cabellera melodramática del 
disputador y sus quevedos de oro , y la barba 
nivea del Patriarca, resplandeciente al sol como 
la de Jehová en los cuadros bíblicos. Estaban 
Baltasar y Borrén apoyados en ün lienzo de 
parapeto, de pié sobre un sillar de piedra, 
lo cual les permitía ver cuanto ocurría. Am- 
bos prestaban atención suma, comprendiendo 
que presenciaban un episodio interesante del 
drama político español. 

— Aquí se cuece algo , hombre — exclamó 
Borrén inclinándose hacia su amigo. 

— ¡ Claro que se cuece ! ¡ El desbarajuste uni- 
versal... y el picadillo que van á hacer de Es- 
paña esos señores ! 

— Hombre, dice que no... Dice que lo que de- 
sean es confederarnos , para que estemos más 



148 



LA TRIBUNA 



uniditos que antes... ¿no ve V. que esto se llama 
la Unión? 

— ¡ Sí , sí , corte V. un dedo y péguelo después 
con saliva! 

—A bien que una nación no es ninguna na- 
ranja para hacerse cuarterones tan fácilmente... 
¿Sabe V. lo que me contaron de ese viejecito... 
del Patriarca? Mire V. , yo me explico que sea 
republicano... ¡había cosas en aquellos tiempos 
antiguos! ¡Era el segundo de una casa rica... 
poderosa, hombre! El mayorazgo arrambló con 
todo, ¿eh? mimos y hacienda, y á él le quedó 
un palomar viejo y la memoria de las azo- 
tainas... Otro se hubiera hecho misántropo..- 
El se hizo filántropo, y luego progresista, y lue- 
go federal... y es un bienaventurado que abraza 
á todo el mundo, y oye misa, y es incapaz de 
hacer daño á nadie... acá inter nos le tengo por 
algo chocho... 

— ¿Y aquel moreno... el de los quevedos? 

— ¡ Ah! Ese... ese dicen que es de los que quie- 
ren perder las colonias y salvar los principios: 
hombre de línea recta, de geometría... Según 
Palacios, que lo conoce, la ecuación entre la ló- 
gica y el absurdo ; no en balde es ingeniero. Si 
para lograr sus ideales tuviese que desollar- 
nos... ¡pobre pellejo! 

— ¿Y si tuviese que desollarse á sí mismo? 

— ¡Cáspita! De la epidermis ajena á la propia... 
Con todo, no seamos escépticos, hombre. Allí 
tiene V. á aquel otro... al del bigote negro... el 
.que está á la izquierda del Patriarca. Pues 
mire V. , hombre , que le ha costado ya dinero 



POR E. PARDO BAZÁN I49 



y disgustos esta mogiganga política... emigra- 
do, encausado, maltratado... y se libró de ir á 
las Marianas... no se cómo... Hay humor para 
todo en este mundo sublunar... ¡Y decir que 
cuando Dios produce chicas como esa se ocu- 
pen en politiquear los muchachos ! 

Al pronunciar estas palabras señalaba Bo- 
rrén á Amparo , cuyos rojos atavíos la distin- 
guían del círculo femenino que la rodeaba. 

—Pues esa chica aún politiquea más que los 
barbudos... ¿no sabe V....? 

Y el incidente del banquete fué comentado, 
desmenuzado, acribillado por las dos bocas 
masculinas , que lo adornaron con festones sa- 
tíricos. Entre tanto se leía el contrato de la 
Unión , y á pesar de que el sol no estaba en el 
zenit ni mucho menos , la gente arracimada y 
prensada producía una temperatura insufrible, 
y se oían exclamaciones de este jaez: "Nos mo- 
rimos. — Nos asfixiamos. — ¡Cuándo vendrá un 
poco de fresco! — Pero, hombre, no nos estruje 
usté. — Ave maría, qué bárbaro. — Estése usté 
quieto.— Pues si no ve, fastidiarse: ¿safigurao 
que vemos los demás? — ¡ Tansiquiera puede 
uno meter la mano en el bolsillo para sacar un 
triste pañuelo ! — Cuidado con el reloj , palpa si 
lo tienes.,, Y la voz del lector del Pacto vo- 
laba por cima del mar de cabezas , y las pala- 
bras "garantías sacrosantas... dogmas de liber- 
tad... derechos invulnerables... ideales bendi- 
tos... pueblo honrado y libre... „ se dilataban en 
el cálido y sereno ambiente. Una lluvia de flo- 
res vino , de improviso , á osbcurecerlo , y muí- 



i5o 



LA TRIBUNA 



titud de blancas palomas fueron lanzadas á él, 
abatiendo al punto el vuelo con aletear traba- 
joso, y cayendo sobre la muchedumbre, entor- 
pecidas de tener tanto tiempo ligadas las patas. 
Un estruendoso cubo de cohetes delucería salió 
bufando en todas direcciones; retumbó la mú- 
sica; hubo un minuto de gritos , vivas, estruen- 
do y confusión, y nadie reparó en que un pobre 
viejo, un barquillero, salía del recinto mitad 
arrastrado y mitad en brazos de dos hombres. 
"Le dió un acídente,,, decían al verle pasar, sin 
añadir otro comentario. 



XX 



ZAGAL Y ZAGALA 



Y del accidente se murió aquella noche mis- 
ma sin confesión, sin recobrar los sentidos. 
¿Fué el sol abrasador ? Mil veces le cayó verti- 
calmente sobre el cráneo al señor Rosendo en 
sus épocas de vida militar, y vamos, que el de 
la Isla de Cuba pica en regla... ¿Fué el haber 
vuelto á manejar las tenazas y á elaborar bar- 
quillos para el extraordinario consumo de aque- 
llos días solemnes? ¿Fué, como dijeron algunas 
comadres, el orgullo de ver á su hija tan elo- 
cuente y bizarra , y tan agasajada por los seño- 
res de la Asamblea? Quédeseparalaposteridad 
el arduo fallo , si bien parece infundada la últi- 
ma suposición, por cuanto el señor Rosendo, le- 
jos de manifestar complacencia cuando la chica 
se metía en semejantes trifulcas, había roto pocos 
días antes su mutismo para decirla cosas muy 
al alma sobre eso de buscar tres piés al gato y 
perder su colocación por locuras. El servicio 
militar había formado de tal suerte el carácter 
del viejo, que la insubordinación era para él el 
más feo delito, y su divisa, obediencia automá- 



LA TRIBUNA 



tica, pasiva; así es que amenazó á Amparo, po- 
niendo los ojos fieros y la voz tartajosa, con 
romperla una costilla si volvía á leer periódi- 
cos en la Fábrica. Algunos años antes no hu- 
biera amenazado, sino ejecutado; pero la ciga- 
rrera, desde que lo es, sale en cierto modo de 
la patria potestad, y por eso se creyó el señor 
Rosendo en el caso de guardar consideraciones 
á su progenitura. Sabiendo cuánto influyen en 
los sacudimientos cerebrales y en las hemorra- 
gias internas los accesos de furor, puede creer- 
se que tal vez , la rabia y no el orgullo de ver 
á su hija elevada al rango de Tribuna del pue- 
blo determinaron en la pletórica constitución 
del viejo la apoplegía fulminante. 

En fin, á él lo enterraron y quedáronse las 
dos mujeres cual es de suponer en los primeros 
momentos: aturdidas, maravilladas de ver cómo 
"se va uno al otro mundo,,. Desequilibrio eco- 
nómico no lo hubo , porque Amparo , indultada, 
había vuelto á la Fábrica, y Chinto , trabajando 
como un mulo porfiado que era, ganaba lo mis- 
mo que antes y traía fielmente la colecta todas 
las noches según costumbre, con la diferencia 
de que ni recogía ni reclamaba su mezquino 
sueldo. Pareció el nuevo sistema muy ventajoso 
y cómodo á la tullida, que venía á estar como si 
tuviese dos hijos y ambos ganasen para susten- 
tarla. Pero Amparo vivía inquieta, habiendo ad- 
vertido cierto peregrino cambio en la actitud y 
modales de Chinto. Mostrábase éste mandón y 
muy interesado por las cosas de la humilde casa, 
que indicaba considerar como suya ; se tomaba 



POR E. PARDO BAZÁN 



'53 



otra vez la libertad de esperar á la muchacha á 
la salida de la Fábrica , y aun de acompañarla á 
la ida, si lo consentía la labor de los barquillos; 
gastaba con ella chanzas finas como tafetán de 
albarda, y, en suma, desde la muerte del viejo, 
la daba de protector y cabeza de casa, sin que 
en modo alguno procediese como criado , único 
papel que Amparo le señalaba siempre , morti- 
ficada de ver que el tosco labriego la prestaba 
servicios. Indignaday ofendida, tratóle con más 
despego que nunca, y para colmo de disgusto, 
vio que Chinto correspondía á sus desaires con 
rústicas ternezas y á sus muestras de desvío con 
pruebas de confianza y afición. Una vez la trajo 
un pliego de aleluyas, y otra, como la oyese 
alabar ciertos pendientes de cristal negro, fué 
y se los presentó á la noche muy orondo. 

Ella se negó á estrenarlos. 

Hallábase una mañana Amparo en su cuarto 
vistiéndose para salir á la Fábrica, cuando sin- 
tió que una mano indiscreta alzaba el pestillo, y 
con gran sorpresa encontró delante de sí á Chin- 
to , de un talante como nunca le había visto la 
muchacha, pues traía el sombrerón ladeado so- 
bre la oreja, los carrillos sofocados, el aire re- 
suelto y un cigarro de á cuarto en la boca, pre- 
parativos todos que había juzgado indispensa- 
bles el aldeanillo para realizar la proeza de 
"cantar claro,,. La muchacha cruzó prestamen- 
te su bata que aún tenía sin abrochar, y arrojó 
al osado una mirada olímpica ; pero Chinto ve- 
nía tal, que ni las ojeadas de un basilisco le hi- 
cieran mella. 



'54 



LA TRIBUNA 



—¿A qué entras aquí, á ver?— gritó la ciga- 
rrera.— ¿Qué se te ofrece? 
— Se me ofrecía... dos palabritas. 

— ¿Palabritas? Tengo que hacer más que oir 
tus tontadas. 

—No, pues yo te quería decir de que... allí... 
como y& tengo aprendido el oficio... es decir, 
vamos, que quedándome las herramientas por 
lo que me debía tu padre de soldada... allí, yo» 
como ya en la quinta del mes pasado libré... y 
como, vamos... 

— ¿Acabarás hoy ó mañana? Habla expedito, 
que parece que estás comiendo sopas. 

— Mujer, quiérese decir... que si tú admites 
el arriendo del trato, puedes, es decir, pode- 
mos... casarnos los dos. 

La risa homérica que soltó la insigne Tribu- 
na al verse requerida de amores por aquella 
montés alimaña, se cambió presto en cólera al 
advertir que Chinto continuaba brindándola su 
mano y corazón con las discretas razones ya 
referidas. 

— Porque yo, lo que es tenerte voluntá... te 
tengo muchísima, ya desde mismo que te vi... 
y me gustas que no sé , que parece que mismo 
no pienso sino en tus quereres... así me veo yo 
tan destruido, que cuasimente no como y pro- 
piamente no me quiere dormir el cuerpo... Por 
trabajar , ya sabes que trabajaré hasta que me 
reviente el alma... y por mantenerte... 

— ¡Mira... si no te quitas de delante, repelo, 
hago contigo una desgracia ! — gritó ya furiosa 
Amparo dando al mozo , que estaba próximo á 



POR E. PARDO BAZÁN 



155 



la puerta, un soberano empellón para arrojar- 
le del aposento. Pero el movimiento brusco y fa- 
miliar despertó la sangre aldeana de Chinto, y 
con los brazos abiertos se fué hacia Amparo. 
Esta á su vez sintió que renacía la chiquilla ca- 
llejera de antaño, y bajándose prontamente, 
alzó del suelo una botita y estampó el tacón de 
plano en la inflamada mejilla que vió próxima 
á las suyas : y con tanto brío menudeó los gol- 
pes, que á uno que le alcanzó entre los ojos, el 
bárbaro galán hubo de exhalar imprecaciones 
sofocadas, retrocediendo y dejando el campo 
libre. Mal segura aún la muchacha, agarró una 
silla; mas sobraban ya los aprestos bélicos, por- 
que el mozo, restituido á la razón por el vapu- 
leo, se había arrojado de bruces sobre la cama, 
y escondiendo y revolcando el rostro en la ropa 
tibia aún del cuerpo de Amparo, lloraba como 
un becerro, alzando en su dialecto el grito pri- 
mitivo , el grito de los grandes dolores de la in- 
fancia que reaparece en las sucesivas crisis de 
la existencia : 

— j Madre mía, madre mía ! 

Encogióse Amparo de hombros , y fuése á su 
Fábrica, que urgía el tiempo y era preciso ga- 
nar el pan, porque el entierro del viejo había 
consumido sus menguados ahorros. Al regresar 
contó á su madre lo ocurrido, y con no pequeña 
admiración oyó que la impedida la reprendía 
por no haber aceptado la propuesta matrimo- 
nial; y es el caso que la lógica de la tullida pa- 
recía contundente. 

— Tú, ¿qué eres, mujer?— la decía.— Cigarrera 



156 



LA TRIBUNA 



como yo. Y él, ¿qué es, mujer? Barquillero 
como tu padre, que en paz descanse. Que te di- 
cen por ahí si eres graciosa, si eres tal y cual... 
Conversación y más conversación. El trabaja, 
¿en? Pues á eso vamos, que lo otro... patarata. 

Sin querer oir más, la muchacha declaró que 
no sólo repugnaba casarse con semejantebestia, 
sino que iba á echarle de casa volando ; no era 
cosa de tener que atrancar le puerta cada vez 
que se vistiese. No, y no; antes prefería que la 
aspasen viva, que sufrirlo allí á todas horas. 
Lamentóse la tullida ; recordó que el jornal de 
Chinto las ayudaba á vivir; todo se estrelló con- 
tra la firmeza de la Tribuna. Y cuando volvió 
de fuera Chinto á soltar el cubo vacío y á en- 
tregar, cabizbajo y humilde como un borrego, 
sus ganancias del día, Amparo le intimó la or- 
den de no dormir ya aquella noche en casa. El 
mozo la oyó con rostro entre abatido y atónito; 
y así que se convenció de que se le condenaba 
al ostracismo , salió de la estancia á paso redo- 
blado. La tullida se inclinó hacia su hija cuanto 
pudo para decirle : 

—Mira que le debemos cuartos. 

—Se los restregaré por la cara — respondió 
Amparo con magnífico desdén. 

A los dos minutos se presentó otra vez Chin- 
to, cargado con los chismes de la barquillería: 
tenazas, cargador, lebrillo y hasta un haz de 
leña. Amparo se puso en actitud defensiva 
cuando le vió blandir en el aire los hierros ; mas 
no fué sino para desunirlos con fuerza bovina 
y tirarlos á un rincón desdeñosamente ; y en se- 



• 



POR E. PARDO BAZÁN 



157 



guida, juntando las tarteras, la leña y el cañuto 
de hoja de lata, lo pateó todo hasta reducir á 
añicos los cacharros y á un bollo informe el re- 
luciente tubo. Ejecutada la hazaña, á puntapiés 
mandó los tristes restos á las esquinas de la ha- 
bitación, de la cual se retiró sin volver atrás el 
rostro. 



XXI 



TABACO PICADO 



A los pocos días supo Amparo en la Grane- 
ra, convento laico donde nada se ignora, 
que Chinto andaba pretendiendo ingresar en 
el taller de la picadura. Empezó á correr y co- 
mentarse en la Fábrica la leyenda del mozo 
transido de amor, que por estar cerca de su 
adorado tormento se metía en los infiernos del 
picado , en el lugar doliente á cuya puerta hay 
que dejar toda esperanza. De qué manera se las 
compuso Chinto para lograr su deseo , no hace 
al caso: lo cierto es que obtuvo la plaza , y que 
Amparo se lo encontró frecuentemente á la en- 
traday á la salida, triste como can apaleado por 
su amo, y sin que le dijese nunca más palabras 
que" Adiós, mujer... vayas muy dichosa.,, No ca- 
bía que Amparo, generosa de suyo, dejase de ser 
la primera en trabar otra vez conversación con 
él: hablaron de cosas indiferentes, desús res- 
pectivas labores, y Amparo prometió visitar el 
taller de Chinto , que con venir diariamente á la 
Granera, no lo conocía aún. 
La Comadreja la acompañó en la visita. Des- 



i6o 



LA TRIBUNA 



cendieron juntos al piso inferior , con propósito 
de aprovechar la ocasión y verlo todo. Si los pi- 
tillos eran el Paraíso y los cigarros comunes el 
Purgatorio, la analogía continuaba en los talle- 
res bajos, que merecían el nombre de Infier- 
no. Es verdad que abajo estaban las largas 
salas del oreo, y sus simétricos y pulcros es- 
tantes; el despacho del jefe y el cuadro de las 
armas de España, trabajadas con cigarros, or- 
gullo de la Fábrica; los almacenes ; las oficinas; 
pero también el lóbrego taller del desvenado y 
el espantoso taller de la picadura. 

En el taller del desvenado daba frío ver, aga- 
zapadas sobre las negras baldosas y bajo som- 
bría bóveda, sostenida por arcos de maniposte- 
ría y algo semejante á una cripta sepulcral, 
muchas mujeres, viejas la mayor parte, hundi- 
das hasta la cintura en montones de hoja de ta- 
baco , que revolvían con sus manos trémulas, 
separando la vena de la hoja. Otras empujaban 
enormes panes de prensado , del tamaño y for- 
ma de una rueda de molino, arrimándolos ála 
pared para que esperasen el turno de ser esco- 
gidos y desvenados. La atmósfera era á la vez 
espesa y glacial. La Comadreja andaba á sal- 
tos por no pisar el tabaco , y á veces llamaba 
por su nombre á una de las desvenadoras. 

— ¡Hola... señora Porcona ! — exclamó diri- 
giéndose á una que parecía tener los párpados 
en carne viva y los labios blancos y colgantes, 
con lo cual hacía la más extraña y espantable 
figura del mundo. — ¡Hola!... ¿Cómo le va? ¿Có- 
mo están esos parientes? Tú no sabes— añadió 



i6i 



volviéndose á Amparo— que la señora Pprco- 
na es parienta , muy parienta , del señor de las 
Guinderas, aquel tan rico que tiene dos hijas y 
vive en el Malecón , y viene aquí á veces ; y él 
se empeña en negarlo y en no darle un ochavo; 
pero ella se lo ha de ir á cantar á las hijas el día 
que vayan más majas por el paseo. ¿Verdá, se- 
ñora Porcona? 

— Yyyy... y es como el Evangelio, hiiigas...— 
contestó una voz temblona como el balido de 
la cabra, y aguardentosa además. 

— Explíquenos el parentesco, ande— sugirió 
Amparo prestándose á la broma de su amiga. 

La vieja alzó sus manos sarmentosas , se las 
pasó por los sangrientos ojos, y con muchas 
oscilaciones del labio inferior: 

—Aunque... Diiios en persona estuviese allí 
—pronunció señalando á uno de los gigantescos 
panes de tabaco — yo no he de contar mentira. 
Oid, espectadores del caso. Es de saber que el 
padre del padre de mi madre , ó quiérese decir 
mi bisabuelo, digo, el abuelo de mis padres, 
era cuñado carnal, ó quiérese decir, medio her- 
mano , de la abuela de la madre política del se- 
ñor de las Guinderas... De modo y manera es, 
que yo vengo á ser parienta de muy cerquita, 
por la infinidá de la sangre... 

-Yes mucha picardía que no le den siquiera 
un realito diario para aguardiente — sugirió ma- 
lignamente la Comadreja. 

— ¡ Aaaa... guardiente ! — clamó la vieja acen- 
tuando el trémolo. ¡Diera Diiios pan! 

—Vamos, que un sorbito ya entró. 

ii 



l62 



LA TRIBUNA 



—Ni maldito olor dél me llegó tansiquiera: 
y eso que á mis añitos, hiiigas.. ya os gustará 
calentar el estómago, que se pone como la pura 
nieve. 

—¿Qué años tendrá, señora Porcona? Sin 
mentir. 

— ¡Busssss!— pronunció la des venador a. Así 
Dios me salve, ni sé de verdad el año que nací. 
Pero...— y bajó la temblona voz— sepades que 
cuando se puso aquí la frábica , de las diez y 
seis primeritas fui yo que aquí trabajaron... 

— ¡Dónde irá la fecha! — murmuró la Coma- 
dreja. Amparo la tiró del brazo, horrorizada de 
aquella imagen de la decrepitud que se le apa- 
recía como vaga visión del porvenir. Recorrie- 
ron la sala de oreos , donde miles de mazos de 
cigarros se hallaban colocados en fila, y los al- 
macenes, henchidos de bocoyes, que, amonto- 
nados en la sombra, parecen sillares de algún 
ciclópeo edificio , y de altas maniguetas de ta- 
baco filipino envueltas en sus finos miriñaques 
de tela vegetal; atravesaron los corredores 
atestados de cajones de blanco pino, dispuestos 
para el envase, y el patio interior lleno de due- 
las y aros sueltos de destrozadas pipas ; y por 
último, pararon en los talleres de la picadura. 

Dentro de una habitación caleada , pero ne- 
gruzca ya por todas partes, y donde apenas se 
filtraba luz al través de los vidrios sucios de 
alta ventana, vieron las dos muchachas hasta 
veinte hombres vestidos con zaragüelles de 
lienzo muy remangados y camisa de estopa 
muy abierta, y saltando sin cesar. El tabaco los 



POR E. PARDO BAZÁN 



l6 3 



rodeaba: habíalos metidos en él hasta media 
pierna: á todos les volaba por hombros, cuello 
y manos , y en la atmósfera flotaban remolinos 
de él. Los trabajadores estribaban en la punta 
de los piés , y lo que se movía para brincar era 
el resto del cuerpo, merced á repetido y auto- 
mático esfuerzo de los músculos ; el punto de 
apoyo permanecía fijo. Cada dos hombres te- 
nían ante sí una mesa ó tablero, y mientras el 
uno , saltando con rapidez , subía y bajaba la 
cuchilla picando la hoja, el otro, con los brazos 
enterrados en el tabaco , lo revolvía para que 
el ya picado fuese deslizándose y quedase sólo 
en la mesa el entero , operación que requería 
gran agilidad y tino , porque era fácil que al 
caer la cuchilla segase los dedos ó la mano que 
encontrara á su alcance. Como se trabajaba á 
destajo , los picadores no se daban punto de re- 
poso: corría el sudor de todos los poros de su 
miserable cuerpo, y la ligereza del traje y vio- 
lencia de las actitudes patentizaba la delgadez 
de sus miembros, el hundimiento del jadeante 
esternón , la pobreza de las garrosas canillas, 
el térreo color de las consumidas carnes. Des- 
de la puerta, el primer golpe de vista era sin- 
gular: aquellos hombres, medio desnudos, co- 
lor de tabaco , y rebotando como pelotas , seme- 
jaban indios cumpliendo alguna ceremonia ó 
rito de sus extraños cultos. A Amparo no se le 
ocurrió este símil , pero gritó: 

—Jesús... Parecen monos. 

Chinto , al ver á las muchachas , se paró de 
pronto, y soltando el mango de la cuchilla, y 



164 



LA TRIBUNA 



sacudiéndose el tabaco , como un perro cuando 
sale de bañarse sacude el agua , se les acer- 
có todo sudoroso, y con un sobrealiento te- 
rrible: 

— Aquí se trabaja firme... — dijo con ronca voz 
y aire de taco.— Se trabaja...— prosiguió jactan- 
ciosamente— y se gana el pan con los puños... 
¡ Se trabaja de Dios, conchas! 

—Estás bonito ; parece que te chuparon— ex- 
clamó la Comadreja, mientras Amparo lo mi- 
raba entre compadecida y asquillosa, admirán- 
dose de los estragos que en tan poco tiempo 
había hecho en él su perruno oficio. Le sobre- 
salía la nuez , y bajo la grosera camisa se pro- 
nunciaban los omóplatos y el cúbito. Su tez te- 
nía matices de cera, y á trechos manchas hepá- 
ticas; sus ojos parecían pálidos y grandes con 
relación á su cara enflaquecida. 

—Pero, bruto— exclamó la Tribuna con bonda- 
doso acento— estás sudando como un toro, y te 
plantas aquí entre puertas , en este pasillo tan 
ventilado... para coger la muerte. 

— Boh...— y el mozo se encogió de hombros.— 
Si reparásemos á eso... Todo el día de Dios es- 
tamos aquí saliendo y entrando , y las puertas 
abiertas, y frío de aquí y frío de allí... Mira 
onde afilamos la cuchilla. 

Y señaló una rueda de amolar colocada en el 
mismo patio. 

—La calor y el abrigo, por dentro... Ya se 
sabe que en no teniendo aquí una gota... — y se 
dió una palmada en el diafragma. 

—Así apestas maJ dito— observó Ana.— Anda, 



POR E. PARDO BAZÁN 



165 



que no sé qué substancia le sacáis al condenado 
vinazo. 

— Antes— pronunció sentenciosamente Ampa- 
ro—sólo probabas vino algún día de fiesta que 
otro... Pues aquí no tienes por qué tomar vicios, 
que, gracias á Dios, la borrachera, á las ciga- 
rreras, poco daño nos hace... 

— Las de arriba bien habláis, bien habláis... 
Si os metieran en estos trabajitos... Para lo que 
hacéis, que es labor de señoritas, con agua bas- 
ta... Quiérese decir, vamos... que un hombre no 
ha de ponerse chispo; pero un rifigelio... un 
tentacá... ¿Queréis ver cómo bailo? 

Volvió á manejar la cuchilla, mostrando su 
agilidad y fuerza en el duro ejercicio. De esta 
entrevista quedaron reconciliados la pitillera y 
el picador, que la acompañó algunas veces por 
la cuesta de San Hilario abajo, sin renovar sus 
pretensiones amorosas. 



XXII 



EL CARNAVAL DE LAS CIGARRERAS 



Unos días antes de Carnavales se anuncia en 
la Fábrica la llegada del tiempo loco por 
bromas de buen género que se dan entre sí las 
operadas. Infeliz de la que, fiada en un enga- 
ñoso recado, se aparta de su taller un minuto; 
á la vuelta la falta su silla, y vaya V. á encon- 
trarla en aquel vasto océano de sillas y de mu- 
jeres que gritan á coro: "Atrás te queda.— De- 
lante te queda.,, A las víctimas de estos alegres 
deportes les resta el recurso de llevar bien es- 
condido debajo del mantón un puntiagudo cuer- 
no, y enseñarlo, por vía de desquite, á quien se 
divierte con ellas. También se puede, por me- 
dio de una tira estrecha de papel y un alfiler 
doblado á manera de gancho , aplicar una lár- 
gala en la cintura, ó estampar, con cartón re- 
cortado y untado de tiza , la figura de un borri- 
co en la espalda. Otro chasco favorito de la Fá- 
brica es, averiguado el número del billete de 
lotería que tomó alguna bobalicona, hacerla 
creer que está premiado. Todos los años se re- 



i68 



LA TRIBUNA 



piten las mismas gracias , con igual éxito y cau- 
sando idéntica algazara y regocijo. 

Pero el jueves de Comadres es el día señala- 
do entre todos para divertirse y echar abajo 
los talleres. Desde por la mañana llegan las 
cestas con los disfraces ; y obtenido el permiso 
para bailar y formar comparsas , las obscuras 
y tristes salas se trasforman. El Carnaval que 
siguió al verano en que ocurrieron los sucesos 
de la Unión del Norte se distinguió por su ani- 
mación y bullicio ; hubo nada menos que cinco 
comparsas, todas extremadas y lucidas. Dos 
eran de mozas y mozos del país, vestidos con 
ricos trajes que traían prestados de las aldeas 
cercanas; otra, de grumetes; otra, de señori- 
tos y señoras, y la última comparsa era una 
estudiantina. Las dos de labradores se diferen- 
ciaban mucho. En la primera se había buscado, 
ante todo, el lujo del atavío y la gallardía del 
cuerpo ; las cigarreras más altas y bien forma- 
das vestían con suma gracia el calzón de rizo, 
la chaqueta de paño, las polainas pespunteadas 
y la montera ornada con su refulgente pluma 
de pavo real ; y para las mozas se habían elegi- 
do las muchachas más frescas y lindas, que lo 
parecían doblemente con el dengue de escarla- 
ta y la cofia ceñida con cinta de secta. La se- 
gunda comparsa aspiraba, más que á la biza- 
rría del traje, á representar fielmente ciertos 
tipos de la comarca. Enrollada la saya entorno 
de la cintura; tocada la cabeza con un pañuelo 
de lana, cuyos flecos le formaban caprichosa 
aureola ; asido el ramo de tejo, de cuyas ramas 



POR E. PARDO BAZÁN 



169 



pendían rosquillas , ved á la peregrina que va 
á la romería famosa á que no se eximen de 
concurrir, según el dicho popular, ni los muer- 
tos ; á su lado , con largo redingote negro, grue- 
sa cadena de similor, barba corrida y hongo 
de anchas alas, el indiano; acompáñanle dos 
mozos de las Rías Saladas, luciendo su traje 
híbrido, pantalón azul con cuchillos castaños, 
chaleco de paño con enorme sacramento de 
bayeta en la espalda, faja morada, sombrero 
de paja con cinta de lana roja. Los estudiantes 
habían improvisado manteos con sayas negras, 
y tricornios de cartón con cuchara y tenedor 
de palo cruzados completaban el avío; los 
grumetes tenían sencillos trajes de lienzo blan- 
co y cuellos azules ; en cuanto á la comparsa de 
señores, había en ella un poco de todo, guan- 
tes sucios, sombreros ajados , vestidos de baile 
ya marchitos, mucho abanico y antifaces de 
terciopelo. 

En mitad del taller de cigarros comunes se 
formó un corro y se alzó gran vocerío alrede- 
dor de la Mincha, barrendera vieja, pequeña, 
redonda como una tinaja, que bailaba vestida 
de moharracho , con dos enormes jorobas pos- 
tizas, un serón por corona, una escoba por ce- 
tro, un ruedo por manto real, la cara tiznada 
de hollín , y un letrero en la espalda que decía 
en letras gordas: "Viva la broma.,, Incansable, 
pegaba brincos y más brincos , llevando el com- 
pás con el cuento de la escoba sobre las carco- 
midas tablas del piso. Pero bien pronto le robó 
la atención de sus admiradoras la estudiantina, 



170 LA TRIBUNA 



que estaba toda encaramada en una mesa de 
metro y medio de largo por un metro escaso de 
ancho. Cómo danzaban allí unas doce chicas, 
es difícil decirlo; ellas danzaban, acompañán- 
dose con panderetas y castañuelas y coreando 
al mismo tiempo habaneras y polcas. En aque- 
lla comparsa, la más alborotadora y risueña, 
figuraba Guardiana. Nunca el júbilo y la feliz 
imprevisión de los pocos años brillaron como 
en el rostro de la pobre chica , que á tan poca 
costa y con tan poca cosa divertía sus penas. 
Era la valerosa pitillera chiquita y delgada; te- 
nía á la sazón el rostro encendido , ladeado el 
tricornio , y con picaresco ademán repicaba un 
pandero roto ya, y muy engalanado de cintas. 

Ana y Amparo figuraban entre los grumetes. 
La Comadreja hacía un grumete chusco, tra- 
vieso y cínico ; Amparo , el más hermoso mu- 
chacho que imaginarse pueda. Todo lo que su 
figura tenia de plebeya lo disimulaba el traje 
masculino; ni las gruesas muñecas, ni el recio 
pelo dañaban á su gentileza, que era de cierto 
notable y extraordinaria. La comparsa recorrió 
los talleres, bailando y cantando, recibiendo 
bromas de las señoras, y alegrando la obscuri- 
dad de las salas con la nota blanca y azul de 
sus trajes. Sin embargo, no se podía dudar que 
la victoria quedaba por los labradores. A la ca- 
beza de éstos estaba una mujer, casada ya, ce- 
lebrada por buena moza, Rosa, la que llenaba 
con mayor presteza los faroles de picadura. 
Con el traje propio de su sexo, Rosa era un 
tanto corpulenta en demasía; con el de labra- 



POR E. PARDO BAZÁN 



171 



dor no había que pedirle. La camisa de lienzo 
labrado dibujaba su ancho pecho ; el calzón se 
ajustaba á maravilla á sus bien proporciona- 
das caderas; pendiente del cuello llevaba un 
ancho escapulario de raso bordado de lentejue- 
las y sedas de colores. Debajo de la montera, 
un pañuelo de fular azul, atado á la usanza de 
los labriegos, la encubría el pelo. Apoyábase en 
la moca ó porra claveteada de clavos de plata, 
y con acento melancólico y prolongado , canta- 
ba una copla del país , y contestábala desde en- 
frente una morenita vestida de ribereño, con su 
chaleco muy guarnecido de botones de filigra- 
na y su faja recamada de pájaros y flores ex- 
travagantes , echando la firma, consistente en 
tres versos irregulares, improvisados siempre, 
con sujeción al asunto de la copla; al concluir 
la firma , salían del corro de espectadores va- 
rios ¡ju... jurujú! agudísimos. Lo que hacía ma- 
ravilloso efecto era oir, en los intervalos en 
que callaban las cantoras, unas malagueñas 
resonando en el otro extremo de la sala, mien- 
tras por su parte la estudiantina se consagraba 
á las habaneras, cual si la anarquía de los tra- 
jes se comunicase á las canciones. En la com- 
parsa de las señoras había una chica poseedora 
de bien timbrada voz y de muchísimo donaire 
para las coplas propias de la ciudad, tan distin- 
tas de las rurales, que al paso que en éstas las 
vocales se alargan como un gemido, en las 
otras se pronuncian brevemente, produciendo 
al final de algunos versos una inflexión bur- 
lesca: 



172 



LA TRIBUNA 



«En el medio de la mar 
Suspiraba una ballenaú , 
Y entre suspiros deciaú : 
Muchachas de Cartagenaú.» 

i Y quién tenía valor para trabajar en medio 
de la bulliciosa carnavalada? Algunas opera- 
rías hubo que al principio se encarnizaron en 
la labor, bajando la cabeza por no ver las más- 
caras; pero á eso de las tres de la tarde, cuando 
la inocente saturnal llegaba á su apogeo , las 
manos cruzadas descansaban sobre la tabla de 
liar, y los ojos no sabían apartarse délos co- 
rros de baile y canto. Ocurrió un incidente có- 
mico: el taller del desvenado quiso echar su 
cuarto á espadas, y organizó una comparsa nu- 
merosa ; empeñáronse en formar parte de ella 
las más ancianas, las más infelices, y la masca- 
rada se improvisó de la manera siguiente : en- 
volviéndose todas por la cabeza los mantones, 
sin dejar asomar más que la nariz ó una horri- 
ble careta de cartón, y colocándose en doble 
fila, haciendo de batidores cuatro que llevaban 
cogida por las esquinas una estera, en la cual 
reposaba, con los ojos cerrados, muy propia en 
su papel de difunta, la decana del taller, la res- 
petable señora Porcona. Así colocadas y con 
extraño silencio, recorrieron los talleres, dando 
no sé qué aspecto de aquelarre á la bulliciosa 
fiesta. Al punto recibió título aquella nueva y 
lúgubre comparsa; llamáronle la Estadéa,nom- 
bre que da la superstición popular á una proce- 
sión de espectros. 

Diríase que el mago Carnaval, con pode- 



POR E. PARDO BAZÁN 



173 



roso conjuro, había desencantado la Fábrica, y 
vuelto á sus habitantes la verdadera figura en 
aquel día. Muchachas en las cuales á diario na- 
die hubiese reparado quizá, confundidas como 
estaban entre las restantes , resplandecían, 
alumbradas por una ráfaga de hermosura, y un 
traje caprichoso, una flor en el pelo, revelaban 
gracias hasta entonces recónditas. Y no porque 
la coquetería desplegada en los disfraces llega- 
se al grado que alcanza entre la gente de alto 
coturno que asiste á bailes de trajes y suele re- 
flexionar y discurrir días y días antes de adop- 
tar un disfraz — habiendo señorita que se viste 
de Africana por lucir una buena mata de pelo: 
ó de Pierrette por mostrar un piececito menu- 
do; — no por cierto. Semejantes refinamientos se 
ignoraban en la Fábrica. Ni á las viejas se les 
daba un comino de enseñar en la fuga del baile 
la seca anatomía de sus huesos , ni á las mozas 
un rábano de desfigurarse, verbigracia, pintán- 
dose bigotes con carbón. El caso era represen- 
tar bien y fielmente tipos dados ; un mozo , un 
quinto, un estudiante, un grumete. Habíalas con 
tan rara propiedad vestidas, que cualquiera las 
tomaría por varones ; las feas y hombrunas se 
brindaban sin repulgos á encajarse el traje mas- 
culino, y lo llevaban con singular desenfado. Y 
de un extremo á otro de los talleres , entre el 
calor creciente y la broma y bullicio que au- 
mentaban, corría una oleada de regocijo, de 
franca risa, de diversión natural, de juego libre 
y sano; una afirmación enérgica de la femenini- 
dad de la Fábrica. No cohibidas por la presen- 



174 



LA TRIBUNA 



cia del hombre, gozaban cuatro mil mujeres 
aquel breve rayo de luz, aquel minuto de júbilo 
expansivo situado entre dos eternidades de 
monótona labor. 

Hacia las cuatro de la tarde no cabía ya la al- 
gazara y bulla en las salas; todo el mundo pe- 
recía de calor ; á las disfrazadas de aldeanos las 
ahogaba su traje de paño , y se apoyaban , des- 
coyuntadas de tanto reir, molidas de tanto bai- 
lar, roncas de tanto canticio, en los estantes^ 
abanicándose con la montera. La Comadreja, 
que ya no sabía cómo procurarse un poco de 
fresco, tuvo una idea. 

—Si nos dejasen armar un corro en el patio, 
chicas, ¿eh? 

Pareció de perlas la ocurrencia, y salieron al 
patio de entrada,' y de allí al árido campillo 
colindante, perteneciente también á la Fábri- 
ca. Estaba el día sereno y apacible; el sol do- 
raba las hierbas quemadas por la escarcha, y 
se colaba en tibios rayos oblicuos al través 
de los desnudos árboles. El ambiente era más 
templado que otra cosa, como suele suceder en 
el clima de Marineda durante los meses de Fe- 
brero y Marzo. Al desembocar en el campo la 
alegre multitud, huyeron espantadas unas cuan- 
tas gallinas y algunos borregos sucios y torpes 
patos, que correteaban por allí y eran los úni- 
cos pobladores del mezquino oasis , limitado 
de una parte por la vetusta tapia , de otra por 
cobertizos atestados de fardos de vena , y de 
otra por el taller de cigarros peninsulares, ais- 
lado del edificio de la Granera. Al punto se for- 



POR E. PARDO BAZÁN 



175 



marón dos corros con más espacio que arriba, 
y la frescura de la tardecita restituyó las ganas 
de bailar á las exhaustas máscaras. 

¡Oh, si ellas hubiesen sabido que desde las 
próximas alturas de Colinar las miraban dos 
pares de ojos curiosos, indiscretos y osados! 
De la cima de un cerrillo que permitía otear 
todo el patio de la Fábrica, dos hombres apa- 
centaban la vista en aquel curioso cuanto ines- 
perado espectáculo. Uno de ellos rondaba mu- 
chas veces las cercanías de la Granera, pero 
nunca en aquel predio había visto más seres vi- 
vientes que canteros picando sillares de grani- 
to y aves de corral escarbando la tierra. Balta- 
sar ignoraba los detalles del Carnaval de las 
cigarreras, y apenas entendería lo que estaba 
viendo, si Borrén, mejor informado, no se toma- 
se el trabajo de explicárselo. 

— Generalmente, estas mascaradas son de 
puertas adentro; pero hoy, como hace calor y 
el día está bueno, salen al fresco á bailar... 
¡Qué casualidad, hombre! 

— Casualidad es, tiene V. razón. En todas 
partes he de encontrármela. 

Y al decir así, señalaba el teniente al corro 
de los grumetes. Mientras los paisanos puntea- 
ban y repicaban un paso de baile regional, los 
grumetillos habían elegido el zapateado, don- 
de la viveza del meridional bolero se une al vi- 
gor muscular que requieren las danzas del Nor- 
te. Bien ajena á que la viese ningún profano, 
puesta la mano en la cadera, echada atrás la 
cabeza, alzando de tiempo en tiempo el brazo 



i 7 6 



LA TRIBUNA 



para retirar la gorrilla que se la venía á la fren- 
te, Amparo bailaba. Bailaba con la ingenuidad, 
con el desinterés, con la casta desenvoltura 
que distingue á las mujeres cuando saben que 
no las ve varón alguno, ni hay quien pueda in- 
terpretar malignamente sus pasos y movimien- 
tos. Ninguna valla de pudor verdadero ó falso 
se oponía á que se balancease su cuerpo si- 
guiendo el ritmo de la danza, dibujando una lí- 
nea serpentina desde el talón hasta el cuello. 
Su boca, abierta para respirar ansiosamente, 
dejaba ver la limpia y firme dentadura , la ro- 
sada sombra del paladar y de la lengua ; su im- 
paciente y rebelde cabello se salía á mechones 
de la gorra, como revelación traidora del sexo 
á que pertenecía el lindo grumete— si ya la 
suave comba del alto seno y las fugitivas cur- 
vas del elegante torso no lo denunciasen asaz. 
Tan pronto , describiendo un círculo , hería con 
el pié la tierra, como, sin moverse de un sitio, 
zapateaba de plano , mientras sus brazos, ar- 
mados de castañuelas, se agitaban en el aire, y 
bajaban y subían á modo de alas de ave cauti- 
va que prueba á levantar el vuelo. 



XXIII 



EL TENTADOR 



Al descender de su observatorio, echados 
por las sombras de la noche, que envolvían 
el patio de la Fábrica y cubrían la estruendosa 
retirada de las cigarreras vestidas ya con sus 
trajes usuales, Baltasar iba silencioso y con- 
centrado, Borrén muy locuaz. El bueno del ca- 
pitán no cabía en sí de gozo , ni más ni menos 
que si la aventura de ver bailar á la Tribuna le 
importase á ól directamente. Hay en el mun- 
do aficiones y gustos muy diversos; éste cho- 
chea por monedas roñosas, aquél por libracos 
viejos, el de más acá por caballos y el de más 
allá por sellos y cajas de fósforos... Borrén 
había chocheado, chocheaba y chochearía toda 
"SU arrastrada vida por la hermosura, encantos 
y perfecciones de la mujer. Había adquirido 
para conocer la belleza, y sobre todo, el atrac- 
tivo, ese golpe de vista, ese tino especial que 
permite á los expertos, sin ejercer ni dominar 
las artes , apreciar con exactitud el mérito de 
un cuadro , el estilo de un mueble , la época de 
un monumento. Nadie como Borrén para des- 

12 



178 



LA TRIBUNA 



cubrir beldades inéditas , para predecir si una 
muchacha valdría ó no " muchas pesetas „ an- 
dando el tiempo , y decidir si poseía la quisicosa 
llamada gracia, salero, gancho , ángel, chic, 
buena sombra, y de otros mil modos — lo cual 
prueba que es indefinible. 

La originalidad del caso está en que con toda 
su afición á las faldas, y sus profundos conoci- 
mientos de estética aplicada , no se refería de 
Borrén la más insignificante historieta. Vivien- 
do siempre en una atmósfera fuertemente car- 
gada de electricidad amorosa , nunca le hirió la 
chispa. Practicaba , en materia de amoríos el 
más puro y desinteresado altruismo. Si no po- 
día andar entre las muchachas asegurándolas 
que Fulanito se alampaba por ellas , ó que Zu- 
tanito se moría por sus pedazos , se arrimaba á 
los jóvenes, calentándoles los cascos, encen- 
diéndoles la sangre , hablándoles del pié de tal 
chica:— hombre, un pié que me cabe en la pal- 
ma de la mano— ó del color de cual otra— hom- 
bre, si parece que se da agua de Barcelona, y 
no, me consta que aquéllo es natural.— Borrén 
sabía de las criadas que llevan y traen cartitas, 
de los paseos retirados donde es fácil tropezar- 
se cuando hay buena voluntad, de los peladeros 
de pava, de las butacas que en el teatro ofre- 
cen más comodidad para hacer el oso; era el 
primero á olfatear los trapícheos, las bodas, los 
escandalillos y los truenos incipientes. No era 
Borrén un casamentero, porque, generalmente 
hablando, el casamentero se propone un fin 
moral, y á Borrén la moral— hombre, con fran- 



POR fi. CARDO BAZÁN 



179 



queza— le tenía sin cuidado. Si el cuento acaba- 
ba en nupcias, bien, y si no, lo propio; Borrén 
hacía arte por el arte ; el amor le parecía obje- 
to suficiente de sí mismo. 

Para todo enamorado de Marineda, especial- 
mente si pertenecía á la guarnición, el comple- 
mento de la dicha era esta idea: —Voy á con- 
társelo á Borrén. — Y Borrén, como un espejo 
complaciente, de los que hacen favor, le de- 
volvía la imagen de su felicidad, no exacta, 
sino aumentada, embellecida, multiplicada, ra- 
diante.— Vamos á pasearle la calle á la novia— 
le decían sus amigos cogiéndole del brazo.— 
Y Borrén giraba tardes enteras delante de una 
manzana de casas, parafraseando las observa- 
ciones de algún amador novel que exclamaba: 
— "Ya alzó el visillo... se asoma... no, es la 
hermana... ahora sí... cómo me mira... ¡hola! 
tiene la mantilla puesta... „ — Jamás mostró Bo- 
rrén cansarse de su papel de reflector y comen- 
tador; y cuenta que las chicas, guiadas por 
infalible instinto, le trataban como se trata á 
los inofensivos y á los mandrias ; aunque él se 
derretía, acaramelaba y amerengaba todo, ja- 
más le tomaron por lo serio. 

Baltasar no le había buscado para confidente; 
Borrén se ofreció, y es más, atizó el incendio, 
echó leña á la hoguera con sus frases de pól- 
vora y dinamita. Aquella tarde , cuando juntos 
bajaban hacia la ciudad, el más animado, el 
más exaltado era Mefistófeles ; Fausto callaba, 
meditando en lo comprometidos y engorrosos 
que son ciertos enredos en poblaciones de pro- 



kSo 



la tribuna 



vincia, donde uno tiene madre y hermanas. 
Mefistófeles, ¡pobre diablo!, no se cansaba, en- 
tre tanto , de ponderar los primores del grume- 
te. Cada vez que el confidente y el enamorado 
pasaban cerca de un farol, la luz se proyectaba 
en la fisonomía de Borrén, siempre movida, 
agitada y descompuesta, cómica á pesar del 
exagerado carácter viril que á primera vista le 
imprimían los cerdosos mostachos, las pobla- 
das cejas y la prominente nuez. En su aspecto, 
Borrén era semejante á los guardias civiles de 
madera que suelen colocarse en el frontispicio 
de los hórreos y molinos del país : á despecho 
de sus bigotazos formidables , bien se les cono- 
ce que son muñecos. 

— Dígole á V., Borrén— exclamó Baltasar, 
resolviéndose por fin á formular en alta voz su 
pensamiento— que no comprende V. lo que es 
Marineda... ni lo que es mi madre. Me resulta- 
rían mil disgustos, mil complicaciones... Abo- 
rrezco los escándalos. 

—¡Hombre, qué juventud tan sosa son Vds.! 
Parece mentira que habiendo visto lo que vi- 
mos... 

— No me conviene , lo dicho ; me alegraré de 
que me destinen á cualquiera parte. Si me que- 
do aquí, es fácil... Y después, ¿sabe V. lo que es 
esa Fábrica? Una masonería de mujeres, que 
aunque hoy se arranquen el moño, mañana se 
ayudan todas como una legión de diablos. Me 
desacreditarían; me crearían un conflicto. 

—No le hacía á V. tan medroso. 
•La verdad, Borrén; tengo más miedo á las 



POR E. PARDO BAZÁN 



181 



hablillas, si cuadra, que á un balazo. Será una 
tontería, pero me fastidia infinito ser el héroe 
de la temporada. 

—Vamos, hombre, franqueza. V. también re- 
cela verse envuelto en las redes de esa chica, 
y tener que casarse... 

Baltasar sonrió sin afectación, pero con tal 
señorío de sí mismo, que Borrén se encogió de 
hombros. 

—Pues entonces... 

— Por un lado, sí, lo acierta V. ; soy un maja- 
dero en abrigar tales escrúpulos. Pasa uno así 
los mejores años de su vida, y ¿qué? llega uno 
á viejo sin haber vivido... 

Aquí el teniente se detuvo; una idea burlesca 
le impulsaba á sonreírse otra vez, pensando 
que el capitán se hallaba justamente en el caso 
de declinar hacia la edad madura sin tener qué 
ofrecer á Dios ni qué contar al diablo. Borrén, 
entre tanto, aprobaba calurosamente las últi- 
mas palabras de Baltasar, las desenvolvía, las 
consideraba desde nuevos aspectos; en suma, 
soplaba á fin de que la llama prendiese mejor. 
Tan bien desempeñó su oficio mefistofélico, 
que Baltasar convino en reunirse al día si- 
guiente con él para meditar un plan de ataque 
que debelase la republicana virtud de la ora- 
dora. Pero al acudir á la entrevista, que era, 
por más señas , en el terreno neutral del café, 
Borrén conoció que Baltasar traía alguna ex- 
traordinaria nueva. 

—-Ya no hay necesidad de concertar planes — 
declaró el teniente con forzada risa.— ¿No se lo 



l82 LA TRIBUNA 



decía yo á V.? Me destinan allá... á Navarra. 
La cosa anda mal. 

— ¡Bah!... Cuatro bandidos que salen de aquí 
y de acullá; hombre, partidillas sueltas. 

— Partidillas sueltas... ya, ya me lo contará 
V. dentro de unos meses. El cariz del asunto 
se pone cada vez más feo. Entre esos salvajes 
que quieren entrar en burro en las iglesias y 
fusilan por chiste las imágenes , y los otros ca- 
ribes que cortan el telégrafo y queman las es- 
taciones... verá V., verá V. qué tortilla se nos 
prepara. Aquí nadie se entiende. ¡ Mire V. que 
hasta Montpensier, que parecía formal, meter- 
se en ese desafío estúpido! El quería ser rey; 
pero el haber matado al perdis de su primo le 
cuesta la corona y á nosotros un ojo de la cara, 
porque como no venga Satanás en persona á 
arreglarnos, no sé lo que sucederá... Déme V. 
un cigarro... si lo tiene V. ahí. 

Borrén le alargó la petaca, y Baltasar encen- 
dió nerviosamente un pitillo. 

—Vamos, ¿cuántos candidatos dirá V. que 
hayal trono? — prosiguió, echando leve boca- 
nada de humo al techo.— Vaya V. contando por 
los dedos, si la paciencia le alcanza. Esparte' 
ro... uno. Dirá V. que es un estafermo; bien; 
pero los restos del partido progresista, todo 
cuanto gastó morrión , y algunos chiflados de 
buena fe, le aclaman. ¿No ha visto V. en las 
tiendas el retrato de Baldomero I con manto 
real? El hijo de Isabel II, dos; su madre abdicó 
ó abdicará. Ese, al menos, representa algo; 
pero es un rapaz : para jugar á la pelota servi- 



POR E. PARDO BAZÁN 



l8 3 



ría. El Pretendiente, tres .. y mire V. , lo que 
es ése dará mucho juego; ya empieza todo el 
mundo á llamarle Carlos VIL Reúne él solo 
más partidarios que todos los demás juntos, y 
gente cruda, de trabuco y pelo en pecho. El 
duque de Aosta, un italiano... cuatro. Un ale- 
mán que se llama Ho... ho... en fin, un nombre 
difícil; los periódicos satíricos lo convierten 
en Ole , ole , si me eligen... cinco. La regencia 
trina... seis, ó, por mejor decir, ocho. Y Angel I... 
nueve. ¡Ah! Se me olvidaba el de Portugal, que 
anda remiso... y Montpensier. Once. ¿Qué tal? 

—Pero... así, candidatos formales... ¡Mozo, 
café y cognac ! 

—No, gracias, lo tomé encasa... Claro: can- 
didatos serios, por hoy, Don Carlos y la repú- 
blica. El caso es que entre todos no nos dejarán 
hueso sano... Por de pronto, yo me las guillo. 
¿Quiere V. algo para aquellos vericuetos? 

—Hombre... ¡qué lástima! Ahora que íbamos 
á emprenderla con la pitillera , que es de oro! 

— ¡Pch!... Si algún trabucazo no lo impide... á 
la vuelta. 



XXIV 



EL CONFLICTO RELIGIOSO 



Desde que las Cortes Constituyentes votá- 
ronla monarquía, Amparo y sus correligio- 
narias andaban furiosas. Corría el tiempo, y las 
esperanzas de la Unión del Norte no se realiza- 
ban, ni se cumplían los pronósticos de los dia- 
rios. ¡Que hoy!... ¡que mañana!... ¡que nunca, 
por lo visto ! ¡En vez de la suspirada federal, un 
rey, un tirano de fijo, y tal vez un extranjero! 
Por estas razones en la Fábrica se hacía política 
pesimista y se anunciaba y deseaba que al Go- 
bierno "se lo llevase Judas,,. Dos cosas sobre 
todo alteraban la bilis de las cigarreras : el in- 
cremento del partido carlista y los ataques á la 
Virgen y á los Santos. A despecho de la acusa- 
ción de "echar contra Dios,, lanzada por las 
campesinas á las ciudadanas, la verdad es que, 
con contadísimas excepciones , todas las ciga- 
rreras se manifestaban acordes y unánimes en 
achaques de devoción. Ella sería más ó menos 
ilustrada, pero allí había mucha y fervorosa 
piedad. Es cierto que sobre el altar de pésimo 



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LA TRIBUNA 



gusto dórico existente en cada taller deposita- 
ban las operadas sus mantones , sus paraguas, 
el hatillo de la comida; mas este género de fami- 
liaridad no indicaba falta de respeto, sino la 
misma costumbre de ver allí el ara santa , ante 
la cual nadie pasaba sin persignarse y hacer 
una genuflexión. Y es lo curioso que á medida 
que la revolución se desencadenaba y el repu- 
blicanismo de la Fábrica crecía, tomaban incre- 
mento las prácticas religiosas. El cepillo colo- 
cado al lado del altar, donde los días de cobranza 
cada operaría echaba alguna limosna , nunca 
se vió tan lleno de monedas de cobre; el ca- 
jón que contenía la cera de alumbrar, estaba 
atestado de blandones y velas; más de sesenta 
cirios iluminaban los días de novena el retablo; 
primero les faltaría á las cigarreras agua para 
beber, que aceite á la lámpara encendida dia- 
riamente ante sus imágenes predilectas, una 
Nuestra Señora de la Merced de doble tamaño 
que los cautivos arrodillados á sus plantas , un 
San Antón con el sayal muy adornado de este- 
rilla de oro , un Niño-Dios con faldellines hue- 
cos y su mundito azul en las manos. Nunca se 
realizó con más lucimiento la novena de San 
José, que todas rezaron mientras trabajaban, 
volviéndose de cara al altar para decir los ac- 
tos de fe y la letanía, y berreando el último día 
los gozos con mucha unción, aunque sin afina- 
ción bastante. Jamás produjo tanto la colecta 
para la procesión del Santo Entierro y novena 
de los Dolores ; y, por último , en ocasión algu- 
na tuvo el numen protector de la Fábrica, la 



POR E. PARDO BAZAN 



l8 7 



Virgen del Amparo, tantas ofertas, culto y li- 
mosnas , sin que por eso quedase olvidada su 
rival Nuestra Señora de la Guardia, estrella de 
los mares, patrona de los navegantes por la 
bravia costa. 

Bien habría en la Granera media docena de 
espíritus fuertes, capaces de blasfemar y de 
hablar sin recato de cosas religiosas; pero do- 
minados por la mayoría, no osaban soltar la 
lengua. A lo sumo se permitían maldecir de los 
curas, acusarles de inmorales y codiciosos, ó 
renegar de que se "metiesen en política,, y to- 
masen las armas para traer el u escurantismo 
y la Inquisición „ : cuestiones más trascen- 
dentales y profundas no se agitaban, y si á 
tanto se atreviese alguien, es seguro que le 
caería encima un diluvio de cuchufletas y de 
injurias. 

— ¡Está el mundo perdido! —decía la maes- 
tra del partido de Amparo , mujer de edad ma- 
dura, de tristes ojos, vestida de luto siempre 
desde que había visto morir de viruelas á dos 
gallardos hijos que eran su orgullo.— ¡Está el 
mundo revuelto, muchachas! ¿No sabéis lo que 
pasa allá por las Cortes? 

—¿Qué pasará? 

— Que un diputado por Cataluña dice que dijo 
que ya no había Dios , y que la Virgen era esto 
y lo otro... Dios me perdone, Jesús mil veces. 

—¿Y no lo mataron allí mismo? ¡Picaro, 
infame ! 

— ¡Mal hablado, lengua de escorpión! ¡No 
habrá Dios para él, no; que él no lo tendrá! 



i88 



LA TRIBUNA 



—No, pues otro aún dijo otros horrores de 
barbaridá, que ya no me acuerdan. 

— ¡Empecatao! ¡Pimiento picante le debían 
echar en la boca! 

— ¡Ay! ¡y una cosa que mete miedo! Dice 
que por esas capitales toda la gente anda asus- 
tadísima, porque se ha descubierto que hay 
una compañía que roba niños. 

— ¡Angeles de mi alma! ¿Y para qué? ¿para 
degollarlos? 

— No, mujer, que son los protestantes para 
llevarlos á educar allá á su modo en tierra de 
ingleses. 

— ¡Señor de la justicia! ¡Mucha maldad hay 
por el mundo adelante ! 

Conocido este estado de la opinión pública, 
puede comprenderse el efecto que produjo en 
la Fábrica un rumor que comenzó á esparcirse 
qu edito, muy quedo, y, como en el aria famosa 
de la Calumnia , fué convirtiéndose de cefirillo 
en huracán. Para comprender lo grave de la 
noticia, basta oir la conversación de Guardia- 
na con una vecina de mesa. 

— ¿Tú no sabes, Guardia? La Píntiga se 
metió protestanta. 

— ¿Y eso qué es? 

—Una religión de allá de los inglis man- 
glis. 

— No sé por qué se consienten por acá esas 
religiones. Maldito sea quien trae por acá se- 
mejantes demoniuras. ¡ Y la bribona de la Pin- 
liga, mire V.! Nunca me gustó su cara de in- 
tiricia... 



POR K. PARDO BAZÁN 



l8 9 



— La dieron cuartos, mujer, la dieron cuar- 
tos ; sí que tu piensas...! 

— A mí... ¡más y que me diesen mil pesos du- 
ros en oro! Y soy una pobre, repobre, que sólo 
para tener bien vestiditos á mis pequeños me 
venían... ¡juy! 

— ¡ Condenar el alma por mil pesos! Yo tam- 
poco, chicas— intervenía la maestra. 

— Saque allá, maestra, saque allá... Comerá 
uno brona toda la vida, gracias á Dios que la 
da, pero no andará en trapisondas. 

—Y diga... ¿qué la hacen hacer los protestan- 
tes á la Píntiga? ¿Mil indecencias? 

—La mandan que vaya todas las tardes á una 
cuadra, que dice que pusieron allí la capilla de 
ellos... y la hacen que cante unas cosas en una 
lengua, que... no las entiende. 

— Serán palabrotas y pecados. Y ellos, ¿quié- 
nes son? 

— Unos clérigos que se casan... 

— ¡En el nombre del Padre! ¿Pero se casan... 
como nosotros? 

—Como yo me casé... vamos al caso, delante 
de la gente... y llevan los chiquillos de la mano, 
con la desvergüenza del mundo. 

— ¡Anda, salero! ¿Y el arcebispo no los mete 
en la cárcel? 

— ¡Si ellos son contra el arcebispo, y contra 
los canónigos, y contra el Papa de Roma de 
acá! ¡Y contra Dios, y los Santos, y la Virgen 
de la Guardia ! 

— Pero esa lavada de esa Píntiga... ¡ma- 
los perros la coman! No, pues como se arri- 



190 



LA TRIBUNA 



me de esta banda , ¡yo le diré cuántas son 
cinco! 

-¡Y yo! 

— ¡Yyo! 

Así crecía la hostilidad y se amontonaban 
densas nubes sobre la cabeza de la apóstata, á 
quien por el color de su tez biliosa y de su lacio 
pelo, por lo sombrío y zaino del mirar, llama- 
ban Pintiga, nombre que dan en el país á cier- 
ta salamandra manchada de amarillo y negro. 
Era esta mujer capaz de comer suela de zapa- 
to á trueque de ahorrar un maravedí, y no 
ajena á su conversión una libra esterlina, ó do- 
blón de á cinco , que para el caso es igual. Si lo 
cobró, y pudo coserlo en una media con otras 
economías anteriores, bien lo amargó aque- 
llos días. Acercábase á una compañera, y ésta 
le volvía la espalda; su mesa quedó desierta, 
porque nadie quiso trabajar á su lado ; ponía su 
mantón en el estante, y al punto se lo empuja- 
ban disimuladamente desde la otra parte de la 
sala, para que cayese y se manchase; dejaba su 
lío de comida en el altar , y lo veía retirado de 
allí con horror por diez manos á un tiempo ; la 
maestra examinaba sus mazos de puros , antes 
de darlos por buenos y cabales, con ofensiva 
minuciosidad y ademán desconfiado. Un día de 
gran calor pidió á la operaría que halló más 
próxima que la prestase un poco de agua; y 
ésta, que acababa de destapar un colmado fras- 
co de cristal para beber por el , la contestó se- 
camente: "No tengo meaja. „ Señaló la protes- 
tanta al frasco, con ira silenciosa, y la opera- 



POR E. PARDO BAZÁN 



191 



ria, levantándose, lo tomó y derramó por el 
suelo su contenido sin pronunciar una palabra- 
Púsose verde la Píntiga, y llevó la mano, sin 
saber lo que hacía, al cuchillo semicircular; 
pero de todos los rincones del taller se alzaron 
risas provocativas , y hubo de devorar el ultra- 
je, sopeña de ser despedazada por un millar de 
furiosas uñas. En mucho tiempo no se atrevió 
á volver á la Fábrica , donde la corrían. 



XXV 



PRIMER HAZAÑA DE LA TRIBUNA 



Extramuros, al pié de las fortificaciones de 
Marineda, celébrase todos los años una fies- 
ta conocida por las Comí ditas , fiesta peculiar 
y característica de las cigarreras, que aquel 
día sacan el fondo del cofre á relucir y dispo- 
nen una colación más ó menos suculenta para 
despacharla en el campo; campo mezquino, 
árido, dondj sólo vegetan cardos borriqueros y 
ortigas. Desde el lavadero público hasta el alto 
de Aguasanta, ameno y risueño, se había es- 
parcido la gente, sentándose, si podía, á la som- 
bra de un vallado ó en la pendiente de un riba- 
zo, y si no, donde Dios quería, al raso, sin pa- 
raguas ni quitasol. Y cuenta que ambos chis- 
mes podrían ser igualmente necesarios, porque 
el astro diurno, encapotado por nubarrones 
que amenazaban chubasquina, despedía cla- 
ridad lívida y sorda, y á veces por la ahogada 
calma de la atmósfera atravesaban soplos de 
aire encendido, bocanadas de solano que ama- 
gaban tempestad. 

13 



IQ4 LA TRIBUNA 



No por eso había menos corros de baile y 
canto, menos puestos de rosquillas y jinetes, 
menos meriendas y comilonas. Aquí se escu- 
chaba el rasgueo de guitarras y bandurrias; 
más allá retumbaba el bombo , y la gaita 
exhalaba su aguda y penetrante queja. Un cie- 
go daba vueltas á una zanfona que sonaba 
como el obstinado zumbido del moscardón, y al 
mismo tiempo vendía romances de guapezas y 
crímenes. A pocos pasos de la gente que comía, 
mendigos asquerosos imploraban la caridad: 
un elefancíaco enseñaba su rostro bulboso, un 
herpético descubría el cráneo pelado y lleno de 
pústulas, éste tendía una mano seca, aquél se- 
ñalaba á un muslo ulcerado, invocando á Santa 
Margarita para que nos libre de "males extra- 
ños,,. En un carretoncillo, un fenómeno sin 
piernas, sin brazos, con enorme cabezón en- 
vuelto en trapos viejos, y gafas verdes, exhala- 
ba un grito ronco y suplicante, mientras una 
mocetona, de pié al lado del vehículo, recogía 
las limosnas. En el aire flotaban los efluvios de 
dos toneles de vino que ya iban quedando exan- 
gües, y el vaho del estofado, y el olor de las 
viandas frías. Oíanse canciones entonadas con 
voz vinosa, y llantos de niños, de los cuales na- 
die se cuidaba. 

Componíase el círculo en que figuraba Am- 
paro de muchachas alegres , que habían esgri- 
mido briosamente los dientes contra una razo- 
nable merienda. Allí estaba la Comadreja, á 
quien no era posible aguantar, de puro satisfe- 
cha y vana, porque tenía en Marineda al capi- 



POR E. PARDO BAZÁN 



195 



tán de la Bella Luisa, y si él no había querido 
convidarse á merendar "por el aquel del bien 
parecer,,, contaba con que la acompañaría al ter- 
minarse la función. Allí también Guardiana, pe. 
netrada de alegría por otra causa diversa: por- 
que había traído consigo a dos de sus pequeños, 
el escrofuloso y la sordo-mudita; en cuanto al 
mayor, ni se podía soñar en llevarlo á sitio al- 
guno donde hubiese gente , porque le entraba 
en seguida la "aflición,,. La niña sordo-muda 
miraba alrededor, con ojos reflexivos, aquel 
mundo, del cual sólo la llegaban las imágenes 
visibles ; por su parte el niño , que ya tendría 
unos trece años, y que hubiera sido gracioso á 
no desfigurarle los lamparones y la hipertrofia 
de los labios , gozaba mucho de la fiesta y 
se sonreía con la sonrisa inocente, semibes- 
tial, de los bobos de Velázquez. Guardiana no 
se mostró muy comedora: los mejores bocados 
los reservó para sus hermanos. 

—¿Qué tienes, Guardia?— la preguntó la ra- 
diante Ana. 

—Mujer, algunos días parece que estoy así... 
cansada. He de ir á que me levanten la paleti- 
lla , porque imposible que no se me cayese. 

— Aprensiones, aprensiones. Canta El Joven 
Telé maco, Amparo. 

Amparo y otras dos ó tres del taller de ciga- 
rrillos, rendidas de calor y ahitas de comida» 
se habían tendido en una pequeña explanada, 
que formaba el glacis de la fortificación, adop- 
tando diversas posturas, más ó menos cómo- 
das. Unas, desabrochándose el corpiño, se ha- 



196 



LA TRIBUNA 



cían aire con el pañuelo de seda doblado ; otras, 
tumbadas boca abajo, sostenían el cuerpo en 
los codos y la barba en las palmas de las ma- 
nos; otras, sentadas á la turca, alzaban cuán- 
do la pierna izquierda, cuándo la derecha, para 
evitar los calambres. Por la seca hierba anda- 
ban esparcidos tapones de botellas, papeles 
engrasados, espinas de merluza, cascos de 
vaso roto, un pañuelo de seda, una servilleta 
gorda. 

Fuese efecto de la comida y del vinillo del 
país , ligero y alegre como unas pascuas , ó del 
aire solano, que tiene especial virtud excitante 
para los nervios , hallábanse las muchachas al- 
borotadas, deseosas de meterse con alguien, de 
gritar, de hacer ruido. Estaban ebrias, no del 
escaso mosto bebido, sino del vaivén y mareo 
de la romería, de los colores chillones, de los 
sonidos discordantes; sólo la sordo-muda per- 
manecía indiferente , con su límpida mirada in- 
fantil. La casualidad proporcionó á las briosas 
mozas un desahogo que tuvo mucho de cómico 
y pudo tener algo de dramático. 

Es el caso que vieron adelantarse y dirigirse 
hacia ellas un individuo de extraña catadura, 
alto y delgado, vestido con larga hopalanda 
negra y acompañado de otro que formaba con 
él perfecto contraste, pues era rechoncho, pe- 
queño y sanguíneo , y llevaba americana gris 
rabicorta. Al aspecto de la donosa pareja llo- 
vieron los comentarios. 

—El del gabanón parece un cura— dijo Guar- 
diana. 



POR E. PARDO BAZÁN 



K,7 



—No es cura— afirmó la Comadreja.— ¿No le 
ves unas patillitas como las de un padronés ? 

—Pero, mujer, si lleva alzacuello. 

— ¡Qué alzacuello! Corbata negra. 

—El gordo es un ínguilis. 

— \ Ay , Jesús ; parece que le pintaron la barba 
con azafrán! 

— ¿Y aquello qué es? ¡Madre mía de la Guar- 
dia; un anteojo en un ojo solo, y colgado en el 
aire ! ¡ Mira , mira ! 

—Callar , que vienen para acá. 

— Vienen aquí en derechura. 
—No, mujer. 

— ¡Dale! Vienen y vienen. ¿Te convences, 
porfiosa? 

—Es que les gustaste tú. 

— No, tú. El del azafrán viene á casarse con- 
tigo. 

— Pues á ti te mira mucho el clérigo mal 
comparado. 

— ¡Chssss! Callar, que están cerca, alboro- 
tadoras de Judas. 

— ¡ Callaban ! Que callen ellos si les da la 
gana. 

Y Amparo y Ana cantaron á dúo : 

Me gusta el gallo , 
me gusta el gallo , 
me gusta el gallo 
con azafrán... 

No obstante estos primeros indicios de hosti- 
lidad, los dos graves personajes se aproxima- 
ban al corro, con mucha prosopopeya. El de la 



LA TRIBUNA 



hopalanda, no bien se acercó lo suficiente, pro- 
nunció un "á loz piéz de Vds. , zeñoras,,, que 
hubiese provocado explosión de carcajadas , si 
al pronto no pudiese más la curiosidad que la 
risa. ¡ Tenía el bueno del hombre una voz tan 
rara, ceceosa, á la andaluza, y una pronuncia- 
ción tan recalcada ! 

— Tengo el honor — prosiguió metiendo las 
manos en los bolsillos de su inmenso tabardo- 
de ofreser á Vds. un librito de lectura muy 
provechoza para el ezpíritu, y ezpero me dis- 
penzarán el ozequio de repazarlo con aten- 
ción. Yo lez ruego reflezionen sobre el conte- 
nió de ezto imprezo, zeñoras míaz. 

Diciendo y haciendo, las presentaba tres ó 
cuatro volúmenes empastados y un haz de ho- 
jas volantes. Nadie estiró la mano para recoger 
los impreso, y él fué depositando suavemente 
en los regazos de las muchachas el alijo. El in- 
glés tripudo observaba el reparto con su fulgu- 
rante monóculo. 

— ¡ Así Dios me salve (Ana fué la primera en 
hablar), yo conozco á estos pajarracos! Oyes 
tú, Bárbara, ¿éste no es el que púsola capilla 
en la cuadra? 

—El mismo... Es el que berrea allí por las 
tardes. 

— ¿El que le dió los cuartos á la Píntiga? 

— Sí, mujer. 

— Y éste, ¿no dice que fué cura? 

—Dice que sí, allá en su país, y que ahora es 
cura de ellos y está casado. 

— ¡Casado!!! 



POR E. PARDO BAZAN 



199 



— Bueno, está... con una viuda. Ya tienen... 
—y la muchacha remedó burlescamente el llan- 
to de un recién nacido. 

—¿Y el otro bazuncho? 

— Es el que...— y frotó el índice con el pulgar, 
ademán expresivo que significa en todas partes 
soltar dinero. 

Mientras duraban estas explicaciones en voz 
baja, Amparo había leído el título de algunos 
folletos: 11 La verdadera Iglesia de Jesús... La 
redención del alma... Cristo y Babilonia... La 
fe del cristiano purificada de errores... Roma 
á la luz de la razón...,, Entre los retazos de 
diálogo que llegaban á sus oídos y los fragmen- 
tos de hoja impresa en que fijaba la vista, pe- 
netró el misterio. Levantóse grave, determi- 
nada, como el día que peroró en el banquete 
del Círculo Rojo. 

— Oiga usté— pronunció en tono desprecia- 
tivo—esto que nos ha dado usté no nos hace 
falta, ni para nada lo queremos. Vaya usté á 
engañar con ello adonde haya bobos. 

— Zeñora, no ha zío mi ánimo... 

— Pensará usté que somos como otras, infeli- 
ces, que las compran ustés por una triste pese- 
ta; pues sepa usté, repelo, que acá ni por las 
minas del Potosí renegamos como San Judas. 

— Zeñora... hermanaz mía... tómense uzté la 
molestia de reflezionar, y verán la puresa de 
mi intencionez, que zon darle á conosé la doc- 
trina de Jezú nuettro Zalvaor... 

Pronta como un rayo, y con fuerzas que du- 
plicaba la cólera, Amparo desbarató la encua- 



200 



LA. TRIBUNA 



dernada Biblia , hizo añicos las hojas volantes, 
y lo disparó todo á la cara afilada del catequis- 
ta y á la rubicunda del silencioso inglés , los 
cuales, habituados, sin duda, á tal género de 
escenas, volvieron grupas y trataron de escu- 
rrirse lo más pronto posible entre el concurso. 
Por su mal, era éste tan apretado y numeroso 
en aquel sitio , que ó tenían que retroceder, dar 
un rodeo y volver á cruzar ante el grupo de 
muchachas, ó aguardar una ocasión de filtrarse 
entre de la gente. Optaron por lo primero , y 
avínoles mal , porque Amparo , como el corcel 
de batalla que ha olido la sangre , dilatadas las 
fosas nasales, brillantes los ojos, se preparaba 
á renovar la lid, animando á sus compañeras. 

— Son los protestantes. A correrlos. 

— Acorrerlos: ¡viva! 

—Van á pasar otra vez por aquí... ánimo... á 
ver quien les acierta mejor. 

— ¡ Que vengan , que vengan ! ¡ Ahora entra 
lo bueno ! 

Recelosos , arrimados el uno al otro , proba- 
ron á deslizarse los dos apóstoles sin ser obser- 
vados de las mozas, que ya los aguardaban 
haldas en cinta. Así que los vieron á tiro , enar- 
bolaron cuál medio pan, cuál un trozo de em- 
panada, cuál una pera, y Ana, rabiosa, no en- 
contrando proyectil á mano, cogió á puñados 
la tierra para arrojársela. Cayó la granizada 
sobre los protestantes cuando menos se perca- 
taban de ello ; un queso se aplanó sobre la faz 
del inglés, rompiéndole el monóculo; un gajo 
de cerezas despedido por el hermano de Guar- 



POR E. PARDO BAZAN 201 



diana se estrelló en la nuca del ministro , y la 
embadurnó lastimosamente. Al par que bom- 
bardeaban, denostaban las intrépidas mucha- 
chas al enemigo. — Tomar, á ver si reventáis— 
chillaba la Comadreja.— De parte de Nuestra 
Señora— gritaba Guardiana.— Para que volváis 
á dar dinero por hacer maldades — vociferaba 
Amparo lanzando con notable acierto un tene- 
dor de palo al cura. — Cerrados los puños como 
para boxear, inyectado el rostro, ñeros los 
azules ojos , vínose sobre el grupo el hijo de la 
Gran Bretaña, resuelto, sin duda, á hacer des- 
trozos en las heroínas; amenazadora actitud 
que redobló el coraje de éstas. 

—Venga usté, venga usté, que aquí estamos— 
le decía Amparo con voz vibrante , bella en su 
indignación como irritada leona, asiendo con 
la diestra una botella; mientras Ana, pálida de 
ira, se apoderaba de la cazuela en que había 
venido el guisado, y las restantes amazonas 
buscaban armamento análogo. Pero ya, al rui- 
do de la escaramuza , se arremolinaba gente, y 
gente adversa á los catequistas , á quienes co- 
nocían bastantes de los espectadores ; y el mi- 
nistro, verde de miedo, con turbada lengua 
aconsejaba á su acompañante una prudente re- 
tirada. 

— Ejelas, mitér Ezmite... (Smith). Ejelas, que 
no zaben lo que jazen... Ejelas, que aquí nadie 
noz efenderá, de zeguro... Yo debo ar ejemplo 
de manzeddumbre... 

No hizo caso mitér Ezmite , por demás mo- 
híno y amostazado con el bombardeo de comes- 



202 



LA TRIBUNA 



tibies ; pero antes de que llegase al grupo cum- 
plióse la profecía del ministro , interponiéndose 
más de treinta personas, que rodearon á los 
malaventurados apóstoles apretándolos en tér- 
minos que no les dejaban respirar. A poca dis- 
tancia un agente de policía presenciaba una 
rifa , y aunque harto veía con el rabo del ojo el 
motín , no dió el más leve indicio de querer in- 
tervenir en él , y hasta que vió á los dos cate- 
quistas abrirse paso trabajosamente y huir 
como perro con maza, perseguidos por la re- 
chifla general , no volvió la cabeza ni se acercó, 
preguntando al descuido: — "¿Qué pasa aquí, 
señores?,, 



/ 



XXVI 



LADOS FLACOS 



Para la Comadreja el desenlace de la romería 
fué delicioso : comenzaron á llover gotas 
anchas cuando ya se aproximaba la noche, y 
vino el capitán mercante á ofrecerla el brazo y 
un paraguas. A la luz de los faroles de la calle, 
que rielaba en el mojado pavimento, Amparo 
vió alejarse á la pareja y quedóse poseída de 
una especie de tristeza interior que rara vez 
domina á los temperamentos sanguíneos, ale- 
gres de suyo. Aquella melancolía atacaba á la 
Tribuna desde que no alimentaba su viva ima- 
ginación con espectáculos políticos y desde que 
al bullicio de la Unión del Norte sucedió la ha- 
bitual y uniforme vida obrera de antes, sin 
asomo de conspiración ni de otros romances- 
cos incidentes. Por distraerse , habló más con 
Ana de amoríos y menos de política. Ana se 
prestaba gustosa á semejantes coloquios. Llegó 
la Tribuna á saber de memoria al capitán de la 
Bella Luisa, sus hábitos, sus viajes, sus capri- 
chos, y el eterno proyecto de matrimonio, dife- 
rido siempre por altas razones de conveniencia, 



204 



LA TRIBUNA 



que explicaba Ana con sumo juicio y cordura. 
Si ella se quisiese casar con algún artista de 
esos ordinarios, un zapatero, verbigracia, can- 
sada estaría de tener marido; pero ¿para qué? 
para cargarse de familia, para vivir esclava, 
para sufrir á un hombre sin educación. No en 
sus días. 

—¿Y si te deja plantada Raimundo?— pregun- 
taba Amparo nombrando al galán de su amiga, 
como lo hacía ésta, por el nombre de pila. 

—¡Qué ha de dejar, mujer... qué ha de dejar! 
¡Diez años de relaciones! Y luego, aquel seño- 
río de estar tanto tiempo con un chico fino, eso 
no me lo quita nadie. 

Amparo protestó : ella no entraba por cosas 
de ese jaez; quería poder enseñar la cara en 
cualquier parte; quería, como dijeron los seño- 
res de la Unión, moralidad y honradez ante 
todo. 

— ¿Si pensarás tú — replicó Ana viperina- 
mente—que el de Sobrado venía á casarse 
contigo? 

— ¿El de Sobrado? ¿Y qué tengo yo que ver 
con el de Sobrado? 

—Anduvo tras de ti, y si no estuviese fuera, 
sabe Dios... No digas, mujer, no digas, que 
bastantes veces lo encontré yo por los alrede- 
dores de la Fábrica. 

—Bueno, bueno, ¿y qué? ¿Por qué, un supo- 
ner, no se había de casar conmigo? Yo seré de 
igual madera que otras que pertenecían á mi 
clase, y ahora... Tú bien conoces á la de Ne- 
grero... aquella tan guapa que lleva abrigo de 



POR E. PARDO BAZÁN 



205 



terciopelo y capota de tul blanco... Pues, hija 
mía, sardinera del muelle primero, cigarrera 
después, y luego la vino Dios á ver con ese 
marido tan rico... ¿Y la de Alvarez? A esa la 
acuerdan aquí liando puros , y en el día tiene 
una casa de tres pisos y un buen comercio en 
la calle de San Efrén... ¿Y la que casó con aquel 
coronel del regimiento de Zaragoza?... Una 
chiquilla, que también hacía pitillos... En la ac- 
tualidad, para más, hay el aquel de que las 
clases son iguales; ese rey que trajeron dice 
que da la mano á todo "el mundo, y la mujer 
abrazó en Madrí á una lavandera; y si viene la 
federal, entonces... 

— Sí, sí, véle con eso á doña Dolores, la de 
Sobrado. 

— ¡Pues... Jesús, Ave María! ¡No se allegue 
V., que mancho! Me parece á mí que los de So- 
brado no son de allá de la aristocracia, ni del 
barrio de Arriba. Aún hay quien los vió car- 
gando fardos en el almacén de Freixé , el cata- 
lán; que por ahí empezaron, ¡repelo! Hijos del 
trabajo como tú y como yo. 

—Pero, mujer, si ya se sabe que son así; nada 
y nada, y vanidá que les parte el alma. Como 
el hijo es de tropa piensan que sólo la Princesa 
de Asturias sirve para él... Mira tú cómo ahora 
que las de García pierden el pleito están medio 
reñidas con ellas... Y eso que la mayor de So- 
brado, la Lolita , no quiso apartarse de la amiga 
y sigue yendo allá... 

— Corriente; ellos no nos querrán á los de- 
más , pero los demás bien nos valemos sin 



206 



LA TRIBUNA 



ellos... Para comer yo no les he de pedir, y el 
hijo, si me quiere decir algo, ha de ser con el 
cura de la mano, que si no... 

Echóse á reir la Comadreja y citó ejemplos 
dentro de la misma Fábrica: ¿qué les había su- 
cedido á Antonia, á Pepita, á Leocadia? Y eran 
las que más hablaban y más se la echaban de 
plancheta. La que se conformaba con los de su 
clase, aún menos mal; pero la que andaba con 
señores... 

— Esas cosas — añadía la Comadreja— no tie- 
nen remedio; nos hacen ver lo negro blanco... 

—Si me quisiera perder— exclamó ofendida 
Amparo— no me faltaría por dónde, como á 
todas. 

—¡Bueno! No cuadró, mujer, que lo demás... 
También no te gustarían los que se te pusieron 
delante, porque hay hombres que se tiraría uno 
á la bahía por ellos , y otros que ni forrados de 
onzas... Y á veces los que le chistan á uno no 
se dan por entendidos... Y al fin y al cabo, hija, 
¿qué se gana con vivir mártir? Nadie cree en 
la dinidá de una pobre. 

—¿Y por qué ha de ser asi? ¡ Esa no es ley de 
Dios! 

—No, pero... ¿qué quieres tú? 

Quedábase Amparo pensativa. Cuantas su- 
gestiones de inmoralidad trae consigo la vida 
fabril , el contacto forzoso de las miserias hu- 
manas; cuantas reflexiones de enervante fata- 
lismo dicta el convencimiento de hallarse inde- 
fenso ante el mal, de verse empujado por cir- 
cunstancias invencibles al precipicio , pesaban 



POR E. PARDO BAZÁN 



207 



entonces sobre la cabeza gallarda de la Tribu- 
na. Acaso, acaso tenía sobrada razón la Coma- 
dreja. ¿De qué sirve ser un santo si al fin la 
gente no lo cree ni lo estima; si por más que 
uno se empeñe , no saldrá en toda la vida de 
ganar un jornal miserable; si no le ha de repor- 
tar el sacrificio honra ni provecho? ¿Qué han 
de hacer las pobres, despreciadas de todo el 
mundo, sin tener quien mire por ellas, más que 
perderse? ¡Cuántas chicas bonitas, y buenas al 
principio, había visto ella sucumbir en la bata- 
lla, desde que entró en su taller! "Pero... vamos 
á cuentas— añadía para su sayo la oradora:— 
diga lo que quiera Ana, ¿no conozco yo mu- 
chachas de bien aquí? ¡Está esa Guardíana, que 
es más pobre que las arañas y más limpia que 
el sol! Y de fea no tiene nada; es... así... delga- 
dita... Ella se confiesa á menudo... dice que el 
confesor la aconseja bien...,, 

Amparo se quedó cada vez más pensativa 
después de esta observación. 

"Yo, confesar, me confesaría... Pero luego... 
si el cura sabe que me meto en política... 
¡Bah! Bien basta en Semana Santa... Tampoco 
yo, gracias áDios, no soy ninguna perdida... 
me parece.,, 



XXVII 



BODAS DE LOS PAJARITOS 



Regresó Baltasar de Navarra y las Provin- 
cias firmemente resuelto á estrujar la vida, 
como si fuese un limón, para exprimirle bien 
el zumo. Habiendo visto de cerca la guerra 
civil, comprendió que no hacía sino empezar y 
que prometía ser encarnizada y duradera, á 
pesar de que la Gaceta anunciaba diariamente 
la dispersión de las últimas partidas y la pre- 
sentación del postrer cabecilla. Desde luego 
Baltasar traía un grado más , y ganas de preci- 
pitarse en algún abismo cubierto de flores , ya » 
que las balas carlistas se lo toleraban. Vista de 
lejos , la opinión pública de su ciudad natal le 
pareció mucho menos temible, y resolvióse á 
arrostrarla en caso de necesidad, si bien con 
maña y no provocándola de frente. 

Más de una vez, bajo la ligera tienda de cam- 
paña ó en algún caserío vascongado, se acordó 
de la Tribuna y creyó verla con el rojo mantón 
de Manila ó con el traje blanco y azul de gru- 

H 



2IO 



LA TRIBUNA 



mete. Las mujeres que encontraba por aque- 
llos países no le distrajeron, porque eran ge- 
neralmente toscas aldeanas curtidas del sol, y 
si tropezó con alguna beldad eúskara, ésta, en 
vez de sonreir al oficial amadeista , le echó mil 
maldiciones. Además , Baltasar, frío y concen- 
trado, no era de los que toman por asalto un 
corazón en un par de horas. De suerte que al 
volver á Marineda, en vez de rondar la Fábri- 
ca, como antes, se resolvió, desde el primer 
día, á acompañar á Amparo cuando la viese 
salir, y ejecutó la resolución con su serenidad 
habitual. Mucho le favoreció para estos acom- 
pañamientos el cambio de domicilio de la mu- 
chacha, que vivía cerca del alto de la cuesta de 
San Hilario, en una casita que daba á la Olmeda, 
desde que faltando el señor Rosendo y Chinto, 
el bajo de la calle de los Castros se hizo muy 
caro y muy lujoso para dos mujeres solas. Como 
la Olmeda puede decirse que es un rincón 
campestre, prestóse al naciente idilio con el 
género de complacencia que hace de la natura- 
leza amiga perenne de todos los enamorados, 
hasta de los menos poéticos y soñadores. 

Febrero vió la aurora de aquel amor en un 
día clásico, el de la Candelaria, en que, según el 
dicho popular, celebran los pajaritos sus bodas 
sobre las ramas todavía desnudas de los árbo- 
les , para que con la llegada de la primavera 
coincida la fabricación del nido. Las vísperas 
de la fiesta eran muy señaladas en la Fábrica: 
andaban esparcidos por las estanterías, sobre 
los altares , ocultos en los justillos de las muje- 



POR E. PARDO BAZAN 



21 t 



res, mezclados con la hoja, haces de rama de 
romero, y su perfume tónico y penetrante ven- 
cía al del tabaco mojado. En el centro de los 
haces se hincaban candelicas de blanca cera, y 
había otras candelas largas y amarillas , com- 
pradas por varas y que se cortaban en tro- 
zos para hacer cuantas luces se quisiese; sien- 
do el origen de traer estas candelas la creencia 
de que los niños muertos antes del bautismo y 
sepultados en las tinieblas del limbo, sólo el día 
de la Candelaria ven un rayo de claridad,— la de 
la luz que encienden, pensando en ellos, sus ma- 
dres.— Al día siguiente, en la iglesia, envueltas 
en el romero bendito, habían de arder todas las 
velitas microscópicas. 

Ya se comprende que entre las cigarreras 
marinedinas — cuatro mil mujeres al fin y al 
cabo— había muchas que querían enviar á sus 
hijos difuntos aquella caricia de ultratumba, 
fundir el hielo de la muerte al calor de la pobre 
candelilla; por otra parte, aun las que no tenían 
niños vivos ni difuntos, habían comprado rome- 
ro, gustándolas su olor, y propuestas á llevarlo 
á la misa de la Candelaria, que al fin, como de- 
cía la señora Porcona con tono sentencioso, era 
"un día de los más grandes, hiiiigas... porque 
fué cuando la Virgen sintió el primer dolorito, 
por razón de que un cura que le llamaban Si- 
meón le anunció lo que tenía que pasar Cristo 
en el mundo,,. 

La tarde de la Candelaria, Amparo, llevando 
el romero bendito oculto en el pecho , despedía 
un aroma balsámico, que pudiera tomarse por, 



212 



LA TRIBUNA 



suyo propio; tal era la lozanía y vigor de su 
organismo, cuya robustez, vencedora en la lu- 
cha con el medio ambiente, había crecido en 
razón directa de los mismos peligros y comba- 
tes. Si la labor sedentaria, la viciada atmósfe- 
ra , el alimento frío, pobre y escaso, eran parte 
á que en la Fábrica hiciesen estragos la anemia 
y la clorosis , el individuo que lograba triunfar 
de estas malas condiciones ostentaba doble fuer- 
za y salud. Así le acontecía á la Tribuna. 

Como era día festivo, Baltasar no la esperó á 
la salida de la Fábrica, sino en la Olmeda, á cor- 
ta distancia de su casita. Había llegado Baltasar 
al mayor número de pulsaciones que determi- 
naba en él la calentura amorosa. Su pasión, ni 
tierna, ni delicada, ni comedida, pero imperiosa 
y dominante, podía definirse gráfica y simbóli- 
camente llamándola apetito de fumador que á 
toda costa aspira á consumir el más codicia- 
dero cigarro que jamás produjo, no ya la Fá- 
brica de Marineda, sino todas las de la Pe- 
nínsula. AmparOj con su garganta mórbida ga- 
llardamente puesta sobre los redondos hom- 
bros, con los tonos de ámbar de su satinada, 
morena y suave tez, parecíale á Baltasar un 
puro aromático y exquisito, elaborado con sin- 
gular esmero, que estaba diciendo: "Fumad- 
me.„ Era imposible que desechase esta idea al 
contemplar de cerca el rostro lozano , los bri- 
llantes ojos, los mil encantos que acrecenta- 
ban el mérito de tan preciosa regalía. Y para 
que la similitud fuese más completa, el olor del 
cigarro había impregnado toda la ropa de la 



POR E . PARDO BAZÁN 



213 



Tribuna, y exhalábase de ella un perfume fuer- 
te, poderoso y embriagador, semejante al que 
se percibe al levantar el papel de seda que cu- 
bre á los habanos en el cajón donde se guardan. 
Cuando por las tardes Baltasar lograba acer- 
carse algún tanto á Amparo é inclinaba la ca- 
beza para hablarla, sentíase envuelto en la pe- 
netrante ráfaga que se desprendía de ella, cau- 
sándole en el paladar la grata titilación del 
humo de un rico veguero y el delicioso mareo 
de las primeras chupadas. Eran dos tentaciones 
que suelen andar separadas y que se habían 
unido; dos vicios que formaban alianza ofensi- 
va: la mujer y el cigarro íntimamente enlaza- 
dos y comunicándose encanto y prestigio para 
trastornar una cabeza masculina. 

El día espiraba tranquilamente en aquella ala- 
meda, que en hora y estación semejante era 
casi un desierto. Sentáronse un rato Baltasar y 
la Tribuna en el parapeto del camino , protegi- 
dos por el silencio que reinaba en torno , y ani- 
mados por la complicidad tácita del ocaso, del 
paisaje , de la serenidad universal de las cosas, 
que los sepultaba en profunda languidez, y 
que relajaba sus fibras infundiéndoles blan- 
da pereza muy semejante á la indiferencia mo- 
ral. El sol languidecía como ellos ; la naturale- 
za meditaba. Hasta la bahía se hallaba aletar- 
gada; un gallardo queche blanco se mantenía 
inmóvil; dos paquetes de vapor, con la negra y 
roja chimenea desprovista de su penacho de 
humo , dormitaban, y solamente un frágil bote, 
una cascarita de nuez, venía como una saeta 



214 



LA TRIBUNA 



desde la fronteriza playa de Sa/i Cosme, impul- 
sado por dos remeros, y el brillo del agua, á 
cada palada, le formaba movible melena de 
chispas. Por donde no las alcanzaba el último 
resplandor solar, las olas estaban verdinegras y 
sombrías; al Poniente, dorada red de movibles 
mallas parecía envolverlas. 

A medida que avanzaba la sombra, levantá- 
base del mar una brisa fresca, que agitaba por 
instantes los picos del pañuelo de Amparo y los 
cabellos rubios de Baltasar, en los cuales se 
deteníanlas postreras luces del sol, haciendo 
de su cabeza una testa de oro. Pronto la aban- 
donaron, sin embargo, y también las monta- 
ñas del horizonte empezaron á confundirse con 
el agua , mientras la concha blanca del caserío 
marinedino se destacaba aún , pero perdiéndo- 
se más cada vez , como si al ausentarse la cla- 
ridad se llevase consigo la piña de edificios y 
el encendido fulgor de los cristales en las ga- 
lerías. Marineda, la Nautilia de los romanos» 
se envolvía en una clámide de tinieblas. En 
breve comenzaron á distinguirse algunas luces 
que oscilaban sobre la masa obscura de la po- 
blación, y presto se cubrió toda ella de puntos 
lucientes como estrellas de oro en un celaje 
sombrío. La noche , que ya reinaba , era de 
esas entreclaras y lácteas , pero frías , en que 
el equinoccio de primavera se anuncia por no 
sé qué vaga transparencia del cielo y del aire, y 
en modo alguno por la temperatura, que más 
bien parece recrudecerse. Baltasar y la mucha- 
cha, molestados quizá por el helado ambiente, 



POR E. PARDO BAZAN 



se aproximaban el uno al otro, hablando no obs- 
tante de cosas de poca substancia. 

— No, Bilbao no es más bonito... ni tampoco 
Santander, digan lo quieran los santanderinos, 
que son muy patriotas. ¿Sabe V. lo que ha me- 
jorado Marineda? ¿Y lo que está llamada á me- 
jorar todavía? Esto crece á cada paso; vamos 
á tener barrios nuevos, magníficos, á la ame- 
ricana, ahí donde V. ve aquella lucecita... cabal: 
todo por ahí, á lo largo del baluarte. 

—¿Y Madri? ¿Es mucho mejor que Marineda? 
—interrogó Amparo, por decir algo, enrollan- 
do un cabo de su pañuelo. 

— ¡ Ah ! Madrid , ya ve V. ... al fin y al cabo, es 
la corte... Sólo la calle de Alcalá... 

Este apacible diálogo encubría en Baltasar 
tempestuosos pensamientos; pero como no care- 
cía de penetración y sabía que la muchacha era 
honrada y orgullosa, y vivía de su trabajo, com- 
prendió que no debía tratarla como á cualquier 
criatura abyecta, sino empezar mostrándola 
cierta deferencia y aun respeto , género de adu- 
lación á que es más sensible todavía la mujer 
del pueblo que la dama de alto copete , habitua- 
da ya á que todos le manifiesten miramientos y 
cortesía. Lisonjeó mucho á la Tribuna el ver que 
se habían con ella lo mismo que con las señori- 
tas, y auguró bien del rendido galán. Mas al 
caer la noche, Baltasar creyó poder apoderarse 
á hurto de una mano morena , hoyosa y suave al 
tacto como la seda. Amparo pegó un respingo. 

— Estése V. quieto... Y ya de dos veces que 
se lo digo, caramba. 



LA TRIBUNA 



—¿Por qué me trata V. así? — preguntó con 
pena fingida Baltasar , que en sus adentros re., 
negaba de la virtud plebeya.— ¿Qué mal hay 
en...? 

—¿Por qué ? — repitió Amparo con sumo brío. 
— Porque no me conviene á mí perderme por 
V. ni por nadie. ¡Sí que es uno tan bobo que no 
conozca cuando quieren hacer burla de uno! 
Esas libertades se las toman Vds. con las chi- 
cas de la Fábrica, que son tan buenas como 
cualquiera para conservar la conducta. ¿A que 
no hace V. esto con la de García , ni con las se- 
ñoritas de la clase de V.? 

— ¡Diantre!— pensó Baltasar:— no es boba. 

Y al punto, mudando de táctica, habló con 
gran rapidez, diciendo que estaba enamorado, 
pero de veras; que para él no había categorías, 
distinciones ni vallas sociales, encontrándose 
el amor de por medio ; que Amparo valía tanto 
como la más encopetada señorita, y que el des- 
liz no provenía de falta de respeto, sino de so- 
bra de cariño : todo lo cual esforzó con mil 
dulces é insinuantes inflexiones de voz. Ampa- 
ro respondió " cantando „ su credo y sus prin- 
cipios : ella no quería ser como otras chicas co- 
nocidas suyas , que por fiarse de un picaro allí 
estaban perdidas: ella bien sabía lo que pasaba 
por el mundo, y cómo los hombres pensaban 
que las hijas del pueblo las daba Dios para ser- 
virles de juguete: lo que es ella, bien se había 
de librar de eso ; bueno que se hablase un rato, 
en lo cual no hay malicia ; pero ciertas liberta- 
des, no; ya podía saberlo el que se arrimase á 



POR K . PARDO BAZÁN 



•217 



ella. Baltasar juró y perjuró que su amor era 
de la más probada y acendrada pureza, y que 
sólo limpios é hidalgos propósitos cabían en él; 
y en el calor de la discusión , los dos interlocu- 
tores se volvieron a hallar sentados en el para- 
peto, y la mano antes esquiva se mostró más 
tratable, consintiendo que la prendiesen dos 
manos ajenas. 

—Hoy se casan los pajaritos— murmuró Bal- 
tasar después de un breve instante de silencio. 

— Día de la Candelaria... Hoy se casan — re- 
pitió ella con turbada voz , sintiendo en la palma 
de la mano el calor de la diestra de Baltasar, 
que amorosamente la oprimía. Pero él fué dis- 
creto y no quiso abusar de la victoria , por te- 
mor de perder las ventajas adquiridas , y tam- 
bién porque empezaba á correr agudo frío en 
la solitaria alameda, y Amparo se levantó que- 
jéndose del relente y del aire , que cortaba como 
un cuchillo. Cruzáronse dos protestas de ter- 
nura, en voz baja, envueltas en el último apre- 
tón de manos, delante de la casa de la pitillera. 



XXVIII 



CONSEJERA Y AMIGA 



Alguna que otra vez volvía Amparo á visi - 
tar su antigua calle, por ver á los amigos 
que allí había dejado. Pocos días después del 
de la Candelaria sintió deseos de realizar una 
expedición hacia aquella parte. Halló todo en 
el mismo estado ; el barbero, muy ocupado en 
descañonar á un sargento, la saludó jovialmen- 
te ; á la puerta de su casa divisó á la señora 
Porreta tomando el fresco, ó el sol , que am- 
bas cosas faltaban dentro del tugurio de la co- 
madrona, la cual hacía extraña y risible figura 
sentada en una silleta baja, y muy esparran- 
cada ; sus piés , calzados con zapatillas de ori- 
llo, miraban uno á Poniente y otro á Levante; 
tenía caídas las medias, por deficiencia de ligas 
sin duda ; en el formidable hueco del regazo 
descansaban sus manos , y mientras una chi- 
quilla encanijada, nieta suya, la peinaba las 
canas greñas y la hacía dos chichos tamaños 
como bellotas , la insigne matrona no perdía el 
tiempo, y calcetaba con diligencia, manejando 
las metálicas agujas, que despedían vivos ful- 



220 



I.A TRIBUNA 



gores. Al ver á la Tribuna, se echó á reir con 
opaca risa. 

— Hola, chica... salú yfraternidá. ¿Cómo está 
tu madre? ¿Y la revolusión , cuándo la hasemos? 
¿Cuándo me proclamas á mí reina de España? 

Y como Amparo procurase escabullirse , la 
vieja subió el tono de sus carcajadas, semejan- 
tes al chirrido de una polea, y que hacían re- 
temblar su vientre de ídolo chino. 

— Sí, escápate, escápate... — murmuró.— Aho- 
ra bien te escapas... Ya bajarás la soberbia 
cuando yo te haga falta... ¿oyes, Amparo? 
Cuando necesitáis á la señora Pepa, venís como 
corderitos... ¡Quién te verá aquel día! ¿Eh? 

—Dios delante , señora Pepa — contestó altiva 
y picada Amparo— otras la llamarán más pron- 
to, señora. A no ser que me case... 

— ¡Sí, si... echar por la boca! El tiempo todo 
lo vense— afirmó con profético acento la coma- 
dre , cogiendo una hilera de puntos , que se le 
había soltado al reir. 

Siguió Amparo calle adelante, y llamó al ta- 
blero de Carmela la encajera; pero con gran 
sorpresa suya, en vez de abrirse éste, se en- 
treabrió la puerta interior que comunicaba con 
el portal , y se asomó Carmela animada, encen- 
dida la tez y con un júbilo nunca visto en ella. 

—Entra , entra— dijo á la pitillera. 

Esta entró. El cuartito estaba en desorden; 
recogida la almohadilla de los encajes; había 
un baúl abierto y ya casi colmado, y los cua- 
dros de lentejuela y estampas devotas, que so- 
lían adornar las paredes, faltaban de ellas. 



POR E. PARDO BAZAN 22 1 



— Hola... ¿parece que vamos de viaje? — pre- 
guntó Amparo. 

La respuesta déla encajera fué echarla al cue- 
llo los brazos, y pronunciar, con voz entrecor- 
tada de alegría : 

—¿Luego tú no sabes, no sabes que Dios .me 
dió la sorpresa? Ya tengo el dote, chica... me 
voy á Portomar á ver si me reciben allá en el 
convento!... 

—¡Ahora que dice que se acaban las monjas!. 

—Las de Portomar no, mujer... esas no... hay 
un señorón liberal , allá en Madrí , que pidió por 
ellas... 

—Pero... ¿y cómo, quién te dió el dote? 

—Verás... Yo echaba todos los meses un dé- 
cimo á la lotería... todos los meses. Tú ya sabes 
que la tía me hacía trabajar los domingos por 
la mañana ; pero por las tardes , decía : " Anda, 
distráete... vete un poco á rezar á la iglesia., t 
Bien. Pues, señor, yo en vez de rezar, iba, ¿y 
qué hacía? Trabajaba unas puntillitas estre-? 
chas, sin que la tía lo supiese, y se las ven^- 
día á una mujer del mercado, diciéndole á Nues- 
tra Señora : "No es pecado esto que hago, por- 
que es para sacar á la lotería , y si saco es para 
entrar monja...,, Pues etaquí que cada mes me 
tomaba mi décimo, y para que saliese bien, 
siempre echaba con algún santo. Unas veces 
llevaba de compañero á San Juan Bautista; 
otras , á San Antonio ; otras , á Santa Bárbara. .<; 
y nada : ni tristes cinco duros. Entonces dije yo 
para mí : hay que ir á la fuente limpia; estos 
compañeros no valen. ¿Y qué se me ocurrió? 



222 



LA TRIBUNA 



Tomé un decimito con un número muy lindo, 
mil ciento veintidós , y se lo fui á llevar al Niño 
Dios de las Madres Descalzas... y le dije: mira, 
Jesusito, si sale premiado, la metá para ti... 
Tenía una carita tan alegre cuando se lo dije, 
lo mismo que si me entendiese. Pues ¿quién te 
dice, mujer... 
Pausa de gran efecto. 

— Quién te dice á ti... que al sorteo voy y 
miro la lista, y me veo un mil ciento veintidós 
como un sol? Me quedé aturdida , y mucho más, . 
porque el premio era de los grandes : cerca de 
mil pesos. Sólo que, como la metá es del Niño, 

á mí me queda el dote limpio y pelado... 

— ;Y tu tía ?— preguntó Amparo, como si cen- 
surase el regocijo de Carmela. 

— ¿Y sabes, mujer, que yo quise depositar el 
dote para cuando ella muriese y quedarme en 
su compañía, y no quiso? Dice que no, que bien 
claro está que Dios me llama para sí..; Ella tie- 
ne buscada colocación en casa de un cura... 
como está así , medio ciega , sólo en un sitio de 
poco trabajo puede servir. ¡ Ay, Niño Jesús de 
mi alma! ¡Cuántas lagrimitas tengo lloradas 
aquí sin que nadie me viese ! ¡ Qué días ! Es me- 
jor hacer pitillos que encajes, chica. ¡Fumar, 
siempre fuma la gente; pero los encajes en in- 
vierno... es como vivir de coser telarañas ! 

Y levantándose, cogió un tiesto que estaba 
en la ventana y lo entregó á Amparo. 

— Toma, me alegro de que hayas venido... 
Cuídame mucho la malva de olor, que por el ca- 
mino tengo miedo de que se rompa el tarro. 



POR E. PARDO BAZÁN 



223 



Amparo cogió el tiesto y respiró el perfume 
de la planta, hundiendo la faz entre las atercio- 
peladas hojas. La encajera la miraba con sus 
pupilas siempre melancólicas y serenas. 

— Amparo— dijo de pronto. 

—¿En?...— respondió la Tribuna, sorprendida 
como si la despertasen de golpe. 

—¿Te enfadas si te digo una cosa? 

— No, mujer... ¿y por qué me he de enfadar? 
- contestó fijando sus ojos gruesos y brillantes 
en la futura concepcionista. 

—Pues quería decirte... que por ahí te pusie- 
ron un mote. 

—¿Un mote? ¿Y es cosa mala? 

— Mala... ¡qué sé yo! Te llaman la Tribuna. 

—¿Y quién me lo llama? 

—Los señoritos... los hombres. Dice que fué 
porque el día del convite... no te parezca mal, 
que á mí me lo contaron así, inocentemente... 
te dió un abrazo uno de aquellos señores de la 
Samblea... y que te dijo... 

—¡Me llamó Tribuna del pueblo! — exclamó 
orgullosamente la muchacha.— ¡ Ya se ve que me 
lo llamó ! 

—Y eso , ¿qué es, mujer? 

—¿Lo qué? 

—¿Eso de Tribuna del pueblo? 

—Es... ya se sabe, mujer, lo que es. Como tú 
no lees nunca un periódico... 

—Ni falta que me hace... pero dímelo tú, 
anda. 

—Pues es... así á modo de una... de una que 
habla con todos, supongamos... 



224 LA TRIBUNA 



—¿Que habla con todos?... ¿Y te lo dijo en tu 
cara?... ¡ El dulce nombre de María ! 

— Pero no hablar por mal, tonta; si no es eso... 
Es hablar de los deberes del pueblo , de lo que 
ha de hacer; es istruir á las masas públicas... 

—Vamos, como una maestra de escuela... Je- 
sús, si pensé que... ya decía yo; ¿había de ser 
tan descarado que se lo encajase allí, sin más 
ni más? Pero como por ahí se ríen cuando men- 
tan eso... 

— ¡Bah!... no tienen qué hacer, y velay. 
—Y. . . mira, ¿ te digo otro cuento ? 
—Tú dirás... 

—Me contaron... no tomes pesadumbre, que 
son dichos... que andaba tras de ti un señorito... 
de la oficialidá. 

—¿Y si anda? 

— Y si anda, haces muy mal en hacer caso de 
un oficial, mujer... A las chicas pobres no las 
buscan ellos para cosa buena, no y no... Y á las 
que son pobres y formales no se arriman, por- 
que ven que no sacan raja... 

— ¡Eh! A modo... ñola armemos, Carmela. A 
mí nadie se arrima por la raja que saque , sino 
por el aquel de que le gustaré , y vamos andan- 
do, que cada uno tiene sus gustos... Hoy en día, 
mas que digan los reacionarios, la istrución igua- 
la las clases, y no es como algún tiempo... No 
hay oficial ni señorito que valga... 

—Mujer, yo no hablé por mal... Te quise avi- 
sar, porque siempre te tuve ley, que eres así.v. 
una infeliz, un pedazo de pan en tus interiorida- 
des... Déjate de políticas, no seas tonta, y de 



POR E. PARDO BAZÁN 



225 



señoritos... Fuera de eso, ¿á mí qué se me im- 
porta? Es por tu bien... 

Se dispuso Amparo á marcharse, cogiendo 
debajo del brazo su tarro ; p?ro la afectuosa en- 
cajera la quiso abrazar antes. 

—No quiero que quedemos reñidas... ¿Vas 
enfadada? Bien sabe Dios mi intención... Escrí- 
beme á Portomar... Ya te contaré todo, todo. 

Y se asomó á la puerta para ver alejarse á la 
garbosa muchacha, cuyo vestido de percal pro- 
yectó, por espacio de algunos Segundos, una 
mancha clara sobre las obscuras paredes de la s 
casas de enfrente. 



1 



XXIX 



UN DELITO 



Desde la venida de Amadeo I tenían las ciga- 
rreras de Marineda á quien echar la culpa 
de cuantos males afligían á la Fábrica. Cuan- 
do caminaba hacia España el nuevo Rey, leían- 
se en los talleres, con pasión vehementísima, 
todos los periódicos que decían: "No vendrá.,, 
Y el caso es que vino , con gran asombro de 
las operarías, á quienes la prensa roja había 
vaticinado que la monarquía era " un yerto ca- 
dáver, sentenciado por la civilización á no aban- 
donar su tumba,,. Alguna cigarrera abogó por 
el hijo de Víctor Manuel, rey liberal al cabo, 
que daba la mano á todos y no tenía maldita la 
soberbia; pero la inmensa mayoría convino en 
que, al fin, ün rey era siempre un rey, y en que 
la monarquía no era la república federal, ver- 
dades tan palmarias que , por último , las disi- 
dentes hubieron de reconocerlas. 

Otros motivos de irritación ayudaban á soli- 
viantar los ánimos. Escaseaban las consignas y 
la hoja tan pronto era quebradiza y seca, como 
podrida y húmeda. No, trabajo habían de pasar 



22§ LA TRIBUNA 



los que fumasen semejante veneno; pero las que 
lo manejaban también estaban servidas. Al ir á 
estirar la hoja para hacer las capas, en vez de 
extenderse, se rompía, y en fabricar un cigarro 
se tardaba el tiempo que antes en concluir dos; 
y para mayor ignominia, había que echarle re- 
miendos á la capa por el revés lo mismo que á 
una camisa vieja, lo cual era gran vergüenza 
para una cigarrera honrada y que sabe su obli- 
gación al dedillo. Las operarías alzaban los bra- 
zos ejecutando la desesperada pantomima po- 
pular, llevándose ambas manos á la cabeza, á 
la frente, al pecho, señalando con enérgicos 
ademanes el tabaco averiado é inútil , de impo- 
sible elaboración. Tan alteradas estaban, que 
al pasar las maestras les metían puñados de 
hoja en las narices, gritando que "olía á ber- 
zas,,; y, envalentonándose, lo hicieron también 
con los Inspectores, y si el Jefe se hubiese pre- 
sentado en los talleres , apostaban que con el 
Jefe repetirían la escena. En vano algunas 
maestras intentaron calmar el oleaje prometien- 
do, para el entrante mes, nuevas consignas: se- 
guían las turbulencias, porque aquel Gobierno 
maldito , no contento con enviarlas hoja de des- 
perdicio , para más , daba en la flor de no pa- 
garlas. Pasaban días y días sin que la cobranza 
se abriese, y las pobres mujeres, tímidamente 
al principio, después en voz alta y angustiosa, 
preguntaban á las maestras: "Y luego, ¿cuándo 
nos darán los cuartos?,, Fué en crescendo el. 
ru'n run y se c -revirtió, en formidable marejada. 
li\ instinto que impele á lo¿ amotinados á po- 



POR E. PARDO BAZÁN 



229 



nerse á las órdenes de alguien, aconsejó á las 
operarías del taller de cigarrillos arrimarse á 
Amparo buscando el calor de su tribunicia fra- 
se. Halláronse chasqueadas: Amparo no dió 
fuego. Oyó á todas y convino con ellas en que, 
efectivamente , era una picardía no pagarlas lo 
suyo; y, ventilado este punto, siguió liando pi- 
tillos, sin añadir arenga, excitación, sermón 
-político ni cosa que lo valiese. Admiradas 
se quedaron las turbas de semejante frial- 
dad. ¡Si pudiesen penetrar en lo íntimo del alma 
de Amparo , en aquellos inexplorados rincones 
donde quizás ella misma no sabía con total exac- 
titud lo que guardaba! ¡Si hubiesen visto brotar 
una figurita chica, chica , remotísima , como las 
que se ven con los anteojos de teatro cogidos á 
la inversa, pero que iba creciendo con rapidez 
asombrosa, y que en la nomenclatura interior 
de las ilusiones se llamaba señora de Sobrado/ 
¡ Si advirtiesen cómo esa señora, microscópica, 
aun vestida del color del deseo , iba avanzando, 
avanzando, hasta colocarse en el eminente pues- 
to que antes ocupaba la Tribuna, que se reti- 
raba al fondo envuelta en su manto de un rojo 
más pálido cada vez ! 

Atribuyóse á otras causas la indiferencia de 
la oradora. Amparo tenía los dedos listos y una 
boca no más que mantener; la crisis econó- 
mica no podía importarla tanto como á las que 
reunían seis hijos , tres ó cuatro hermanos , fa- 
milia dilatada , sin más recursos que el trabajo 
de una mujer. El tiempo corría, y en la tienda 
se cansaban de fiarlas; se veían perdidas; ¿cómo 



LA TRIBUNA 



salir del apuro ? ¡ A los angelitos no era cosa de 
darles á comer las piedras de la calle! Guar- 
diana, hablando de su sordo-muda, partía el co- 
razón; ella primero consentía morir, que privar 
á la niña de su cascarillita con azúcar y de su 
pan fresco de trigo ; si era preciso , pediría una 
limosna: no sería la primera vez; y al oir esto 
todas sus amigas la atajaron: ¡pedir limosna! 
¡ qué humillación para la Fábrica ! No ; se ayu- 
darían mutuamente, como siempre; las que es- 
taban mejor se rascarían el bolsillo para aten- 
der á las más necesitadas; y, en efecto, así se 
hizo, verificándose numerosas cuestaciones, 
siempre con fruto abundante. 

Cierto día se difundió por la Fábrica siniestro 
rumor: Rita de la Riberilla, una operaría, ha- 
bía sido cogida con tabaco. ¡Con tabaco! ¡Jesús, 
si parecía una santa aquella mujer chiquita, 
flaca, con los ojos ribeteados de llorar, que so- 
lía atarse á la cara un pañuelo negro á causa, 
quizá, del dolor de muelas! Pero algunas ciga- 
rreras, mejor informadas, se echaron á reir: 
¿dolor de muelas? ¡ya baja! Era que su marido 
la solfeaba todas las noches, y ella, por tapar 
los tolondrones y cardenales, se empañicaba 
así; también una vez se había presentado arras- 
trando la pierna derecha y diciendo que tenía 
reuma, y el reuma era un lapo atroz del esposo. 
Cuando llevaron á la culpable al despacho del 
Jefe, lo primero que hizo fué llorar sin respon- 
der; y al cabo, hostigada ya, asaeteada á pre- 
guntas, se resolvió á confesar que "su hombre,, 
la abría á golpes si no le llevaba todos los días 



POR E. PARDO BAZÁN 23 1 



tres cigarros de á cuarto... La Comadreja, con 
su carilla puntiaguda, cómicamente fruncida, 
remedaba á la perfección los entrecortados so- 
llozos, el hipo y las súplicas de la delincuente. 

—Tres cig...aaarros, señor menistrad...ooor, 
tres cig...aaaarros solo, que aún yo de aquí viva 
no saaal...ga si otra triste hilacha de taaab...aco 
apañé... que yo no lo hiiiice por cubicia, tan 
cierto como que Dios bendito está en los diiiivi- 
nos sielos, sino que el hombre me da con el for- 
món, que, perdonando la cara de usté, en una 
pierna me cortó la carne, que puedo enseñar la 
llaga, que aún no curó... Y él sólo quiere el ta- 
baco para fuuumar, que no es para vender ni 
hacer negocio... Y ahora yo pierdo el pan, y 
mis hijos también... Porque, escuche y perdo- 
ne; él me decía: ya que no traes cuartos hace 
un mes á la casa, tan siquiera trae cigarros, 
bribona... 

El taller entero, á vueltas de la risa que le 
causaba la graciosa mímica de Ana, rompió en 
exclamaciones de lástima: robar no estaba bien 
hecho , claro que no ; pero también hay que po- 
nerse en la situación de cada uno : ¿ cómo se ha. 
bía de gobernar la infeliz, si su marido la tundía 
y hacía picadillo con ella? ¡ Ay! ¡Dios nos libre 
de un mal hombre , de un vicioso ! En fin , no era 
razón dejar morir de hambre á los chiquillos de 
la Rita; la Fábrica daba limosna á bastantes 
pobres de fuera: con más motivo á los de den- 
tro ; y la maestra recorrió el taller con el delan- 
tal hecho bolsa, y llovieron en él cuartos, pe- 
rros y monedas de diferentes calibres en gran 



332 



LA TRIRUNA 



abundancia. Al llegar frente á Amparo, ésta 
tuvo un rasgo que fué aplaudidísimo y la con- 
quistó otra vez gran popularidad. Hacía ya una 
semana que la pitillera vivía del crédito, porque 
sus gastos de vestir la traían siempre atrasada; 
y cuando la cuestora se acercó á pedir , no te- 
nía la futura señora de Sobrado ni un ochavo 
roñoso en el bolsillo. Pero, cosa de un mes an- 
tes, había realizado uno de sus caprichos , com- 
prando con las economías , en otro tiempo des- 
tinadas á salvar á la Asamblea, un par de pen- 
dientes largos de oro bajo, que eran su orgullo: 
quitóselos sin vacilar, y los echó en el delantal 
de la maestra. Alzóse un clamoreo, una apro- 
bación ruidosa y vehemente, gritos agudos, vo- 
ces humedecidas por el llanto, bendiciones casi 
inarticuladas, y al punto dos ó tres objetos más 
de escaso valor, una sortija de plata, un dedal 
de lo mismo, vinieron despedidos desde las me- 
sas próximas , cayeron en el delantal y se mez- 
claron con la calderilla. 

Aquella tarde , al salir de los talleres , vieron 
las operadas, colgado cerca del quicio de la 
puerta, el cartel de rigor : 

" Habiendo sido cogida con tabaco en el acto 
del registro la operada del taller de cigarros 
comunes, Rita Méndez, del partido núm. 3, ran- 
cho 11 , queda expulsada para siempre de la Fá- 
brica. — El Administrador Jefe, Fulano de 
Tal. „ 

Colocadas á ambos lados de la escalera, las 
cuadrilleras vigilaban para que el despejo se 



POR E. PARDO BAZÁN 233 



hiciese con orden ; y sentadas ya en sus sillas* 
esperaban las maestras, más serias que de cos- 
tumbre, á fin de proceder al registro. Acercá- 
banse las operadas como abochornadas , y al- 
zaban de prisa sus ropas, empeñándose en que 
se viese que no había gatuperio ni contraban- 
do... Y las manos de las maestras palpaban y 
recorrían con inusitada severidad la cintura, el 
sobaco, el seno, y sus dedos rígidos, endureci- 
dos por la sospecha, penetraban en las faltri- 
queras, separaban los pliegues de las sayas..- 
Mientras, los bandos de mujeres iban saliendo 
con la cabeza caída — humilladas todas por el 
ajeno delito;— y el reloj antiguo de pesas, de tos- 
ca madera, pintado de color ocre con churri- 
guerescos adornos dorados , que grave y aus- 
tero como un juez adornaba el zaguán, dió las 
seis. 



XXX 



DÓNDE VIVÍA LA PROTAGONISTA 



El barrio de Amparo era de gente pobre; 
abundaban en él cigarreras, pescadores y 
pescantinas. Las diligencias y los carruajes, 
al cruzarlo por la parte de la Olmeda, lo llena- 
ban de polvo y ruido un instante , pero presto 
volvía á su mortecina paz aldeana. Sobre el 
parapeto del camino real que cae al mar, esta- 
ban siempre de codos algunos marineros , con 
gruesos zuecos de palo, faja de lana roja, gorro 
catalán; sus rostros curtidos, su sotabarba po- 
blada y recia, su mirar franco, decían á las 
claras la libertad y rudeza de la vida marí- 
tima; á pocos pasos de este grupo, que rara 
vez faltaba de allí, se instalaba, en la confluen- 
cia de la alameda y la cuesta, el mercadillo: 
cestas de marchitas verduras, pescados, maris- 
cos; pero nunca aves ni frutas de mérito. 

Lo más característico del barrio eran los chi. 
quillos. De cada casucha baja y roma, al lucir 



236 



LA TRIBUNA 



el sol en el horizonte, salía una tribu, una po- 
llada, un hormiguero de ángeles, entre uno y 
doce años, que daba gloria. De ellos los había 
patizambos, que corrían como asustados pal- 
mípedos; de ellos derechitos de piernas y ági- 
les como micos ó ardillas; de ellos bonitos como 
querubines, y de ellos horribles y encogidos 
como los fetos que se conservan en aguardien- 
te. Unos daban indicios de no sonarse los mo- 
cos en toda su vida , y otros se oreaban sin re- 
paro, teniendo frescas aún las pústulas de la 
viruela ó las ronchas del sarampión; á algunos, 
al través de las capas de suciedad y polvo que 
les afeaban el semblante, se les traslucía el car- 
mín de la manzana y el brillo de la salud; otros 
ostentaban desgreñadas cabelleras, que si aho- 
ra eran zaleas ó ruedos , hubieran sido suaves 
bucles cuando los peinaran las cariñosas manos 
de una madre. No era menos curiosa la indu- 
mentaria de esta pillería que sus figuras. Veían- 
se allí gabanes aprovechados de un hermano 
mayor, y tan desmesuradamente largos, que el 
talle besaba las corvas y los faldones barrían el 
piso , si ya un tijeretazo oportuno no los había 
suprimido; en cambio, no faltaba pantalón tan 
corto que, no logrando encubrir la rodilla, 
arregazaba impúdicamente descubriendo me- 
dio muslo. Zapatos, pocos, y esos muy estro- 
peados y risueños , abiertos de boca y endebli- 
llos de suela; ropa blanca, reducida á un jirón, 
porque , ¿quién les pone cosa sana para que lue- 
go se revuelquen en la carretera, y se den de 
mojicones todo el santo día, y se cojan á la 



POR E. PARDO BAZÁN 



2-37 



zaga de todos los carruajes, gritando: "¡Tralla* 
tralla ! „ 

De lo que ninguno carecía era de cobertera 
para el cráneo: cuál lucía hirsuta gorra de pelo, 
que le daba semejanza con un oso; cuál un agu- 
jereado fieltro sin forma ni color; cuál un ca- 
nasto de paja tejido en el presidio, y cuál un 
enorme pañuelo de algodón, atado con tal arte, 
que las puntas simulaban orejas de liebre. ¡ Oh, 
y qué cariño profesaban los benditos pilludos á 
aquella parte de su vestimenta! Antes se dejarían 
cortar el dedo meñique que arrancar la gorra ó 
el sombrero; nada les importaba volver á casa 
de noche sin una pierna del calzón ó sin un bra- 
zo de la chaqueta; pero con la cabeza descu- 
bierta, sería para ellos el más grave disgusto. 

Vivía el barrio entero en la calle, por poco 
que el tiempo estuviese apacible y la tempera- 
tura benigna. Ventanas y puertas se abrían de 
par en par, como diciendo que donde no hay no. 
importa que entren ladrones ; y en el marco de. 
los agujeros por donde respiraban trabajosa- 
mente los ahogados edificios, se asomaba ya 
una mujer peinándose las guedejas, y de la cual 
sólo distinguía el transeúnte la rápida aparición 
del brazo blanco y la obscura aureola del cabe- 
llo suelto; ya otra, remendando una saya vieja; 
ya lactando á un niño, cuyas carnes rollizas do- 
raba el sol; ya mondando patatas y echándolas, 
una á una, en grosera cazuela... Esta vecina 
atravesaba con la sella de relucientes aros ca- 
mino de la fuente; aquélla se acomodaba á sa- 
cudir un refajo ó á desocupar, mirando hacia 



238 



LA TRIBUNA 



todos lados con recelo, una jofaina; la de más 
acá salía con ímpetu á administrar una mano 
de azotes al chico que se tendía en el polvo ; la 
de más allá volvía con una pescada, cogida por 
las agallas, que se balanceaba y le flagelaba el 
vestido. Todas las excrecencias de la vida, los 
prosaicos menesteres que en los barrios opu- 
lentos se cumplen á sombra de tejado, salían 
allí á luz y á vistas del público. Pañales pobres 
se secaban en las cancillas de las puertas; la 
cuna del recién nacido , colocada en el umbral, 
se exhibía tan sin reparo como las enaguas de 
la madre... Y no obstante, el barrio no era tris- 
te; lejos de eso, los árboles próximos, el campo 
y mar colindantes , ló hacían por todo extremo 
saludable; el paso de los coches lo alborotaba; 
los chiquillos , piando como gorriones , le pres- 
taban por momentos singular animación; ape- 
nas había casa sin jaula de codorniz ó jilguero, 
sin alelíes ó albahaca en el antepecho de las 
ventanas; y no bien lucía el sol, las barricas de 
sardinas arenques, arrimadas á la pared y des- 
cubiertas, brillaban como gigantesca rueda de 
plata. 

Tampoco faltaban allí comercios que, aca- 
tando la ley que obliga á los organismos á adap- 
tarse al medio ambiente, se acomodaban á la 
pobreza de la barriada. Tiendecillas angostas, 
donde se vendían zarazas catalanas y pañuelos; 
abacerías de sucio escaparate, tras de cuyos 
vidrios un galán y una dama de pastaflora se 
miraban tristemente viéndose tan mosqueados 
y tan añejos, y las cajas tremendas de fósforos 



POR E. PARDO BAZÁN 



239 



se mezclaban con garbanzos, fideos amarillos, 
aleluyas y naipes; figones que brindaban al 
apetito sardinas fritas y callos; almacenes en 
que se feriaban cucharas de palo, cestería , cri- 
bas y zuecos: tal era la industria de la cuesta 
de San Hilario. Allí se tuvo por notable caso 
el que un objeto adquirido se pagase de presen- 
te , y el crédito , palanca del moderno comercio, 
funcionaba con extraordinaria actividad. Todo 
se compraba al fiado ; cigarrera había que tar- 
daba un año en saldar los chismes del oficio. 
Reinaba en el barrio cierta confianza, una es- 
pecie de comadrazgo perpetuo , un comunismo 
amigable : de casa á casa se pedían prestados, 
no solamente enseres y utensilios, sino "una 
sed,, de agua, "una nuez,, de manteca, "un chis- 
quito,, de aceite, "una lágrima,, de leche, "un 
nadita,, de petróleo. Avisábanse mutuamente 
¡as madres cuando un niño se escapaba, se des- 
calabraba ó hacía cualquier diablura análoga; 
y como el derecho de azotar era recíproco, las 
infelices criaturas estaban en peligro de ser va- 
puleadas por el barrio entero. 

Pronto se acostumbró la madre de Amparo á 
su nueva vecindad: teníala cama próxima á la 
ventana , y nadie pasaba por allí sin detenerse 
á conversar un rato... Las pescaderas la refe- 
rían sus lances, y la tullida compraba desde su 
lecho sardinas, pedía agua, oía chismes sinnú- 
mero, forjándose en cierto modo la ilusión de 
que tomaba el aire libre... Por lo que hace á 
Amparo, fué presto la reina del barrio: reían- 
se los marineros, abierta la boca de oreja á ore- 



240 



LA TRIBUNA 



ja, dilatando sus anchos semblantes de trito- 
nes, cuando la veían pasar; los carabineros 
del Resguardo la echaban flores... Casi todos 
manifestaron sentimiento al saber que "anda- 
ba „ con un oficial , un señorito de allá del barrio 
de Abajo. 



XXXI 



PALABRA DE CASAMIENTO 



Desde que tuvo secretos que confiar, por na- 
tural instinto Amparo se arrimó á la Coma- 
dreja más que á Guardiana. Esta andaba no sé 
cómo, medio enferma, con la paletilla caída, 
según decía; y por más que se la levantó una 
saludadora con los rezos y ensalmos de cos- 
tumbre, la paletilla seguía en sus trece, y la 
muchacha tristona, pensando en cómo queda- 
ban sus pequeños si se muriese ella. Hallaba 
Amparo en el semblante de Guardiana no sé 
qué limpidez, qué tranquilidad honesta, que la 
helaban en los labios el cuento de amores cuan- 
do iba á empezarlo ; al paso que Ana , con su 
nervioso buen humor, su cara puntiaguda re- 
bosando curiosidad, convidaba á hablar. Am- 
paro la tomó por confidente y hasta por com- 
pañera. Ana, viuda á la sazón de su capitán 
mercante , que andaba allá por Ribadeo , se 
prestó gustosa á ser, en cierto modo, la dueña 
guardadora de la Tribuna. Por su parte Balta- 
sar se apoderó de Borrén. Estaban aún los dos 
enamorados en el período comunicativo. 

16 



242 



LA TRIBUNA 



—¿Te dió palabra de casarse contigo ? — pre- 
guntaba á su amiga. 

— No cuadró que yo se la pidiese... Una vez, 
con disimulo , le indiqué algo... ¡ Si no fuese por 
la familia! ¡La madre, sobre todo, que es así! 

Y Amparo cerraba el puño. 

— ¡Bah! Ve tomando paciencia once añitos, 
como yo... ¡Y si después lo consigues!... 

— No, pues si no quiere casarse... me parece 
que le doy despachaderas. 

Ana notó, en estas bravatas, que se tambalea- 
ba el alcázar de la firmeza tribunicia. Desde 
entonces su curiosidad perversa la espoleó , y 
en cierto modo la halagó la idea de que to- 
das, por muy soberbias que fuesen, paraban en 
caer como ella había caído. Organizóse una es- 
pecie de sociedad compuesta de cuatro perso- 
nas: Amparo, Ana, Borrén y Baltasar; cada 
vez que celebraba sesión esta sociedad, ya se 
sabía que la Comadreja "cargaba,, con el ronco 
y galanteador Borrén. Entreteníale con pesa- 
das bromas, con todo género de indirectas y 
burletas , subrayadas por la risa de sus labios 
flacos , por el fruncimiento de su hocico de roe- 
dor. Ana sabía, como acostumbraba saberlo 
todo, la historia de Borrén, ó, por mejor de- 
cir, su carencia de historia; y este carácter in- 
ofensivo del incansable faldero daba pié á la 
Comadreja para crucificarle á puras chanzas, 
para clavarle mil alfileres , para abrasarle. La 
travesura de pilluelo vicioso que distinguía á 
Ana la sirvió para olfatear la horrible timidez, 
el pánico extraño que afligía á aquel hombre 



POR E. PARDO BAZAN 



H3 



tan pródigo de requiebros, tan aficionado al 
aroma del amor, y tan incapaz, por carácter, 
de gustarlo, como los soñadores que contem- 
plan la luna de descolgarla del firmamento. 
¡Pobre Borrén ! Desde el sarcasmo hasta la mal 
rebozada injuria, todo lo devoró con resigna- 
ción que podría llamarse angelical, si virtudes 
de este linaje negativo no fuesen más dignas 
del limbo que del cielo. 

Vestía la primavera de verdor y hermosura 
cuanto tocaba , y convidados por la amable es- 
tación, los cuatro socios acostumbraban apro- 
vechar las tardes de los días festivos, solazán- 
dose en los huertos que abundan en la vega ma- 
rinedina, dominada por el camino real. Pese á 
su temperamento calculador y enemigo del es- 
cándalo, Baltasar cedía á la vehemente codicia 
del aromático veguero, hasta el punto de acom- 
pañar en público á la muchacha, si bien con- 
cretándose á aquel apartado rincón de la ciu- 
dad. Hacíalo, sin embargo, con tales restriccio- 
nes, que Amparo se figuraba que le comprome- 
tía dejándose ver á su lado. 

En la vega se cultivaban hortalizas y algún 
maíz; pero la prosa de este género de labranza 
la encubría la estación primaveral , vistiéndola 
con apretada red de floración; la col lucía un 
velo de oro pálido; la patata estaba salpicada 
de blancas estrellas; el cebollino parecía llo- 
vido de granizo copioso ; las flores de coral del 
haba relucían como bocas incitantes, y en los 
linderos temblaban las sangrientas amapolas, 
y abría sus delicadas flores color lila el erizado 



244 



LA TRIBUNA 



cardo. Los sembrados de maíz, cuyos cotiledo- 
nes comenzaban á salir de la tierra, hacían de 
trecho en trecho cuadrados de raso verdegay. 
Sobre todo, un rincón había en la vega, donde 
la naturaleza , empeñada en vencer con su es- 
pontaneidad los artificios de la horticultura, 
lograba juntar, alrededor de un rústico pozo 
que suministraba muy fresca agua , dos ó tres 
olmos más anchos que copudos, un grupo gra- 
cioso de mimbres, heléchos y escolopendras, 
un rosal silvestre, algo, en fin, que rompía la 
uniformidad de la hortaliza. Aquel paraje era 
el favorito de Amparo y Baltasar, sobre todo 
desde que al lado , en los fresales , cuajados de 
flor blanca, empezaba á madurar el rojo fruto. 
El día de San José , Baltasar consiguió ya reco- 
ger para la muchacha media docena de fresas 
en una hoja de col. Hasta mediados de Abril 
aumentó la cosecha de fresilla ; á principios de 
Mayo comenzaba á disminuir , y escasearon 
los fresones de pulpa azucarosa, que tan sua- 
vemente humedecían la lengua. Un domingo 
del hermoso mes , hallándose reunida la partie 
carrée en la huerta á pretexto de fresas, ya 
á duras penas se rastreaba alguna escondida 
entre las hojas y gulusmeada de babosas y ca- 
racoles. 

— Don Enrique — exclamaba Ana dirigiéndo- 
se á Borrén — ¿cuántas ha cogido V. ya? ¿Una 
y media? A ese paso, dentro de quince días 
las probaremos. No sirve V.... ni para coger 
fresas. 

— ¿Cómo que no? Mire V. una preciosa que 



POR E. PARDO BAZÁN 



245 • 



pillé ahora mismo... Le digo á V., Anita, que 
sirvo para el caso. 

— ¿A ver? ¡Eso es lo que V. encuentra! Co- 
mida de bicharracos... ¡Uuuuy ! 

— ¿Qué pasa?— exclamó solícito Borrén. 

— ¡Un babosón! — chilló ratonilmente Ana, sa- 
cudiendo los dedos y disparando el glutinoso 
animalucho al rostro de Borrén, que se pasó 
apaciblemente el pañuelo por las mejillas, 
amenazando á la Comadreja con la mano. 

Amparo y Baltasar estaban un poco más des- 
viados, y cerca del pozo que sombreaban los 
árboles. Picaban por turno las pocas fresas que 
tenía Amparo en el regazo sobre una hoja de 
berza. Las habían recogido juntos, y al hacer- 
lo, sus manos trémulas y ávidas se encontraron 
entre el follaje. 

— ¡En... dejar algunas! — les gritaba inútil- 
mente Ana. 

Amparo comía sin saber qué, por refrescarse 
la boca, donde notaba sequedad y amargor. 
Borrén miraba paternalmente al grupo, con 
ojos lánguidos de carnero á medio morir. La 
Tribuna pedía cuentas; Baltasar estaba por 
todo extremo obediente y cortés. 

— ¿Conque no fué V. á las Flores de María? 

— No, mujer... por quien soy que no fui. ¿No 
ves? Hoy es domingo; estarán llenas de gente 
las Flores , y el paseo brillante , con música y 
todo; y yo no pienso poner los piés en él. 

— Los días de fiesta... ¡vaya que! Sólo falta- 
ba... es el único día que uno tiene libre; y se 
habia V. de ir al paseo! ¿Pero ayer? ¿No entró 



246 



LA TRIBUNA 



V. ayer en San Efrén? ¿No cantaba la de García? 

— ¡Para lo bien que canta, hija! Parece un 
grillo. 

—Pues ella dicen que se alaba de que va allí 
toda la oficialidá por oiría. 

—Alabará... ¿qué sé yo? Si no la veo hace 
mil años... Esa fresa es mía — exclamó arreba- 
tando una que Amparo llevaba á sus labios. 
Ella se la dejó robar, confusa, ruborizada y sa- 
tisfecha. 

— Y á su casa... ¿tampoco va V. ? 

— Tampoco... no seas celosa, chica. ¿Por qué 
hemos de hablar siempre de la de García , y no 
de ti? ¡De nosotros!— añadió con expresión de 
contenida vehemencia. Sintió la muchacha como 
una ola de fuego que la envolvía desde la plan- 
ta de los piés hasta la raíz del cabello , y des- 
pués un leve frío que le agolpó la sangre al co- 
razón. Borrén se aproximó á la amante pareja, 
abriendo las manos llenas de tierra y de fresas 
despachurradas. 

—Ya me duelen los ríñones de andar á gatas 
—dijo. — Podíamos merendar... si á Vds. no les 
molesta, pollos. 

— Por mí... — murmuró Amparo. Ana se acer- 
caba también, trayendo una servilleta anuda- 
da, que desató y tendió sobre el brocal del 
pozo. Reducíase la merienda á unos pastelillos 
de dulce y una botella de moscatel, regalo de 
Baltasar. Fuéles preciso beber por un mismo 
vaso, único que había, y Ana, que era asqui- 
llosa y aprensiva , prefirió echar tragos por la 
botella, sin recelo de cortarse con los agudos 



POR E. PARDO BAZÁN 



247 



cristales del roto gollete. Sus carrillos chu- 
pados se colorearon, su lengua se desató más 
que de costumbre; y por vía de diversión em- 
pezó á coger tierra á puñados y á esparcirla por 
la cabeza de Borrén. Después, levantándose, 
le propuso que "hiciese el remolino,,. Borrén 
no quería, ni á tres tirones; pero la Comadreja 
le asió de las manos , estribó en las puntas de 
los piés, muy juntas y arrimadas á las de su 
pareja, y echando el cuerpo atrás y dejando 
caer la cabeza hacia la espalda, empezó á gi- 
rar, con gran lentitud al principio; poco á poco 
fué acelerando el volteo, hasta imprimirle ver- 
tiginosa rapidez. Cuando pasaba se veían un 
punto sus pómulos encendidos , sus ojos vagos 
y extraviados, su boca pálida, abierta para res- 
pirar mejor, su garganta espasmodizada, rígi- 
da; mas no tardaba ni medio segundo en pre- 
sentarse la asustada faz de Borrén, que se de- 
jaba arrastrar sin que acertase á decir más pa- 
labra que "por Dios.... por Dios...,, con no fin- 
gida congoja. De repente se detuvo la peonza 
humana, con brusco movimiento , y se oyó un 
grito gutural. Ana se aplanó en el suelo. 

Al ir á socorrerla, notó Amparo que ya no 
estaba sonrosada, sino del color de la cera, y 
que se la veía el blanco de los ojos. Baltasar 
subió precipitadamente el cubo del pozo , y casi 
lleno se lo volcó encima á la mareada Coma- 
dreja. Frotáronla mucho los pulsos y las sie- 
nes con el fresco líquido, y al fin la pupila fué 
bajando al globo de la córnea, mientras el pe- 
cho se dilataba con ruidoso suspiro. Dos minu- 



248 



LA TRIBUNA 



tos después estaba Ana en pié; pero quejándose 
de la cabeza, del corazón; declarando que tenía 
los huesos rotos , que se moría de frío ; todo en 
voz tan baja y lastimera, que nadie la tomaría 
por la petulante moza de antes del desmayo. 

—Mujer, vente á mi casa, te daré ropa seca 
—dijo Amparo. 

—No , á la mía, á la mía... El cuerpo me pide 
cama. 

—Duermes conmigo. 

—No, á mi casita — insistió la abatida Coma- 
dreja.— Si va conmigo una ñebre, quiero estar 
en mis reales. Ea, adiós. 

—Toma mi mantón siquiera— porfió la Tri- 
buna. 

—Bueno, venga... ¡Brr! Estoy hecha una 
sopa. 

Y Ana, saludando con su esqueletada mano, 
ademán que indicaba un resto de intención fes. 
tiva que aún retoñaba en ella, tomó el sendero 
que conducía al camino real. Entonces Baltasar 
miró á Borrén fijamente, con ojos expresivos, 
más claros y categóricos que palabra alguna. 
Hay que decir — en abono del confidente univer- 
sal—que titubeó. Sin alardear de moralista, bien 
puede un hombre blanco , que viste uniforme y 
peina barbas, encontrar que ciertos papeles son 
desairados y tontos. Una cosa es hablar, acom- 
pañar, animar, y otra... Por lo menos así pen- 
saba Borrén, que más tenía de sandio remata- 
do que de perverso. Y no obstante su repulsión, 
no supo resistir á la segunda ojeada, coerciti- 
va al par que suplicante, del amigo. Bebió la 



POR E. PARDO BAZÁN 



249 



hiél hasta las heces, y echó tras la Comadreja 
pisando aturdidamente coles y maíz tierno. 

—Espere V., Anita, que la acompaño...— 
murmuraba. — Espere V...; puede ocurrírsele á 
V. algo. 

Encogióse de hombros Ana, y acortó el paso 
para dejar que se uniese Borrén. Emparejaron 
y caminaron en silencio por la carretera ; Ana 
con los labios apretados y algo escalofriada y 
temblorosa, á pesar de ir muy arropada en el 
mantón. Al llegar á la entrada de la ciudad , la 
cigarrera se volvió y midió á Borrén con des- 
preciativa ojeada de piés á cabeza. 

— ¿Se la ocurre á V. alguna cosa? — preguntó 
él medio desvanecido aún, con ronquera que 
rayaba en afonía. 

—Nada— respondió ella bruscamente. — Y des- 
pués , fijando en los de Borrén sus ojuelos ver- 
des:— D. Enrique — añadió — ¿sabe V. lo que 
venía pensando? 

—Diga V.... 

— Que es V. una alhaja. 

—¿Por qué me dice V. eso, bella Anita?— pro- 
nunció ya afablemente Borrén, que al verse en- 
tre gentes y en calles transitadas había reco- 
brado su aplomo. 

—Porque... que uno se marche cuando enfer- 
ma. . ¡Pero V.! Pero ¡qué hombres! —articuló 
con ira.— ¡Si aunque se acabase la casta... no se 
perdía tanto así! Vaya, abur... que estoy medio 
trastornada y me da poco gusto ver gente. 

—Iré con V. por si... 

—¿V.?— murmuró ella entre irónica y desde- 



250 



LA TRIBUNA 



ñosa.— ¿Para qué? Abur, abur; ¡que si lo ven 
con una muchacha de mi clase ! Abur. 

Y la Comadreja se escurrió por una callejue- 
la, dejando á Borrén sin saber lo que le pa- 
saba. 

Cuando Baltasar y la oradora se quedaron 
solos , la tarde caía , no apacible y glacial como 
aquella de Febrero , sino cálida , perezosa en 
despedirse del sol; nubes grises, pesados cirros 
se amontonaban en el cielo; el mar, picado y 
verdoso, mugía á lo lejos, y una franja de topa- 
cio orlaba el horizonte por la parte del Ponien- 
te. Afnparo tuvo un instante de temor. 

—Me voy á mi casa — dijo levantándose. 

—¡Amparo... ahora no! — pronunció con supli- 
cantes inflexiones en la voz Baltasar. — No te 
marches, que estamos en el paraíso. 

La Tribuna, paralizada, miró en derredor. 
Mezquino era el paraíso en verdad. Un cuadro 
de coles, otro de cebollas, el fresal polvoroso, 
hollado por los piés de todo el mundo; los olmos 
bajos y achaparrados, los acirates llenos de 
blanquecinas ortigas, el pozo triste con su re- 
chinante polea; mas estaban allí la juventud y 
el amor para hermosear tan pobre edén. Sonrió 
la muchacha, posando blandamente en Balta- 
sar sus abultados ojos negros. 

—¿Por qué quieres escaparte, vamos? — inte- 
rrogó él con dulce autoridad.— Si te escapas 
siempre de mí, si parece que te doy miedo, no 
tendrá nada de extraño que yo me vaya tam- 
bién al paseo, ó adonde se me ocurra. Ya lo sa- 
bes.— Y acercándose más á ella, abrasándola el 



POR E. PARDO BAZÁN 



251 



rostro con su anhelosa respiración: — ¿Me, voy- 
ai paseo? — preguntó. 

Amparo hizo un movimiento de cabeza que 
bien podía traducirse así:— No se vaya V. de 
ningún modo. 

—Me tratas tan mal... 

—¿V. qué quiere que haga? 

—Que te portes mejor... 

—Pues hablemos claro— exclamó ella, sacu- 
diendo su marasmo y apoyándose en el brocal 
del pozo. 

La roja luz del ocaso la envolvió entonces, 
su rostro se encendió como un ascua , y por 
segunda vez le pareció á Baltasar hecha de 
fuego. 

— Di, hermosa... 

— V.... quiere comprometerme... ¡quiere con- 
ducirse como se conducen los demás con las 
muchachas de mi esfera! 

—No por cierto, hija; ¿de dónde lo sacas? No 
pienses tan mal de mí. 

— Mire V. que yo bien sé lo que pasa por el 
mundo... mucho de hablar, y de hablar, pero 
después... 

Baltasar cogió una mano, que trascendía á 
fresas. 

—Mi honor , D. Baltasar, es como el de cual- 
quiera, ¿sabe V.? Soy una hija del pueblo; pero 
tengo mi altivez... por lo mismo... Conque... ya 
puede V. comprenderme. La sociedá se opone 
á que V. me dé la mano de esposo. 

—¿Y por qué? — preguntó con soberano des- 
parpajo el oficial. 



252 LA TRIBUNA 



—¿Y por qué?— repitió la vanidad en el fondo 
del alma de la Tribuna. 

—No sería yo el primero , ni el segundo , que 
se casase con... Hoy no hay clases... 

—Y su familia... su familia... ¿piensa V. que 
no se desdeñarían de una hija del pueblo ? 

— ¡Bah!... ¿qué nos importa eso? Mi familia es 
una cosa, yo soy otra— repuso Baltasar impa- 
ciente. 

—¿Me promete V. casarse conmigo ?— mur- 
muró la inocentona de la oradora política. 

—¡Sí, vida mía!— exclamó él, sin fijarse casi 
en lo que le preguntaban , pues estaba resuelto 
á decir amén á todo. 

Pero Amparo retrocedió. 

—¡No, no!— balbució, trémula y espantada.— 
No basta el jarabe de pico... ¿Me lo jura V.? 

Baltasar era joven aún y no tenía temple de 
seductor de oficio. Vaciló , pero fué obra de un 
instante; carraspeó para afianzar la voz y ex- 
haló un 

—Lo juro. 

Hubo un momento de silencio en que sólo se 
escuchó el delgado silbo del aire cruzando las 
copas de los olmos del camino y el lejano que- 
jido del mar. 

—¿Por el alma de su madre? ¿por su condena- 
ción eterna? 

Baltasar, con ahogada voz, articuló el per- 
jurio. 

—¿Delante de la cara de Dios?— prosiguió 
Amparo ansiosa. 
De nuevo vaciló Baltasar un minuto. No era 



POR E. PARDO BAZÁN 



253 



creyente macizo y fervoroso como Amparo, 
pero tampoco ateo persuadido; y sacudió sus 
labios ligero temblor al proferir la horrible 
blasfemia. Una cabeza pesada, cubierta de pelo 
copioso y rizo, descansaba ya sobre su pecho, y 
el balsámico olor de tabaco que impregnaba á 
la Tribuna le envolvía. Disipáronse sus escrú- 
pulos y reiteró los juramentos y las promesas 
más solemnes. 

Iba acabando de cerrar la noche, y un cuarto 
de amorosa luna hendía como un alfanje de pla- 
ta los acumulados nubarrones. Por el camino 
real, mudo y sombrío, no pasaba nadie. 



XXXII 



LA TRIBUNA SE FORJA ILUSIONES 



En los primeros tiempos, Baltasar, embria- 
gado por el aroma del cigarro, se mostró 
asiduo , olvidó su habitual reserva y obró como 
si no temiese la opinión del mundo ni de su fa- 
milia. Es cierto que en el barrio apartado don- 
de Amparo moraba no era fácil que le viesen 
las gentes de su trato ; no obstante , alguna vez 
tropezó con conocidos en ocasión de ir acom- 
pañando á la muchacha. Fuese por esta razón 
ó por otras, no tardó en buscar lugares más 
recónditos para las entrevistas, adonde cada 
cada cual iba por su lado, no reuniéndose has- 
ta estar al abrigo de ojos indiscretos. Uno de 
estos sitios era una especie de merendero uni- 
do á una fábrica de gaseosa , bebida muy favo- 
rita de las cigarreras. Ante la mesa de tosca 
piedra, roída por la intemperie, se sentaban 
Baltasar y Amparo , y allí les traían botellas de 
cerveza ó de gaseosa, cuyo alegre taponazo 
animaba de tiempo en tiempo el diálogo. Una 
parra tupida les prestaba sombra ; algunas ga- 



256 LA TRIBUNA 



llinas picoteaban los cuadros de un mezquino 
jardín; el lugar era silencioso, parecido á un 
gabinete muy soleado, pero oculto. Por entre 
las hojas de vid se filtraban los rayos del sol, y 
caían á veces, en movibles gotas de luz , sobre 
el rostro de Amparo , mientras Baltasar la con- 
templaba, admirando involuntariamente cier- 
tas gracias y perfecciones de su rostro hechas 
para ser vistas de cerca, como la delicada red 
de venas que obscurecía sus párpados , las si- 
nuosidades de su diminuta oreja , la nitidez del 
moreno cutis , donde la luz se perdía en medias 
tintas de miel , la caliente riqueza del color ju- 
venil, la blancura de los dientes, la abundancia 
del cabello. Duró este inventario minucioso al- 
gún tiempo, al cabo del cual, Baltasar, habien- 
do aprendido de memoria estas y otras parti- 
cularidades , y hablado con la Tribuna de todo 
lo que se podía hablar con ella, empezó á en- 
contrar más largas las horas. Escaseó las vi- 
sitas al merendero, limitándolas á los días 
festivos , y mientras Amparo le elaboraba á 
mano los cigarrillos que acostumbraba á con- 
sumir , él leía , arrancando al pitillo recién lia- 
do nubes de humo. No sabiendo qué hacer, 
quiso enseñar á Amparo cómo se fumaba, á lo 
cual ella se prestó con repugnancia, alegando 
que las cigarreras no fuman , que casualmente 
están " hartas de ver tabaco „ , y que éste sólo 
es bueno para ponerse parches en las sienes 
cuando duele la cabeza. Discurriendo medios 
de entretenerse, Baltasar trajo á Amparo al- 
guna novela para que se la leyese en voz alta; 



POR E* PARDO BAZÁN 



257 



pero era tan fácil en llorar la pitillera así que 
los héroes se morían de amor ó de otra enfer- 
medad por el estilo, que convencido el oficial 
de que se ponía tonta, suprimió los libros. En 
suma, Baltasar y Amparo se hallaron como 
dos cuerpos unidos un instante por la afinidad 
amorosa, separados después por repulsiones 
invencibles, y que tendían incesantemente á 
irse cada cual por su lado. 

Para colmo de aburrimiento, reparó Baltasar 
que, al paso que él aspiraba á ocultar diestra- 
mente su aventura, Amparo, que ya tenía 
puesta toda su esperanza en las falaces pala- 
bras y en el compromiso creado por el seduc- 
tor , se perdía porque les viesen juntos, por- 
que la publicidad remachase el clavo con que 
imaginaba haberle fijado para siempre. Quería 
ostentarle, como Ana ostentaba su capitán 
mercante; quería que la familia de Sobrado su- 
piese lo que sucedía y rabiase, y que la de 
García, la orgullosa damisela, se enterase 
también de que Baltasar la dejaba por la Tri- 
buna; ¡por la Tribuna! Quemadas ya las naves, 
á Amparo la convenía armar bulla, tanto como 
á Baltasar guardar silencio. De esta diversa 
disposición de ánimo nacieron las primeras re- 
yertas, leves y cortas aún, de los dos amantes, 
reyertas que al principio sirvieron de diver- 
sióná Baltasar, porque á veces hasta la contra- 
riedad distrae. Al menos, mientras duraban, 
no venía el importuno bostezo á descoyuntar 
las mandíbulas. Peor sería hablar de política, 
conversación que Baltasar había prohibido y á 

i7 



2 5 8 



LA TRIBUNA 



la cual la Tribuna se manifestaba más aficiona- 
da de algún tiempo á esta parte. 

No era del todo sistemática la conducta de 
Amparo al buscar publicidad en sus amoríos; 
su carácter la impulsaba á ello. Superficial y 
vehemente, gustaba de apariencias y exterio- 
ridades ; la lisonjeaba andar en lenguas y ser 
envidiada, nunca compadecida. El día que dio 
sus pendientes de oro para la Rita, no la que- 
daba en casa un ochavo, y por pueril orgu- 
llo dijo á todas que tenía dinero, amenguando 
así el valor de su noble rasgo. Ahora , durante 
sus relaciones con Baltasar, trabajaba más que 
nunca y se vestía lo mejor posible, para hacer 
creer que el señorito de Sobrado era con ella 
dadivoso. Se regocijaba interiormente de que 
la sostuviesen sus ágiles dedos , mientras el 
barrio la envidiaba larguezas que no recibía; es 
más, que rechazaría con desdén si se las ofre 
cieran. Su vanidad era doble : quería que el pú- 
blico tuviese á Baltasar por liberal, y que Bal- 
tasar no la tuviese á ella por mercenaria. Y 
Baltasar, si pagaba la gaseosa, los pastelillos, 
alguna vez las entradas del teatro, en lo demás 
se mostraba digno heredero y sucesor de doña 
Dolores Andeza de Sobrado. Nunca pensó ó 
nunca quiso pensar (que hasta á esto del pen- 
sar sobre una cosa suele determinarse la vo- 
luntad libremente) en lo que comería aquella 
buena moza, si sería caldo ó borona , si bebe- 
ría agua clara, y cómo se las compondría para 
presentársele siempre con enagua almidonada 
y crujiente, bata de percal saltando de limpia, 



POR E. PARDO BAZÁN 



259 



botitas finas de rusel, pañuelo nuevo de seda. 
El cigarro era aromático y selecto; ¿qué le im- 
portaba al fumador el modo de elaborarlo? 

Entre tanto, Amparo disfrutaba viendo la 
rabia de sus rivales en la Fábrica, la sonrisilla 
de Ana, las indirectas, los codazos, la atmós- 
fera de curiosidad que se condensaba en torno 
de su persona, llegando á tanto su desvaneci- 
miento, que se hacía á sí propia regalos miste- 
riosos para que creyese la gente que procedían 
de Sobrado ; se prendía en el pecho ramilletes 
de flores, y hasta llegó á adquirir una sortija 
de plata con un corazón de esmalte azul , por el 
retegustazo de que la supusieran fineza de Bal- 
tasar. Cuando le preguntaban si era cierto que 
se casaba con un señorito, sonreía, se hacía la 
enojada como de chanza, y fingía mirar disi- 
muladamente la sortija... ¡Casarse! ¿Y por qué 
no? ¿No éramos todos iguales desde la revolu- 
ción acá? ¿No era soberano el pueblo? Y las 
ideas igualitarias volvían en tropel á dominar- 
la y á lisonjear sus deseos. Pues si se había he- 
cho la revolución, y.la Unión del Norte , y todo, 
sería para que tuviésemos igualdad, que si no, 
bien pudieron las cosas quedarse como esta- 
ban... Lo malo era que nos mandase ese rey 
italiano, ese Macarronini, que daba al traste 
con la libertad... Pero iba á caer, y ya no ca- 
bía duda, llegaba la república. 

Con estos pensamientos entretenía las horas 
de trabajo en la Fábrica. A cada pitillo que en- 
rollaba, al suave crujido del papel, una Cándi- 
da esperanza surgía en su corazón. Cuando ella 



260 



LA TRIBUNA 



fuese señora no había de portarse como otras 
altaneras, que estuvieron allí liando cigarros lo 
mismo que ella, y ahora, porque arrastraban 
seda, miraban por cima del hombro á sus ami- 
gas de ayer. ¡Quiá! Ella las saludaría en la 
calle, cuando las viese, con afabilidad suma. 
Por lo que hace á recibirlas de visita... eso, se- 
gún y conforme dispusiese su marido ; pero, 
¿qué trabajo cuesta un saludo? A Ana pensaba 
enseñarla su casa. ¡Su casa! ¡Una casa como 
la de Sobrado, con sillería de damasco carme- 
sí, consola de caoba, espejo de marco dorado, 
piano, reloj de sobremesa y tantas bujías en- 
cendidas ! Y Amparo, cerrando los ojos , creía 
sentir en el rostro el frío cierzo de la noche de 
Reyes... Cuando entraba descalza en el portal 
de Sobrado á cantar villancicos, ¿imaginó que 
se enamorase de ella Baltasar? Pues así como 
había sucedido esto, lo otro... 

No obstante, dentro de la Fábrica misma 
hubo escépticas que auguraron mal de los en- 
redos en que se metía Amparo. ¡Casarse, ca- 
sarse! Pronto se dice; pero del dicho al hecho... 
¿Regalos? ¡Vaya unos regalos para un hijo de 
Sobrado! ¡Sortijas de plata, ramos de á dos 
cuartos! ¡Bah, bah! Ya se sabía en lo que pa- 
raban ciertas cosas. Aunque sordos , estos ru- 
mores no fueron tan disimulados que no llega- 
sen hasta la interesada, y unidos á otras peque- 
neces que ella observaba también, empezaron á 
clavarla en el alma el dardo de los más crueles 
recelos. Baltasar enfriaba á ojos vistas : á cada 
paso mostraba más cautela , adoptaba mayores 



POR E. PARDO BAZÁN 



26l 



precauciones, descubría más su carácter pre- 
visor y el interés en esconder su trato con la 
muchacha, como se oculta una enfermedad hu- 
millante. Mostrábase aún tierno y apasionado 
en las entrevistas ; pero se negaba obstinada- 
mente á acompañar á Amparo dos pasos más 
allá de la puerta. 

Todo lo referido lo notó desde su cama la pa- 
ralítica, que se hallaba sumamente inquieta y 
quejosa por varias razones: entre otras, porque 
desde que Amparo gastaba cuanto ganaba en 
botas nuevas y enaguas bordadas, ella se veía 
privada de algunas comodidades y golosinas 
que no la escatimaban antes. Malo era que su 
hija se perdiese, y malo también que, tratando 
con señores, en vez de traer dinero á casa, se 
empeñase, y tuviese que pasarse las noches 
haciendo pitillos de encargo para poder comer. 
¡Y mucho de flores! ¡Y mucho de chambras con 
puntillas ! ¡ Qué necesidad ! 

Confidente de estas lamentaciones era Chin- 
to, que solía venir á pasearse con la tullida lar- 
gas horas al salir del trabajo, desde que supo 
cuán propicia se había mostrado á su preten- 
sión matrimonial. Aún volvía la vieja á la car- 
ga de tiempo en tiempo, y hablaba de Chinto 
á su hija; él no sería fino ni buen mozo, pero 
era un burro de carga, un lobo para el trabajo 
y un infeliz. Autorizada, sin duda, portan bue- 
nas intenciones, la paralítica disponía de Chinto 
como de un yerno. Una vez, cuando empezó á 
escasear el dinero, rogóle que "fuese por seis 
cuartos de azúcar para la cascarilla á la tienda 



2Ó2 



LA TRIBUNA 



de la esquina, que ya serían abonados,,. El mozo 
salió y volvió con un cucurucho de papel de es- 
traza henchido de azúcar moreno ; del pago no 
se habló más. Otro día se encargó de tomar un 
décimo para el próximo sorteo; la vieja, por 
tranquilizar su conciencia de empedernida ju- 
gadora, dijo que si "le caía,, partirían como bue- 
nos amigos. Pocq á poco, y ayudando á ello lo 
lo muy distraída que andaba Amparo , volvió 
Chinto á amarrarse al antiguo yugo, á obede- 
cer ciegamente á la despótica voz de la tullida; 
hízola los recados, la arregló el cuarto, la trajo 
remedios, la dió unturas. Y no quiere decir esto 
que la pobre mujer se propusiese deliberada- 
mente explotar al mozo, sino que , á su edad y 
en su estado, ciertos cuidados y mimos son tan 
necesarios como el aire respirable. 

Curioso espectáculo en verdad el que ofrecía 
Chinto, descolorido, flaco, casi harapiento, cui- 
dando de aquella mujer que no era su madre, 
que siempre le había tratado con dureza ; y 
mientras él mondaba las patatas para el caldo 
del día siguiente, ó mullía el jergón de la impe- 
dida, Amparo regresaba, á la plateada luz de 
la luna de verano, que prolongaba sobre la ca- 
rretera de la Olmeda la sombra de los majes- 
tuosos árboles, de alguna cita en lugares es- 
condidos, en los solitarios huertos ó en el de- 
sierto camino del cerro de Aguasanta. 



XXXIII 



LAS HOJAS CAEN 



conteció que, cuando ya se aproximaba el 



otoño, la paralítica llamó á Amparo á la 



cabecera de su lecho, con tono y ademanes sin- 
gulares, murmurando sordamente: 

— Acércate aquí, anda. 

Amparo se acercó con la cabeza baja. La ma- 
dre extendió la mano, la cogió violentamente 
la barbilla para que alzase el rostro, y con voz 
aguda y terrible gritó: 

— ¿Y ahora? 

Calló la hija. Constábale que la persona que 
la interrogaba así había vivido largos años or- 
gullosa de su matrimonio legítimo, de su ho- 
nestidad plebeya, de su marido trabajador, de 
que en la Fábrica los citasen á entrambos por 
modelo de familia unida, de que en cierta oca- 
sión el Jefe hubiese proferido palabras honro- 
sas para ella, llamándola mujer "formal y de 
bien,,. Amparo lo sabía, y por eso callaba. Re- 
petidas veces la paralítica la diera consejos, 
haciendo funestos vaticinios , que se cumplían 
al fin. Incorporada á medias sobre la cama, con- 




264 



LA TRIBUNA 



centrando en los ojos la vida furiosa de su cuer- 
po , repitió la madre , con desprecio y con ira: 
—¿Y ahora? 

Amparo permaneció pálida é inmóvil. La tu- 
llida sintió un hormigueo en la palma de la 
mano , y la estampó ruidosamente en la mejilla 
de su hija, que se tambaleó , retrocedió escon- 
diendo el rostro , y se fué á sentar en la silla 
más próxima. 

— ¡Sin vergüenza, raída, eso de mí no lo 
aprendistes! —vociferó la enferma, algo des- 
ahogada ya después del bofetón. — No respondió 
nada la oradora, que diera entonces de buen 
grado su popularidad, y hasta el advenimiento 
de la ideal república, por hallarse siete estados 
debajo de tierra. No obstante, se sorbió estoica- 
mente las lágrimas abrasadoras que asomaban 
á sus ojos , y , abatida , reconociendo y acatando 
la autoridad maternal , balbució : 

—Me ha dado palabra de casamiento. 

— ¡Y te lo creíste ! 

— No sé por qué no. .. — exclamó la muchacha 
con acento más firme ya. — Yo soy como otras, 
tan buena como la que más... hoy en día no es- 
tamos en tiempos de ser los hombres desigua- 
les... hoy todos somos unos, señora... se acaba- 
ron esas tiranías. 

Meneóla cabeza la paralítica, con la tenaz 
desconfianza de los viejos indigentes que nunca 
han visto llover del cielo torreznos asados. 

— El pobre, pobre es — pronunció melancóli- 
camente... — Tú te quedarás pobre, y el seño- 
rito se irá riendo... — Y á esta idea, sintiendo 



POR E. PARDO BAZÁN 



% 

26$ 



renacer su furor, chilló : —Sácateme de delan- 
te, indina, que te mato: si te dieron palabras, 
que te las cumplan. 

Amparo se agachó , y salió temblando. A so- 
las , recobró energía , y calculó que tal vez ha- 
cía mal en desesperarse; acaso su mala ventu- 
ra sería un lazo más que acabase de unir á Bal- 
tasar con ella para siempre. Sí; no podía suce- 
der de otro modo, á menos que tuviese entrañas 
de tigre. 

Esperó con afán el domingo, día de cita en el 
merendero de la gaseosa. Madrugó; llegó mu- 
cho antes que Baltasar. El otoño iba despojando 
á la parra de su pomposo follaje recortado , y 
los nudosos sarmientos parecían brazos de es- 
queleto mal envueltos en los jirones de púrpura* 
de las pocas hojas restantes. Algún racimo ne- 
greaba en lo alto. En unas tinas viejas arrima- 
das al banco de piedra, había botellas vacías 
que semejaban embarcaciones náufragas vara- 
das en el arenal. Amparo sentía mucho frío 
cuando Baltasar llegó. 

Sentóse éste al lado de la muchacha, que le 
presentó un paquete de sus cigarrillos predi- 
lectos, emboquillados, bastante largos, liados 
con gran esmero. Baltasar tomó uno y lo encen- 
dió, chupándolo nerviosamente con rápidas as- 
piraciones. Toda mujer prendada de un hombre 
llega á conocer por sus movimientos más leves, 
por los actos que distraída y casi mecánicamen- 
te ejecuta, el talante de que está. Amparo sabía 
que cuando Baltasar fumaba asi , no se distin- 
guía por lo jocoso y afable. Como la luz del sol 



266 



LA TRIBUNA 



no hallaba obstáculos para filtrarse al través de 
la deshojada parra, el rostro del mancebo, ba- 
ñado de claridad, parecía duro y anguloso; su 
bigote, blondo á la sombra, tenía ahora un do- 
rado metálico; sus ojos zarcos miraban con 
glacial limpidez. La pobre Tribuna, tan intré- 
pida cuando peroraba, se halló del todo cortada 
y recelosa , y creyó sentir que le anudaban la 
garganta con dogal. Esperó en vano una ex- 
pansión, una caricia dulce y apasionada, que 
no vino. Baltasar se callaba cosas muy buenas, 
y seguía taciturno. De cuando en cuando el so- 
plo de las ráfagas otoñales desprendía una de 
las postreras hojas de vid, que caía arrugada 
y amarillenta sobre la mesa de granito, entre 
los dos amantes, produciendo un ruidito seco. 
¡Pin! En los oidos de Baltasar resonaba la voz 
de doña Dolores, exclamando: "¿Chico, no sa- 
bes que las de García... ¡pásmate! ganan el 
pleito en el Supremo? Lo sé de fijo por el mis- 
mo abogado de aquí.,, ¡Pin, pin! Y Amparo, á 
su vez , escuchaba frases coléricas : " Si te die- 
ron palabras, que te las cumplan.,, ¡Pinnn!... 
Una hoja purpúrea descendía con lentitud... 
"Baltasarito , hijo, van á calzarse ciento y no sé 
cuántos miles de duros, si ganan.,, 

Al fin , Baltasar fué el primero que rompió el 
silencio... Habló del trabajo que le costaba ve- 
nir, de lo necesario que era el recato, de que 
tendrían que verse menos... Decía todo esto con 
acento duro, como si Amparo en algo fuese 
culpable respecto de él. La cigarrera le escu- 
chaba muda, con los labios blancos, mirando 



POR E. PARDO BAZÁN 



267 



fijamente al rostro de Baltasar, que tenía la 
expresión distraída del mal pagador que no 
quiere recordar su deuda. Y era lo peor del 
caso que, por más que la Tribuna pretendía 
echar mano de su oratoria, que la hubiese veni- 
do de perlas entonces, no encontraba frase con 
que empezar á tratar del asunto más importan- 
te. Al fin, como viese con asombro levantarse 
á Baltasar, diciendo que le esperaba el coronel 
para asuntos del servicio, ella también se alzó 
resuelta, y le dió la noticia clara y brutalmen- 
te, sin ambajes ni rodeos , sintiendo hervir den- 
tro del pecho una cólera que centuplicaba su 
natural valor. 

Un relámpago de sorpresa cruzó por las pu- 
pilas transparentes y yertas de Sobrado ; mas al 
punto se plegó su delgada boca , y diríase que 
le habían cerrado el semblante con llave doble 
y selládolo con siete sellos. Era otro Baltasar 
distinto del mancebo gracioso , halagüeño y fe- 
lino de las horas veraniegas. Amparo notó que 
representaba diez años más. 

— Ahora— dijo, plantándose delante de él — es 
justo que me cumplas la palabra. 

— Ahora... — repitió él con voz lenta.— La pa- 
labra... 

—¡De casarte conmigo! Me parece que me 
sobra derecho para pedir... 

—Mujer...— contestó Baltasar reposadamen- 
te, sacudiendo la ceniza del pitillo — no todas las 
cosas salen á medida del deseo. Las circuns- 
tancias le obligan á uno á mil transacciones, 
que... Yo quisiera, lo mismo que tú, que fuese 



268 



LA TRIBUNA 



mañana; pero ponte en mi caso... Mi madre... 
mi padre... mi familia... 

—¡Tu familia, tu familia! ¿Pues no dijiste que 
ella era una cosa y tú otra ? ¿Le echo yo alguna 
mancha á tu familia, por si acaso? ¿Soy hija de 
algún ajusticiado, ó de algún capitán de gavilla? 
¿No estamos en tiempos de igualdá? ¿No es mi 
madre tan honrada como la tuya, repelo? 

—No es eso... yo no te digo que... 

— ¿Pues qué dices entonces, que te quedas 
ahí callado? ¿Tienes algo que echarme en cara? 
¿No me gano yo la vida trabajando honrada- 
mente, sin pedírtelo á ti ni á nadie? ¿Te he pe- 
dido algo, te he pedido algo? ¿Ando yo con 
otros? 

—¿Quién te dice semejante cosa? Pero suce- 
de que hoy por hoy, lo que tú deseas , es decir, 
lo que deseamos, es imposible. 

— ¡Imposible! 

—Por algún tiempo no más... No me hallo to- 
davía en situación de prescindir de mi familia... 
cuando alcance una graduación superior y pue- 
da vivir con el sueldo... 

—¿No eres ya capitán? 

—Graduado, pero la efectividad... En fin, te 
lo repito, hazte cargo; en las circunstancias por 
que atravieso no cabe una determinación seme- 
jante. Sería menester estar loco. Y digo más; 
créeme , hija ; tenemos que ser muy prudentes 
para no comprometernos. 

— ¡ No comprometernos !— gimió con amargu- 
ra la muchacha. — ¡No comprometernos! ¿Pero 
tú te has figurado— pronunció, reponiéndose y 



POR E. PARDO BAZÁN 



269 



recobrando su impetuoso carácter— que yo soy 
tonta? ¿Piensas que me puedes meter el dedo 
en la boca? ¿Qué compromiso ni qué... repelo, 
te viene á ti de todo esto? ¡La comprometida, 
la engañada y la perdida soy yo ! 

Dejóse caer en el banco de piedra, y apoyan- 
do la sien en la fría mesa de granito, rompió en 
convulsivos sollozos. 

—No grites, hija— murmuró Baltasar, aproxi- 
mándose. — No llores... que pueden oirte y es 
un escándalo. Amparo, mujer, vamos, no hay 
motivo para esos gritos. 

La crisis fué corta. Levantóse la oradora con 
los ojos encendidos , pero sin que una lágrima 
escaldase su mejilla morena. Indignada, miró á 
Baltasar, y le encontró sereno, inconmovible, 
con su fina y sonrosada tez y sus ojos garzos 
transparentes , en los cuales se reflejaba la luz 
del cielo sin comunicarles calor. El quiso hacer 
dos ó tres zalamerías á la muchacha para con- 
jurar la tormenta; pero su ademán era violen- 
to, sus movimientos automáticos. Amparo le 
rechazó, y se colocó por segunda vez delante 
de él en actitud agresiva. 

—Habla claro... ¿nos casamos ó no? 

—Ahora no puede ser, ya te lo he dicho— con- 
testó él sin perder su continente flemático. 

—¿Y cuando? 

— ¡ Qué sé yo! El tiempo, el tiempo dirá. Pero 
has de tener calma, hija... un poco de calma. 

—Pues abur, hasta que me pagues lo que me 
debes— exclamó ella en voz vibrante, sin cui- 
darse de que la oyesen desde la casa ó desde 



270 



LA TRIBUNA 



el camino los transeúntes.— Yo no soy más tu 
mona de diversión, para que lo sepas ; no me da 
la gana de andarme escondiendo, de ir con es- 
tas noches de frío á Aguasanta y á mil sitios 
así, por darte gusto. 

Avanzó tres pasos más , y poniendo la mano 
en el hombro del oficial : 

— El día menos pensado...— pronunció— cuan- 
do te vea en las Filas ó en la calle Mayor... me 
cojo de tu brazo delante de las señoritas, ¿oyes? 
y canto allí mismo, allí... todo lo que pasa. Y 
cuando venga la nuestra... ó te hacemos peda- 
zos, ó cumples con Dios y conmigo. ¿Entiendes, 
falsario? 

Y en voz queda, con acento de religioso te- 
rror: 

—¿Tú no tienes miedo á condenarte? Pues si 
mueres así... más fijo que la luz, te condenas. 
Y si viene la federal... que Dios la traiga y la 
Virgen Santísima... te mato, ¿oyes? para que 
vayas más pronto al infierno. 

Diciendo así, dióle un empujón, y le volvió la 
espalda, saliendo con paso rápido, la frente alta, 
la mirada llameante, á pesar del peregrino des- 
fallecimiento , de la desusada conmoción inte- 
rior que la avisaba de que evitase tales esce- 
nas. Al salir la Tribuna, una ráfaga más fuerte 
desparramó por la mesa muchas hojas de vid, 
que danzaron un instante sobre la superficie de 
granito, y cayeron al húmedo suelo. 

— ¿Lo hará? — meditó Baltasar á solas. — ¿Me 
vendrá á abochornar en público? Tengo para 
mí que no... Estos genios vivos y prontos son 



POR E. PARDO BAZÁN 



271 



del primer momento: pasado ese, quedan como 
malvas. Quiá... no lo hace. Sin embargo, me 
convendría salir de Marineda una tempora- 
dita... 

Al pensar esto miraba maquinalmente á las 
hojas secas , que valsaban con lánguido y des- 
mayado ritmo. 

—Pero, ¿y Josefina? Si las noticias de mamá 
son ciertas, no va á ser posible abandonar una 
proporción que tal vez no vuelva á encontrar 
en mi vida. ¡ Qué mil diablos ! Y esa chica era 
guapa... ¡Lo que es guapa! ¡Qué tonterías! 
¿Por qué se buscará uno estos conflictos? ¡Yo 
que tengo juicio para diez ! 

Impaciente, tiró el cigarro que estaba conclu- 
yendo. Un átomo de fuego brilló entre las ho- 
jas, que crujieron encogiéndose, y á poco la 
colilla se apagó. 



XXXIV 



SEGUNDA HAZAÑA DE LA TRIBUNA 



Frío es el invierno que llega ; pero las noti- 
cias de Madrid vienen calentitas , abrasan- 
do. La cosa está abocada, el italiano va á abdi- 
car porque ya no es posible que resista más la 
atmósfera de hostilidad, de inquina, que le ro- 
dea. El mismo se declara aburrido y harto de 
tanto contratiempo, de la grosería de sus áuli- 
cos, de la guerra carlista, del vocerío cantonal, 
del universal desbarajuste. No hay remedio : las t 
distancias se estrechan, el horizonte se tiñe de 
rojo , la federal avanza. 

La Fábrica ha recobrado su Tribuna. Es ver- 
dad que ésta vuelve herida y maltrecha de.su 
primer salida en busca de aventuras ; mas no 
por eso se ha desprestigiado.— Sin embargo, los. 
momentos en que empezó á conocerse su des% 
dicha fueron para Amparo de una vergüenza 
quemante. Sus pocos años, su falta de expe- 
riencia, su vanidad fogosa, contribuyeron á 
hacer la prueba más terrible. Pero en tan críti- 
ca ocasión no se desmintió la solidaridad de_Ja 
Fábrica. Si alguna envidia excitaba antaño la 
— 18 ' \: : 



LA TRIBUNA 



hermosura, garbo y labia irrestañable de la 
chica , ahora se volvió lástima , y las impreca- 
ciones fueron contra el eterno enemigo : el hom- 
bre. ¡Estos malditos de Dios, recondenados, 
que sólo están para echar á perder á las mu- 
chachas buenas! ¡Estos señores, que se divier- 
ten en hacer daño! ¡Ay, si alguien se portase 
así con sus hermanas , con sus hijitas , quién les 
oiría y quién les vería abalanzarse como perros! 
¿Por qué no se establecía una ley para eso, 
caramba? ¡Si al que debe una peseta se la ha- 
cen pagar más que de prisa, me parece á mi 
que estas deudas aún son más sagradas , de- 
montre! ¡Sólo que ya se ve; la justicia la hay 
de dos maneras; una á raja tabla para los po- 
bres, y otra de manga ancha, muy complacien- 
te , para los ricos ! 

Algunas cigarreras optimistas se atrevieron 
á indicar que acaso Sobrado se casaría, ó por 
lo menos reconocería lo que viniese. 

— Sí, sí... ¡Esperar por eso, papalanatas! 
¡ Ahora se estará sacudiendo la levita y burlán- 
dose bien! 

— ¡No sabes... yo no quiero que ella lo oiga, 
ni lo entienda — decía la Comadreja á Guardia- 
na — pero ese descarado ya vuelve á andar de- 
trás de la de García! 

—¡Bribón!— exclamaba Guardiana. -¿Y quién 
lo ve, tan juicioso como parece? 
—Pues conforme te lo digo. 
—Amparo tampoco debió hacerle caso. 

— Mujer, uno es de carne, que no es de 
piedra. 



POR E . PARDO BAZAN 



275 



— ¿Se te figura á ti que á cada uno le faltan 
ocasiones?— replicó la muchacha. — Pues si no 
hubiese más que... ¡Madre querida de la Guar- 
dia! No, Ana; la mujer se ha de defender ella. 
Civiles y carabineros á la puerta, no se los pone 
nadie. Y las chicas pobres que no heredamos 
más mayorazgo que la honradez... Hasta te digo 
que la culpa mayor la tiene quien se deja em- 
bobar. 

—Pues á mí me da lástima de ella , que es la 
que pierde. 

— A mí también. Lástima, sí. 

Y á todo el mundo se la daba. ¡Quién habría 
reconocido á la brillante oradora del banque-, 
te del Círculo Rojo en aquella mujer que pasa- 
ba con el mantón cruzado, vestida de obscuro, 
ojerosa, deshecha! Sin embargo, sus facultades 
oratorias no habían disminuido ; sólo sí cambia- 
do algún tanto de estilo y carácter. Tenían aho- 
ra sus palabras, en vez del impetuoso brío de 
antes , un dejo amargo, una sombría y patética 
elocuencia. No. era su tono el enfático de la. 
prensa, sino otro más sincero, que brotaba del 
corazón ulcerado y del alma dolorida. En sus 
labios, la República federal no fué tan sólo la 
mejor forma de gobierno, época ideal de liber- 
tad, paz y fraternidad humana, sino período de 
vindicta, plazo señalado por la justicia del cie- 
lo, reivindicación largo tiempo esperada por el 
pueblo oprimido, vejado, trasquilado como, 
mansa oveja. Un aura socialista palpitó en sus 
palabras, que estremecieron la Fábrica toda, 
máxime cuando el desconcierto déla Hacienda 



276 



LA TRIBUNA 



dió lugar á que se retrasase nuevamente la pa- 
ga en aquella dependencia del Estado. Enton- 
ces pudo hablar á su sabor la Tribuna , despa- 
charse á su gusto. ¡Ay de Dios! ¿Qué les im- 
portaba á los señorones de Madrid... á los pica- 
ros de los ministros, de los empleados, que 
ellas falleciesen de hambre? ¡Los sueldos de 
ellos estarían bien pagados , de fijo ! No , no se 
descuidarían en cobrar, y en comer, y en llenar 
la bolsa. ¡ Y si fuesen los ministros los únicos á 
reírse del que está debajo! ¡Pero á todos los 
ricos del mundo se les daba una higa de que 
cuatro mil mujeres careciesen de pan que lle- 
var á la boca! 

Y al decir esto, Amparo se incorporaba, casi 
se ponía de pié en la silla , á pesar de los enér- 
gicos y apremiantes ¡ sttt ! de la maestra , á pe- 
sar del inspector de labores, que desde hacía un 
momento estaba asomado á la entrada del ta- 
ller , silencioso y grave. 

— ¡ Qué cuenta tan larga...— proseguía la ora- 
dora, animándose al ver el mágico y terrible 
efecto de sus palabras— qué cuenta tan larga 
darán á Dios algún día esas sanguijuelas, que 
nos chupan la sangre toda ! Digo yo , y quiero 
que me digan, porque nadie me contesta á esto, 
ni puede contestarme: ¿hizo Dios dos castas de 
hombres , por si acaso , una de pobres y otra de 
ricos? ¿Hizo á unos para que se paseasen, dur- 
miesen, anduviesen majos, y hartos, y conten- 
tos , y á otros para sudar siempre y arrimar el 
hombro á todas las labores , y morir como pe- 
rros sin que nadie se acuerde de que vinieron al 



POR E. PARDO BAZÁN 277 



mundo? ¿Qué justicia es ésta, retepelo? Unos 
trabajan la tierra , otros comen el trigo ; unos 
siembran y otros recogen ; tú, un suponer, plan- 
taste la viña , pues yo vengo con mis manos la- 
vadas y me bebo el vino... 

—Pero el que lo tiene , lo tiene— interrumpía 
la conservadora Comadreja. 

—Ya se sabe que el que lo tiene, lo tiene; 
pero ahora vamos al caso de que es preciso 
que á todos les llegue su día, y que cuantos na- 
cemos iguales gocemos de lo mismo, ¡tan si- 
quiera un par de horas! ¡Siempre unos holgan- 
do y otros reventando! Pues no ha de durar 
hasta la fin de los siglos , que alguna vez se ha 
de volver la tortilla. 

—El que está debajo, mujer, debajito se queda. 

—¡Conversación! Mira tú, en París de Fran- 
cia, el cuento ese de la Común... ¡Anda si pu- 
sieron lo de arriba abajo ! ¡ Anda si se sacudie- 
ron! No quedó cosa con cosa... así, así debe- 
mos hacer aquí , si no nos pagan 

—¿Y allá, qué hicieron? 

Amparo bajó la voz. 

—Prender fuego... á todos los edificios pú- 
blicos... 

Un murmullo de indignación y horror salió 
de la mayor parte de las bocas. 

—Y á las casas de los ricos... y... 

— ¡Asús! ¡fuego, mujer! 

—Y afusil... y afusil... ar... 

—¿Afusilar... á quién, mujer, á quién? 

—A... á los prisioneros, y al arzobispo, y á 
los cur... 



278 



LA TRIBUNA 



—¡Infames! 
—¡Tigres! 

— ¡Calla, calla, que parece que la sangre se 
me cuajó toda!... ¿Y quién hizo eso? ¡Pues 
vaya unas barbaridás que cuentas ! 

—Si yo no las cuento para decir que... que 
esté bien hecho esa de... de prender fuego y 
afusilar... ¡No, caramba! ¡No me entendéis, no 
os da la gana de entenderme ! Lo que digo es 
que... hay que tener hígados, y no dejarse so- 
bar ni que le echen á uno el yugo al cuello sin 
defenderse... Lo que digo es, que cuando no le 
dan á uno por bien lo suyo, lo muy suyo, lo 
que tiene ganado y reganado... Cuando no se 
lo dan, si uno no es tonto... lo pide... y si se lo 
niegan... lo coge. 

—Eso, clarito. 

— Tienes razón. Nosotras hacemos cigarros, 
¿eh? pues bien regular es que nos abonen lo 
nuestro. 

—No , y apuradamente no es ley de Dios esa 
desigualdá y esa diferiencia de unos zampar y 
ayunar otros. 

—Lo que es yo, mañana, ó me pagan, ó no 
entro al trabajo. 
* —Ni yo. 

—Ni yo. 

—Si todas hiciésemos otro tanto... y si ade- 
más nos viesen bien determinadas á armar el 
gran cristo... 

— ¡Mañana... lo que es mañana! ¿Habéis de 
hacer lo que yo os diga? 

—Bueno. 



POR E. PARDO BAZÁN 279 



—Pues venir temprano... tempranito. 

A la madrugada siguiente los alrededores de 
la Fábrica, la calle del Sol, la calzada que con- 
duce al mar, se fueron llenando de mujeres 
que , más silenciosas de lo que suelen mostrar- 
se las hembras reunidas, tenían vuelto el ros- 
tro hacia la puerta de entrada del patio princi- 
pal. Cuando ésta se abrió, por unánime impul- 
so se precipitaron dentro, é invadieron el za- 
guán en tropel, sin hacer caso de los esfuerzos 
del portero para conservar el orden ; pero en 
vez de subir á los talleres , se estacionaron allí, 
apretadas , amenazadoras , cerrando el paso á 
las que, llegando tarde , ó ajenas á la conjura- 
ción, intentaban atravesar más allá de la por- 
tería. Sordos rumores, voces ahogadas, impre- 
caciones que presto hallaban eco, corrían por 
el concurso, que se iba animando, y comuni- 
cándose ardimiento y firmeza. En primera fila, 
al extremo del zaguán, estaba Amparo, pálida 
y con los ojos encendidos, la voz ya algo to- 
mada de perorar, y, sin embargo, llena de ener- 
gía, incitando y conteniendo á la vez la huma- 
na marea. 

—Calma— decíales con hondo acento — calmay 
serenidá... Tiempo habrá para todo: aguardar. 

Pero algunos gritos, los empellones, y dos ó 
tres disputas que se promovieron entre el gen- 
tío, iban empujando, mal de su grado, á la Tri- 
buna hacia la vetusta escalera del taller , cuan- 
do en éste se sintieron pasos que estremecían 
el piso, y un inspector de labores, con la fisono- 
mía inquieta del que olfatea graves trastornos, 



LA TRIBUNA 



apareció en el descanso. Empezaba á pregun- 
tar, más bien con el ademán que con la boca: 
"¿Qué es esto?,, á tiempo que Amparo, sacando 
del bolsillo un pito de barro , arrimólo á los la- 
bios y arrancó de él agudo silbido. Diez ó doce 
silbidos más, partiendo de diferentes puntos, 
corearon aquella romanza de pito, y el inspec- 
tor se detuvo , sin atreverse á bajar los escalo- 
nes que faltaban. Dos ó tres viejas desvenado- 
ras se adelantaron hacia él, profiriendo chilli- 
dos temerosos, y tocándole casi, y se oyó un 
sordo " ¡ muera ! „ Sin embargo , el funcionario 
se rehizo, y cruzándose de brazos, se adelantó, 
algo mudada la color , pero resuelto. 

-—¿Qué sucede? ¿Qué significa este escándalo? 
— preguntó á Amparo, á quien halló más pró- 
xima. —¿Qué modo es éste de entrar en los ta- 
lleres? 

— Es que no entramos hoy— respondió la Tri- 
buna. Y cien voces confirmaron la frase: — No 
se entra , no se entra. 

—No entran Vds... ¿pues qué pasa? 

— Que se hacen con nosotras iniquidás, y no 
aguantamos. 

—NO, no aguantamos. ¡Mueran las iniquidás! 
¡Viva la libertá! ¡Justicia seca! — clamaron des- 
de todas partes. Y dos ó tres maestras, cogidas 
en el remolino, alzaban las manos desespera- 
damente, haciendo señas al inspector. 

—¿Pero qué piden Vds.? 

— ¿No oyes, hijo? jos-ti-cia— berreó una des- 
venadora al oído mismo del empleado. 

— Que nos paguen, que nos paguen, y que 



POR E. PARDO BAZAN 



nos paguen — exclamó enérgicamente Amparo, 
mientras el rumor de la muchedumbre se hacía 
tempestuoso. 

— Vuelvan Vds., por de pronto, al orden y 
á la compostura que... 

— No nos da la gana. 

— ¡ Que baile el can-cán! 

— ¡ Muera ! 

Y otra vez la sinfonía de pitos rasgó el aire. 

— No pedimos nada que no sea nuestro — ex- 
plicó Amparo con gran sosiego. — Es imposible 
que por más tiempo la Fábrica se esté así, sin 
cobrar un cuarto... Nuestro dinero, y abur. 

—Voy á consultar con mis superiores —res- 
pondió el inspector, retirándose entre vocife- 
raciones y risotadas. 

Apenas le vieron desaparecer, se calmó la 
efervescencia un tanto. " Va á consultar,, se de' 
cían las unas á las otras... "¿nos pagarán?,, 

— Si nos pagan — declaró la Tribuna , b elicosa 
y resuelta como nunca — es que nos tienen mie- 
do. ¡Alante! Lo que es hoy, la hacemos, y 
buena. 

— Debimos cogerlo y rustrirlo en aceite — 
gruñó la voz obscura de la vieja. — ¡Fr etir lo como 
si fuera un pancho... que vea lo que es la nece- 
sidá y los trabajitos que uno pasa! 

— Orden y unión, ciudadanas... — repetía Am- 
paro con los brazos extendidos. 

Transcurridos diez minutos volvió el inspec- 
tor acompañado de un viejecillo enjuto y seco 
como un pedazo de yesca— que era el mismo 
Contador en persona. El Jefe no juzgaba opor- 



282 LA TRIBUNA 



tuno por entonces comprometer su dignidad 
presentándose ante las amotinadas , y por me- 
dida de precaución había reunido en la oficina 
á los empleados y consultaba con ellos, convi- 
niendo en que la sublevación no era tan temible 
en la Granera como lo sería en otras Fábricas de 
España, atendido el pacífico carácter del país. 
No quisiera él estar ahora en Sevilla. 

— ¿Qué recado nos trae?— gritaron al inspec- 
tor las sublevadas. 

—Oiganme Vds. 

— Cuartos, cuartos, y no tanta parolería. 

—Tengo chiquillos que aguardan que les com- 
pre mollete... ¿oyusté? y no puedo perder el 
tiempo. 

—Se pagará... hoy mismo... un mes de los que 
se adeudan. 

Hondo murmullo atravesó por la multitud, lle- 
gando á las últimas filas el "¿Pagan, si ó no? 
Pagan... ¡Un mes...! ¡Un mes!... Para poca salú... 
no consentir... todo, todo junto!,, Amparo tomó 
la palabra. 

— Como V. conoce, ciudadano inspector... un 
mes no es lo que se nos debe, y lo que nos co- 
rresponde, y á lo que tenemos derechos inalie- 
nables é individuales... Estamos resueltas, pero 
resueltas de verdá , á conseguir que nos abonen 
nuestro jornal, ganado honrosamente con el 
sudor de nuestras frentes, y del que sólo la in- 
justicia y la opresión más impía se nos puede 
incautar... 

—Todo eso es muy cierto, pero ¿qué quie- 
ren Vds. que hagamos? Si la Dirección nos 



POR E. PARDO BAZÁN 283 



hubiese remitido fondos, ya estarían satisfe- 
chos los dos meses... Por de pronto se les ofre- 
ce á Vds. uno, y se les ruega que despejen el 
local en buen orden y sin ocasionar disturbios... 
De lo contrario, la guardia va á proceder al 
despejo... 

— ¡La guardia! ¡que nos la echen! ¡que ven- 
ga ! j Acá la guardia ! 

Cuatro soldados al mando de un cabo, total 
cinco hombres , bregaban ya en la puerta de en- 
trada con las más reacias y temibles. No tenían, 
dijeron ellos después, corazón para hacer uso 
de sus armas; aparte de que no se les había 
mandado tampoco semejante cosa. Limitábanse 
á coger del brazo á las mujeres y á irlas sa- 
cando al patio: era una lucha parcial, en que 
había de todo : chillidos , pellizcos , risas , pala- 
bras indecorosas, amenazas sordas y feroces. 

Pero sucedió que un soldado, al cual una ci- 
garrera clavó las uñas en la nuca, echó á co- 
rrer , trajo de la garita el fusil y apuntó al gru- 
po: al instante mismo un pánico indecible se 
apoderó de las más cercanas, y se oyeron gri- 
tos convulsivos, imprecaciones, súplicas des- 
garradoras , ayes de dolor que partían el alma, 
y las mujeres, en revuelto tropel , se precipita- 
ron fuera del zaguán, y corrieron buscando la 
salida del patio, empujándose, cayendo, piso- 
teándose en su ciego terror , arracimadas como 
locasen la puerta, impidiéndose mutuamente 
salir, y chillando lo mismo que si todas las ame- 
tralladoras del mundo estuviesen apuntadas y 
prontas á disparar contra ellas. 



284 



LA TRIBUNA 



Quedóse en medio del zaguán la insigne Tri- 
buna, sola, rezagada, vencida, llena de cólera 
ante tan vergonzosa dispersión de sus ejérci- 
tos. Para mostrar que ella no temía ni se escapa- 
ba, fué saliendo á pasos lentos y llegó al patio 
en ocasión que la guardia, aprovechándose de 
ventaja fácilmente adquirida , expulsaba á las 
últimas revolucionarias , sin mostrar gran eno- 
jo. Por galantería, el soldado del fusil adminis- 
tró á Amparo un blando culatazo, diciéndola: 
"Ea... afuera...,, La Tribuna se volvió, miróle 
con regia dignidad ofendida, y sacando el pito, 
silbó al soldado. Después cruzó la puerta, que 
se cerró en sus mismas espaldas con gran es- 
trépito de goznes y cerrojos. 

Al verse fuera ya , miró asombrada en torno 
suyo y halló que una gran multitud rodeaba el 
edificio por todos lados. No sólo las que estaban 
dentro, sino otras muchas que habían ido lle- 
gando, formaban un cordón amenazador en 
torno de los viejos muros de la Granera. La 
Tribuna, viendo y oyendo que sus dispersas 
huestes se rehacían , comenzó á animarlas y á 
exhortarlas , á fin de que no sufriesen otra vez 
tan humillante derrota. Ya las que habían sido 
arrojadas por los soldados , al contacto de la 
resuelta muchedumbre , recobraran los ánimos 
decaídos , y enseñaban el puño á la muralla pro- 
firiendo invectivas. 

Hicieron ruidosa ovación á su capitana, que 
empezó á recorrer las filas calentando á las que 
aún sentían recelo ó no estaban dispuestas á gri- 
tar. Y eligiendo dos ó tres de las más animo- 



POR F.. PARDO RAZAN 



285 



sas , mandólas que arrancasen una de las des- 
iguales y vacilantes piedras de la calzada, que 
se movían como dientes de viejo en sus alvéo- 
los, y, alzándola lo mejor posible, la conduje- 
sen ante la puerta que les acababan de cerrar 
en sus mismas narices. Brotó de entre los es- 
pectadores un clamoreo al ver ejecutar esta 
operación con tino y rapidez y oir retemblar las 
hojas de la puerta cuando la lápida cayó contra 
el quicio. 

— Hacen barricadas — exclamó una cigarrera 
que recordaba los tiempos de la Milicia Na- 
cional. 

— ¡Borricadas, borricadas — exclamaba una 
maestra — nos va á dar por cara todo este ba- 
rullo! 

El propósito de las desempedradoras no era 
ciertamente hacer barricadas, sino otra cosa 
más sencilla : ó bien echar abajo la puerta á pu- 
ros cantazos, ó bien elevar delante un montón 
de piedras por el cual se pudiese practicar el 
escalamiento. En su imprevisión estratégica 
olvidaban que del otro lado, al extremo del ca- 
llejón del Sol, existía un portillo, un lado débil 
sobre el cual debía cargar el empuje del ata- 
que. No estaba la generala en jefe para tales 
cálculos: cegada por la rabia, Amparo no pen- 
saba sino en atravesar otra vez la misma puer- 
ta por donde la habían expulsado — ¡oh rubor! 
— cuatro soldados y un cabo. Así es que arran- 
cada ya, casi con las uñas, la primer baldosa, 
se procedió á desencajar la segunda. 

Apoyadas en el muro de una casita de pesca- 



286 



LA TRIBUNA 



dores , donde había redes colgadas á secar, 
Guardiana y la Comadreja miraban el motín 
sin tomar parte en él. Ana era remilgada , en- 
deble como un junco , y jamás podrían sus des- 
carnadas manos , forzudas sólo en los momen- 
tos de excitación nerviosa, levantar ni una pe- 
ladilla de arroyo algo grande ; en cuanto á Guar- 
diana, se creía obligada á permanecer allí, 
puesto que al fin el tumulto era " cosa de la Fá- 
brica,,; pero desaprobándolo, porque induda- 
blemente, de todo aquello iban á resultar "des- 
gracias,,. 

— ¡Mira Amparo, tan adelantada en meses, 
y cómo ella trajina! 

— Es el demonche. Ella sola levanta la pie- 
dra—contestó Ana, con la reverencia de los 
débiles hacia la fuerza física. 

Mas la primera piedra era enorme : una losa 
de un metro de longitud y gruesa y ancha á 
proporción, casi imposible de transportar sin 
auxilio de máquina alguna. Para echada á hom- 
bros de una sola persona era enorme y la aplas- 
taría ; para llevada en vilo entre varias , no se 
sabia cómo subirla. Amparo discurrió irla en- 
derezando y rodando hasta la puerta, y en efec- 
to, el sistema dió buen resultado y la piedra 
llegó á su sitio. Al punto que la vió colocada, 
tornó con infatigable ardor á intentar descua- 
jar un nuevo proyectil. En esta faena y brega 
estaban entretenidas las pronunciadas , sin re- 
parar que el sol calentaba más de lo justo y que 
ya eran casi las once de la mañana , cuando un 
rumor contenido , temeroso , leve al principio, 



POR E. PARDO BAZÁN 



287 



se propagó entre el concurso, cayendo como 
lluvia helada sobre el entusiasmo general, y 
causando notable descenso en los gritos y voci- 
feraciones que coreaban el arranque de las pie- 
dras. 

¿Quién dio la noticia? Unpilluelo, que, con 
los calzones remangados, venía al trote largo 
desde la plaza de la Fruta, allá en el barrio de 
Arriba. Oídos sus informes , las miradas se vol- 
vieron ansiosamente hacia los cuatro puntos 
cardinales, y cada boca muí muró, pegándose á 
cada oído ajeno, dos palabras preñadas de es- 
panto: " Viene tropa.,, 

Al notar la oleada del creciente rumor, aban- 
donó la Tribuna la piedra que traía entre manos, 
y volvióse iracunda, con la mirada rechispean- 
te, á la inerme multitud. Su rostro, su ade- 
mán, decían claramente : " Ahora vuelven es- 
tas cobardonas á dejarme aquí plantada. „ En 
efecto, el nombrar tropa bastó para que toma- 
sen el portante algunas de las más animosas 
barricaderas. ¡Pero qué fué cuando, en el pun- 
to más lejano del horizonte, se vió aparecer 
una nube de polvo , y cuando se oyó como el 
trote de muchos caballos reunidos ! 

Amparo anima á sus huestes. Con la nariz 
dilatada, los brazos extendidos, diríase que la 
aparición de las brigadas de caballería y fuerzas 
de la Guardia civil que desembocan, unas por 
el camino real, otras por San Hilario, redobla 
su guerrero ardor, acrecienta su cólera. "Nonos 
comerán,— grita... — Vamos á tirarles piedras, 
á lo menos tengamos ese gusto...,, Nadie quiere 



288 



LA TRIBUNA 



tenerlo. La losa enorme es abandonada; las que 
más gritaban se escurren por donde pueden; 
cuando las brigadas llegan á las puertas de la 
Granera, el motín se ha disuelto , sin dejar más 
señales de su existencia que dos medianas bal- 
dosas, arrimadas al portón, y algunas mujeres 
dispersas, inofensivas, en medrosa actitud. 



i 



XXXV 



LA TRIBUNA SE PORTA COMO QUIEN ES 



Cada vez más fría la estación invernal y más 
calientes las noticias que de allá fuera vie- 
nen á conmover la Fábrica. Por de pronto, no 
quedaron estériles las disposiciones marciales 
demostradas el día del motín, y al siguiente co- 
braron las operadas sus haberes íntegros. No 
era cosa de provocar el enojo del pueblo en el 
estado actual de España, que parecía ya la casa 
de Tócame Roque. Nadie se entendía; al ejérci- 
to se le conocía por la "tropa amadeista,,; la ar- 
tillería presentaba la dimisión en masa; el Maes- 
trazgo ardía; Saballs llamaba "cabecilla,, á Ga- 
minde y Gaminde le devolvía el calificativo; los 
Hierros ordenaban á una compañía entera de 
ferrocarriles suspender la circulación de trenes; 
corría en Cataluña moneda con el busto de Car- 
los Vil, y la reina de más tristes destinos, la 
mujer de Amadeo I, á la cual tirios y troyanos 
nombraban desdeñosamente "la Cisterna,,, daba 
al mundo con terror y lágrimas un mísero in- 
fante, y ningún obispo se prestaba á bautizar el 
vástago regio. Así andaba la patria. Más ade- 

19 



290 



LA TRIBUNA 



lante se demostró que aún podía andar mucho 
peor. 

Amparo se encontraba abatida desde el me- 
morable día del pronunciamiento. Había hecho 
tal gasto de energía y de fuerza muscular remo- 
viendo los pedruzcos de la calzada, y tal de- 
rroche de laringe excitando á las remisas y 
miedosas, que por algún tiempo no quedó de 
provecho para cosa alguna. Entre el frío, la 
lluvia que al ir á la Fábrica la acribillaba á al- 
filerazos en la piel ó la bañaba con gruesos y 
anchos goterones que se deshacían aplastándo- 
se en su mantón, y la fatiga inherente á su es- 
tado, vióse sumida en marasmo constante, que 
á veces iluminaba, á manera de relámpago que 
surca un cielo obscuro , aquella última y robus- 
ta esperanza en el advenimiento de la federal. 
¡Cuán triste veía el cielo , y el aire , y todo en 
derredor ! Parecíale á Amparo que los lugares 
testigos de sus dichas y sus yerros habían sido 
devastados, arrasados por mano aleve. La tie- 
rra del huerto que Baltasar había llamado pa- 
raíso, desnuda, en barbecho, aguardaba la ve- 
getación. De los verdes y gayos maizales sólo 
quedaban rastrojos. Los árboles de la carrete- 
ra alzaban sus ramas peladas y escuetas al bru- 
moso cielo. El piso, lleno de charcos formados 
por la lluvia, se hallaba intransitable, y delante 
de la misma casa de la Tribuna una gran poza 
obstruía el paso; para entrar, Amparo tenía 
que saltarla, y como no calculase bien el brin- 
co, sucedíale meter el pié en el agua helada y 
cenagosa, y tener que mudarse después las me- 



POR E. PARDO BAZÁN 2QJ 



dias y el calzado. Algunas veces encontraba á 
Chinto, que se ofrecía á darle la mano para pa- 
sar el mal paso, y su ademán compasivo la en- 
cendía en ira. ¡Ser compadecida por semejante 
bestia! ¡A esto llegábamos después de tanto 
sueño, de tanta aspiración hacia la vida fácil y 
brillante, hacia la dicha! 

Así iba desgranándose el racimo de los días 
de invierno, lentos aunque cortos , sin que Am- 
paro distinguiese un rayo de claridad en el fir- 
mamento ni en su destino. Aplanóse su espíri- 
tu, y cometió un acto de flaqueza. No veía á 
Baltasar desde la disputa en el merendero, y 
sintió, de pronto, deseo invencible de hablar 
con él, para suplicar ó para increpar,— ella mis- 
ma no sabía para qué; — pero, en suma, para des- 
fogar, para romper aquella horrible monotonía 
del tiempo que pasaba inalterable. Envióle el 
mensaje por Ana. Baltasar respondió: "Ya iré.,, 

—¿Piensa V. ir?— le preguntaba Borrén aque- 
lla tarde. 

—¿A qué? ¿A oir lástimas que no puedo reme- 
diar? ¡Algo bueno daría por estar ahora en 
Guipúzcoa! 

—¡Hombre... pobre chica! 

Baltasar tomó su café á sorbos , muy pensati- 
vo. Calculaba que la avaricia de su madre le 
exponía, tal vez, á un compromiso grave. Era 
falta de habilidad no remitir á Amparo siquiera 
mil réales para tenerla contenta mientras él no 
aseguraba á Josefina , que engreída ahora con 
la perspectiva del caudal , le había acogido con 
hartos remilgos y escrúpulos , dificultando re- 



1 



2Q2 LA TRIBUNA 



anudar sus antiguos amorcillos. ¡Bah! El caso 
era ganar tiempo , porque apenas pusiese tierra 
en medio el peligro cesaba... No obstante, el 
prudente Baltasar temía, temía una campanada 
inoportuna, que diese al traste con sus nuevos 
planes. 

— ¿ Qué te dijo ? — interrogó ansiosamente 
Amparo. 

— Que vendría — repuso la Comadreja. 

— Pero... ¿cuándo? 

—No quiso explicar cuándo. 

— ¿Piensa él que estoy yo para esas calmas? 
—Lo que él no tiene es gana de verte el pelo. 
Amparo dejó caer la cabeza sobre el pecho, 

y su rostro se nubló con expresión tal de des- 
consuelo y enojo , que Ana la miró compa- 
decida. 

— Si algún día... si pronto... viene la repúbli- 
ca... la santa federal... ¡así Dios me salve, Ana... 
le arrastro ! 

Ana se echó á reir con su delgada risa estri- 
dente. 

—No seas tonta, mujer... no seas tonta... ¡para 
divertirle y darle un mal rato no tienes que 
aguardar por república ni repúblico ! 

— ¿Que no ? 

— ¿Sabes lo que yo había de hacer? Pues 
esto mismo. Coger pluma y papel... ¿Conoce tu 
letra? 

— Nunca le escribí. 

— Mejor. Pues escribirle á la de García una 
carta bien explicada, para que no se deje enga- 
ñar por él t 



POR E. PARDO BAZÁN 



2 93 



— ¿Un anónimo? ¡ Quita allá ! 

— Un avisito... contándole lo que hizo conti- 
go. No seas boba: anda: más merece. 

Pasaba esta conversación á la salida de la 
Fábrica; Ana llevó á Amparo á su casa, en la 
calle de la Sastrería. Subieron á un cuartuco; 
la Comadreja dió á su amiga recado de escribir, 
y entre las dos compusieron la siguiente epís- 
tola, que fielmente se traslada á la estampa: 
"Estimada Srta.: halguien que la estima le abisa 
que quien se guiere casar con Usté tiene com- 
pormetida huna Chica onrada, y lea dado palbra 
de casarse con ella. Es el de Sobrado , parque 
Usté no dude, y Usté se iformará y veráque es 
verdá. Q. b. s. m. Un afetísimo amigo.,, La Co- 
madreja cerró, dictó sobre y señas, puso lacre 
fino del que ella usaba para escribir á su capi- 
tán, pegó un sello, y dijo á la Tribuna: 

— Ahora, de paso que vuelves á tu casa, la 
echas en el correo con disimulo. 

Al bajar la escalera, estrecha y obscura como 
boca de lobo, zumbábanle á Amparo los oídos y 
apretaba convulsivamente la carta, llevándola 
oculta bajo el mantón. La oprimía como opri- 
miría un puñal, con vengativo empeño y no sin 
cierto interior escalofrío. Se representaba á la 
orgullosa señorita de García rompiendo el so- 
bre, leyendo, palideciendo, llorando... — ¡Que 
pene! — decíase á si propia la oradora. — ¡Que 
sufra como yo!... ¿Y qué tiene que ver? Si ella 
pierde un pretendiente, yo he perdido la con- 
ducta y cuanto perder cabe...— Después pensa- 
ba en Baltasar... y en los Sobrados todos.. .¡Ah! 



294 



LA TRIBUNA 



¡Buen chasco esperaba á la avarienta de la ma- 
dre, que contaba con establecer brillantemente 
á su hijo! No la habían querido á ella... pues 
ahora iban á verse desairados á su turno... ¡Ya 
probarían lo bien que sabe ! 

Rumiaba estas ideas á medida que adelan- 
taba por la calle de la Sastrería, calle tor- 
cida , mal empedrada , en cuyos adoquines 
tropezaba de vez en cuando, mientras la luz 
vaga de los faroles del alumbrado público , pro- 
yectándose un momento, arrojaba á las pare- 
des blanqueadas de las casas su silueta furtiva, 
de líneas desfiguradas , fantasmagóricas , pro- 
longadas por la forma del pañolón. En la obscura 
noche de invierno, caminando con paso precavi- 
do para salvar los charcos que dejara la lluvia de 
la tarde , parecíale á Amparo ir á cometer un 
delito, y, herida, sintiendo el dolor de su agra- 
vio , este pensamiento la embriagaba. Maqui- 
nalmente , al llegar á la entrada de la calle es- 
trecha de San Efrén, bajó una mano para reco- 
ger el vestido que.se iba manchando de barro, 
y al hacerlo aflojáronse sus dedos y dejó de 
apretar la carta, cuyo satinado papel le acari- 
ciaba la epidermis... Al cruzar la travesía del 
Puerto, su cabeza pareció despejarse, y vió el 
escaparate de la tercena y el buzón , con las fau- 
ces abiertas, como gritando "aquí estoy yo„. 
Amparo soltó el vestido y sacó de debajo de* 
mantón la mano derecha y la misiva... Detúvose 
antes de alzar el brazo. 

— ¡Un anónimo! — pensaba. 

Su indómita generosidad popular se despertó. 



POR E. PARDO BAZÁN 



295 



La pequeñez de la villana acción se hacía muy 
patente al ir á perpetrarla. 

"Debí decirle á Ana que la echase ella... Yo 
no tengo cara á esto — murmuró entre sí.— Y 
si no la echo me llamará boba... Pues mejor. 
¡Esto es indecente! — balbució adelantando la 
carta hasta tocar con el buzón. — No, repelo — 
exclamó casi en voz alta bajando la mano. — 
Esto es una cochinada... ¡Más vale ahogarles 
donde les encuentre ! 

Dió precipitadamente la vuelta y se metió 
por un callejón que lindaba con la travesía del 
Puerto, desembocando en el muelle. Ofrecióse 
de pronto á sus ojos el agua negra de la bahía, 
que no alumbraban la luna ni las estrellas, y 
donde los barcos inmóviles parecían más ne- 
gros aún. Arrimóse al parapeto. Una brisa sa- 
litrosa, picante, la envolvió la faz. Despejósela 
completamente el cerebro, y con viveza suma 
hizo pedazos lo epístola anónima. Los blancos 
fragmentos revolotearon un instante, como vo- 
ladoras falenas, y cayeron sordamente en el 
agua, que chapoteaba contra el muro del em- 
barcadero. 



XXXVI 



ENSAYO SOBRE DA LITERATURA DRAMÁTICA 
REVOLUCIONARIA 



No hay remedio, esto se va y lo otro avanza á 
galope. ¿Cuándo se retira Amadeo? ¿Hoy? 
¿Mañana? Y si el italiano no perdió de vista to- 
davía la tierra española, ya es como si viviése- 
mos en plena república; no estará proclamada, 
pero ¿qué más da? Todo el mundo cuenta con 
ella de un instante á otro. 

Sólo bajo la monarquía de merengue que se 
va derritiendo y consumiendo al calor de la re- 
volución podía ser representable el drama que 
anunciaban los carteles del coliseo marinedino: 
Valencianos con honra. Aunque Amparo no 
iba á parte alguna, tanto oyó hablar de lo inten- 
cionado y subversivo que era el drama famoso, 
y de cómo pintaba á los republicanos cual son 
y no cual los retrata el pincel reaccionario , que 
resolvió asistir. Instalóse con Ana en el paraí- 
so, donde se amontonaba inmensa concurren- 
cia, que les metía los piés por la cintura, los 
codos por las ingles; á duras penas lograron 



298 LA TRIBUNA 



las dos muchachas apoderarse de su sitio ; al 
fin consiguieron embutirse de medio lado en 
delanteras, y allí se mantuvieron prensadas, 
comprimidas, sin poder ni enjugarse el sudor 
de la frente. El calor era espeso, asfixiante. Al 
alzarse el telón vino una bocanada de aire más 
respirable á aquel horno; poco duró, pero al 
menos dió ánimos para atender á las primeras 
escenas del drama. 

El cual merecía bien que se sufriese la asfixia 
y otros géneros de tortura, á trueque de verlo 
representar. Desde la exposición tuvo conmo- 
vidos y suspensos á los espectadores. No podía 
ser de más actualidad el argumento , basado en 
los sucesos políticos de Valencia de 1869. Juga- 
ba en el enredo un espía, un vil espía, perse- 
guidor y delator de una familia republicana á 
macha martillo. Perdonado este picaro en el 
primer acto por los magnánimos conspiradores 
á quienes vendió , claro está que no había de 
enmendarse , y que en los actos siguientes vol- 
vería á hacer de las suyas; no lo creyeron así 
los protagonistas del drama, pero en cambio la 
concurrencia de la cazuela lo presintió, y en 
medio del calor sofocante se oían voces ahoga- 
das de emoción, exclamando: "¡Ay! ¿Para qué 
perdonarán á ese tunante?... ¡Ya verás cómo 
los ha de vender otra vez!... ¡Como yo le atra- 
pase no le soltaba, no!„ Verdad es que si el 
bellaco del espía era tan malo que no tenía el 
diablo por donde cogerlo, en cambio los perso- 
najes republicanos ofrecían modelos de lealtad 
y dechados de virtudes. Cuando en el mismo 



POR E. PARDO BAZÁN 



299 



acto primero una esposa se abraza á su marido, 
que parte al combate, declarando con noble 
resolución que quiere seguirle y compartir los 
riesgos de la lid, Amparo sintió como un nudo, 
como una bola que se la formaba en la gargan- 
ta, y haciendo un supremo esfuerzo, se agarró 
á la barandilla de la cazuela, y gritó: "¡Bien... 
muy bien!,, dos ó tres veces, luciendo su voz 
de contralto. Era aquel drama el mismo que 
ella había soñado en otro tiempo , cuando llega- 
ron á Marineda los delegados de Cantabria, de 
cuyos riesgos y aventuras tanto deseó ser 
partícipe. La escena final del acto, donde todos 
los voluntarios republicanos, entre el fragor 
de la lid empeñada , doblan la rodilla al apare- 
cer el Señor acompañado de las monjas de San 
Gregorio, aflojó suavemente los tirantes ner- 
vios de la concurrencia. Una especie de rocío 
refrigerante de honradez , dulzura y religiosi- 
dad se derramó sobre el público; las gentes ex- 
perimentaban impulsos de abrazarse, de rezar 
y de charlar. ¡Después dirán que los obscuran- 
tistas se levantan por la religión! ¡Sí, sí! ¡Por 
cobrar las contribuciones y destruir ferrosca- 
rriles! ¡Que vengan á oir esto! ¿Quién duda 
que los mejores cristianos son los federales? 

Pasóse el entreacto en vivos comentarios 
acerca del drama , que causaba favorabilísima 
impresión. Personas grandes se limpiaban los 
ojos con el dorso de la mano haciendo tiernos 
momos de llanto. ¡Cuidado que se necesitaba 
talento y sabiduría para escribir piezas así! 
Sólo era irritante lo de dejar al espía con vida, 



3oo 



LA TRIBUNA 



porque de fijo, en el acto próximo, iba á salir 
con alguna barrabasada gorda. De tal suerte 
imperaba el entusiasmo , que nadie se ocupaba 
en mirar á la gente de abajo, á pesar de hallar- 
se de bote en bote el coliseo ; y como tardase 
en subir el telón, hubo pateos y aplausos impa- 
cientes y furiosos. Al fin dió princio el ansiado 
acto segundo. 

Graduaba el autor hábilmente los efectos 
dramáticos , manejando con destreza los resor- 
tes del terror y la piedad. Ahora presentaba un 
mancebito que volvía de la lucha callejera á su 
casa , herido mortalmente , y consternando á su 
familia del modo que cualquiera puede figurar- 
se. La actriz encargada de este interesante pa- 
pel se había puesto sobre su cabello natural 
una peluca de ricitos cortos que la hacía seme- 
jante á un perro de aguas; circundaban sus 
ojos románticas ojeras marcadas al difumino; 
espesa capa de polvos de arroz imitaba la pali- 
dez de la agonía ; llevaba americana muy floja 
para disimular la amplitud de las caderas, y 
entró tambaleándose y dando traspiés , con la 
mano apoyada en la región del pecho donde se 
suponía estar la herida. Por el paraíso circuló 
un rumor misterioso y profundo , el rugido opa- 
co de la emoción que se comprime y refrena 
para mejor estallar después. Comenzó la esce- 
na de la despedida del moribundo y su familia. 
Cuando el padre , comandante de los volunta- 
rios republicanos, dijo adiós al hijo confián- 
dole la bandera , en unos versos que terminan 
así : 



POR E. PARDO BAZÁN 



301 



«Lleva la palma en la mano 
Mientras la patria en ofrenda 
Te da este sudario en prenda... 

y corriendo hacia la concha del apuntador y 
mudando la voz llorona en un vocejón estentó- 
reo, gritó cerrando los puños: 

¡ Viva el pueblo soberano ! » 

los llantos histéricos de las mujeres fueron cu" 
biertos, devorados por el clamor que se alzó 
compacto y fortísimo , repitiendo frenéticamen- 
te el ¡viva! á la vez que un huracán de palma- 
das asordó el coliseo. Contagiados, electriza- 
dos por la exaltación del público , los actores 
se esmeraban, bordaban su papel, y, fuera de 
sí, se abrazaban realmente , y se daban verda- 
deras puñadas en el tórax. Amparo, con me- 
dio cuerpo fuera déla barandilla, palmoteaba 
á más y mejor. 

Durante el segundo entreacto, las gentes 
prensadas en la cazuela se encontraron unas 
miajas más anchas y cómodas, sea porque su 
volumen se había ido acomodando al espacio 
disponible, ó porque algunas , indispuestas con 
tan alta temperatura, mal de su grado tuvie- 
ron que retirarse. Ana logró, pues, revolverse 
y escudriñar con sus perspicaces ojos de gato 
los ámbitos del teatro todo. Dió un expresivo 
codazo á la Tribuna , que miró hacia donde se- 
ñalaba su amiga, y divisó á las de García en un 
palco platea. 



302 



LA TRIBUNA 



Fijóse especialmente en Josefina , que estaba 
elegante y sencilla , con traje de alpaca blanca 
adornado de terciopelo negro. A toda su fami- 
lia, desde la madre hasta Nisita, les rebosaba 
el contento visiblemente; pero Josefina, en 
particular, no parece sino que se había espon- 
jado con las buenas nuevas del pleito. La pro^ 
ximidad de la fortuna animaba, como un refle- 
jo dorado, su tez, y hacía saltar de sus ojos 
chispas áureas. Recostada en la silla, gozaba 
beatíficamente del triunfo , exponiendo á la ad- 
miración del público de las lunetas el cuerpe- 
cillo ajustado , púdico, la línea fugitiva que se 
elevaba desde la cintura al hombro, el gracio- 
so manejo de abanico , el movimento delicado 
con que subía los gemelos á la altura de las ce- 
jas. No acertaba Amparo á apartar los ojos de 
su vencedora rival, y á duras penas la distra- 
jo de aquella contemplación acerba el princi- 
pio del tercer acto. 

Salía en éste un oficial del ejército que, 
agradecido á la hospitalidad que le habían otor- 
gado en la casa republicana, salvaba á su vez 
á los dueños de ella; patético rasgo, corona de 
todos los excelentes sentimientos que abunda- 
ban en el drama. Cuando más moqueaba la 
gente y se oían más gipíos y sollozos, Amparo 
sintió que su mirada , atraída por irresisti- 
ble imán, se clavaba otra vez en el palco de 
García. Abrióse la puerta y entró Baltasar, 
ceñido el fino talle por un uniforme intacha- 
ble; y después de saludar cortésmente á la 
madre y á las niñas , se sentó al lado de la ma- 



POR E. PARDO BAZÁN 



303 



yor, arreglándose el pelo con la enguantada 
mano , y estirando levemente , con notable des- 
embarazo, la tirilla. Dirigió á Josefina en voz 
baja dos ó tres palabras que, según el movi- 
miento con que las acompañó , debían de ser: 
"¿Qué tal esto?,, Y la de García alzó los hom- 
bros de un modo imperceptible, que claramen- 
te significaba: "Psh... Un dramón muy popula- 
chero y muy cursi. „ Definida asi la función, 
Baltasar tomó familiarmente el abanico de la 
joven, y mientras lo cerraba y abría y le daba 
vueltas como para informarse bien del paisaje, 
se entabló una de esas conversaciones íntimas, 
salpicadas de coqueterías, de reticencias, de 
miradas intensas y cortas , de ahogadas risas, 
diálogos en que reina dulce abandono, que no 
serían posibles mano á mano y en la soledad, 
y nunca se desar olían mejor que entre el tumul- 
to de un sitio público, ante miles de testigos, 
en el desierto de las multitudes. 

— Pero no ves, mujer... ¡qué poca vergüen- 
za ! — exclamaba Ana señalando al grupo , del 
cual no se apartaban las pupilas de Amparo. — 
Después del... del aviso, ¿no sabes? — añadió 
al oído. 

La Tribuna no contestó. Ana ignoraba la des- 
trucción del anónimo. Amparo, avergonzán- 
dose de su noble impulso , no quería confesar- 
lo, temerosa de que la Comadreja la tratase de 
babiona y de papara, y aun de que repitiese 
la carta por cuenta propia. Ahora... ahora, 
clavando la uñas en la franela roja del baran- 
dal, sentía que el corazón se le inundaba de 



304 



LA TRIBUNA 



hiél y veneno: nada, estaba visto que era ton- 
ta; ¿por qué no echó la carta en el correo? 
Pero no ; esa miserable y artera venganza no 
la satisfacía; cara á cara, sin miedo ni engaño, 
con la misma generosidad de los personajes del 
drama, debía ella pedir cuenta de sus agravios. 
Y mientras se la hinchaba el pecho , hirviendo 
en colérica indignación, el grupo de abajo era 
cada vez más íntimo, y Baltasar y Josefina 
conversaban con mayor confianza, aprove- 
chándose de que el público , impresionado por 
la muerte del espía infame que, al fin, hallaba 
condigno castigo á sus fechorías , no curaba de 
lo que pudiese suceder por los palcos. De Jo- 
sefina, que tenía la cabeza vuelta, sólo se al- 
canzaban á ver los bucles del artístico peinado, 
la mancha roja de una camelia prendida entre 
la oreja y el arranque del blanco cuello, y la 
bola de coral del pendiente , que oscilaba á 
cada movimiento de su dueña. 

Bien quisiera la Tribuna salir , librarse de la 
sensación lancinante que le producía tal vista; 
pero la gente que la rodeaba por todas partes, 
como las sardinas á las sardinas en la banasta, 
no la consentía moverse mientras el telón 
no se bajase. Un poco antes de terminarse el 
drama , vió á las de García que se levan- 
taban, y á Baltasar que las ponía los abri- 
gos á todas con suma deferencia, empezando 
por la madre; después se cerró la puerta del 
palco , y quedóse Amparo con las pupilas fijas 
maquinalmente en aquel espacio vacío. Aún 
tardó algunos minutos en comenzar el desagüe 



POR E. PARDO BAZÁN 



305 



de la cazuela, y el estrepitoso descenso por las 
escaleras abajo. Cogiéronse Amparo y Ana de 
bracero, y empujadas por todos lados arriba- 
ron al vestíbulo y de allí salieron á la calle, 
donde el frío cortante de la noche liquidó al 
punto el sudor en que estaban empapadas sus 
frentes. Sintió la Comadreja que el brazo de 
Amparo temblaba, y la miró, y le halló desen- 
cajada la faz. 

— Tú no estás bien , chica... ¿qué tienes? ¿Te 
da algo por la cabeza? 

—Suéltame— contestó con voz opaca la Tribu- 
na. — Adonde voy no me hace falta compañía. 

— ¡María Santísima! ¿á dónde vas, mujer? 
¿qué es esto? 

— ¡Que á dónde voy! Pues á apedrearles la 
casa, para que lo sepas. 

Y recogió el mantón, como para quedarse 
con los brazos libres. 

—Tú loqueas... Anda á dormir. 

—O me dejas, ó me tiro al mar— respondió 
con tal acento de desesperación la muchacha, 
que Ana la soltó y echó á andar á su lado , mi- 
diendo el paso por el de la terrible y colérica 
Tribuna. 

—Te digo que se la apedreo, mujer; tan cier- 
to como que ahora es de noche y nos ve Dios. 
¡Repelo! ¡No hay sino hacer irrisión de las gen- 
tes... de las infelices mujeres... de los pobres! 
¿Pero tú has visto qué descaro, que descaro tan 
atroz? En mi cara... en mi cara misma... ¡Me 
valga san Dios, que esto no pasa entre los ne- 
gros de allá de Guinea ! 



20 



306 



LA TRIBUNA 



—Bueno... Y ahora, ¿qué se hace con perder- 
se... con ir á la cárcel, mujer? 

—Desahogarme, Ana... porque me ahogo, que 
*oda la noche pensé que con un cordel me esta- 
ban apretando la nuez... ¡Romperles los vidrios, 
retepelo! ¡Armar un belén, avergonzarlos, ca- 
nario! ¡Y que no me piquen las manos y que 
duerma yo á gusto hoy ! ¡ Que tengo las asadu- 
ras aquí (señaló á la garganta) y el corazón 
apretao, apretao ! 

— Pero, mujer... mira, considera... 

—No considero, no miro nada... 

Este diálogo duró mientras cruzaron las dos 
amigas el páramo de Solares en dirección al 
barrio de Arriba, por donde suponía Ampa- 
ro que iba Baltasar acompañando á las de Gar- 
cía hasta su casa. El aire frío y el silencio de 
las calles del barrio templaron, no obstante, la 
sangre enardecida de la Tribuna. Parecióle en- 
trar en algún claustro donde todo fuese quietud 
y melancolía. No hollaba un transeúnte el pavi- 
mento, que resonaba con solemnidad ; y cuando 
menos lo pensaban las dos expedicionarias, les 
cerró el paso una iglesia, la de Santa María 
Magdalena, alta, muda, con pórtico de ojiva, 
donde la luz de los faroles dibujaba los vagos 
contornos de dos santos de piedra que se mira- 
ban inmóviles. Involuntariamente la Tribuna 
bajó la voz , y al cruzar por delante del pórtico 
se santiguó, sin darse cuenta de lo que hacía, y 
reportó y contuvo el paso. Ana iba á aprove- 
char la coyuntura para hacer á la determinada 
Tribuna mil reflexiones, á tiempo que un oficial, 



POR E. PARDO BAZÁN 



307 



que volvía de la plaza de la Fruta, cruzó casi 
rozándose con ellas y sin verlas, cantando en- 
tre dientes no sé qué polca ó paso doble. Co- 
noció Amparo á Baltasar y echó tras él como 
el lebrel tras la res que persigue. ¿Oyó Balta- 
sar las pisadas de la Tribuna y pudo recono- 
cerlas? ¿O era solamente que iba de prisa? Lo 
cierto es que se perdió de vista al revolver de 
la esquina , y por muy diligentes que anduvie- 
ron las que lo seguían , no lograron darle al- 
cance. 

—Voy á llamarle á la puerta — exclamó Am- 
paro. 

— Mujer, ¿estás loca?... ¡Una casa de la calle 
Mayor !— murmuró Ana con respetuoso miedo. 
— ¿Tú sabes la que se armaría? 

En horas semejantes la calle Mayor ofrecía 
imponente aspecto. Las altas casas, defendidas 
por la brillante coraza de sus galerías refulgen- 
tes , en cuyos vidrios centelleaba la luz de los 
faroles, estaban cerradas, silenciosas y serias. 
Algún lejano aldabonazo retumbaba allá... en 
lo más remoto, y sobre las losas el golpe del 
chuzo del sereno repercutía con majestad. Am- 
paro se detuvo ante la casa de los Sobrados. 
Era ésta de tres pisos , con dos galerías blancas 
muy encristaladas, y puerta barnizada, en la 
cual se destacaba la mano de bronce del alda- 
bón. Y entre el silencio y la calma nocturna se 
alzaba tan severa, tan penetrada de su impor- 
tante papel comercial , tan cerrada á los extra- 
ños, tan protectora del sueño de sus respeta- 
bles inquilinos , que la Tribuna sintió repentino 



308 



LA TRIBUNA 



hervor en la sangre , y tembló nuevamente de 
estéril rabia , viendo que por más que se deshi- 
ciese allí, al pié del impasible edificio, no sería 
escuchada ni atendida. Accesos de furor sacu- 
dieron un instante sus miembros al hallarse im- 
potente contra los muros blancos , que parecían 
mirarla con apacible indiferencia ; y de pronto, 
bajándose, recogió un trozo de ladrillo que la 
casualidad la mostró, á la luz de un farol, caído 
en el suelo, y con airada mano trazó una cruz 
roja sobre la obscura puerta reluciente de bar- 
niz, — cruz roja que dió mucho que pensar los 
días siguientes á doña Dolores y al tío Isidoro, 
que recelaban un saqueo á mano armada. 



XXXVII 



LUCINA PLEBEYA 



Vestíase Amparo , antes de salir á la Fábri- 
ca, reflexionando que diluviaba, que de no- 
che se habían oído varios truenos , que se que- 
daría gustosa en casa, y aun entre cobertores, 
si no necesitase saber noticias, excitarse, oir 
voces anhelosas que decían: "Ahora sí que 
llegó la nuestra... Macarroni se va de esta vez... 
hay un parte de Madrí, que viene la república... 
mañana se proclama. „ 

Al salir de su fementido lecho, la transición 
del calor al frío la hizo sentir en las entrañas 
dolorcillos como si las royese poquito á poco un 
ratón. Púsose pálida, y la ocurrió la terrible 
idea de que llegaba la hora. Volvióse al lecho, 
creyendo que allí se calentaría : cerró los ojos 
y no quiso pensar. Un deseo profundo de ano- 
nadamiento y de quietud se unía en ella á tal 
vergüenza y aflicción, que se tapó la cara con 
la sábana, prometiéndose no pedir socorro, no 
llamar á nadie. Mas como quiera que el tiempo 
pasaba y los dolorcillos no volvían, se resolvió 



3io 



LA TRIBUNA 



á levantarse, y al atar la enagua, de nuevo la 
pareció que la mordían los intestinos agudos 
dientes. Vistióse no obstante, y se dió á pasear 
por la estancia, á tiempo que una mano llamó á 
la puerta del cuartuco, y antes que Amparo se 
revolviese á decir "adelante,, , Ana entró. 

—¿Vienes? 

—No puedo. 

—¿Pasa algo, hay novedá? 
—Creo... que sí. 
—¿Qué sientes, mujer? 

— Frío, mucho frío... y sueño, un sueño que 
me dormiría de pié... pero al mismo tiempo ra- 
bio por andar... ¡Qué rareza! 

— ¿Aviso á la señora Pepa? 

—No... ¡qué vergüenza! Jesús, mi Dios... Ana 
querida, no la avises. 

—¡Qué remedio, mujer! ¿Sigue eso? 

— Sigue... ¡infeliz de mí, que nunca yo na- 
ciese ! 

— Acuéstate sobre la cama... 

Con su viveza ratonil, Ana arropó á la pa- 
ciente, y ya se dirigía á la puerta, cuando una 
quebrantada voz la llamó. 

—Llévale la cascarilla á mi madre... dile que 
me duele la cabeza... no le digas la verdá, por 
el alma de quien más quieras... 

— Sí, que no se hará ella de cargo... 

Amparo se quedó algo tranquila : sólo á ve- 
ces un dolor lento y sordo la obligaba á incor- 
porarse apoyándose sobre el codo, exhalando 
reprimidos ayes. Ana corría, corría, sin cui- 
darse de la lluvia , hacia la ciudad. Cerca de dos 



POR E. PARDO BAZÁN 



31' 



horas tardó, á pesar de su ligereza, en volver 
acompañada de un bulto enorme, del cual sólo 
se veían desde lejos dos magnos chanclos que 
embarcaban el agua llovediza, y un paraguazo 
de algodón azul con cuento y varillas de latón 
dorado. Bufaba la insigne comadrona y reso- 
plaba, ahogándose á pesar del ningún calor y 
de la mucha y glacial humedad de la atmósfera; 
cuando penetró en la casucha, revolvióse en 
ella como un monstruo marino en la angosta ti- 
naja en que lo enseña el domador. Fuése dere- 
cha á la cama de la paralítica, y la dijo dos ó 
tres frases , entre lástima y chunga , que á ésta 
la supieron á acíbar; cabalmente estaba desha- 
ciéndose de ver que ni podía ayudar á su hija 
en el trance , ni acompañarla siquiera ; aquella 
habitación era tan próxima á la calle, que ni 
soñaba en traer allí á la paciente. 

Consumíase la pobre mujer presa en su jergón, 
penetrada súbitamente de la ternura que sien- 
ten las madres por sus hijas mientras éstas su- 
fren la terrible crisis que ellas ya atravesaron... 
Chinto se encontraba allí, semejante áun palo- 
mino atontado Entró la comadrona donde la 

llamaba su deber, y el mozo y la vieja se que- 
daron tabique por medio, ayudándose á sobre- 
llevar la angustia de la tragedia que para ellos 
se representaba á telón corrido... La tullida 
maldecía de su hija, que en tal ocasión se había 
puesto , y al mismo tiempo lloriqueaba por no 
poder asistirla. Y á cada cinco minutos, la seño- 
ra Pepa entraba en el cuartuco llenándolo con 
su corpulencia descomunal, y ordenando mili- 



LA TRIBUNA 



tarmente á Chinto que corriese á desempeñar 
algún recado indispensable. 
— Aceite, rapaz... ¡un poco de aceite! 

— ¿Qué tal?— interrogaba la madre. 
—Bien, mujer, bien... ¡Aceite, porreta! 

Lo que no se encontraba en la casa, Chinto 
salía disparado á pedirlo fuera, prestado en la 
de un vecino, ó fiado en las tiendas. General- 
mente, al recoger una cosa, la comadrona exi- 
gía ya otra. 

— Un gotito de anís... 

— ¿Anís? ¿Para qué ? — preguntaba la tu- 
llida. 

— Para mí, porreta, que soy de Dios y tengo 
cuerpo y también se me abre como si me lo cor- 
tasen con un cuchillo... 

Y Chinto se echaba dócilmente á la calle en 
busca de anís... 

Volvía á presentarse la terrible comadre, 
toda fatigosa y sofocada. 

— Vino... ¿hay vino? 

—¿Para ti?— murmuraba sin poder contener- 
se la impedida. 

— Para ti, para ti... ¡Para ella, demonche, 
que bien necesita ánimos la pobre!... Piensas 
tú que yo le doy desas jaropías de los médicos, 
desos calmantes y durmientes ? ¡ Calmantes! 
Fuersa, fuersa es lo que hace falta, y vino, que 
alegra al hombre las pajarillas, ¡porreta! 

Quince minutos después : 

— Tres onsas de chocolate, del mejor... Y 
mira , de camino á ver si encuentras una galli- 
nita bien gorda, y le vas retorciendo el pescue- 



POR E. PARDO BAZÁN 



313 



zo... Pide también un cabito de cera... las plan- 
chadoras que haya por aquí han de tener... 

— ¿De cera? 

— De cera, ¡porreta! ¿Si sabré yo lo que me 
pido? Y pon agua á la lumbre. 

Y Chinto entraba, salía, dando zancajadas á 
través del lodo, trayendo á la exigente facul- 
tativa cera, espliego, romero, vino blanco y 
tinto , anís , aceite , ruda , todas las drogas y co- 
mestibles que reclamaba... En los breves inter- 
valos que tenía de descanso el solícito mozo, se 
sentaba en una silla baja, al lado del lecho de 
la tullida, quejándose de que le faltaban las 
piernas de algún tiempo acá , él mismo no sabía 
cómo , y parece que la respiración se le acababa 
enteramente; el médico le afirmaba que se le 
había metido polvillo de tabaco en los broncos 
y en los plumones... Boh, boh... ¿qué saben los 
médicos lo que uno tiene dentro del cuerpo? 
Hablaba así en voz baja, para no dejar de pres- 
tar oído á los lamentos de la paciente , que re- 
corrían variada escala de tonos; primero ha- 
bían sido gemidos sofocados; luego quejidos 
hondos y rápidos, como los que arranca el rei- 
terado golpe de un instrumento cortante; en 
pos vinieron ayes articulados, violentos, anhe- 
losos, cual si la laringe quisiese beberse todo 
el aire ambiente para enviarlo á las conturba- 
das entrañas ; y transcurrido algún tiempo , la 
voz se alteró, se hizo ronca, obscura, como 
si naciese más abajo del pulmón , en las profun- 
didades, en lo íntimo del organismo. A todo 
esto llovía, llovía, y la tarde de invierno caía 



3i4 



LA TRIBUNA 



prontamente, y el celaje gris ceniza parecía 
muy bajo , muy próximo á la tierra. Chinto en- 
cendió el candil de petróleo, y trajo caldo á la 
paralítica, y permaneció sentado, sin chistar, 
con las rodillas altas, los piés apoyados en el 
travesaño de la silla , la barba entre las palmas 
de las manos. Hacía un rato que el tabique no 
transmitía queja alguna. Dos ó tres amigas 
de la Fábrica, entre ellas Guardiana, que ya 
no se quejaba de la paletilla, entraban un mo- 
mento , se ofrecían , se retiraban con ademanes 
compasivos, con resignados movimientos de 
hombros, con reflexiones pesimistas acerca de 
la fatalidad y de la ingratitud de los hombres. 
De improviso se renovaron los gritos , que en 
el nocturno abandono parecían más lúgubres; 
durante aquella hora de angustia suprema, la 
mujer moribunda retrocedía al lenguaje inarti- 
culado de la infancia , á la emisión prolongada, 
plañidera, terrible, de una sola vocal. Y cada 
vez era más frecuente, más desesperada la 
queja. 

Serían las once cuando la señora Pepa se 
presentó en el cuarto de la tullida, enjugándose 
el rostro con el reverso de la mano. Sobre su 
frente baja y achatada, y en su grosera faz de 
Cibeles de granito, se advertía una preocupa- 
ción , una sombra. 

—¿Cómo va? 

— Tarda, porreta... Estas primerizas, como 
no saben bien el camino...— y la comadre hizo 
que se reía para manifestar tranquilidad; pero 
un segundo después añadió: — Puede ser que... 



POR E. PARDO BAZÁN 



315 



porque uno no quiere embrollos ni dolores de 
cabesa, ¿oyes? Yo soy clara como el agua, 
vamos... y no se me murieron en las manos, 
¡porreta! sino dos, en la edá que tengo... Des- 
pués los médicos hablan... Y yo cuanto puedo 
hago , y unturas y friegas de Dios llevo dado en 
ella... 

Al afirmar esto , la comadre se limpiaba á las 
caderas sus gigantescas manos pringosas. 

—¿Habrá que avisar al médico?— gimoteó la 
tullida. 

— Porreta, á mi edá no gusta verse envuelta 
en cuentos... luego después, que si hiso así, 
que si pudo haser asá... que si la señora Pepa 
sabe ó no sabe el oficio... Menéate ya, dormi- 
lón — añadió despóticamente volviéndose á Chin- 
to.— Ya estás corriendo por el médico, ¡ganso! 

Chinto salió sin cuidarse del agua que conti- 
nuaba cayendo tercamente del negro cielo, 
y corrió, perseguido por aquella voz cada vez 
más dolorida, más agonizante, que atravesaba 
el tabique, mientras la impedida se lamentaba 
de que además de morírsele la hija, iba á tener 
que abonar — ¿y con qué, Jesús del alma?— los 
honorarios de un facultativo. El silencio era té- 
trico, el tiempo pasaba con lentitud, medido 
por el chisporroteo del candil y por un clamor 
ya exhausto, que más se parecía al aullido del 
animal espirante que á la queja humana. Media 
noche era por filo cuando Chinto entró acompa- 
ñado del médico. Acostumbrado debía de estar 
éste á tan críticas situaciones, porque lo prime- 
ro que hizo fué dejar el impermeable chorrean- 



3 16 



LA TRIBUNA 



do en una silla , remangarse tranquilamente 
las mangas del gabán y los puños de la camisa, 
y tomar de manos de Chinto una caja cuadri- 
longa que arrimó á un rincón. Después entró 
en el cuarto de la paciente, y se oyó la voz 
gruñona de la comadre , empeñada en darle ex" 
plicaciones... 

A eso de un cuarto de hora más tarde volvió 
el soldado de la ciencia á presentarse y pidió 
agua para lavarse las manos... Mientras Chinto 
buscaba torpemente una jofaina, la madre, llo- 
rosa, temblando, preguntaba nuevas. 

— ¡Bah!... no tenga V. cuidado... ese chico me 
dijo que se trataba de un lance muy peligroso, 
y me traje los chismes... no sé para qué: una 
muchacha como un castillo, conformación ad- 
mirable, una versión que se hizo en un decir 
Jesús... Estamos concluyendo. Ahora la coma- 
dre basta, pero yo seré. testigo. 

Lavóse las manos mientras esto decía, y tor- 
nó á su puesto. La mecha de petróleo, consu- 
mida, carbonizada, atufaba la habitación, de- 
jándola casi en tinieblas, cuando dos ó tres 
gritos, no ya desfallecidos, sino, al contrario, 
grandes, potentes, victoriosos, conmovieron la 
habitación, y tras de ellos se oyó, perceptible 
y claro, un vagido. 



XXXVIII 



¡POR FIN LLEGÓ ! 



Amparo descansa abismada en el reposo ine- 
fable de las primeras horas. Sin embargo, 
á medida que la luz de la pálida mañana entra 
por el ventanillo , vuelve la memoria y la 
conciencia de sí misma. Llama á Chinto ceceán- 
dolo. 

— ¿Qué quieres, mujer? 

—Vas á ir corriendo al cuartel de infantería... 
Parece que ahora no sale la tropa de los cuar- 
teles. 

—Bueno. 

—Si no está allí D. Baltasar, á su casa... ¿La 
sabes? 
—La sé. ¿ Qué le digo ? 

—Le dirás... ¡veremos cómo sabes dar el re- 
cado! Le dirás que tengo un niño... ¿oyes? No 
vayas á equivocarte... 

—Bueno, un niño... 

—Un niño... no sea que digas una niña, tonto; 
un niño, un niño. 

— ¿No le digo más? 



3 .8 



LA TRIBUNA 



—Y que ya sabe lo que me ofreció... y que si 
quiere ponerse por padre de la criatura... y que 
mañana se bautiza. 

— ¿Nada más? 

—Nada más... Esto... bien clarito. 

Chinto salía cuando entraba Ana, que se ha- 
bía ido á su casa á dormir. Venía muy misterio- 
sa, como el que trae nuevas estupendas. 

—¿Y ese valor, y el pequeño?— preguntó al- 
zando la sábana y la manta y sacando del tibio 
rincón donde yacía, un bulto, un paquete, un 
pañuelo de lana, entre cuyos dobleces se co- 
lumbraba una carita microscópica amoratada, 
unos ojuelos cerrados , unas faccioncillas pere- 
grinamente serias, con la seriedad cómica de 
los recién nacidos. Ana empezó á hablarle, á 
decirle mil zalamerías á aquel bollo que del 
mundo exterior sólo conocía las sensaciones de 
calor y frío ; buscó una cucharilla y le paladeó 
con agua azucarada; arregló la gorra protecto- 
ra del cráneo , blando y colorado como una be- 
rengena, y después se sentó á la cabecera del 
lecho, depositando en el regazo el fajado mu- 
ñeco. 

—¿No sabes? — exclamó abriendo por fin la 
esclusa de sus noticias.— Encontré á la que les 
cose á las de García... No te alteres, mujer, 
alégrate; se largan esta tarde para Madrí, por- 
que tuvieron parte de que ganaron el pleito y 
van á arreglarlo allá todo. 

Volvió Amparo el rostro con lánguido movi- 
miento, murmurando: 

— Dios vaya con ellas. 



POR E. PARDO BAZÁN 



319 



— No sé que no les pase algo en el camino, 
porque anda todo revuelto... Me dijo esa misma 
chica que hoy sin falta venía la república... 

— Hace... ocho días que la están anun- 
ciando... 

—Calla, no hables, que te puede venir el 
delirio... 

Y la Comadreja se dedicó á arrullar al infan- 
te, mientras Amparo se sepultaba otra vez en 
un sopor que la dejaba el cerebro hueco, la ca- 
beza vacía, anonadando su pensamiento y ha- 
ciéndola insensible á lo que pasaba en torno 
suyo. Los pasos de Chinto la llamaron á la vida 
otra vez. Abrió los ojos, que, en la palidez ama- 
rillosa de su morena cara , parecían mayores y 
azulados. Chinto se acercó andando de punti- 
llas, torpón y zambo como siempre. Además 
parecía hallarse muy turbado. 

—Caro me costó que me dejasen pasar al 
cuartel — murmuró con su estropajosa habla de 
paisano, que salía á relucir de nuevo en los lan- 
ces difíciles.— No se puede andar... Todo está 
revuelto... La gente corre como loca por las ca- 
lles... Allí... dice que se marchó el rey... Que 
en Madrid hay república... 

Medio se incorporó Amparo , apartando de la 
frente los negros cabellos , lacios con el sudor 
que los empapaba. .. 

— i Qué me dices ? — balbució. 

—Lo que te digo, mujer... El alcalde y el go- 
bernador ya echaron muchos bandos, que los vi 
en las esquinas... Y están poniendo trapos de co- 
lor en los balcones. 



320 



LA TRIBUNA 



—¿Será la cierta.?— clamó alzando las ma- 
nos.— Sigue, sigue. 

—Pues fui al cuartel... y allí no estaba... 

— ¿Irías á su casa volando? — interrogó Am- 
paro temblona. 

—Fui... y dice que... 

— Acaba, maldito. 

—Y dice que... — Chinto se devanó los sesos 
buscando una fórmula diplomática. — Dice que 
no está en el pueblo, porque... porque ayer se 
marchó á Madrí. 

Quiso abrir la boca Amparo y articular algo, 
pero su dolorida laringe no" alcanzó á emitir un 
sonido. Echóse ambos puños á los cabellos y 
se los mesó con tan repentina furia, que algu- 
nos, arrancados, cayeron retorciéndose como 
negros viboreznos sobre el emboce de la ca- 
ma... Las uñas, desatentadas, recorrieron el 
contraído semblante y lo arañaron y ofendie- 
ron... 

— Lárgate, que me voy á levantar— dijo por 
fin á Chinto — á ver si reúno gente y quemo 
aquella maldita madriguera de los de Sobrado. 

— Sí, lárgate— añadió Ana. — ¡Para las bue- 
nas noticias que traes! 

En vez de obedecer, acercóse Chinto á la 
cama, donde jadeaba Amparo partida, hecha 
pedazos , por el horrible esfuerzo de su cólera. 

—Mujer, oyes, mujer... — pronunció con voz 
que quería suavizar y que sólo lograba ensor- 
decer... no te aflijas, no te mates... Allí... yo... 
yo me pondré por padre, y nos casaremos si 
quieres... y si no, no... lo que digas... 



POR E. PARDO BAZÁN 



321 



Como generosa yegua de pura sangre, á la 
cual pretendiesen enganchar haciendo tronco 
con un individuo de la raza asinina, la Tribuna 
se irguió, y saltándosele los ojos de las órbitas, 
los carrillos inflamados por la fiebre, gritó: 

— Sal, sal de ahí, bruto... [Quieres conde- 
narme ! 

Fuése el emisario de malas nuevas con la mú- 
sica á otra parte, cabizbajo, convencido de que 
era un criminal, y la oradora permaneció sen- 
tada en la cama, arrugando las ropas, en la 
contorsión desesperada de sus miembros y 
cuerpo. 

— ¡ Justicia ! — clamaba. — ¡ Justicia ! ¡ Justicia 
al pueblo!... ¡ Favor, Madre mía del Amparo! 
¡Virgen de la Guardia! ¿Pero cómo consientes 
esto? ¡La palabra, la palabra, la palaabraaa... 
los derechos que... matar á los oficiales, á los 
oficia... ! 

Un principio de fiebre y delirio se traslucía 
en la incoherencia de sus palabras. Su cabeza 
se trastornaba y aguda jaqueca la atarazaba 
las sienes. Dejóse caer aletargada sobre las 
fundas, respirando trabajosamente, casi con- 
vulsa. Ana se sintió iluminada por una idea fe- 
liz. Tomó el muñeco vivo, y sin decir palabra 
lo acostó con su madre, arrimándolo al seno, 
que el angelito buscó á tientas , á hocicadas, 
con su boca de seda, desdentada, húmeda y 
suave. Dos lágrimas refrigerantes asomaron 
á los párpados de la Tribuna, rezumaron al 
través de las pestañas espesas , humedecieron 
la escaldada mejilla , y en pos vinieron otras, 

21 



322 



LA TRIBUNA 



que se apresuraban desahogando el corazón y 
aliviando la calentura que empezaba... 

Al exterior, las ráfagas de la triste brisa de 
Febrero silbaban en los deshojados árboles del 
camino y se estrellaban en las paredes de la ca- 
sita. Oíase el paso de las cigarreras que regre- 
saban de la Fábrica; no pisadas iguales, elás- 
ticas y cadenciosas como las que solían dar al 
retirarse á sus hogares diariamente, sino un 
andar caprichoso, apresurado, turbulento. Del 
grupo más compacto, del pelotón más resuelto 
y numeroso, que tal vez se componía de veinte 
ó treinta mujeres juntas, salieron algunas voces 
gritando : 

— ¡ Viva la república federal ! 



FIN 



INDICE 



Prólogo á la primera edición 5 

Capítulo I. — Barquillos 11 

II. — Padre y madre 19 

III. — Pueblo de su nacimiento 25 

IV. — Que los tenga muy felices 35 

V. — Villancico de Reyes 43 

VI.— Cigarros puros £1 

VIL— Preludios 59 

VIII.— La chica vale un Perú 67 

IX. — La Gloriosa 71 

X. — Estudios históricos y políticos. 79 
XI.— Pitillos 85 

XII. — Aquel animal 95 

XIII. — Tirias y troyanas 101 

XIV. — Sorbete 107 

XV. — Himno de Riego , de Garibal- 

di. — Marsellesa 117 

XVI. — Revolución y reacción mano á 

mano 123 

XVII. — Altos impulsos de la heroína.. 131 
XVIIL— Tribuna del pueblo 137 

XIX.— La Unión del Norte 145 

XX. — Zagal y zagala 151 



3*4 



ÍNDICE 



XXL— Tabaco picado 159 

XXII. — El Carnaval de las cigarreras. . 167 

XXIII. — El tentador 177 

XXIV. — El conflicto religioso 185 

XXV. — Primer hazaña de la Tribuna. 193 

XXVI.— Lados flacos 203 

XXVIL— Bodas de los pajaritos 209 

XXVIII. — Consejera y amiga 219 

XXIX.-Un delito 227 

XXX. — Dónde vivia la protagonista.. . 235 

XXXL— Palabra de casamiento 241 

XXXII. — La Tribuna se forja ilusiones. 255 

XXXIIL— Las hojas caen 263 

XXXIV. — Segunda hazaña de la Tribuna. 273 
XXXV. — La Tribuna se porta como 

quien es. ... ; 289 

XXXVI. — Ensayo sobre la literatura dra- 
mática revolucionaria 297 

XXXVII. — Lucina plebeya 309 

XXXVIII. — ¡ Por fin llegó ! 3 » 7 



OBRAS COMPLETAS 

DE 

EMILIA PAEDO BAZÁN 



Repartidas en ediciones diversas, de varia forma, de 
precios muy distintos, la adquisición de las obras de 
Emilia Pardo Bazán era hasta hoy difícil. A remediar 
este inconveniente viene la publicación de la Colección 
de Obras completas, que en hermosa forma tipográfica, y 
á precios módicos, pone al alcance de todos lo más esco- 
gido de cuanto ha publicado y publicará Emilia Pardo 
Bazán. 

TOMOS QUE HAN VISTO LA LUZ 

L La Cuestión palpitante. — Cuarta edición de este 
discutidísimo libro, enriquecida con prólogo de la auto- 
ra, prólogo de ]a primera edición, prólogo de la traduc- 
ción francesa y opiniones de Emilio Zola respecto á la 
autora y al libro. — Precio de éste, tres pesetas. 

II. La Piedra angular, que es la novela más reciente. 
Tres péselas. 

III. Los Pazos de Ulloa, cuya primera edición cons- 
taba de dos tomos, que se vendían al precio de seis pé- 
selas. La segunda ha reducido este precio á la mitad, y 
los dos tomos, en un solo volumen, cuestan Ires pesetas. 

IV. La Madre naturaleza, segunda parte de Los Pa- 
zos de Ulloa. — La primera edición de La Madre Natura- 
leza, en dos tomos, se vendía al precio de seis pesetas. 
Reunidos los dos tomos en un solo volumen, véndese hoy 
á Ires pesetas y media. 

V. Cuentos de Marineda.— En este tomo se coleccio- 
nan varios cuentos largos y breves, cuidadosamente es- 
cogidos entre los mejores de su autora. — Precio, tres pe- 
setas. 

VI. Polémicas y estudios literarios. —Precio, Ires pe- 
setas. 



VII. Insolación y Morriña (Dos historias amorosas). — 
Insolación y Morriña se habían publicado separadamen- 
te, vendiéndose cada una al precio de cuatro pesetas, ó 
sea ocho las dos. Reunidas en un solo volumen, cuestan 
las dos tres pesetas y media. 

VIII. La Tribuna, novela. Tres pesetas. 

IX. De mi tierra. Este libro, que comprende el estu- 
dio más completo de la poesía regional, costaba en la 
primera edición cinco pesetas. En la segunda se ha re- 
ducido su precio á tres pesetas. 

EN PRENSA 

X. El Cisne de Vilamorta y Cuentos galaicos. — El 
Cisne costaba tres pesetas cincuenta. Acompañado de 
muchos y escogidos cuentos sólo costará Ircs. 

XI. Pascual Lope? y Un viaje de novios. — Estas dos 
novelas costaban las dos siete pesetas. Reunidas en un 
volumen, costarán la mitad. 

En preparación el tomo XII, que lo formará la novela 
nueva titulada 

ADAN Y EVA 



BIBLIOTECA DE LA MUJER 

DIRIGIDA TOR 

EMILIA. PAEDO BAZÁN 



La importancia que desde mediados de este siglo va 
adquiriendo el destino de la mujer, y la agitación que en 
favor de su cultura se advierte en los pueblos más civili- 
zados, sugirió á Emilia Pardo Bazán la idea de publicar 
una Biblioteca donde tuviesen cabida cuantas obras pue- 
den servir para completar el conocimiento científico, his- 
tórico y filosófico de la mujer en todas las épocas y en 
todas las literaturas. 



TOMOS PUBLICADOS 

I. (Sección religiosa.) 

Vida de la Virgen María, según la Venerable de Agre- 
da. (La primera edición se halla agotada ya.) 

II. (Sección sociológica.) 

La Esclavitud femenina, por John Stuart Mili. 

III. (Sección novelesca.) 
Novelas escogidas de doña María de Zayas. 

IV. (Sección biográfica ) 

Reinar en secreto (La Maintenón ) , por el P. Mercicr, 
de la Compañía de Jesús , con un estudio crítico de 
G. Merlet. 

V. (Sección histórica.) 

Historia de Isabel la Católica, por el barón de Ñervo, 
y Elogio de la misma Reina, por D. Diego Clemencín. 

VI. (Sección pedagógica.) 

La Instrucción de la mujer cristiana, por Juan Luis 
Vives, famoso polígrafo valenciano. — I. Tratado de las 
Vírgenes, tres pesetas. 

PRÓXIMAS A SALIR 

VII. (Crítica ) 

La Revolución y la novela en Rusia, por Emilia Pardo 
Bazán. — Tres pesetas. 

VIII. (Viajes.) 

Mi romería, por Emilia Pardo Bazán. — Dos pesetas. 
Seguirán á estos tomos: 

En la Sección biográfica : Memorias de Madama de 
Staél. — Días felices, por la autora de La Cho^a de Tom. 
— Recuerdos de la vida de Lord Byron, por una dama. — 
En la histórica: Las mujeres de la Revolución france- 
sa. I. Las realistas. II. Las republicanas. — En la noveles- 
ca: Adam Bede, por Jorge Elliot. — Cuentos para nifios^ 
por Madama de Girardin* 



NUEVO TEATRO CRÍTICO 

DE 

EMILIA PARDO BAZÁN 



En Enero de 1893 entra en el tercer año esta publica- 
ción, única en su género , con importantes modificacio- 
nes y rebaja de precios. 

En vez de publicar doce números anuales, el Nuevo 
Teatro Crítico sólo publicará seis, correspondientes á 
los meses de Enero , Febrero, Mar^o, Abril, Noviembre 
y Diciembre , únicos en que existe en España verdadero 
movimiento científico y literario; pero cada número au- 
mentará 48 páginas de lectura sobre las 112 anteriores, 
viniendo á formar cada dos números un abultado tomo 
de 320 páginas. 



CONDICIONES DE VENTA Y SUBSCRIPCIÓN 



Número suelto 2 pesetas. 

Subscripción por los seis números 

del año: en España 12 » 

Ultramar y extranjero 15 » 

Los señores que se subscriban directamente á la Ad- 
ministración , podrán elegir una de las obras que á con- 
tinuación se expresan y que se les remitirá de regalo: 

La Esclavitud femenina, por John Stuart Mili. — No- 
velas escogidas, por Doña María de Zayas. — Reinaren 
secreto, por el P. Mercier, jesuíta. — Isabel la Católica, 
por el barón de Ñervo. 

Los pagos deberán hacerse siempre adelantados, en 
letra ó libranza de fácil cobro. 

La correspondencia administrativa, al señor Admi- 
nistrador del Nuevo Teatro Crítico, Ancha de San Ber- 
nardo, 37, pral. — Madrid. 

La correspondencia literaria y libros, á la Sra. Doña 
miüa Pardo Bazán. 



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